Archivo por días: 28 febrero, 2007

Herida

Cuando enfermas de niño y te dicen que es para siempre ocurre que aprendes algunas cosas muy pronto y poco a poco y otras muy tarde y de golpe. La maldad, por ejemplo. Yo la descubrí en toda su crudeza a los 35 años. No me afectó a mí directamente sino a mi entorno más cercano; es decir, peor todavía. La vida establece unos mecanismos compensatorios muy extraños: si se te concede el lujo de no oler la podredumbre hasta tan tarde, a cambio te pasa la factura de golpe. Y a golpes.

El otro día salí a dar un paseo al atardecer. Caminaba por una vía de gravilla destinada a los peatones abrigado por una sudadera porque soplaba el viento del Norte. A la derecha los rayos oblicuos de un sol de membrillo iluminaban de un verde deslumbrante la hierba, y a la izquierda mi propia sombra se proyectaba muy larga en el asfalto negro de la carretera por donde los coches dejaban la estela sonora del efecto Doppler. Parece que este párrafo no tiene nada que ver con el anterior y, sin embargo, de repente algún mecanismo se activó en el cerebro, produjo una descarga eléctrica por todo el cuerpo y esta idea apareció escrita en el pensamiento: no lo he superado. Comprendí que la mera resonancia de un eco lejano de todo aquello, concretado en la visión de un rostro, en un recuerdo, en un comentario de pasada (como el escuchado aquella tarde), es suficiente para ejercer sobre mí una fuerza aniquiladora. Fue como cuando eres niño y te caes y te haces una herida en la rodilla y la herida hace una costra con el tiempo y un día te agachas y pruebas a quitártela. Si la herida ha cicatrizado no pasa nada, aunque quede la marca recordándote cuánto y dónde dolió; si la herida no ha cicatrizado vuelve a abrirse y mana la sangre.

Lo peor no fue descubrir la existencia de un trauma profundo y que la herida sigue abierta. Lo peor, lo que me produjo un asco hasta la nausea, como si te hubieran inoculado algún veneno hasta lo más profundo, fue la súbita revelación de que lo que me ocurre pueda venir de allí: viene de allí. Lo sé, me lo dice cada célula de mi cuerpo, cada pesadilla nocturna y cada crisis de ansiedad. Es evidente que hay una clínica objetiva, pero me pregunto si esa pesadilla ahora revivida ha agravado esa clínica, o la ha despertado. Me resulta imposible expresar la angustia que sentí allí parado, agarrotado entre el cesped y la carretera, al revivir fotograma a fotograma cada secuencia sensitiva del espanto con una nitidez portentosa. Y desde entonces ando sumido en un estado de impacto, temeroso de miradas, mudo de palabras, buscando cobijo de una angustia insoportable que se me ha agarrotado en el pecho y que se interroga una y otra vez por el estado real de los míos, mi gente: eso es vital, por favor, por favor. Desencantado de casi todo y casi todos, extraño de mí mismo y extraño entre las calles de esta ciudad de mierda que disimula sus miserias en el gozo indisimulado del dolor ajeno.

Eso fue lo que pasó.