Archivo por meses: marzo 2007

Compositor

Tengo un problema con John Rutter (1945), el prolífico compositor británico, el John Williams de la música coral anglo-norteamericana (ya, ya sé, pero es que sus fanfarrias de metal tienen un aire a secuencia de acción en CinemaScope que no veas).

A lo que voy.

Hay compositores que tienen facilidad melódica y otros que tienden a un melodismo facilón. Y no es lo mismo, claro. El problema que tengo con Rutter es que se desliza en equilibrio, cual funambulista, por la fina línea que separa una cosa de la otra, oscilando un pelín hacia aquí y luego hacia allí sin terminar de cruzar del todo la frontera. Mira que es difícil mantenerse así. Pues eso pasa con Rutter. Por eso le escuchas y sí y pero y no del todo y a ratos, no sé si me explico.

A Rutter le tienen subido a los altares en los EEUU pero, curiosamente, los británicos son un poco más prudentes a la hora de profesarle entusiasmos. Y no precisamente por aquello de que “nadie es profeta en su tierra”, que en eso Rutter no se puede quejar, sino porque lo ven, cómo decirlo, “ligero”; hay que fijarse más en las comillas que en el adjetivo porque un compositor puede ser ligero y no pasa nada pero si es “ligero” ya ha bajado algún tono. A Rutter se le reprocha que tiende a ser predecible y dulzón y es verdad (aunque de vez en cuando te toca una tecla por dentro y algo se enciende) como igualmente es verdad que tiene una legión de seguidores abrumadora.

Ahora que lo pienso, tengo un segundo problema con Rutter y es el coro que dirige: los Cambridge Singers, que fundó en 1981. Ay con los Cambridge Singers. Suenan a una mezcla entre coro parroquial de iglesia de Massachusetts y coro de banda sonora de Mancini. Una cosa rara rara. Porque el coro parroquial de ese sitio tan largo pues queda bien allí y lo de Mancini ni te cuento lo bien que queda entre los 35 mm del celuloide (y fuera también). Pero es que, ¿ves? ahora estoy escuchándoles cantar el “Et Misericordia” del “Magnificat” (que es uno de los fragmentos de Rutter que más me desconcierta porque es el ejemplo perfecto y simultáneo del acierto y el desacierto en lo compositivo) y esos cantantes parecen los mismos que en los cincuenta cantaban las bandas sonoras de Disney.

En mi opinión personal, lo mejor de Rutter se encuentra en el “Benedictus” de su “Mass of the Children”, sobre todo cuando no lo cantan los Cambridge. La “Mass of the Children” fue compuesta tras la muerte de su propio hijo y para el Benedictus, Rutter concibió una melodía larga, sencilla, confortable e inspirada; cuatro adjetivos que dan como resultado que dicha melodía se defienda por sí sola y no precise de ninguna elaboración. El desarrollo viene dado desde fuera: Rutter se limita a repetirla tres veces pero “alumbra” cada repetición de manera distinta haciéndola pasar, en relevos, primero por el coro de niños, después por el coro de adultos y, finalmente, por dos solistas (soprano y barítono).

El estreno en España, el 23 de Octubre de 2005 en Bilbao, dejó un señor Benedictus y, ahora que caigo, me estoy dando cuenta de que al querer solucionar con este Benedictus el primero y el segundo de los problemas que tengo con Rutter me doy de narices con un tercero: por el horizonte asoma el simbolito del copyright que eclipsa el correspondiente trocito de audio que gustosamente pondría a continuación.

Hijo, pues van a ser todo problemas con este hombre. Y qué quieres que le haga.

Afinación

El sistema tonal con el que se ha escrito toda la música durante cuatrocientos años se asienta sobre una falsedad. Dicho así sorprende pero es verdad. A una persona que comienza sus estudios musicales enseguida se le dirá que entre las notas “do” y “re” hay un tono y lo mismo entre las notas “re” y “mi”. Pero la verdad es que eso no es cierto o, para ser más exactos, no es verdad del todo. Porque en la naturaleza, el tono que hay entre “do” y “re” es más grande que el que hay entre “re” y “mi”. Y eso es un problema a la hora de transportar una pieza de música de un tono a otro. Transportar una pieza de música es, por ejemplo, lo que pide una cantante cuando se dirige al pianista que la acompaña y le pide por favor un tono más alto y entonces canta la misma melodía un poco más aguda.

