Archivo por días: 20 febrero, 2007

Aliento

Yo sigo buscando el latido de las cosas y allá arriba, en el escenario, la vida late con fuerza, sobre todo en esos breves instantes de vibrante silencio que van del aplauso de bienvenida al momento en el que empieza a sonar la música. ¿Hemos pensado alguna vez qué sucede en esos instantes, nos hemos preguntado qué se siente, qué cosas pasan por la cabeza? Vamos a tomarle el pulso a ese latido en este post. Mientras subes el volumen de los altavoces o te pones los auriculares, que luego habrá que acercar bien el oído, te pongo en situación: Palacio Euskalduna de Bilbao, 23 de Octubre de 2005, Auditorium principal, el rumor de 2164 butacas y 50 niños y su director en escena, aguardando; estamos a oscuras y cada uno de los niños lleva entre las manos una lucecita que dibujará en el aire la coreografía de un canto ancestral japonés. Todo está dispuesto y todos ocupan su lugar en el amplio escenario, en silencio, a falta de que transcurran los veinte segundos que necesita el piano para abrir la puerta a la actuación. Ha llegado la hora. Todo el esfuerzo empleado con anterioridad, el trabajo realizado, los deseos y las ilusiones puestas en él, descuentan sus últimos segundos. Apenas veinte. Camuflado entre la oscuridad, suspendido del alto techo, el indiscreto micrófono capta en esos momentos de tensión un susurro de aliento que sólo oyen ellos y que ahora lo podemos vivir nosotros. ¿Lo oyes?

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© Baraha/Estudios T.Pete

Cumbre

A veces yo también me canso. Quiero decir que, bueno, no siempre voy con la sonrisa puesta ni juego con las palabras todo el rato y eso, qué va, pero supongo que eso ya lo intuyes. A veces me quedo callado o me pongo a mirar por la ventana o qué se yo. Te puedes ir cansando poco a poco o cansarte de golpe, como ayer, sentado en esa silla y escuchando al médico. Era la vuelta al cole y me preguntó qué tal estás y yo le respondí que irregular. Querrás decir regular, dijo él. No, quiero decir irregular, a veces mejor y a veces peor, le aclaré yo. Pues vaya. Pues ya ves. Y al rato llamó a la enfermera para que me hicieran un análisis de sangre porque otra vez ha subido el hematocrito y dice que no es normal que suba tanto y tan rápido a lo que le contesto que nada es normal. Uy, dice él, ¿estamos bajos? Y yo: de hematocrito no. Me refería a los ánimos. Pues hombre. Y puntos suspensivos. A veces dices pues hombre y sobra el resto.

Cuando el médico escribe en su portátil una frase en mayúsculas no pulsa la tecla de bloquear mayúsculas sino que estira el meñique de la mano izquierda y mantiene pulsada la tecla de mayúsculas a secas todo el rato mientras los demás dedos teclean veloces. Qué pondrá. Por qué escribirá con el dedo así, estirándolo tanto cuando el resto de los dedos se van por la parte derecha del teclado, esa de las ges y las tes y las haches. Luego empieza a decir una sarta de cosas dispares y disparatadas que dan mucha pereza y se resumen en una: va a ser duro. El qué. Pues las pruebas, la retirada de la medicación para no falsear el resultado de las pruebas, en general, va a ser duro. Y sonríe. Yo no. Porque en ese instante la vista ha buscado algo a través de la ventana de la consulta del hospital y se ha encontrado con la cumbre blanca del Moncayo y dirás que es una tontería pero de repente me ha entrado el cansancio de golpe. No por el médico, sino por la cumbre blanca y el cielo azul. O igual ha sido por el contraste entre las dos cosas, sí, yo creo que va a ser eso. De repente me he dicho: yo no voy a subir allí como ellos y ellas (y ellos y ellas son una larga lista de nombres que desfila por mi pensamiento mientras el médico teclea con el meñique izquierdo pisoteando la tecla de las mayúsculas, imagínate que los estuviera tecleando)

Y entonces me entra como una tristeza pegajosa y al mismo tiempo como de granito al observar el panorama, ahí el médico hablando de isquemias transitorias, de descartar factores leucémicos, insuficiencias respiratorias, posibles neuropatías que afecten a la coordinación motora. ¿Algo más?, pienso por dentro. ¿Algo más?, pregunto por fuera. Lo importante es ir descartando paso a paso y tener paciencia. Ya, y esperar, no?. Sí, y esperar. Oiga, usted me entiende, verdad? Cómo dices? Que si usted me entiende, la situación y todo eso, que a veces uno se cansa, que mire lo blanco de la nieve, es prodigioso, más lo sería poder pisarla y tocarla, pero igual no se ha dado cuenta porque usted puede ir y tocarla y pisarla, igual hasta se aburre ya de eso y ni se fija en la nieve de la cumbre porque sólo tiene que decirse: voy, y va. Y hace bien, oiga, pero es que, mire, de repente me ha entrado un cansancio como si hubiera subido a esa cumbre y, si no le importa, lo dejamos ya, es el cansancio y eso, en casa se me pasará, me entiende, no?