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Meme 12 febrero, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 8 comentarios , trackback

Barbarita me ha pasado un meme. No me hagas explicarte qué es un meme porque no lo tengo muy claro pero para mí que es un cuestionario que se va pasando de uno a otro, como aquello de las cartas en cadena que debías mandar a no sé cuántos porque si no para qué te voy a contar la de desgracias que te podían pasar, como aquella señora que tiró la carta a la basura y al día siguiente amaneció calva. Pues ahora la cosa no trae consigo desgracias y se llama meme. No es la primera vez que recibo el testigo pero siempre me había hecho el memo ante un meme porque me dan una pereza horrorosa, por eso me hizo mucha gracia leer que Barbarita me lo pasaba “por ser la persona que más veces postea por semana y creo que no le va a dar pereza responder al cuestionario“. Y como resulta que me da una pereza horrorosa pero también da la casualidad que soy muy contradictorio pues me he dicho: al meme.

Pues al meme. 8 preguntas, 8 respuestas. Va.

1. ¿Por qué comenzaste a escribir un blog?
¿Ves? Ya empezamos mal. Es que podría contestar muchas cosas diferentes, por eso me pongo nervioso cuando llaman por teléfono para hacer una encuesta; contesto una cosa y luego pienso que podría haber contestado también otra distinta y entonces me muerdo las uñas y me siento culpable. Empecé a escribir un blog porque era sábado por la noche. ¿Y? Pues porque iba a ir a cenar y me llamaron para decirme que no había cena. ¿Y? Pues porque me aburría. Empecé a escribir un blog porque me aburría, sí, pero de paso pensé que podía ser un reto: como dije en alguna ocasión, “La Idea del Norte” fue en un principio una columna semanal en un periódico local y la tuve que dejar porque una semana era demasiado poco tiempo para escribir un folio. Como lo oyes. Quién lo diría ahora, verdad? Pues ese fue otro motivo para empezar el blog: adquirir soltura. Venga, la siguiente.

2. ¿Sobre qué temas escribes? ¿Por qué?
Echa un vistazo a tu alrededor y tú mismo. Igual escribo de la función expresiva del retardo en el contrapunto que del colocón de Vernel. Según. Igual es por la medicación, no sé.

3. Si la gente dejara de leerte y comentar, ¿seguirías escribiendo?Es que eso no va a pasar porque como me entere yo que alguien deja de leerme… Ahora en serio: sí, probablemente seguiría escribiendo pero lo que es seguro es que lo haría de distinta manera. Un blog no es un asunto unilateral. Uno escribe sobre sí mismo y su forma de ver el mundo pero pronto se da cuenta de que las resonancias en los otros son múltiples y variadas. Hay quien considera ficción lo que es realidad y viceversa o hay quien toma por un sentido lo que en realidad va por otro lado. Es una de las cosas que más me llaman la atención de esta experiencia porque te brinda posibilidades creativas muy estimulantes que no puedo explicar porque la pregunta “¿cuáles son esas posibilidades?” no viene en el meme. Qué le vamos a hacer, hijos.

4. ¿Crees que al escribir un blog debe seguirse algún tipo de ética?
Creo que al escribir un blog debe seguirse ante todo una estética. La ética cabe dentro.

5. ¿Crees que formas parte de una comunidad? ¿Por qué?
Pues claro, qué preguntas. Porque conoces a gente nueva o, por lo menos, lo que esa gente quiere proyectar de sí misma, que ese es un tema que daría para hablar laaargo y tendido. En Internet, hay gente que se muestra en cuarto menguante o creciente; hay gente que se oculta tras una piel de palabras y hay quien, sabiéndolo o sin saberlo, se descubre como en ninguna otra parte. A mí lo que me pone malo es recibir el típico mail de “perdone, cuándo sale su próximo libro?” y te da como apuro y te preguntas a ver cómo puedes decirles sutilmente que se han confundido de tipo hasta que de pronto caes en la cuenta de que lo que te están diciendo en realidad es: “mira tío, o tía, que no sé quién eres ni me importa un carajo: yo lo que quiero es que me leas y punto, así que clicka”. Ese tipo de reclamos me estomaga. Curiosamente quienes lo hacen suelen escribir blogs horrorosos o los dejan a medias. Todavía me acuerdo del petardo aquel (qué plomo!) o de la tiparraca aquella. Qué duro es ésto, dí que también hay gente muy maja, que si no…

6. ¿Tienes algún grupo cercano de blogueros con el que te podrías poner de acuerdo para lograr algo?
¿Me lo puede repetir? Es que le estaba mandando a Ferre una de las músicas con las que le castigo de vez en cuando y no estaba atento, perdone.

