Archivo por días: 15 marzo, 2007

Observar

Intimos extrañosCuando a principios de Febrero Miguel Cane me hizo llegar desde México un ejemplar de su libro de conversaciones “Intimos extraños”, me llevé varias sorpresas. La primera la impresionante lista de celebridades con las que había tenido ocasión de conversar personalmente y que va de Meryl Streep a Roman Polanski, pasando por Nicole Kidman, Jodie Foster, Sigourney Weaver, Johnny Depp y así hasta 35 iconos vivientes del mundo del cine. La segunda fue imaginar la intensidad de la experiencia vital que es fácil intuir tras cada uno de estos logros periodísticos. Y la tercera fue preguntarme cómo es posible que alguien acostumbrado a desenvolverse en la vorágine de ese mundo bullicioso sea asiduo a las silenciosas latitudes de este blog.

La entrevista es un arte muy difícil, la buena entrevista, se sobreentiende; hay que ser capaz de saltar con sagacidad, tacto y paciencia los muros que ha erigido la persona que tienes delante para lograr extraer de ella la esencia. Para ello hace falta disponer de muchos recursos; algunos se adquieren y se perfeccionan con el hábito; otros son innatos. Aquí la tarea es especialmente complicada porque, como afirmaba Miguel en la promoción de su libro, se trata de conversar con actores que, en su mayor parte, siguen representando un papel fuera de los focos, de ahí el acierto en el título “Intimos extraños”. Quizá por eso, y aunque el contenido de las charlas mantiene en todo momento el interés del lector, donde el libro brilla realmente es en la habilidad del entrevistador para observar hasta los mínimos detalles, interpretando los gestos, los tonos, y escribiendo con ellos una “entrevista” paralela que, al mismo tiempo, sirve para crear una atmósfera que sitúa al lector en un lugar desde donde podrá disfrutar de un campo de visión mayor.

En este sentido Miguel repara en la manera de saludar de Jane Fonda (ofreciendo a todos los presentes la mano) y mientras ella se acomoda en un sofá él tiene tiempo más que suficiente para captar aquellos rasgos que hablan de la persona antes de que lo haga, quizá, el personaje: “La sonrisa es rápida, confiable, inteligente. Se sienta con la elegancia de una mujer de cierta edad acostumbrada a esta clase de eventos”. No escapan a los ojos del observador las escenificaciones que pretenden pasar por espontáneas: “La cita con Colin Farrell es lejos de los suntuosos salones de los hoteles de cinco estrellas donde habitualmente se llevan a cabo las entrevistas. En este caso, los publicistas conciertan el encuentro en un salón de billar ubicado en la parte baja de Manhattan (…) Colin y sus amigos juegan en una de las mesas -aunque apenas son las tres de la tarde y hace frío- fuman y beben cerveza. Al sonreir, el actor no se parece realmente a su persona en pantalla, ni al que figura en las fotos; más bien luce como un universitario que mata un rato entre clases. Su hermana Claudine ejerce como eficaz e inseparable asistente personal. Colin abre un paquete de Lucky Strikes sin filtro y ofrece uno”. De paso, el actor ofrece también una advertencia: “No me asustan las entrevistas, siempre digo lo primero que pienso, de todos modos siempre hablo de lo que quiero hablar”.

En ocasiones las barreras son inexpugnables: “Antes de comenzar la entrevista, la traductora que acompaña a Keanu Reeves advierte: por favor, no le hagas preguntas personales porque no las va a responder. Acto seguido aparece el actor con expresión inescrutable, traje gris y camisa negra. Su actitud es de precaución, aunque escucha atentamente todas las preguntas que se le formulan (…) La charla es sosegada y la advertencia es innecesaria, ya que para proteger su intimidad, Keanu Reeves es un experto”.

