Cuentos

Si le cuentas un cuento a mi sobrino Carlos, luego te lo repite en japonés. Me dí cuenta ayer por la tarde cuando vino a verme y nos sentamos juntos en el sofá con un libro de colores sobre las piernas. El ajetreo de esta Semana de Música virtual me permite estos pequeños respiros aunque, como ayer, tenga que cerrar la puerta del salón porque los ensayos de esta pareja de artistas invitados son muy alborotados, la verdad. El caso es que le dije a Carlos que Pulgarcito era muy muy pequeñito, así de pequeñito, y le mostré una pequeña abertura entre el pulgar y el índice de mi mano derecha para que viera lo pequeño que era Pulgarcito. Y cuando más tarde llegó mi madre quiso contarle él mismo el cuento y al llegar el momento de las descripciones reprodujo el mismo gesto con sus deditos pero en lugar de decir que Pulgarcito es así de pequeño dijo “ahishi ta kaná”. Curioso. Se lo tengo que preguntar al japonés de los vídeos antes de que se vayan, que les falta poco, por cierto, y me estoy encariñando, y ya verás cuando se despidan, ya, ya me veo con la lagrimilla ahí asomando.

Yo nunca cuento la historia que pone en los cuentos, la verdad. No sé si por llevar la contraria o porque ya aburren las mismas historias. Quizá es porque siempre me ha parecido que las ilustraciones están desaprovechadísimas y son una fuente inagotable de historias, mucho más apasionantes que el propio cuento al que acompañan. Y da pena ver esos dibujos tan llenos de detalles y tener que pasarlos a toda velocidad porque acompañan a una escueta frase de tipografía cuerpo 48 que dice “La mamá de Jorge le lleva de la mano al cole”. Y no. Porque mira la luz de la ventana de esa casa, por ejemplo. ¿Será la casa de Jorge? Es que si es la casa de Jorge se han dejado la luz encendida, yo creo que deberíamos mirar a ver. Y acercamos el libro a los ojos y le digo a Carlos que no, que es la casa de otro señor que está echando la siesta. Y el dice que sí. Qué va a decir, si es evidente.

Y luego nos acordamos de esa ardillita que estaba subida en la rama de un árbol en la página 3 y volvemos a la página 3 para ver si se ha caído, pero no, menos mal, podemos seguir contando el cuento. Y mientras Jorge cruza la calle de la mano de su mamá vemos el escaparate de una pastelería y hay un señor con un gorro en la cabeza que saca una tarta de chocolate del horno. ¿Estará hecha las tarta o todavía no? Entonces olemos el trozo de página y yo le pregunto a Carlos si huele a chocolate y dice que no con la cabeza, así que no está hecha; hay que esperar porque luego nos dará un trozo y ya verás qué rica. Y pasamos página o cambiamos de cuento porque da lo mismo; lo mejor del mundo es construir la historia que quieras y llevarla por aquí o por allá.

Cuando salen animales ponemos la punta del dedo índice en su boca para ver si muerden o no. Si Carlos pone la puntita del índice y dice “uis” y la quita rápido es que sí muerde y entonces no nos cae nada simpático y nos vamos corriendo de allí. Y si encontramos a unos patos bañándose en el río le pregunto a Carlos si ha traído el flotador y el traje de baño y me mira y me dice que no así que le digo que entonces no nos podemos bañar. Y él se encoge de hombros con resignación pero le digo que otro día que se acuerde y ya está, que además hoy el agua está fría, fría, fría. Mira. Y metemos el dedo en el agua de papel azul y sí, está fría. Luego sale la mamá canguro y no muerde y tiene gracia porque cuando le cuento que la mamá canguro le dice a su hijito “dame un beso” va Carlos y me da un beso en la cara porque piensa que le estoy diciendo que me de un beso a mí y me río y le doy otro. Y si sale dibujado un coche decimos cuidado al cruzar. Y si hay una nube pintada arriba en el cielo le pregunto si va a llover y a veces dice “sí” y a veces “no” y a veces “no sé” pero tenemos paraguas por si acaso y por si acaso dejamos el libro encima de la mesa y vamos al paragüero a mirar y sí, hay paraguas. Pues mejor. Por si llueve.

Le puedes contar a Carlos todo lo que quieras que luego te lo repite con los mismos gestos y, además, en japonés.

6 pensamientos en “Cuentos

  1. Anonymous

    :-)
    estoy sonriendo,
    de veras.
    eres un oasis.

    me gustan los oasis :
    los días de sol en invierno
    y los días de lluvia en verano.
    y sonrío porque acabo de encontrar
    el oasis
    de hoy…

  2. emejota

    No sé si soy un oasis,
    soy o así o asá,
    según el tiempo,
    pero es bonito ser el oasis de una sonrisa.

    Gracias.

  3. Rachel

    y da clases particulares Carlos???? Yo quiero aprenderme los cuentos en japonés y oírselos contar…

  4. Miguel Cane

    Querido Mariano,

    Como dijera la publicidad de Kodak, recordar es volver a vivir.

    Admiraba a mi abuelo porque podía dibujar y entonces, me daba los personajes que yo le pedía “una princesa” “un monstruo” “un detective” y luego yo contaba los cuentos.

    Ahora, a eso me dedico.

    Un abrazo fuerte, fuerte.

    Y gracias, ¿eh?
    Gracias, de verdad.

  5. emejota

    Un día pasamos con el libro de cuentos si quieres, Raquel. Sin problema.

    Pero tú escribes los cuentos, Miguel. Yo ni sé dibujar ni escribirlos… Contarlos sí, pero algo me tenía que tocar :)
    Gracias a tí (de verdad)

    Otro abrazo fuerte para tí, Eram.

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