7. ¿Crees que los blogs van a cambiar/están cambiando algo en la sociedad/mundo político/etc.?
Desde luego, éste no. Ni lo pretende. Al mundo ya no hay quien lo cambie; de hecho, me da que el fin del mundo ya ha ocurrido y ahora estamos en los títulos de crédito.

8. ¿Qué te gustaría poder hacer dentro de la red para profundizar lo que haces con el blog y por qué? ¿Podcast/videocast, comunidades, wikis, redes sociales,etc.?
¿”Wikis”? ¿Eso es una fruta de plástico? Prefiero otras cosas, sinceramente: mayor facilidad y versatilidad para la distribución de material audiovisual, por ejemplo. Eso sería fantástico porque las posibilidades se multiplicarían.

Ya está. Ahora se supone que tengo que elegir a quién cederle el testigo pero voy a coger el comodín de la pereza y que se elijan a sí mismos. Gracias.

Rózsa 11 febrero, 2007

Escrito por emejota en : Cine, Música , Añade un comentario , trackback

A Alain

Se cumplen 100 años del nacimiento de Miklós Rózsa, inolvidable compositor. Su nombre lo has visto escrito en la cabecera de muchas películas de cuya atmósfera emocional fue directo responsable. Trabajar en cine con un músico enorme entraña ciertos riesgos: se apodera de la película a nada que el director ande lento de reflejos. Fritz Lang tuvo que sacar brillo a su monóculo para mirar atentamente porque en los títulos de crédito de “Moonfleet” (1955) las olas rompían furiosas contra las rocas de un acantilado al compás de una ráfaga musical de Rózsa que te empapaba el alma con la intención de irse de la lengua, porque allí estaba condensada la esencia de esta memorable película de aventuras y melancolías.

Rózsa formó parte de esa generación de músicos europeos que vieron en el mundo del cine norteamericano una manera de canalizar su actividad creativa como compositores sinfónicos. Había nacido en Hungría y su carrera musical se forjó a la sombra de Bartok, Kodaly y de la música modal del folklore centroeuropeo. De allí extrajo el material con el que construiría una personalidad musical muy singular y enormemente expresiva. Rózsa poseía un talento innato como narrador musical tanto de gestas épicas como de evocaciones líricas y dominaba como nadie el ritmo escénico: en lugar de componer fragmentos compartimentados puso especial empeño en trabajar la continuidad entre escenas, con la consiguiente contribución a la cohesión y a la fluidez narrativa. A él debemos esos momentos de transición una vez culminada una determinada acción que pronto se convertirían en lugar común:

Click para escuchar. Mp3, 220 k.

A la hora de componer Rózsa ponía en acción sus habilidades como melodista infalible, brillante orquestador (inconfundible su tratamiento del registro grave de los intrumentos de viento como color de fondo del lienzo de la partitura), contrapuntista minucioso, modalista modélico y hábil diseñador de motivos con los que poblar la textura sonora de sus obras. El resultado era un paisaje musical exótico y hermoso de sabor inmediatamente reconocible.

Rózsa tituló su autobiografía “Una doble vida” precisamente para señalar su condición de compositor “serio” y compositor de bandas sonoras (como si estas bandas sonoras no fueran asunto serio!). Ambas “vidas” confluyeron felizmente cuando Billy Wilder le encargó la música de la maravillosa “La vida privada de Sherlock Holmes” (1970) y Rózsa echó mano, sorprendentemente, de su “Concierto para violín y orquesta” compuesto en 1956. Las características de ese concierto le venían a la película como anillo al dedo: los compases iniciales del primer movimiento hacen sonar un patrón rítmico que se asemeja al bordón de las gaitas escocesas, país donde se desarrolla la acción principal de la película:

Click para escuchar. Mp3, 240 k.

Pero sobre todo, el concierto contiene una joya imprescindible: el solo de violín.

