Archivo por días: 24 febrero, 2007

Clases

MozartEl principio del fin de Mozart se encuentra al comienzo de su ópera “Las bodas de Fígaro”, concretamente en el instante en el que un cantante caracterizado de criado se planta en mitad del escenario para cuestionar los privilegios de su señor y, de paso, cantarle las cuarenta (nunca mejor dicho). Hay cosas que la nobleza vienesa de la época, que era quien llenaba los elegantes teatros de ópera, no podía soportar. En realidad, lo que estaba haciendo Mozart al poner en música ese texto es hacerse eco de algo que se respiraba en el ambiente, un ambiente pre-revolucionario que a los gritos de “libertad, igualdad y fraternidad” pronto dará lugar a un cambio de escenario en la estructura social. La nobleza no era sorda ni ciega a ese murmullo y quizá, incomodada por ello, todavía veía más intolerable lo que ese desvergonzado compositor osaba poner en escena.

A Mozart, que no pertenecía a ese estamento y cuyo espíritu rebelde nunca había terminado de encajar su papel de animador infravalorado del ocio de esa gente pudiente, le quedaba al menos el consuelo de pensar que en la nueva clase social emergente, la burguesía, podría encontrar mayor aprecio. Qué importaba entonces si esa gente tan fina se escandalizaba, allá ellos. Mozart no imaginaba, sin embargo, que la floreciente burguesía que venía a sustituir a la rancia nobleza habría de imitar alguno de los gestos sociales en los primeros días de clase, digámoslo así. Cuando uno es nuevo y no sabe cómo comportarse en determinada situación, mira a su alrededor, a los veteranos, y toma nota. Si la nobleza había decidido dar la espalda a Mozart, por algo sería, así que la burguesía vienesa hizo lo mismo. Y eso para una persona cuyo sustento depende de la consideración social es un gran problema.

“Fígaro” es una obra redonda y feliz y, sin embargo, ya ves. Si el “genio” está ahí pero el público está de “mal genio”, date por jodido. Lo podía decir de modo más fino pero es que a estas alturas ya hay confianza y empezar a escribir cosas como “obtener una nueva lectura de “Fígaro” a partir de su contextualización” me resulta bastante frío y se me hace un poco raro. En fin, sigo.

Luego viene “Cosi fan tutte” que todavía es más redonda y feliz aunque igual a Lidia Falcón no le hace mucha gracia porque el título, en traducción coloquial, viene a decir “Son todas iguales” así como con mala baba. Somos todos iguales, señora Falcón, en ésto también. Para cuando se levanta el telón para “Cosi fan tutte” ha pasado el tiempo y ya no hay pelucas nobles en las butacas de terciopelo. Pues un alivio para Mozart, no?. Pues no. Porque resulta que esa nueva clase social de ciudadanos que manejan un pequeño negocio y que han prosperado y que buscan su propio espacio y llenar sus horas de esparcimiento, se ha vuelto un poco tonta, algo un poco parecido al síndrome del “nuevo rico” con un toque puritano añadido. Y ver ahí arriba esa celebración del libertinaje, la infidelidad y los escarceos sexuales provoca un revuelo considerable. Seguramente en el fondo, lo que incomoda es que “Cosi fan tutte” es un espejo de la vida privada de sus espectadores pero lo cierto es que, de nuevo, pulgar abajo para el autor. No importa que sólo la primera Aria esté repleta de felices hallazgos sobre los que departir durante horas. Y el resto para qué contar.

Hoy la Opera cumple 400 años. Las óperas siguen siendo las mismas pero el público, por lo general, ha ido a peor. Ahora no se escandalizan por el “Fígaro”; ahora simplemente ni se enteran de lo que pasa. Y lo peor es que ni ganas de saberlo. Yo conozco a tipos que van hasta Italia para ver una ópera simplemente para darse el gustazo de tomar champán del caro en el palco mientras dura la representación. Que hagan lo que quieran si les hace ilusión pero al menos que no sean horteras, coño.