Reducto

El único reducto vivo de mi infancia está en la puerta del laboratorio de Juan Argerich, analista clínico. A la derecha del marco, una pequeña plaquita recuerda que el horario de extracciones es de lunes a viernes de 8 a 11 de la mañana y por si te corren prisa los resultados, puedes pasarte por la tarde de 4 a 7. Sábados cerrado. El primer análisis de sangre que me hizo Juan en presencia de su inseparable Angelines debió ser cuando yo tenía 4 o 5 años. Angelines me decía que mirara por la ventana mientras Juan introducía la aguja con un cuidado tal que no te dabas ni cuenta. Yo miraba por la ventana por si acaso me mareaba y desde allí veía el Paseo de Invierno y por alguna razón que no sabría explicar, ese territorio de juegos, carreras y columpios de tantas tardes ha quedado en mi memoria fotografiado en una mañana de niebla densa desde la ventana del quinto piso donde Juan te hacía el análisis y luego Angelines te regalaba una piruleta. Yo vivía en el segundo y bajaba por las escaleras con la piruleta en la boca y la mano derecha apretando el brazo izquierdo donde me acababan de poner un trozo de algodón y una tirita.

Con los años, todos los vecinos fuimos abandonando el edificio menos Juan, que aguantó allí hasta no hace mucho. Por eso, volver fue durante mucho tiempo toda una experiencia emocional: entrabas en el portal por el que habías salido todos los días con la mochila para hacer la EGB, entrabas en el ascensor que en su tiempo te inspiró temor y mirabas ese botón del 2 en cuyo círculo se concentraban un montón de sensaciones. Y una vez arriba el mismo sonido del timbre, la plaquita a la derecha de la puerta, de lunes a viernes de 8 a 11, los mismos rostros, Juan y Angelines, el mismo afecto, la misma silla y la misma ventana del Paseo de Invierno ya sin Paseo de Invierno.

No recuerdo en qué momento Angelines dejó de darme una piruleta de consuelo después de cada extracción. Tampoco le dije nunca que a mí, de niño, lo que más me gustaba no era la piruleta en sí sino el hecho de que me la diera. Tampoco recuerdo en qué momento Juan me consideró lo suficientemente adulto para recibirme con un apretón de manos que nunca me supo a distante sino que creo que fue la forma de decirme ya eres un hombre. De la piruleta al apretón de manos hay un espacio en blanco donde tienes que escribir: ya soy mayor.

El día que Juan anunció que se mudaba fue un dolor. Sólo eran 500 metros pero los recuerdos miden las distancias de otra forma muy distinta. Ahora Juan tiene su pequeño laboratorio en un edificio modernísimo con un ascensor de metacrilato y maderas raras donde el 2 es un cuadrado desconocido. No podía esperarme que, sin embargo, el reducto de mi infancia que había sido durante tantos años el interior de su consulta pasara a estar en la puerta, a la derecha del marco, encima del pulsador del timbre, en esa plaquita donde pone los horarios de extracciones. Me pregunto si alguien habrá reparado en la incongruente tipografía de ese cartelito con la estética de los tiempos y la asepsia del moderno rellano de ese edificio, un cartelito rectangular escrito a plumilla sobre un material plastificado que Juan y Angelines decidieron conservar y que yo, cada vez que voy, como esta mañana, me quedo mirando con suma atracción unos segundos y a veces, según me pilla, hasta recorro sus letras con los dedos antes de llamar al timbre. Ese cartelito fue confeccionado en dos tardes de invierno de mediados de los setenta. Lo dibujó mi padre. En el radiocassette de su habitación de dibujo sonaban canciones de Nino Bravo mientras yo dibujaba una Ruperta con ceras y él de vez en cuando me decía, bien, muy bien, sigue. Cuando lo terminó me dijo, anda, súbeselo a Juan, corre, que lo está esperando y se quedó mirando mi dibujo de la calabaza Ruperta.

Nunca le he dicho a Juan la profunda emoción que me produce contemplar unos segundos ese cartelito, que no pega ni con cola en ese pasillo tan elegante, pero en cuyas letras están condensadas el último reducto vivo, intacto, de mi infancia y por eso paso los dedos por ellas antes de llamar al timbre y volver a mirar esos rostros que tanto me reconfortan. Así ha sido hoy, de nuevo.

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