Archivo por meses: abril 2007

Puente

¿Puente? Yo no hago puente. Ya lo haré otro día. Lo bueno de ir por libre es eso, que puedes cruzar el puente cuando te da la gana. Ahora estoy rendido ante el último invento de la civilización: el Sibelius. Una vez el Sibelius fue un compositor, ahora es un programa de notación musical. Tantos años fiel al Finale haciendo oídos sordos a los comentarios in crescendo acerca de las bondades del Sibelius para que un movimiento casual de ratón de Raquel en su ordenador la otra tarde me hiciera sentirme hombre de las cavernas. Como lo oyes. Para que nos entendamos: es como estar con el Paint firmemente convencido de que no hay vida más allá y que es la hostia (con perdón) y que de repente te pongan en los morros el Photoshop y se te pone cara de bobo y es como si vieras el monolito de Kubrick y te dan ganas de decir lo de: “Oh, Dios mío, está lleno de estrellas”, mítica frase de “2001” que yo siempre he querido decir con la entonación justa porque me pone los pelos de punta. Bueno, pues ya la he dicho pero por escrito, el tono lo imaginas y ya está. Dónde estaba. Ah, sí, aquí:

Ahora esta imagen gobierna el monitor cual monolito de Kubrick. Ha sido descubrir el potencial del Sibelius (con varios siglos de retraso) y poner punto final al Finale (valga el juego de palabras) y, además, sin ningún sentimentalismo. Porque contemplar esa absoluta y fascinadora elasticidad en el uso del Sibelius y pensar en las horas y horas de atención que el Finale exigía (hay amores muy absorbentes) te libera, las cosas como son. La única pega es que ahora hay que cambiar de hábitos y aprender a convivir con tu nueva pareja. Cuesta un poco pero tengo una seño particular, que es la vecina a la que se le moja la ropa cuando llueve, y luego por mi cuenta voy haciendo aproximaciones con cuidado tocando esta tecla o esta otra. Y a veces parece que con el roce el Sibelius se incomoda y otras como que se va dejando. Es cuestión de tacto y paciencia hasta que me diga que sí.

Dosis

Este lunes toca la segunda dosis del elixir 2.0 pero antes tengo que comparecer ante el médico para declarar qué ha pasado durante este tiempo. Igual que cuando en la tele dicen que fulanito tendrá que comparecer en los juzgados cada quince días. Eso dijo el médico: antes de ponerte la segunda inyección pásate por aquí y me cuentas a ver qué tal por si acaso. Y yo: ¿por si acaso qué? Y él: no, nada, por si acaso. Y yo: (mmm). Se supone que debería haber apuntado en un papel los cambios habidos estos días pero eso me dio pereza desde el mismo momento que sugirió semejante cosa absurda, a quién se le ocurre, cómo me voy a poner a escribir cosas como “día 3: hoy duele menos; día 6: hoy no duele; día 8: hoy he amanecido con la cara fosforescente y con siete dedos en la mano derecha, preguntarle al médico por si es algún efecto secundario”. No, yo no apunto; para apuntar, el blog. Como si uno no tuviera memoria para decirle a los quince días cómo se ha ido encontrando.

Mañana le diré que bien pero raro. Bien porque es evidente (ya me ves) y no tengo dolor (o casi nada) y voy y vengo y eso. Lo de raro es porque desde hace unos días ya ha empezado a asomar la patita la cosa esta de la ansiedad que se presenta sin avisar y sin un motivo que justifique su presencia. Y eso, de confirmarse, me descolocaría y aún me produciría más ansiedad. Es un misterio que, por lo que vengo observando, empieza a traer de cabeza a los médicos de todo el mundo y a los laboratorios: por qué un anticuerpo dirigido a tratar un proceso degenerativo de las articulaciones termina causando problemas de ansiedad de manera generalizada de tal forma que los pacientes, al cabo de un tiempo, terminan tomando ansiolíticos a diario. A mí me preocupan dos cosas: la ansiedad en sí porque no te deja parar y, paradójicamente, te paraliza. Quiero decir que no te centras, ni te concentras; te descentras. Pero lo segundo que me preocupa es que me da a mí que los médicos empiezan a ver como lugar común, como algo de lo más normal, que un enfermo reumático tenga que incorporar a su dieta ansiolíticos y, para colmo, por un problema añadido inducido por lo que debería ser un remedio. Sí, ya sé que suena a lío. Pero si a tí te parece complicado al leerlo imagina a mí al escribirlo y padecerlo.