Es sabido que en el particular universo de Sherlock Holmes, el violín ocupa un lugar fundamental como elemento que contribuye a poner a pleno rendimiento la materia gris del detective. Pero aquí, además, el solo de violín, convertido en leit motiv de la película, debe cumplir una decisiva función añadida: tiene que resultar emocionalmente conmovedor, porque en este retrato “privado” de Sherlock Holmes, el genial detective nos muestra su cara oculta, su semblante más humano. Y aquí el tema de Rózsa irrumpe con una belleza arrolladora y una desgarradora melancolía. El solo de violín que Rózsa rescata para este Holmes de carne y hueso es un grito, un ansia, un dolor profundo. Un instante maestro.

Click para escuchar. Mp3, 1,4 MB.

Meteorología 10 febrero, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios, Televisión , 6 comentarios , trackback

MaldonadoA mi abuela le pone el hombre del tiempo. El de la Primera. Cuando lo descubrí, ayer por la noche, me sorprendió y no me sorprendió. Quiero decir que de momento pues te choca un poco pero luego atas cabos y dices: claro, y sigues leyendo el periódico. Que el programa favorito de mi abuela es la previsión meteorológica era algo que sabíamos todos desde hace tiempo pero a mí me llamaba la atención el interés con el que ella seguía y sigue las explicaciones del tiempo previsto para mañana, pasado y el avance para el próximo fin de semana sobre todo porque mi abuela no sale de casa. No le gusta. Le dice mi madre: “mamá, vamos a bajar a dar un paseo que hace buena tarde” y de repente mi abuela se pone mala. No es que se ponga mala, es que dice que lleva mala desde por la mañana. A mi abuela cualquier cosa menos salir a la calle lo que pasa que cuando sale luego casi no entra. En fin, como iba diciendo, es un poco llamativo que siga las explicaciones de la borrasca que entra por Galicia con un interés tal que, algunas veces, al entrar en el salón, la he sorprendido de pie, con las manos entrelazadas en la espalda, plantada a medio metro de la pantalla, como escrutándolo todo. Y cuando se acaba el pronóstico se va y dice si te quito la tele, hijo, o la vas a ver, que me voy a coser.

Pero hay más indicios. Los reuní mentalmente todos ayer mientras hacía como que leía el periódico. Por ejemplo, cuando sale Paco Montesdeoca, que es el otro hombre del tiempo, mi abuela siempre dice que a este hombre no se le entiende nada y te dice que ya lo puedes quitar. Pero cuando sale José Antonio Maldonado dice que ssst y casi que te da apuro pasar la página del periódico para no hacer ruido. Una vez salió Montesdeoca y dijo: “ya lo puedes quitar, hijo, que a este hombre no se le entiende nada” y puse Telecinco en el mismo momento en que Jorge Javier Vázquez aseguraba muy serio que Paquirrín necesita el “Brain Training” con urgencia. En cuanto a las mujeres del tiempo, ni fu ni fa, sin más, pero sospecho que mi abuela no cree mucho lo que pronostican y espera a que venga Maldonado.

Me da que tampoco es muy normal que una persona que escucha en concentrado silencio las explicaciones sobre el mapa en el que van apareciendo soles enteros y soles a medias, nubes a secas y nubes mojadas, amén de estrellitas de nieve y flechas de viento y demás iconografía, te diga nada más terminar: “pero entonces va a llover o va a hacer bueno?”. Siempre. Maldonado dice “por el momento, esto es todo, muy buenas tardes”, y ella dice “buenas tardes” y a continuación se vuelve y te dice “pero entonces va a llover o va a hacer bueno?”. Podría pensarse que a sus noventa y pico años a mi abuela le cuesta comprender las cosas pero, ojo, que los años no nos despisten a nosotros porque se entera perfectamente. Lo que pasa es que Maldonado explica lo de la inestabilidad en las capas altas de la atmósfera y mi abuela dice: “este hombre se está poniendo un poco gordo últimamente, jo” o anuncia que las nieblas en el centro serán persistentes a lo largo de toda la jornada y ella dice: “pues vaya qué chaqueta más elegante lleva hoy este hombre, jo”.

Pero lo de ayer tuvo un matiz revelador, no sé, porque fue despedirse Maldonado y decir mi abuela: “este hombre está acatarrao, más le valía quedarse en casa y ya está”. Y luego, “te dejo puesta la tele o la vas a ver, hijo?”, que eso lo dice siempre. Lo del catarro fue concluyente para mí. Hay una teoría que afirma que los catarros suscitan ternuras delatoras. Si no la hay debería haberla porque eso todos lo sabemos. No me digas que tú no. Pues entonces.

