Archivo por meses: febrero 2007

Herida

Cuando enfermas de niño y te dicen que es para siempre ocurre que aprendes algunas cosas muy pronto y poco a poco y otras muy tarde y de golpe. La maldad, por ejemplo. Yo la descubrí en toda su crudeza a los 35 años. No me afectó a mí directamente sino a mi entorno más cercano; es decir, peor todavía. La vida establece unos mecanismos compensatorios muy extraños: si se te concede el lujo de no oler la podredumbre hasta tan tarde, a cambio te pasa la factura de golpe. Y a golpes.

El otro día salí a dar un paseo al atardecer. Caminaba por una vía de gravilla destinada a los peatones abrigado por una sudadera porque soplaba el viento del Norte. A la derecha los rayos oblicuos de un sol de membrillo iluminaban de un verde deslumbrante la hierba, y a la izquierda mi propia sombra se proyectaba muy larga en el asfalto negro de la carretera por donde los coches dejaban la estela sonora del efecto Doppler. Parece que este párrafo no tiene nada que ver con el anterior y, sin embargo, de repente algún mecanismo se activó en el cerebro, produjo una descarga eléctrica por todo el cuerpo y esta idea apareció escrita en el pensamiento: no lo he superado. Comprendí que la mera resonancia de un eco lejano de todo aquello, concretado en la visión de un rostro, en un recuerdo, en un comentario de pasada (como el escuchado aquella tarde), es suficiente para ejercer sobre mí una fuerza aniquiladora. Fue como cuando eres niño y te caes y te haces una herida en la rodilla y la herida hace una costra con el tiempo y un día te agachas y pruebas a quitártela. Si la herida ha cicatrizado no pasa nada, aunque quede la marca recordándote cuánto y dónde dolió; si la herida no ha cicatrizado vuelve a abrirse y mana la sangre.

Lo peor no fue descubrir la existencia de un trauma profundo y que la herida sigue abierta. Lo peor, lo que me produjo un asco hasta la nausea, como si te hubieran inoculado algún veneno hasta lo más profundo, fue la súbita revelación de que lo que me ocurre pueda venir de allí: viene de allí. Lo sé, me lo dice cada célula de mi cuerpo, cada pesadilla nocturna y cada crisis de ansiedad. Es evidente que hay una clínica objetiva, pero me pregunto si esa pesadilla ahora revivida ha agravado esa clínica, o la ha despertado. Me resulta imposible expresar la angustia que sentí allí parado, agarrotado entre el cesped y la carretera, al revivir fotograma a fotograma cada secuencia sensitiva del espanto con una nitidez portentosa. Y desde entonces ando sumido en un estado de impacto, temeroso de miradas, mudo de palabras, buscando cobijo de una angustia insoportable que se me ha agarrotado en el pecho y que se interroga una y otra vez por el estado real de los míos, mi gente: eso es vital, por favor, por favor. Desencantado de casi todo y casi todos, extraño de mí mismo y extraño entre las calles de esta ciudad de mierda que disimula sus miserias en el gozo indisimulado del dolor ajeno.

Eso fue lo que pasó.

Clases

MozartEl principio del fin de Mozart se encuentra al comienzo de su ópera “Las bodas de Fígaro”, concretamente en el instante en el que un cantante caracterizado de criado se planta en mitad del escenario para cuestionar los privilegios de su señor y, de paso, cantarle las cuarenta (nunca mejor dicho). Hay cosas que la nobleza vienesa de la época, que era quien llenaba los elegantes teatros de ópera, no podía soportar. En realidad, lo que estaba haciendo Mozart al poner en música ese texto es hacerse eco de algo que se respiraba en el ambiente, un ambiente pre-revolucionario que a los gritos de “libertad, igualdad y fraternidad” pronto dará lugar a un cambio de escenario en la estructura social. La nobleza no era sorda ni ciega a ese murmullo y quizá, incomodada por ello, todavía veía más intolerable lo que ese desvergonzado compositor osaba poner en escena.