Si la cantante se puede permitir eso sin que en el resultado suene un disparate es porque en su día se inventó un sistema de afinación tramposillo que es muy ingenioso pero que tiene efectos secundarios, como todo. Ese sistema se llamó “Temperamento Igual” y consiste en falsear deliberadamente la distancia real entre las notas que componen una escala para que entre ellas haya, por bemoles, la misma distancia, como cuando desplegamos una cinta métrica y vemos que todos los centímetros que componen un metro miden lo mismo. De esta manera nos aseguramos que, estemos en la escala que estemos, no resbalaremos por los peldaños; dicho musicalmente: nos aseguramos que una melodía suene igual en cualquier tonalidad. El invento supuso sobre todo una alegría para los intérpretes de teclado porque entonces ya podían subir y bajar por las escalas que quisieran (lo que en música se llama “modular”) y visitar libremente a los vecinos de más arriba o de más abajo. Es significativo que el taller de pruebas de este sistema fuera una obra de Bach para teclado que se llama “El clave bien temperado y que es un catálogo de piezas en todas las tonalidades posibles.

Los efectos secundarios de ésto empiezan con la ingesta de una dosis masiva. Dado que todo lo que oímos está temperado, es decir, falseado, nuestro oído acepta como “correctos” intervalos que en la naturaleza se dan de otra manera. Los músicos son los primeros que se contagian: en la educación musical, las primeras entonaciones de solfeo se hacen con la ayuda de un piano, es decir, un instrumento temperado. Hay quienes se muestran partidarios de formar el oído a partir de la afinación pura o real. Gerald Eskelin, autor de un libro tan interesante como divertido y de título provocador: “Mentiras que me contaba mi profesor de música” (Idea Música), insiste sobre todo en las ventajas del uso de la afinación pura en la música vocal. Cuando los sonidos individuales que componen un acorde consiguen encajar en su verdadero sitio ocurre un fenómeno acústico fascinante: rápidamente son absorbidos por la masa sonora y el acorde deja de ser percibido como la suma de varios elementos para pasar a ser una sólida unidad. Con ello se consiguen aciertos sonoros asombrosos. Desde mi educación musical como pianista, este asunto va últimamente in crescendo en lo que a mi curiosidad se refiere.

Querer

Estos días mi sobrina se está quedando a comer en casa y durante las comidas charlamos sobre asuntos trascendentes como cuánto pesan las nubes y si se pueden doblar, quién inventó el color naranja, si las princesas de los cuentos llevan móvil para hablar con los príncipes azules, por qué los príncipes son azules si en el cuento siempre tienen el pelo moreno o rubio, o qué hace el invierno cuando hay que ir a la piscina. Ayer cuando se iba al cole se acercó al sofá a darme un beso sin ruido (un día toca beso con ruido y otro sin ruido, dice ella que es así) y al abrir la puerta de casa enfundada en su abrigo rosa y con la burrita Palmira bajo el brazo le oí decirle a mi madre que hoy el tío no está tan malito porque me ha querido más. Hay frases que se quedan muy adentro y no van al cole.

Repaso

Esta noche me he internado en los archivos del blog y he ido sacando posts de las carpetas polvorientas. Ha sido muy curioso comprobar que hay meses que parecen haber sido vividos por otro; leo lo que quedó escrito y lo hago como quien se asoma a una vida ajena. La excursión, linterna en mano, ha tenido el propósito de buscar un post que pudiera reducirse, mediante cirugía plástica, a quince líneas de cuerpo doce, que es una talla difícil de conseguir por quienes sienten debilidad por picar adjetivos a deshoras y luego tienen problemas para mantener la línea. ¿El motivo de la intervención? Hacer un experimento (esta parece ser la semana de los experimentos) consistente en enviar un post a un concurso de micro-relatos porque, a punto de cumplir dos años escribiendo desde estas latitudes, la gente sigue pensando que yo las cosas me las invento y que tengo mucha imaginación y yo siempre he respondido que no, que no me invento las cosas y que ya me gustaría tener imaginación porque de mayor, recordémoslo, me gustaría escribir una novela ya sea antes o después de ser productor ejecutivo de una serie de televisión, que esa es otra cosa que me gustaría ser de mayor.

Pero el otro día me hablaron de la convocatoria y pensé que a lo mejor el jurado piensa que un trozo de mi vida, reducido a quince líneas, tiene la suficiente inventiva, imaginación y hasta se expresa a sí mismo con la suficiente fluidez narrativa como para considerarlo una ficción destacable. En resumidas cuentas: empiezas con una operación de cirugía estética y quién sabe si al final te hacen un trasplante poniendo un trozo de plástico donde antes hubo una víscera ya caducada. No me parece mala idea.