Pasado 9 febrero, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackback

Es curioso. Lo de la frase, digo. Acabo de leer en el blog de toni la frase que le oí a mi amigo Carlos cuando vino a verme por Navidades. Lo que no me acuerdo es qué vericuetos tomó la conversación para que, de pronto, Carlos pusiera gesto de recordar y citara la frase de la película “Princesas”: “¿Se puede tener nostalgia de algo que no ha pasado?”. Y ahora la acabo de leer en el blog de toni, es curioso. Hay preguntas como esa que seguramente no esperan respuesta y que se hacen para dejarte pensativo. Bueno, a mí no, porque yo siempre he sentido nostalgia de las cosas que no me han pasado y según cómo me pille me afecta poco o me pone muy melancólico o me pongo a mirar por la ventana como si por la ventana fueran a pasar las cosas que no han pasado. A mí me pasa, sí, yo siento nostalgia por las cosas que no han pasado, que no me han pasado. Por eso me emociona un poco y a veces un mucho que las cosas le pasen a ella, o a él, o a ellos, lo que pasa es hay veces que no lo digo, quiero decir que expreso mi alegría pero no digo el fondo de la cuestión, es una especie de alegría sincera que deja en el cajón una alegría íntima. Somos muy complicados: te puedes alegrar por algo que al mismo tiempo te duele un poco, porque la nostalgia es un ay dicho en voz baja. La conclusión es que se puede sentir nostalgia por las cosas que no han pasado pero te pasan a tí, y a tí, y a tí, y eso es suficiente. Uno no sólo late en su propio corazón o quizá en el propio corazón resuenan latidos de otros corazones. Eso era lo que quería decir.

Control 7 febrero, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios , trackback

Después de haber hecho los deberes, es decir, tomado los medicamentos prescritos a la hora señalada durante el tiempo establecido, hoy me han hecho en el hospital el esperado control para saber cómo va la cosa. Ellos lo llaman “objetivar”. El resultado ha sido que, tal y como era de esperar al haber tenido que retirar la medicación sospechosa de causar la aparatosa y preocupante sintomotalogía que quedó anotada aquí en su día, mi enfermedad se ha reactivado, así lo ha hecho constar ese sismógrafo particular que es el numerito que aparece a la derecha de la Proteína C Reactiva (PCR). Lo novedoso ha sido que los otros parámetros, aquellos que dieron la tabarra para que los llevara a dar una vuelta por el hospital, parece que le han cogido gusto al sitio; de hecho, el hematocrito está que se sale de contento. Vamos, que estamos otra vez parecidos. Todo esto se resume de la siguiente manera: yo entré en el hospital con una enfermedad crónica controlada y una sintomatología paralela e imprevista de causa incierta y ahora me encuentro con una enfermedad crónica descontrolada y una sintomatología paralela e imprevista de causa incierta. Seamos positivos: al menos lo segundo sigue igual.

Recuerdo 6 febrero, 2007

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Por alguna razón que no acierto a explicarme, me conmueven profundamente las fotografías en las que François Truffaut posa junto a Jean-Pierre Léaud, su alter ego en la pantalla durante tantos años. Es como contemplar a la vez instantes distintos de una misma vida. Quizá sea la complicidad, quizá el afecto. En realidad de Truffaut me conmueve todo: su pasión entusiasmada por el cine, verle con el audífono paseándose por “La noche americana” o haber elegido el nombre de Antoine Doinel para decirse. El cine de Truffaut es un corazón que late golpeando 400 veces en el pecho y una carrera desesperada hacia la libertad por una playa en blanco y negro. François Truffaut hubiera cumplido hoy 75 años.

Archivo: Truffaut/Doinel en “La Idea del Norte” (8 de Septiembre de 2005)

(P.D: me ha conmovido también releer el post del archivo)

Trazos 5 febrero, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackback

La hoja de papel es blanca, sin cuadrícula, y en ella se asientan cifras y signos cuya combinación perseguirá sin duda ciertos propósitos, como lo atestigua finalmente ese conjunto de números y comas encerrados en un marco rectangular de trazado irregular y ligeramente tembloroso, no sabemos si por premura de tiempo, o premura del propio pulso inquieto, o quizá porque la postura en la que se dibujó ese marco no fuera la más apropiada.

