Archivo por días: 22 febrero, 2007

Autobiografía

Yo nací dando la nota: el cirujano me rompió la córnea izquierda con el forceps, luego se le cayó un bisturí en la frente (si me retiro el pelo del flequillo se me nota la cicatriz, mira, ves?) y a los dos días tuvieron que operarme de fimosis. Por aquel entonces no había microcirugía, lo micro era lo otro.

Aprendí a leer muy pronto. La señorita se extrañó muchísimo pero cómo explicarle que lo hice para poder enterarme del título de “La aventura” del programa de Los Payasos de la Tele, los sábados por la tarde. Era esencial saber el título. Al final me regaló un libro de cuentos muy gordo y mientras en la clase recitábamos las cartillas Palau (ta-te-ti-to-tu) en casa le leía en voz alta el cuento de Juan Sin Miedo a mi madre mientras ella hacía las albóndigas.

Los juguetes que más ilusión me hicieron fueron, por este orden, el CineExin, el Electro L, la Magia Borrás y el fantasma del Exin Castillos. Los demás corrieron peor suerte: la misma noche de Reyes los rompía a martillazos para ver cómo estaban hechos por dentro. Fui un niño muy curioso porque de mayor iba a ser inventor, qué menos. Como el tren nunca llegó (aunque lo ponía siempre en la carta en primer lugar) me fui a la estación y no paré de dar la brasa hasta que un día el factor me aupó hasta la locomotora Alsthom donde me recogió el maquinista y me puso a los mandos de la palanquita de metal. Alucinante. Lo conté aquí.

No recuerdo cuál fue la primera película que vi en el cine porque en vez de mirar a la pantalla yo miraba atrás, al proyector. Calculaba los minutos en los que se iba a producir el cambio de proyector y no me lo perdía por nada del mundo. Ya podía estar ardiendo Troya en pantalla. Siempre he tenido facilidad para habilidades inútiles como, por ejemplo, memorizar el año y la duración de las películas. No lo puedo evitar. A lo mejor no recuerdo cómo termina “Vive como quieras”, de Capra, pero ten por seguro que es del 38 y dura 121 minutos. Qué quieres que le haga.

Tenía un cuaderno donde apuntaba los nombres de los robots que luchaban cada semana con Mazinguer Z. Mi favorito: Genocider F9. Qué mala hostia tenía el cabrón. Después veía los programas de la lavadora, hacía programas de radio para oyentes imaginarios y dibujaba edificios en construcción que iba completando poco a poco. Al final, desmontaba la grúa borrándola a trozos.

Cuando tenía miedo cogía un libro de “Los Cinco” y me escapaba a la Isla de Quirrin. Estuve allí muchas veces.

Mi infancia dio mucho de sí: además de conducir un mercancías de verdad durante cien o doscientos metros, dirigí a la Banda Municipal sin que lo supieran, desde el pasillo (pero eso ya lo conté en este post). Y en casa ponía el disco y dirigía a la Saint Martin In-the-Fields dirigida por Marriner. Marriner lo hacía como yo, es curioso. Como me interesaba muchísimo la trastienda de las cosas, en una de mis primeras convalecencias saqué de oído el Concierto para 2 violines de Bach para verlo por dentro. Destrocé la cinta de tanto rebobinar y darle al play pero conseguí anotar hasta las violas. Como lo apunté en el cuaderno de los dictados de Solfeo un día lo vio mi profesor y se lo quedó. El profesor se lo dio a Don Tomás. Muy ufano, Don Tomás buscó en el casino a mi abuelo y le dijo: “¿ha visto lo que ha hecho su nieto…?” y como mi abuelo era muy impulsivo ya no escuchó más, dejó los naipes encima de la mesa, se fue a casa, llamó a mi madre muy furioso y dijo: “¡mira a ver que el chico ha debido hacer algún desastre!”. Cuando le dijeron de qué se trataba dijo: “Ah, bueno”. Y se puso a cenar. En mi familia la música como que no.

El día que hice la primera comunión me tocó el boleto de 250 puntos en el quiosco del señor Andrés. Me puse igual de contento que si me hubiera tocado el Gordo de la Lotería de Navidad. 250 puntos de cosas del quiosco cabían en una bolsa muy grande. Cuando volvía con ella a casa me di cuenta de que era un poco sospechoso que justo el día de mi primera comunión me tocaran 250 puntos y entonces me vino a la mente la cara del señor Andrés diciendo mira qué suerte. Volví sobre mis pasos y le dejé la bolsa encima del mostrador. Me puse de muy mala leche.

Desde pequeño empezaron a sucederme cosas surrealistas. Cuando salia del colegio la mujer del señor Andrés se asomaba por la ventanilla del quiosco y me gritaba: “huye, huye, que viene tu abuela!”. Yo hacía caso pero mientras corría me parecía todo un poco raro. La verdad es que tenía una abuela muy señorona y un poco chiflada. Estaba enamorada en secreto de Paquirri. Poco antes de morirse se volvió abuela-abuela de repente y me entró toda la pena de golpe.

No lloré cuando murió Chanquete. Sinceramente, me pareció una desfachatez, morirse, pero hombre.

En el colegio fui delegado de clase todas las evaluaciones y todos los años. Terrible. Lo pasaba fatal en las votaciones porque todas las papeletas tenían mi nombre menos la mía y era un apuro y luego tenía que tragarme todos los problemas del curso y hasta ir a la sesión de evaluación y sentarme entre la Madre Rivas y La Pitón. Con eso te lo digo todo. En el bachillerato la cosa empezó a preocuparme: un día vino Sofía a preguntarme cuántas pajas se hacían los chicos al día. Le dije que 17. Otro día me llamó al despacho el tutor, un cura extrañísimo, y dijo que quería pedirme consejo sobre si había hecho bien con David al castigarle. Me pareció repugnante esa falta de personalidad y decidí suspender Matemáticas. Fue un escándalo sonado. Yo disfruté de lo lindo.

No soporto el dolor ajeno. Me supera. Me duele más que el mío propio. Me quedo más tranquilo si me duele a mí. Por otro lado, la gente cree que por estar enfermo también estás sordo. Pero oigo. Lo digo porque no soporto que me compadezcan: para compadecerme ya estoy yo cuando me da la gana, no te fastidia.

En mi vida me han dicho “te quiero” una vez y media. La primera fue una lamentable equivocación: la segunda fue partida por la mitad. En realidad el orden fue al revés, pero ya sabemos que el orden de los factores no altera el producto. Se sobreetiende a qué clase de “te quieros” me refiero.

Mi mayor fortuna está en haber hecho feliz un ratito de la vida de mucha gente a través de mi trabajo. Luego necesito volver a este Norte solitario, del que a veces salgo al día siguiente o a los tres meses. Nunca se sabe. Ni yo mismo lo sé.

Desde pequeño he tenido la certeza de que acabaré mis días sintiéndome muy solo. Un día se lo dije a Belén, sin ningún dramatismo, como algo natural, y por la noche me mandó un sms: “estaré siempre”. Tiempo después volvió a salir la conversación y me lo repitió, esta vez de viva voz, y puso su mano sobre la mía. Estaba fría. Supe entonces que no se lo diría nunca más.

Lo demás está en el blog. Lo que falte, llegará a estar. Y si no, pues no pasa nada.