Felicitación

La foto de arriba es repetida pero da igual porque los cumpleaños también se repiten y resulta que en la foto de arriba aparece la sombra de Peter Pan y hoy vuelve a ser su cumpleaños. Peter nunca le ha dado la menor importancia a su cumpleaños, yo creo que hasta se le hace extraño. Y no porque se resista al paso del tiempo, que de eso sólo se preocupa Garfio (tic, tac, tic, tac) y los que sí crecen, sino porque no sabe para qué sirve. Quizá por eso un año hasta se me olvidó felicitarle. A él también le pasa algunas veces, pero no hay que tenérselo en cuenta.

“Todos los niños crecen excepto uno”, escribió Barrie. La frase también es repetida pero ya que estamos de repeticiones no está de más volverla a escribir, en parte porque así es (lo sé bien) y también porque siempre ha sido una de mis frases favoritas, incluso mucho antes de conocer a Peter. Hace unos meses, a Peter se le vinieron encima los años por un momento porque hay capítulos que se hacen más cuesta arriba que otros y pasan cosas tristes, pero pronto volvió a ser el de antes otra vez y todos respiramos con alivio.

Muchas felicidades, Peter.

(Ya puestos, podemos repetir la historia de la foto haciendo click aquí)

Trabajo

Eso, eso. Este fin de semana he trabajado una “jartá”. Yo es que no hago distinción entre laborables y festivos. A lo mejor me tomo fiesta un martes pero igual a las cuatro de la madrugada del sábado estoy trabajando en algo. Ya he rellenado el papel pautado que el otro día le pedí prestado a la impresora. He hecho un ejercicio de reciclaje que, para variar, me ha complicado la vida. Pero es que yo soy así, qué le vamos a hacer. Primero cuento lo del reciclaje y después lo de la complicación.

La memoria recordó el otro día una pequeña composición que escribí hace tropecientos años y en la que experimentaba con varias cosas: diseñar una línea melódica a partir de variaciones en la acentuación de un pequeño motivo inicial, tratarla en un contrapunto que se fundaba precisamente en esas acentuaciones y aliñándola, finalmente, con una armonía de corte modal. En su día quedó en eso, un experimento. El reciclaje ha consistido en desempolvarla, redistribuirla, quitar ésto de aquí para pasarlo allí, quitar esto otro para no ponerlo en ninguna parte y rellenar el hueco consiguiente para que no pase el aire y no haya corriente. Y mira por dónde, el resultado ha sido una pequeña pieza para coro infantil con acompañamiento de piano.

Ahora viene la complicación.

Una cosa es poner música a un texto y otra, muy distinta, ponerle texto a una música ya hecha. A ver dónde encuentras unos versos que te encajen, majetón. Pues en ninguna parte, a no ser que te inventes un lenguaje propio (tentadora idea, tengo que reconocerlo) o que tengas la osadía de hacerte pasar un rato por poeta y te confecciones a medida el asunto. Nunca mejor dicho lo de confeccionar a medida, porque si ya es un infierno discurrir algo, ese algo tiene que encajar aquí con los acentos musicales, y las sílabas tienen que ir en consonancia con el número de notas disponibles y demás.

Reconozco que el hecho de que fuera una pieza para coro infantil ha supuesto una pequeña ayuda porque puedes permitirte un texto mucho más elástico. De hecho, la lógica disparatada o los juegos de palabras se amoldan muy bien al estilo. Y de eso va lo que me ha salido, que habla de un niño que cuenta números y al final tiene una indigestión por comer tanto chocolate así que tiene que venir el médico y le pide que diga treinta y tres (más números). El niño se llama Andrés, y dice treinta y trés, y hay un marqués que se encuentra al ciempiés. Y después. Y al revés.

(ya ves)

¿Cómo titularlo? Pues “Cuento”, cómo se va a titular si no. Porque es un cuento de la cabeza a los pies: cuenta números y cuenta una historia. Cuento- cuento, en definitiva. Lo he terminado de madrugada y al despertarme he dedicado el día a pasar al ordenador la partitura, con las voces, el texto y la parte de piano. Luego la he maquetado (maquetando tengo manías mil, hasta que queda como quiero le da tiempo al ciempiés a cortarse todas las uñas) y hasta le he puesto una portada. Y cuando lo he tenido frente a mí he dicho,

AL FIN

Y ya veremos qué hacemos con ella.