Que no sepamos qué quieren decir esas fórmulas y esas cifras, de qué hablan o a quién se dirigen, si dan en la diana o si caen fuera de pista no tiene ninguna importancia. Lo que adquiere verdadera importancia en este instante es que al asomarnos a dicha hoja nos sabemos ocupando materialmente el lugar exacto que habitó quien trazó estos signos y estas cifras, meditándolas hasta que un impulso eléctrico surgido de algún lugar recóndito del pensamiento puso en marcha los pertinentes movimientos del brazo y de la mano y se deslizó a través de ellos hasta materializarse en las líneas que dibujan esta equis cuyas aspas se curvan ligeramente en la base, esa a mayúscula que se pasa la mano dos veces por su costado izquierdo, ese seis que se recoge de manera discreta en su regazo o esas i griegas que nos sorprenden mostrando hasta tres semblantes distintos, como si no terminaran de encontrarse a sí mismas.

Ahora nuestros ojos contemplan el paisaje desde el mismo ángulo en el que otros ojos guiaron los movimientos de la mano sobre el papel y distribuyeron la información en él contenida de manera ordenada, aunque con tendencia a apoyarse en la pared izquierda de la hoja, dejando amplios espacios abiertos en el lado opuesto. Quién sabe las razones que motivarán esta querencia por arrinconarse aquí, dejando allí un pasillo vertical donde resuena un eco blanco. Estos detalles que ahora recorremos una y otra vez con la vista con suma curiosidad envueltos en silencioso recogimiento, como si esperáramos de ellos una revelación en cualquier momento, atestiguan que el joven Malvás habitó esta hoja de papel por unos breves instantes y luego salió. Es probable que ya no recuerde la estancia pero ahora sabemos nosotros que la eme mayúscula la dibuja alta.

Gilels 3 febrero, 2007

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Emil GilelsTenía 14 años cuando dí mi primer concierto de piano y todo mi interés residía en la segunda parte del recital porque quería reproducir una de las caras de un elepé de Emil Gilels tocando a Mozart. Así como suena (nunca mejor dicho). Es que ese disco me fascinaba. Hay dos elepés que han sido decisivos en mi vida: Jack Brymer tocando el clarinete con Neville Marriner y Emil Gilels tocando en solitario un recital de Mozart en directo en el Mozarteum. Bien es cierto que anteriormente me había marcado también mucho el disco ese de “Todas las brujerías del brujito de Gulubú se curaron con la vacú, con la vacuna luna luna lu” de Rosa León, pero eso fue en párvulos. Cuando tenía 14 años el disco de Gilels lo escuchaba una y otra vez y cuando empezó a chasquear y a hacer clas clas me lo grabé en una cinta. Qué disco, oye. Me gustaba oirle tocar esas cuatro obras, dos por cada cara del disco, las Sonatas K.281 y 310, la Fantasía en re menor y las Variaciones sobre un tema de Paisiello K.398 como en bucle, todo el rato. Me gustaba tanto que decidí montar la segunda parte de mi concierto con una de las Sonatas y la Fantasía. No se trataba de uno de esos temerarios pero disculpables impulsos adolescentes de creerse como un Gilels por un instante, exactamente durante una segunda parte. No. Era aún peor: se trataba de hacerlo igual y punto, sin vanidad siquiera, como el que se pone a imitar según sus posibilidades a algún político o a un famoso de la tele porque le gusta y ya. Pero es que no podía concebir esas obras de otra manera, con ese tempo tan reposado y al mismo tiempo tan enérgico.

Pasó el concierto, se rompió el disco y la cinta se perdió. También pasó el tiempo y todo ese tiempo busca que te busca el famoso recital de Gilels en el Mozarteum en Enero de 1970 en cd, que el cd no hace clas clas. Pues nada. En el 91, cuando el aniversario Mozart, albergué serias esperanzas de que alguien desempolvara al fin la grabación. Pues tampoco. ¿A qué esperaba Deutsche Grammophon a hacerlo?

Pues al jueves pasado.