Y, sin embargo, en otras ocasiones, la empatía que consigue establecer el entrevistador con su entrevistado da como resultado una complicidad que incluso invierte las tornas, como en el caso de las dudas que manifiesta Liv Ullman con respecto a las entrevistas:

-Hay tantas cosas que pasan en el mundo y aquí estoy y la gente se sienta a entrevistarte y piensa que hay que preguntarte cómo es la actuación, cómo aprendes tus diálogos y cosas como ésas.
-Cosas no muy interesantes, me temo…
-No, pero no me refiero a tí, eres muy joven pero conoces muchas de estas películas. Es diferente. No esperaría que me preguntaras mi color favorito.
-Bueno, ¿cuál es su color favorito?
-Pues… ¡Azul! (risas) Pero, en serio.. ¿cuántos años tienes?
-Veintiséis.
-¡Eres muy joven! No puedo creer que hayas visto estas películas.
-Tenía doce cuando vi “Gritos y susurros”. Doce o trece.
-¿Y tus padres te dejaron verla?
-No sabían que la estaba viendo…

Tras escuchar estas interesantes conversaciones, este lector confiesa haber sentido la tentación de formularle algunas preguntas al entrevistador y así lo deja escrito, como de pasada, con una sonrisa irónica y afectuosa.

Caminata

Hoy he caminado diez kilómetros: cinco por la mañana y cinco por la tarde. Eso quiere decir que probablemente mañana tendré el cuerpo todo dolorido pero como dentro de poco lo tendré igualmente dolorido sin necesidad de hacer kilómetros pues así me voy haciendo a la idea. Dice el médico que no será así porque van a mantener el dolor a raya dado que preveen algo similar a un tsunami, primero por la retirada súbita de la medicación y segundo por el consiguiente efecto rebote. Cuando a las enfermedades les quitas el caramelo de la boca se agarran un cabreo que no veas. Para que no nos pille desprevenidos ya me han recetado tomas diarias de entre 200 y 300 miligramos de Voltarén con un espectacular blindaje gástrico dado que el Voltarén es, de por sí, ligeramente explosivo.

Caminar diez kilómetros exige claudicar de ciertas cosas, por ejemplo, de mi noción walseriana de lo que debe ser un paseo y que ya expuse en su día. Porque eso de dejar suspendidos los sentidos en los recovecos del paisaje, los destellos de las luces entre las ramas, los olores de las plantas recién regadas, los sonidos múltiples de los pájaros y demás está bien para un rato pero para diez kilómetros como que no. Así que, no sin cierto sentimiento de traición a mis principios, me he equipado del iPod. Lo llevo escondido en la sudadera y cuando estoy a punto de salir de la ciudad, desenfundo, me pongo los minúsculos auriculares y marchando.

Cuando estás casi a punto de salir de la ciudad pasas por el video club y esta mañana estaba desenredando los cables de los auriculares cuando el del videoclub ha asomado la cabeza por la puerta y ha dicho muy sonriente:

-Buenos días, Yo soy la Juani.

A lo que le he contestado,

-Y yo Perico de los Palotes.

Y él: que no hombre, que tengo “Yo soy la Juani”. Y yo: que ya, hombre, que lo he entendido, pero es que yo no me llevo a la Juani ni muerrrto. Y él: pues es de Bigas Luna. Y yo: Pues que biga lo que quiera pero ni hablar.

El del videoclub se desconcierta mucho conmigo. Hubo una temporada que dijo que iba a tener que contratarme para media jornada y el otro día lo repitió y dijo que lo haría porque “controlas y además te sueles llevar cine raro“. Total, porque un día me llevé una película ¿camboyana?. Ya no me acuerdo. Yo me llevo de todo, la verdad, pero cómo hacerle entender que, en primer lugar, si me llevo también esas pelis es porque te dan la garantía de que al llegar a casa vas a abrir la caja y no te vas a encontrar la superficie del dvd con grumos de procedencia desconocida y untada de aceite; en segundo lugar, porque da pena que esas películas pasen la vergüenza de estar expuestas sin que nadie las adopte por 24 míseras horas mientras que a las de al lado se las rifan. Y tercero porque, salvo excepciones excepcionales, son películas realmente interesantes. Y, además, cómo hacerle entender que, para mí, raro, lo que se dice cine raro, es “Yo soy la Juani”.

-¿Entonces no a la Juani?
-No, pero dile que no se lo tome a mal.

Y me he puesto los auriculares y he empezado la marcha. La batería del iPod aguanta los diez kilómetros como una valiente, sólo pierde una rayita en el camino. Yo también he aguantado perfectamente, lo que no sé es si mañana me tendré que enchufar al cargador de baterías. Me voy a cenar. Que aproveche.