Hora

El mayor disgusto de la semana fue cuando me dijeron que este fin de semana había que cambiar la hora. ¿¿Ya??? Ya. No alcanzo a entender cómo es posible que la gente se alegre tanto con esto del horario de verano porque a mí sólo oir esa expresión, “horario de verano”, ya me pone malo aunque a los pocos días se me pasa el efecto. Lo peor del cambio de horario es que la tarde del sábado te entra cierto estrés pensando que la noche se te va a quedar corta por la hora que te quitan y luego que la primera tarde alargada resulta ser la del domingo. A quién se le ocurre. ¿Hacía falta alargar las tardes de los domingos? Alargar una tarde de domingo es una redundancia: todas las tardes de domingo son largas siempre. Yo creo que ya que hay que cambiar la hora (aunque nunca he entendido bien las razones del cambio) debería hacerse o entre semana o poco a poco, pongamos diez minutos al día, y así te enteras menos. No sé, es raro. Cuando cambio la hora me entra nostalgia de Septiembre.

Vecinos

Esta noche vuelvo a cenar fuera pero esta vez estoy en casa de los vecinos. Lo digo por si llama alguien, que estoy cerca. Lo que no sé es decirte en qué piso voy a estar porque ya se me ha olvidado. El lunes conseguí memorizarlo al fin gracias a una complicadísima regla mnemotécnica pero es que también se me ha olvidado la regla mnemotécnica necesaria para recordar lo del piso, qué te parece, te lo puedes creer?. De todas formas es en el segundo, eso seguro. Si eso que llamen a los segundos y en alguno estaré yo. Cuando a uno le invitan a cenar suele llevar una botella de vino o un postre o cosas así pero estos vecinos son muy especiales y te invitan a cenar si les llevas la tercera temporada de “Los Soprano”. Bien mirado, mal gusto no tienen, desde luego. La vecina ha sugerido la primera temporada de “A dos metros bajo tierra” pero le he dicho que ni hablar porque seguro que la ven doblada y no quiero que me den ese disgusto. Buen provecho.

Familia

Mi confesada inclinación hacia la telefilia (versión series) incluye hacer esporádicas incursiones arqueológicas en el legado del pasado. La experiencia nos dice que es conveniente llevar puesto el casco por si las decepciones, que el tiempo no perdona. No ha sido el caso, afortunadamente, tras recibir y degustar en dvd la esperada primera temporada de “La Familia Addams”, la serie original de 1964, una pieza preciada donde las haya. Podría emitirse hoy perfectamente porque, sorprendentemente, conserva intactos su originalidad, su ingenio y su frescura.

A principios de los 90, Barry Sonnenfeld los llevó a la pantalla grande de manera simpática con un plantel de lujo: Anjelica Huston, Raul Julia y una jovencísima Christina Ricci en los principios de su carrera encarnando a una inquietante Miércoles. El largometraje jugaba con la parte tétrica de los Addams y aprovechaba la tecnología del momento para hacer que “Cosa”, la mano sin cuerpo, se deslizara a todo correr por los pasillos liberada al fin de la caja de la que surgía en la serie de la tele cual caparazón de tortuga. Pero la película dejaba en segundo plano lo fundamental: la crítica que los Addams hacen de la clase media norteamericana. Porque cuando entras en casa de los Addams y convives con ellos un par de capítulos te das cuenta de que los raros son los otros. A los Addams les horrorizan los picnics dominicales y los clubs de señoras que se reúnen por la tarde a tomar el té; les preocupa seriamente que su hijo coquetee con el traje de boy scout y las alarmas se disparan cuando le ven aproximarse a un bate de béisbol por si cae en la deplorable tentación de practicar “eso”.

Capítulo a capítulo, dinamitando las convenciones establecidas, van poniendo en evidencia todo, desde el sistema educativo a la política. Los Addams se valen del delirio para poner el dedo en la llaga consiguiendo, sin embargo, que la gente se ría. Poniendo todo del revés muestran la cruda cara de las cosas. Por eso cuando Gómez decide apostar con la lógica propia de los Addams por el político más corrupto o más susceptible de serlo es porque “como es bien sabido, un político ejemplar es aquel que al ganar las elecciones incumple todas sus promesas electorales y, si es necesario, manda a paseo a los suyos”.

Luego está el acertadísimo diseño de personajes y el casting que los encarna, las tramas, los escenarios y, sobre todo, los gadgets, esa colección de frases, objetos o situaciones recurrentes inherentes al género de la comedia y que actúan como mecanismo de conexión con el espectador al buscar su complicidad.