Por eso tengo que decirle al médico que bien y raro al mismo tiempo. Y va a decir entonces (como si lo viera) que me ponga la segunda dosis del elixir 2.0 porque no se ha producido ninguna mutación de laboratorio de película de terror y que tome ansiolíticos y hasta dentro de quince días, buenos días. Todo es un poco más complicado de lo que parece pero al menos no duele, o va doliendo menos, mucho menos, ya sólo es un murmullo. Existe un murmullo de dolor del que sólo te das cuenta cuando se hace el silencio del bienestar.

Solfeo

He vuelto a escuchar ese delicioso experimento que es la obra “Solfeggio”, de Arvo Pärt. El título no puede hacer más justicia al contenido puesto que, en realidad, se trata de un ejercicio de solmización el que los cantantes se limitan a entonar y nombrar las notas de la escala de Do Mayor una y otra vez.

¿Y ya está? No, claro que no. El experimento consiste en que Pärt juega con el espacio-tiempo musical a partir de ese pretexto tan básico como es el de solfear una y otra vez el do, el re, el mi y las que siguen. Digo que juega con el espacio musical porque a cada vuelta, las notas son entonadas en diferentes registros (grave, agudo) y digo que juega con el tiempo porque, igualmente a cada vuelta, mantiene grupos distintos de varias notas sonando simultáneamente un determinado trocito de tiempo.

El resultado es maravilloso y presenta al oído columnas sonoras formadas por diversas combinaciones de notas (más o menos disonantes, más o menos consonantes según la distribución temporal y espacial) que emergen y se deshacen fugazmente. Una música hipnótica cuyas huellas, además, el oyente puede seguir sin perderse: do, re, mi, fa…

Es un dolor presentar sólo un extracto de una obra que es indivisible y que fluye girando en espiral. A veces la amputación duele porque no hay anestesia que valga.

Arvo Pärt: “Solfeggio”, 1964 (fragmento) Click para escuchar. Mp3, 1,6 MB.

Enmienda

Se ha celebrado el “Día de la Propiedad Intelectual” (lo de los “días de” es inagotable) y casi casi ha coincidido con una resolución interesante. Y es que el miércoles, el Parlamento Europeo votó la modificación de la Directiva relativa a las medidas penales destinadas a garantizar el respeto de los derechos de propiedad intelectual. Lo interesante viene cuando dice que, y cito textualmente, “en virtud de la enmienda número 13, el artículo 2 de la Directiva excluye la punibilidad de los actos efectuados por usuarios privados con fines personales y no lucrativos“. Estupendo porque los de los blogs llevamos a cuestas siempre un pesar de conciencia y cuando escribimos un post para explicar una Sonata de Mozart y ponemos un trocito de audio a veces nos parece que nos va a citar a declarar el juez Garzón.

Aunque me da vergüenza reconocerlo, en el sentido literal del término yo soy de los “autores” y me parece muy bien que bla bla bla pero, chico, no sé, utilizar un trocito, una migaja de ésto o de aquéllo con afán meramente divulgativo se merecía un certificado oficial de amparo como el que ahora ha salido. Bien pensado, en realidad estás haciendo de paso una labor de promoción (y gratis). Entiendo que intercambiar una película llevándola con la mula a cuestas pues sí, está feo, reconozcámoslo (sobre todo porque la calidad es horrorosa, si se me permite el añadido estético sobreimpreso al ético), y sacar tajada con un producto ajeno, pues eso también está feo. Pero yo me he quedado tranquilo aunque aquí, en estas latitudes de la Blogosfera, la intención es sana e inocente.