A Mozart, que no pertenecía a ese estamento y cuyo espíritu rebelde nunca había terminado de encajar su papel de animador infravalorado del ocio de esa gente pudiente, le quedaba al menos el consuelo de pensar que en la nueva clase social emergente, la burguesía, podría encontrar mayor aprecio. Qué importaba entonces si esa gente tan fina se escandalizaba, allá ellos. Mozart no imaginaba, sin embargo, que la floreciente burguesía que venía a sustituir a la rancia nobleza habría de imitar alguno de los gestos sociales en los primeros días de clase, digámoslo así. Cuando uno es nuevo y no sabe cómo comportarse en determinada situación, mira a su alrededor, a los veteranos, y toma nota. Si la nobleza había decidido dar la espalda a Mozart, por algo sería, así que la burguesía vienesa hizo lo mismo. Y eso para una persona cuyo sustento depende de la consideración social es un gran problema.

“Fígaro” es una obra redonda y feliz y, sin embargo, ya ves. Si el “genio” está ahí pero el público está de “mal genio”, date por jodido. Lo podía decir de modo más fino pero es que a estas alturas ya hay confianza y empezar a escribir cosas como “obtener una nueva lectura de “Fígaro” a partir de su contextualización” me resulta bastante frío y se me hace un poco raro. En fin, sigo.

Luego viene “Cosi fan tutte” que todavía es más redonda y feliz aunque igual a Lidia Falcón no le hace mucha gracia porque el título, en traducción coloquial, viene a decir “Son todas iguales” así como con mala baba. Somos todos iguales, señora Falcón, en ésto también. Para cuando se levanta el telón para “Cosi fan tutte” ha pasado el tiempo y ya no hay pelucas nobles en las butacas de terciopelo. Pues un alivio para Mozart, no?. Pues no. Porque resulta que esa nueva clase social de ciudadanos que manejan un pequeño negocio y que han prosperado y que buscan su propio espacio y llenar sus horas de esparcimiento, se ha vuelto un poco tonta, algo un poco parecido al síndrome del “nuevo rico” con un toque puritano añadido. Y ver ahí arriba esa celebración del libertinaje, la infidelidad y los escarceos sexuales provoca un revuelo considerable. Seguramente en el fondo, lo que incomoda es que “Cosi fan tutte” es un espejo de la vida privada de sus espectadores pero lo cierto es que, de nuevo, pulgar abajo para el autor. No importa que sólo la primera Aria esté repleta de felices hallazgos sobre los que departir durante horas. Y el resto para qué contar.

Hoy la Opera cumple 400 años. Las óperas siguen siendo las mismas pero el público, por lo general, ha ido a peor. Ahora no se escandalizan por el “Fígaro”; ahora simplemente ni se enteran de lo que pasa. Y lo peor es que ni ganas de saberlo. Yo conozco a tipos que van hasta Italia para ver una ópera simplemente para darse el gustazo de tomar champán del caro en el palco mientras dura la representación. Que hagan lo que quieran si les hace ilusión pero al menos que no sean horteras, coño.

Autobiografía

Yo nací dando la nota: el cirujano me rompió la córnea izquierda con el forceps, luego se le cayó un bisturí en la frente (si me retiro el pelo del flequillo se me nota la cicatriz, mira, ves?) y a los dos días tuvieron que operarme de fimosis. Por aquel entonces no había microcirugía, lo micro era lo otro.

Aprendí a leer muy pronto. La señorita se extrañó muchísimo pero cómo explicarle que lo hice para poder enterarme del título de “La aventura” del programa de Los Payasos de la Tele, los sábados por la tarde. Era esencial saber el título. Al final me regaló un libro de cuentos muy gordo y mientras en la clase recitábamos las cartillas Palau (ta-te-ti-to-tu) en casa le leía en voz alta el cuento de Juan Sin Miedo a mi madre mientras ella hacía las albóndigas.