Fue leerlo en el último número de “Audioclásica” y casi me caigo del sofá al suelo. Entiéndelo, es que son más de veinte años de espera. Así que me fui corriendo para El Corte Inglés. En mi caso, ir corriendo al CI supone hacer 80 kilómetros de tren de ida y otros tantos de vuelta pero da igual. Me llevé el recorte porque decirle a una dependienta de El Corte Inglés si tienen “Emil Gilels: the Mozart recordings, Deutsche Grammophon” es muy arriesgado. Que conste que no es una crítica hacia las dependientas, que bastante hacen, sino al Corte mismo, que igual las ponen un día en la Planta Joven como en la sección de dvd´s al otro y claro, las pobres no saben lo que venden. Así que me presenté con el recorte y le dije: “Dame una alegría y dime que tienes ésto”. Le dije de tú porque nos conocemos ya. Tantos discos juntos… Lo tenían y además con el descuento del 25 por ciento. Por un momento me pareció como una indemnización por los años de espera, qué cosa. Me puse más contento que ni sé y me subí a la cafetería a celebrarlo con una coca cola. Gilels sonreía en la portada también. Normal.

Ahora desde el jueves suena Gilels todo el rato. Suena igual que entonces e igual de bien. Obvio, pensarán algunos. Pues no: porque a los 14 años no escuchas igual que a los 37. Es como cuando guardas un recuerdo precioso de una película y luego la ves de mayor y es una bazofia y casi lloras de pena porque sientes como que has perdido un trocito precioso de la infancia. Pues aquí no. Suena igual de bien.

El de Gilels se ha calificado como un Mozart “oscuro”. Tiende a tocar con tiempos pausados y una pulsación enérgica que contrasta con esa traducción de la transparencia mozartiana que se concreta hoy en día en toques ligeros, sueltitos y delicados. Nada más lejos de eso aquí al encontrarnos un Mozart en las antípodas del de un Brendel o una Pires. Gilels tiene un toque recio, concentrado, enérgico y, sin embargo, increiblemente lírico y hermoso. Yo no sé qué pasa con los intérpretes de antes y los de ahora. Los de ahora tienen una técnica impecable pero son epidérmicos. Los de antes eran todo carne jugosa y palpitante y hasta las notas que resbalaban latían con fuerza. Los de antes además eran tipos muy sabios y los de ahora no se dejan una nota pero, por lo general y salvo excepciones excepcionales, tienden a tener dificultades para pillar una metáfora de un libro, por ejemplo, si es que pillan un libro alguna vez o saben qué quiere decir metáfora. Igual el secreto es que eran tipos que vivieron muy intensamente para adentro y ahora se vive muy intensamente hacia afuera. No es malo, pero tampoco es lo mismo.

¿Dónde estaba? ¿En la cafetería de El Corte?. No, ya no. Estoy con Gilels pero en casa. Escuchemos el carácter cantable y natural que tienen las escalas mozartianas en las manos de Gilels al comienzo del pasaje y la firmeza y la energía que imprime al final:

Click para escuchar. Mp3, 449 k.

Y ahora el impactante contraste que presenta el mismo fragmento transportado al modo menor en el que está escrita esta dramática y magistral sonata mozartiana. Es aquí donde el Mozart “oscuro” de Gilels se revela con esa intensidad tan característica e inolvidable del pianista ruso:

Click para escuchar. Mp3, 570 k.

Qué feliz reencuentro.

Madrigal 3 febrero, 2007

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“No digáis a nadie lo que nadie sabe:
todos mis amores sólo sueños son…”

…………………………………….J. Guridi

Album 1 febrero, 2007

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Recompensa 1 febrero, 2007

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Lo más bonito de ayer fue que en el calor del aplauso las bocas dibujaban la palabra gra-cias, así, en compás de dos por cuatro. Una señora lo hizo con el gesto discreto de quien actúa para que no se entere el vecino de al lado, lo que pasa es que los vecinos de al lado, el de la derecha y el de la izquierda, estaban haciendo lo mismo, convencidos que sus respectivos convencinos no les veían. Es lo más bonito que te puede pasar: tener la suerte de transmitir entusiasmos y que al final hasta te den las gracias. Y después de lo que viene sucediendo en las últimas fechas, es la voz de dentro la que, después, que es muy paciente, a solas, te dirá: “he podido”. Qué reconfortante sensación: volver a latir en las palabras, mirarte en otras pupilas, encontrarte. Y reconocerte, al fin.