Comentario

Choca un poco, no? que un post se titule “Comentario” porque una cosa es que un post tenga comentarios y otra que el comentario sea un post. Al grano, que los comentarios suelen ser breves. El comentario/post es para escribir en voz alta que lo más divertido de administrar un blog es ver que hay gente que hace trampa (ay ay ay, pillines). La parte menos divertida es que tienes que hacerte el tonto y hacer como que no te enteras, aunque ahora que lo pienso eso de hacerse el sueco también puede tener su punto divertido. A todo ésto, ¿qué pasa con los suecos? ¿es que allá se hacen todos los tontos o qué? ¿Y por qué? ¿Acaso se pasan de listos? Vaya, de repente todo son preguntas.

Cisma

LogosEl cisma que ha tenido lugar en el asunto de la alta definición va a traer un cisco mayor de lo que la gente cree. Hay quien dice que ya estamos otra vez como en los ochenta, cuando el vídeo doméstico hablaba dos idiomas, VHS o Beta, pero se equivocan. Ahora es peor. Porque antes entrabas a la tienda a comprarte “Los Goonies”, por ejemplo, y si tenías Beta te la comprabas en Beta y si tenías VHS pues te la comprabas en VHS. Pero ahora no. Porque ahora las distribuidoras se han alistado en uno u otro bando, HD-DVD o Blu-ray (con la excepción de dos que no se sabe todavía si están en jornada de reflexión antes de votar o si son de los chaqueteros) y eso quiere decir que dentro de poco, antes de lo que creemos, iremos a la tienda a comprar, qué se yo, Spiderman 5, y nos daremos de narices con un fundido en negro. ¿Se ha agotado la peli? No, sencillamente es que ha salido sólo en el formato que tú no tienes en casa. Así que, lo dicho, la cosa es más problemática de lo que parece.

Pero no se vayan, aún hay más (como decía Super-Ratón). Más pronto o más tarde, uno de los dos bandos reconocerá la victoria del contrario, dejará de fabricarse y en ese mismo momento todo lo que te hayas gastado y acumulado en las estanterías no servirá para nada. Por eso los problemas que trae consigo este cisma digital van a venir con retardo: el problema no está ahora, con los elevados precios de los discos y los monitores necesarios para poder disfrutarlos; ni siquiera en la escasez de reproductores (igualmente carísimos). Aunque todo eso tuviera el precio de una tecnología asequible como la que manejamos a diario los inconvenientes antes citados se mantendrían igual. Nos van a marear.

Ostinato

La facilidad de Maurice Ravel para trazar largos diseños melódicos de maravillosa inspiración es algo ya conocido en las latitudes de este blog porque, de vez en cuando, nos dejamos embelesar por él. También sabemos de su olfato para rescatar arcaísmos (tanto en lo musical como en el envoltorio formal) y adaptarlos a su particular y moderna forma de expresarse. La combinación entre lo antiguo y lo moderno siempre es sorprendente en Ravel. La recuperación de la antigua forma del passacaglia como movimiento lento de su trío para violín, cello y piano, por ejemplo, ofrece uno de esos momentos de enigmática, exótica e irresistible belleza que busco con frecuencia cuando buceo en sus pentagramas.

En su momento, el passacaglia era una música procesional (de ahí su nombre: pasacalle) que se construía sobre un bajo repetido obstinadamente en cuya superficie se llevaban a cabo numerosas variaciones melódicas. Ravel recupera del baúl fragmentos sueltos de lo que queda del antiguo passacaglia y aprovecha el elemento reiterativo, la gravedad en el registro y el arcaismo armónico. Y puestos estos tres elementos sobre la mesa los utiliza como armazón para construir este inconfundible (por personalísimo) e inolvidable movimiento.

Puede parecer que las melodías largas y pausadas de Ravel piden algo que hoy escasea: tranquilidad en la escucha y tiempo disponible. Pero en realidad lo que hacen es regalarnos la posibilidad de reencontrarnos con esa tranquilidad aislándonos en una burbuja donde no pasa el tiempo. El secreto está en la belleza hipnótica de su música. Aquí el piano comienza trazando pausadamente la larga melodía en su registro más grave que únicamente ascenderá lo suficiente para, en su momento, ceder el testigo al cello quien, a su vez, volverá a repetir la operación sin sucumbir a la prisa hasta encontrarse con un violín desoladoramente hermoso que me sigue sobrecogiendo como si a cada audición lo descubriera por primera vez.