Los juguetes que más ilusión me hicieron fueron, por este orden, el CineExin, el Electro L, la Magia Borrás y el fantasma del Exin Castillos. Los demás corrieron peor suerte: la misma noche de Reyes los rompía a martillazos para ver cómo estaban hechos por dentro. Fui un niño muy curioso porque de mayor iba a ser inventor, qué menos. Como el tren nunca llegó (aunque lo ponía siempre en la carta en primer lugar) me fui a la estación y no paré de dar la brasa hasta que un día el factor me aupó hasta la locomotora Alsthom donde me recogió el maquinista y me puso a los mandos de la palanquita de metal. Alucinante. Lo conté aquí.

No recuerdo cuál fue la primera película que vi en el cine porque en vez de mirar a la pantalla yo miraba atrás, al proyector. Calculaba los minutos en los que se iba a producir el cambio de proyector y no me lo perdía por nada del mundo. Ya podía estar ardiendo Troya en pantalla. Siempre he tenido facilidad para habilidades inútiles como, por ejemplo, memorizar el año y la duración de las películas. No lo puedo evitar. A lo mejor no recuerdo cómo termina “Vive como quieras”, de Capra, pero ten por seguro que es del 38 y dura 121 minutos. Qué quieres que le haga.

Tenía un cuaderno donde apuntaba los nombres de los robots que luchaban cada semana con Mazinguer Z. Mi favorito: Genocider F9. Qué mala hostia tenía el cabrón. Después veía los programas de la lavadora, hacía programas de radio para oyentes imaginarios y dibujaba edificios en construcción que iba completando poco a poco. Al final, desmontaba la grúa borrándola a trozos.

Cuando tenía miedo cogía un libro de “Los Cinco” y me escapaba a la Isla de Quirrin. Estuve allí muchas veces.

Mi infancia dio mucho de sí: además de conducir un mercancías de verdad durante cien o doscientos metros, dirigí a la Banda Municipal sin que lo supieran, desde el pasillo (pero eso ya lo conté en este post). Y en casa ponía el disco y dirigía a la Saint Martin In-the-Fields dirigida por Marriner. Marriner lo hacía como yo, es curioso. Como me interesaba muchísimo la trastienda de las cosas, en una de mis primeras convalecencias saqué de oído el Concierto para 2 violines de Bach para verlo por dentro. Destrocé la cinta de tanto rebobinar y darle al play pero conseguí anotar hasta las violas. Como lo apunté en el cuaderno de los dictados de Solfeo un día lo vio mi profesor y se lo quedó. El profesor se lo dio a Don Tomás. Muy ufano, Don Tomás buscó en el casino a mi abuelo y le dijo: “¿ha visto lo que ha hecho su nieto…?” y como mi abuelo era muy impulsivo ya no escuchó más, dejó los naipes encima de la mesa, se fue a casa, llamó a mi madre muy furioso y dijo: “¡mira a ver que el chico ha debido hacer algún desastre!”. Cuando le dijeron de qué se trataba dijo: “Ah, bueno”. Y se puso a cenar. En mi familia la música como que no.

El día que hice la primera comunión me tocó el boleto de 250 puntos en el quiosco del señor Andrés. Me puse igual de contento que si me hubiera tocado el Gordo de la Lotería de Navidad. 250 puntos de cosas del quiosco cabían en una bolsa muy grande. Cuando volvía con ella a casa me di cuenta de que era un poco sospechoso que justo el día de mi primera comunión me tocaran 250 puntos y entonces me vino a la mente la cara del señor Andrés diciendo mira qué suerte. Volví sobre mis pasos y le dejé la bolsa encima del mostrador. Me puse de muy mala leche.

