Archivo por días: 2 marzo, 2007

Electrodos

Ya de vuelta. Al fín he podido averiguar si la cosa era “algo molesta” o “cruenta” y ha resultado ser, menos mal, lo primero. Sin embargo, en el transcurso de las pruebas en el hospital ha surgido una nueva discrepancia semántica: lo que para ellos era “te vamos a estimular” ha resultado ser, en mi opinión, “te vamos a electrocutar”. Mi concepto de la estimulación es otro, la verdad.

Había dos neurólogos y una enfermera, los tres muy majos. El neurólogo tenía barba y hablaba como con vergüenza, como si las palabras se le escondieran entre las barbas. La neuróloga hablaba con acento canario, tenía una mirada muy atractiva (y le sonaban las tripas, qué le vamos a hacer). A la enfermera no le sonaban las tripas pero no hacía más que darle al chicle a toda pastilla con la boca abierta diciendo: tú relájate, mi chico, relájate.

Me estaba poniendo negro con el chicle. Relájate así, anda.

Sentado en la camilla y contemplando ese cacharro del que salían infinidad de cablecitos de colores terminados en sendos electrodos que parecían decirme: ven, ven, les he preguntado, ¿de qué va la tortura?. El neurólogo le ha dicho algo a la barba; la neuróloga ha sonreído dulcemente con su sonrisa canaria y ha dicho tranquilo, no te preocupes. La enfermera seguía dándole al chicle compulsivamente. Debe tener una mandíbula de hierro la tía.

Como casi siempre ocurre en mi ya dilatado historial médico, mis experiencias hospitalarias siempre tienen un momento que sacan de mí el Woody Allen que todos llevamos dentro. En esta ocasión me tienes que imaginar primero vestido con una bata blanca, ungido de gel conductor y lleno de cables. Parecía Elsa Lanchester en “La novia de Frankenstein”, sobre todo a la descarga número cincuenta y uno en la que se me ha debido poner el pelo igual.

A lo que voy.

Me sientan en una silla (silla eléctrica no, menos mal) y la enfermera y su chicle se acercan por detrás con sigilo, y una mano se posa en tu hombro derecho y la voz y el chicle te dicen en el oído izquierdo: ahora te vamos a dar un golpe seco con una pala en la cabeza.

Eso ha dicho.

Exactamente eso.

Y ha sido decirlo y me ha entrado una risa floja que se ha llevado por delante algún electrodo despegado. ¿De qué te ríes?, ha dicho el neurólogo con extrañeza (su barba también parecía extrañada) Y yo: pues de lo de la pala y el golpe seco. Y él: es que es verdad. Y yo: hombre, pero es que dicho así suena a matanza de Puerto Urraco y me ha entrado tal risa que me he llevado las manos a la cara y se me saltaban las lágrimas no sin cierta preocupación de que la humedad del lacrimal contribuyera a una electrocución accidental. ¿No te pasa que a veces te entra una risa incontrolable? Pues eso. La enfermera se afanaba en recolocar los electrodos caídos dale que te dale al chicle aunque yo creo que a la neuróloga le ha hecho algo de gracia lo de Puerto Urraco. Lo que no sé es si le seguían sonando las tripas. Total que la tal pala era un artilugio plano apoyado sobre el cráneo y el tal golpe seco era el (im)pertinente cable que, a la orden del neurólogo, daba en la diana haciéndote botar en la silla.

La madre que los parió.

Al final me han dicho que me he portado muy bien y que he sido muy bueno y que por eso han tardado media hora menos de lo previsto. Yo he pensado que mejor porque así la neuróloga podía aprovechar para escaparse a la cafetería y comerse un donut o algo. Pero antes de vestirme y de meter en el bolsillo al Woody Allen que todos llevamos dentro he aprovechado para dejar caer una frase muy suya: ¿es benigno?. El neurólogo ha dicho que es normal y que tranquilo y la neuróloga ha vuelto a sonreir y ha dicho que sí con la cabeza. La enfermera seguía ejercitando el maxilar con el chicle, infatigable al desaliento.