Maurice Ravel: Passacaille (fragmento) Click para escuchar. Mp3, 1,5 MB.

Magia

“Los dedos de la niña ahogada buscan la piedra de la entrada;
alza las mangas de su vestido azul y contempla a Kafka en la orilla del mar”.

Kafka en la orillaHoy es el día del libro. Mañana ya no pero yo seguiré, como desde hace cuatro meses, sin querer salir de uno, “Kafka en la orilla”, de Haruki Murakami. Fue llegar a la página 584, posar la vista en el punto final y, como si despertara de un trance, me dije a mí mismo que no quería salir de allí. A veces recorres una obra y a la salida sientes que algo ha cambiado dentro de tí. Lo de “Kafka en la orilla” es un fogonazo, una experiencia difícilmente expresable: caes en las redes de ese hipnotizador de la palabra que es Murakami (prestidigitador de la primera persona del singular y del tiempo presente) y, como acertadamente afirmaba Rodrigo Fresán, tienes que entregarte totalmente; es necesario hacerlo, tienes que vencer toda resistencia para poder sumergirte en ese universo en el que la realidad y lo fantástico son como dos transparencias que se superponen. No hay que hacer preguntas a este libro, no hace falta: él te dará todas las respuestas.

Kafka Tamura se marcha de casa el día que cumple quince años. A partir de ahí, ya nada será lo mismo para él ni para el lector. Murakami hace aquí un compendio de sus constantes (personajes en busca de sí mismos o de algo que han perdido, el decisivo papel de las coincidencias) pero parece contarnoslo desde la dimensión de los sueños (“todos nosotros vivimos dentro de un sueño”), donde pasan veloces los vagones de metro con gente apretujada, los gatos hablan, el joven llamado Cuervo te susurra cosas al oído, Johnny Walker te lleva en volandas por las calles con su estrafalario atuendo y te invita a abrir la puerta y traspasarla o dos soldados de la II Guerra Mundial, perdidos en el bosque frondoso, custodian un pliegue del espacio-tiempo mientras tus ojos recorren las frases con asombro y las palabras emanan el delicioso olor a tinta impresa.

En “Kafka en la orilla” hallas un puñado de los personajes más fascinantes que te puedes encontrar: el inolvidable Nakata, que de niño formó parte del grupo de escolares que sufrió el extraño incidente de la montaña, el ambiguo bibliotecario Ôshima, la enigmática señora Saeki y, por supuesto, el propio Kafka Tamura, trasunto contemporáneo del protagonista de “El guardian entre el centeno” de Salinger en cuya traducción al japonés trabajaba Murakami cuando la idea de este libro surgió como un chispazo. Pero Murakami el hechicero tiene la asombrosa habilidad de elevar a la categoría de personajes con vida propia a seres inanimados: el edificio y las estancias silenciosas de la Biblioteca Kômura (el viento hace ondear lentamente las cortinas de las salas de lectura), el lápiz de punta siempre perfectamente afilada con el que juguetean los dedos de Ôshima o el Trío del Archiduque de Beethoven.

“El día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca. Quizá parezca un cuento de hadas. Pero no lo es. De ninguna de las maneras”. Y ya nada es lo mismo a partir de entonces.

Estreno

Esta tarde, el Palacio Euskalduna de Bilbao acoge el estreno en España del “Requiem” de Karl Jenkins a cargo de las formaciones musicales del Conservatorio de Leioa: Kantika Korala y Coral “San Juan” y la Joven Orquesta de Leioa. Se repite, de esta manera, la experiencia que tuvo lugar en Octubre de 2005 en el mismo auditorio con el estreno de la “Mass of the Children” de John Rutter, de quien hablábamos el otro día y podemos volver a hacerlo si haces click aquí. El “Requiem” de Jenkins sigue la habitual distribución de la misa latina de difuntos pero incluye cinco poemas haiku japoneses. En este sentido, Basilio Astulez declaraba el otro día en la presentación del evento que “la iluminación, vestuario y decorado transmitirán la filosofía zen a través del rojo, blanco y negro”. La partitura ha sido adaptada a partir del original, de sonido electrónico, por Margarita Lorenzo de Reizábal, directora general del asunto, con el visto bueno del autor. Personalmente, el Requiem de Jenkins me parece un poco tostonudo en algunos momentos pero el trabajo que hayan hecho Lorenzo y Astulez, cada uno en su parcela, me parece un estímulo más que suficiente. Pues eso, esta tarde.