Se podría hablar largo y tendido de las veladas con los Addams, de los cuidados que Morticia procura a las rosas en el invernadero, cortándoles la flor como si fueran malas hierbas para cuidar las espinas que es lo que importa, o del pétreo mayordomo Lurch sentado al clavecín animando las noches de tormenta o de tantas cosas, pero… El “pero” está en la edición. Y eso sí que no tiene gracia. Porque todo teléfilo que se precie sabe que la primera temporada de los Addams, emitida por la cadena ABC entre 1964 y 1965 constaba de 34 episodios de 25 minutos.

Pues en la caja vienen 22.

Y por mucho que mires el pack no pone por ningún lado “Primera Temporada, primera parte”, sino “Primera Temporada” a secas. Dí que al menos los 22 episodios no son una selección de los 34 pero aún así no me da buena espina (como las de Morticia). Parece que las distribuidoras siguen empeñadas en que nos vayamos al mercado de Zona 1 donde encontramos la edición completa y a un precio más barato aunque ellas pierdan aquí clientes y dinero. A Gómez le parecería normal.

Favor

Hoy no he sido persona hasta las tres y media de la tarde por la cosa del dolor así que he decidido que ya que el día se ha acortado notablemente, me niego a hablar de él en el tiempo libre que me concede. Del dolor, digo. Si no le gusta, que se fastidie. Es que ayer tuve que rebajar la dosis de Voltarén porque mi estómago pidió un paréntesis por favor y hoy el favor se ha notado. Esto de no ser persona hasta las tres y media de la tarde es un problema porque para cuando te entonas un poco ya es media tarde y cuando estás relativamente fresco ya es casi hora de dormir y, claro, el cuerpo te dice que ni hablar. Entonces lo que hace el médico es sumarle a las pastillas para el dolor otras para poder dormir. A las primeras le hago caso pero a las segundas no. Cuando se está bien apetece enterarse. Y hacer cosas. Tú duerme, que no hago ruido.

Cuento

Ayer a media tarde estábamos tomando un chocolate a la taza en ese sitio nuevo donde hacen un chocolate muy rico y fue Andrés el que sugirió que le contara a Pepe lo del joven Malvás y volviéndose a Pepe le dijo ya verás qué historia, ya. Y cuando Pepe, que es escritor, escuchó con atención y sorpresa lo del joven Malvás dijo que eso de que un personaje salga de las páginas del cuento y te lo encuentres a la vuelta de la esquina con su rastro de casualidades es borgesiano y muy interesante. Y tanto. Porque fuera del cuento es distinto. En el cuento no pone, por ejemplo, que cuando Malvás era pequeño ganó en el colegio un concurso de cuentos. Yo no sé de qué trataba el cuento pero entra dentro de lo posible que aparezcamos escritos en él. Tú también.

Estrella

Habría que llamar a la Wikipedia (la enciclopedia libre de Internet) y hacer como Gila: “¿es la wikipedia? que se ponga”. Sí, que se ponga, porque gracias a David (gracias, David), nos hemos enterado de que la biografía del compositor Fernando Remacha (1898-1984) en la Wikipedia aporta un dato insólito en el que los musicólogos no habían reparado hasta la fecha:

Visto lo visto, está claro que lo de este hombre fue silenciado. Hasta ahora sabíamos que Remacha tuvo la feliz idea de huir despavorido de esta ciudad para labrarse una carrera en Madrid. Sabíamos también que llegó a ser uno de los músicos más representativos de la Generación del 27 y que en el 31 presentó el “Grupo de Madrid” o de la República, junto a Bacarisse, Rodolfo y Ernesto Halffter y otros. Sabíamos que trabajó en el cine con Luis Buñuel poniendo corcheas a los fotogramas desde su empresa Filmófono, como igualmente sabíamos que consiguió, por tres veces, el Premio Nacional de Música, en 1932, 1938 y 1980. Sabíamos éstas y otras cosas pero lo de estrella porno nos ha dejado sin palabras; vamos, en silencio de redonda nos hemos quedado. A ver si el señor de la Wikipedia se pone al teléfono y nos aclara el asunto. Y de paso que nos diga algo del señor Aramendía, a ver si nos va a resultar un cochino a estas alturas.

Actualización (21-III-07) para quienes consulten este post allá por el 2018: el señor de la wikipedia se puso finalmente al teléfono y al teclado y subsanó el lapsus: donde dice “estrella porno” quiere decir “violín”. La similitud entre ambos términos hace comprensible la confusión (?)