Pongo el anuncio porque me lee una “jartá” de gente de por allí y alrededores y porque cuando buscas en Google “Kantika Leioa” o parecido te sale este blog en primer lugar (no tengo la culpa) y la gente lleva semanas llegando hasta aquí a través del buscador pidiendo info de la noticia. Eso me hace pensar en dos cosas: en primer lugar me extraña un poco que una formación que ha alcanzado una notable proyección carezca de un simple web oficial a estas alturas de la era de la información pero en segundo lugar casi me alegro, fíjate, porque así me entero de la agenda sin siquiera preguntar. Me explico. Como he dicho antes, cuando pones “Kantika-Leioa” o similar en Google lo primero que te sale es este blog así que cuando la estadística empieza a detectar la entrada de medios de comunicación y particulares que llegan de la mano de Google mediante cadenas de palabras como “requiem jenkins kantika” pues ya tienes la noticia como si fuera uno de esos antiguos teletipos que escupían el titular como en telegrama. Ya sólo te queda investigar un poco, preguntar, acudir a los medios locales (locales de allá) y confirmarlo. Eso es lo que ha pasado en las últimas semanas.

Luego hay una segunda parte en este asunto a la que asisto entre divertido y perplejo y es la cantidad de gente que me escribe por mail y las cosas que dicen. Hay gente que me escribe:

-creyendo que soy el manager (!)
-pidiéndome partituras de las obras que cantaron ayer en no sé dónde (!)
-poniendo a parir tal o cual aspecto de la interpretación de una obra del disco (a mí que me registren, oiga)
-elogiando tal o cual ídem (ídem).
-preguntando el nombre de la chica de la diadema (?) o que le diga “al rubio que ta mu weno” (!?!?) (frase textual)
-solicitando el calendario de próximas actuaciones.
-pidiendo discos.
-(y puntos suspensivos, pero no sólo tres como se acostumbra a poner. Más)

Y yo hago como las Casas Reales: ni confirmo ni desmiento, es decir, que no digo nada y punto, no contesto, total, qué voy a decir si no soy ninguna de las cosas anteriores. Yo en este asunto sólo hago como decía Dámaso Alonso: hacer crítica de lo que me entusiasma. Pero me resulta chocante la capacidad de difusión que puede alcanzar un simple apunte en un blog personal perdido en un rincón de la galaxia de la Blogosfera: ya son más de dos mil personas las que se han detenido ante la reseña del cd/dvd y aunque he leído en la prensa afirmaciones del tipo “lo importante no es vender discos, sino hacer música” por parte del entorno, resulta llamativo que el Director General Comercial de una discográfica gorda que distribuye dicho cd/dvd haya colado un spot en el post correspondiente (spot, post, ha salido una frase un poco disléxica). A un Director Comercial sí que le importa vender discos, lógicamente, como lógicamente les importará a todos en el fondo, digo yo. A mí me importaría si lanzara un disco al mercado porque si no… para qué lo lanzo, no? Pues lo lanzo para dar a conocer lo que hago y las ventas confirmarían que lo que hago tiene aceptación. En fin, como dije en su día a mí no me importa lo del anuncio gratis de la discográfica porque yo a los chavales les apoyo pero quizá no estaría de más que los mayores se pusieran un poco de acuerdo.

Yo a la tarde no voy a poder ir, me pilla muy lejos; pero si va alguien podría contar qué tal. Gracias por anticipado. Y a ellos, suerte.

Síntomas

Ya estamos otra vez igual. Ha sido desaparecer el dolor y ha desaparecido la creatividad musical. Exactamente igual que a comienzos de 2000 cuando llegó el elixir 1.0 y la anestesia duró siete años. Pues lo mismo. Pero lo más chocante de todo es que la cosa va más allá; en realidad se trata de una especie de amnesia. Me siento ante el teclado o miro el pentagrama vacío y se me hace todo extraño, no visualizo los sonidos, ni las texturas; es como si de repente me hubiera vuelto ciego y sordo para desenvolverme tonalmente, palpando torpemente a la derecha y a la izquierda del teclado en busca de un agarradero armónico, incapaz de empujar dos notas consecutivas para que cojan el vuelo melódico. Y parecerá ridículo pero eso me genera una considerable ansiedad.

Qué misteriosa es la química, si es que es química de lo que se trata, que no me extrañaría nada, porque empiezo a pensar, por muy raro que parezca, que los famosos anti-TNF (alfa) bloquean algo que repercute en ésto, qué sé yo. Suena a chiste pero no lo es, habida cuenta de la evidencia. Me parece mentira que hace unos días, estando como estaba (de mal) compusiera de seguido cuatro cosas, sí, digo bien, cuatro y no tres como escribí aquí, porque esperando a que volviera de vacaciones la persona que hace años elegí para que hiciera la prueba del algodón de lo que hago en música, va y salió una cuarta también de tirón, y a mí la cuarta me llegó al alma más que las tres anteriores juntas, porque a veces pasa, sale algo de dentro como si dentro hubiera un duendecillo que se expresa de una forma que lo que dice no necesariamente corresponde a lo que uno siente en ese instante.

Esta tarde me he encontrado al director del coro y nada más verme ha abierto su maletín y ahí estaban mis criaturas, mis trillizos, clonados por la fotocopiadora medio centenar de veces para el medio centenar de voces. Reconozco que me ha hecho ilusión tener en la mano uno de esos ejemplares. Él: hoy primer ensayo. Yo: ¿yaaa? (con tres aes lo menos) Él: ya. Yo: pues hijo, qué celeridad. Y entonces ha dicho como en tono de confidencia: pero la mejor es la cuarta. Eso ha dicho. Está mal que lo diga yo pero tiene razón, pero es que la cuarta tiene vida por sí misma y no puede ir con las tres anteriores; las tres forman un grupito que congenia bien cuando las reunes dentro de unas tapas y le pones el título en la portada mientras que la cuarta ha nacido con una personalidad independiente. Pasa como las personas, hay quien va por libre y hay quien va con la pandilla. La cuarta ya está metida en el ordenador con el programa de notación a falta de la maquetación definitiva y enseguida llegará a las manos del director. El director ha dicho que espera que haya una quinta y una sexta pero todo apunta a que no va a ser así porque de repente me he quedado ciego para la música, como los ciegos de Saramago, una ceguera blanca de tecla blanca con perspectivas negras de tecla negra. Es un efecto secundario de los anti TNF (alfa). Fijo.

Patricia

Para poder cerciorarme y poner el título al post con seguridad he tenido que protagonizar toda una aventura esta mañana, qué digo una aventura, un gag al más puro estilo Mister Bean. Es que venía caminando, no? y entonces me ha parecido ver allá a lo lejos, en la otra acera, a Patricia hablando con una pareja joven. Digo que me ha parecido porque de lejos es que no veo nada, chico, pero para mí que parecía Patricia apoyada en su bicicleta. Como me dirigía en esa dirección he supuesto que conforme me acercara la visión se volvería más nítida.

Pues no.

Y cuando he llegado a situarme frente a ella, carretera de por medio, me he dicho, pero es posible que no distingas si es Patricia o no? Y ahí estaba yo inclinando la cabeza hacia delante y entrecerrando los ojos (que ya es paradoja que para forzar la vista tengamos que entrecerrar los ojos cuando se supone que tendría que ser al revés) y entonces me he dado cuenta de que el chico que era pareja de la chica que hablaba con la presunta Patricia me estaba mirando con cara de decir: este tío es un baboso o qué pasa. Y es en ese momento cuando me ha salido el Mister Bean que todos llevamos dentro y que te hace girarte torpemente y hacer como que miras a las nubecitas pero en el fondo miras de reojo hacia los tres que están al otro lado.

Unos metros más allá he tenido una gran idea: llamar a Patricia desde el móvil. Ha sido un momento muy de película porque estaba yo agazapado en una esquina (más que nada para que el tipo no me viera) con el suficiente ángulo de visión para ver a la presunta Patricia y comprobar si a mi llamada echaba mano de su bolso o del bolsillo y salirle con alguna ingeniosidad del tipo vaya bici más chula que llevas hoy y vaya cháchara que llevas con esos dos, más que nada para vacilarle un poco antes de decirle que mirara al otro lado de la calle y, tachán, hola.

El móvil daba tono de llamada pero nada. Vaya, pues no es Patricia y no voy a insistir por si está trabajando, me he dicho. ¿O si que es Patricia y no oye el teléfono? me he preguntado. Qué fastidio. Tras el fracaso del plan he decidido marcharme pero al detenerme en el primer semáforo me he dado la vuelta porque soy muy testarudo y porque es que es muy raro que coincida con Patricia (creo que llevamos vidas paralelas) y precisamente hace unos días me dije que tenía que hablar con ella. Me he vuelto a situar casi casi frente donde ella estaba suponiendo que en algún momento giraría la cabeza y me vería.

Pues no.

Mirar, mirar, quien miraba era el tipo, cada vez con cara más mosqueada. Yo he vuelto a hacer de Mister Bean y he hecho como que me llamaban al móvil y sin pensarlo (Mister Bean no piensa mucho las cosas) he cruzado la carretera hacia ellos. Por poco se me lleva una moto. Una vez en la otra acera y conforme me acercaba, la presunta Patricia me daba la espalda pero el tipo, que lo tenía de frente, me miraba con la ceja arqueada y yo decía sí, sí, vale, bien, bien, al silencio del móvil. El caso es que me he puesto tan nervioso que cuando he pasado al lado de la presunta Patricia no he caído en oir su voz o en girar la cabeza, te lo puedes creer? Valga en mi descargo que cualquiera la giraba para mirar con el tipo ese haciéndome un marcaje tan implacable. Qué situación más absurda, por Dios.

Pero todas las situaciones absurdas son susceptibles de empeorar: iba hablando por el móvil con alguien imaginario cuando justo al cruzarme con una señora ha tenido que sonar el móvil de verdad. También es casualidad, leches. Me he dado un susto de muerte, casi me quedo sordo y la señora me ha mirado con expresión acorde a las circunstancias. Me he dado la vuelta por enésima vez, harto de la escena, decidido a salir del encuadre, por hoy suficiente gag. Yo: Sí? La voz al otro lado del móvil: “Babel”. Era el del videoclub. Desde lo de la Juani hace ímprobos esfuerzos por ganarse de nuevo mi confianza. Yo: “Vale, me paso a por ella, gracias”. Y en ese momento alguien ha alzado la mano saludándome y me ha sonreído.

Era Patricia.

Y yo: ¡anda, qué sorpresa! y mientras le daba dos besos me he preocupado por darle la espalda al tipo que llevaba todo el rato sin quitarme ojo porque me he dado cuenta de que con las palabras que acababa de decir “¡anda, qué sorpresa!” tras diez minutos yendo y viniendo, había terminado de fastidiarla. Total, que la pareja se ha despedido de Patricia y yo me he despedido de presunta pero me he quedado con Patricia a secas y al fin. En fin.

Elixir 2.0

El despacho del médico en el hospital se ha convertido para mí en un lugar común desde principios de diciembre pero ayer llegué en tal estado que el médico decidió tomar él mismo la decisión. La decisión se refiere a probar el nuevo fármaco norteamericano que viene a sustituir al antiguo elixir. Llevábamos un tiempo en compás de espera para que el cuerpo fuera eliminando el anterior para confirmar plenamente que los últimos estragos habían sido causados por él. Pero mientras éstos se confirmaban la enfermedad rebrotó con todas las de la ley y una situación así, sin una medicación que ponga orden en el caos, no era sostenible por mucho tiempo.

El dilema al que me he enfrentado estas últimas semanas no ha sido fácil: por un lado, veía que así no podía estar por mucho tiempo; por otro, me resistía a volver a hacer de conejillo de indias de un producto de biotecnología con poco rodaje (sobre todo después del fiasco del anterior). Así que la decisión que tenía que tomar estaba entre mal y mal. Pero al final fue el médico el que decidió porque dijo que ya no se podía esperar y yo, que le reconocí que la situación me superaba (parece mentira después de 25 años con ésto pero así me sentí), me encogí de hombros y lo dejé todo en sus manos.

En sus manos tuvo inmediatamente el teléfono desde donde se puso en comunicación con la farmacia del hospital. Mientras preparaban el producto, al que a partir de ahora nos referiremos como elixir 2.0, me explicó el qué, el cómo y los peros. De nuevo, un anticuerpo monoclonal humano producido mediante cultivos celulares que se administra de forma subcutánea y que es lo suficientemente inteligente para encontrar y bajarle los humos a una proteína específica, la TNF-alfa. La llaman con siglas porque sin siglas y traducido al castellano es más largo y suena fatal: Factor Necrosis Tumoral (alfa). Lo de factor, pase; lo de necrosis y lo de tumoral inquieta bastante, la verdad; lo de alfa será para darle el toque ultramoderno, digo yo.

Por lo visto el elixir 2.0 lleva un parche que mejora los fallos de seguridad de la versión 1.0 en el sentido de que los circunscribe a un ámbito determinado y no como el otro que te colgaba cualquier programa del disco duro sin avisar. Dijo el médico que debía advertirme que con el medicamento me dan más boletos que a los demás para llevarme el día de mañana un cáncer linfático. Como comprenderás, no di las gracias.

Los pasillos de la planta sótano del hospital son inquietantes. Transitas ese laberinto y te preguntas qué es lo que hace de ellos un lugar inquietante y pronto te das cuenta de que no hay luz del día. El médico me daba conversación pero no sé de qué iba porque yo estaba acordándome del Hospital Kingdom, pero no el de arriba, sino el de abajo, el del inframundo. La cabecera de Hospital Kingdom me descubrió a Ivy susurrándome al oído “Worry about you”. Ivy siempre se preocupa. Gracias, maja.

En la farmacia presencié todo un espectáculo. Supongo que para disimular/justificar el (desorbitado) precio del medicamento, los laboratorios lo han preparado de tal forma que parece que te has comprado la PlayStation 3 o similar y la farmacéutica desplegó sobre el mostrador: dos mochilitas, unos imanes de colores (!), unas pegatinas con el logo del medicamento (!!)un digipack con el dvd “Conozca su enfermedad de manera sencilla” (por Dios, a esta alturas, pero si el que hizo el dvd no había nacido cuando yo ya conocía mi enfermedad), varios libretos en papel cuché de tropecientos gramos a todo color, un calendario de diseño para marcar los días que toca pinchazo, y varias cosas más que me las salto para llegar a la joya de la corona: una tarjeta donde se supone que debo apuntar mi nombre, el del médico y el número de su móvil y llevarla encima hasta 5 meses después de haber dejado de administrar el producto (!!!). La farmaceútica dijo: qué bonito viene todo, no te parece? Yo miraba a las pegatinas y le contesté que me parecía algo obsceno, la verdad. La farmacéutica hizo como que nada. Yo pensé que iba a necesitar una carretilla para llevar todo eso.

Por la tarde me puse la primera dosis con el respeto que da la primera dosis de una cosa así, nueva, extraña. No sé qué pasará en el futuro en el apartado efectos secundarios pero en el apartado efectos primarios hoy el Voltarén y pandilla ya no han sido necesarios ante mi asombro y el dolor de la contractura ha ido adormeciéndose a lo largo del día.

En “Hospital Kingdom” alguien dice: “yo te doy vida, tú me das algo a cambio”. Parece que tiene que ser así.