Desde pequeño empezaron a sucederme cosas surrealistas. Cuando salia del colegio la mujer del señor Andrés se asomaba por la ventanilla del quiosco y me gritaba: “huye, huye, que viene tu abuela!”. Yo hacía caso pero mientras corría me parecía todo un poco raro. La verdad es que tenía una abuela muy señorona y un poco chiflada. Estaba enamorada en secreto de Paquirri. Poco antes de morirse se volvió abuela-abuela de repente y me entró toda la pena de golpe.

No lloré cuando murió Chanquete. Sinceramente, me pareció una desfachatez, morirse, pero hombre.

En el colegio fui delegado de clase todas las evaluaciones y todos los años. Terrible. Lo pasaba fatal en las votaciones porque todas las papeletas tenían mi nombre menos la mía y era un apuro y luego tenía que tragarme todos los problemas del curso y hasta ir a la sesión de evaluación y sentarme entre la Madre Rivas y La Pitón. Con eso te lo digo todo. En el bachillerato la cosa empezó a preocuparme: un día vino Sofía a preguntarme cuántas pajas se hacían los chicos al día. Le dije que 17. Otro día me llamó al despacho el tutor, un cura extrañísimo, y dijo que quería pedirme consejo sobre si había hecho bien con David al castigarle. Me pareció repugnante esa falta de personalidad y decidí suspender Matemáticas. Fue un escándalo sonado. Yo disfruté de lo lindo.

No soporto el dolor ajeno. Me supera. Me duele más que el mío propio. Me quedo más tranquilo si me duele a mí. Por otro lado, la gente cree que por estar enfermo también estás sordo. Pero oigo. Lo digo porque no soporto que me compadezcan: para compadecerme ya estoy yo cuando me da la gana, no te fastidia.

En mi vida me han dicho “te quiero” una vez y media. La primera fue una lamentable equivocación: la segunda fue partida por la mitad. En realidad el orden fue al revés, pero ya sabemos que el orden de los factores no altera el producto. Se sobreetiende a qué clase de “te quieros” me refiero.

Mi mayor fortuna está en haber hecho feliz un ratito de la vida de mucha gente a través de mi trabajo. Luego necesito volver a este Norte solitario, del que a veces salgo al día siguiente o a los tres meses. Nunca se sabe. Ni yo mismo lo sé.

Desde pequeño he tenido la certeza de que acabaré mis días sintiéndome muy solo. Un día se lo dije a Belén, sin ningún dramatismo, como algo natural, y por la noche me mandó un sms: “estaré siempre”. Tiempo después volvió a salir la conversación y me lo repitió, esta vez de viva voz, y puso su mano sobre la mía. Estaba fría. Supe entonces que no se lo diría nunca más.

Lo demás está en el blog. Lo que falte, llegará a estar. Y si no, pues no pasa nada.

Aliento

Yo sigo buscando el latido de las cosas y allá arriba, en el escenario, la vida late con fuerza, sobre todo en esos breves instantes de vibrante silencio que van del aplauso de bienvenida al momento en el que empieza a sonar la música. ¿Hemos pensado alguna vez qué sucede en esos instantes, nos hemos preguntado qué se siente, qué cosas pasan por la cabeza? Vamos a tomarle el pulso a ese latido en este post. Mientras subes el volumen de los altavoces o te pones los auriculares, que luego habrá que acercar bien el oído, te pongo en situación: Palacio Euskalduna de Bilbao, 23 de Octubre de 2005, Auditorium principal, el rumor de 2164 butacas y 50 niños y su director en escena, aguardando; estamos a oscuras y cada uno de los niños lleva entre las manos una lucecita que dibujará en el aire la coreografía de un canto ancestral japonés. Todo está dispuesto y todos ocupan su lugar en el amplio escenario, en silencio, a falta de que transcurran los veinte segundos que necesita el piano para abrir la puerta a la actuación. Ha llegado la hora. Todo el esfuerzo empleado con anterioridad, el trabajo realizado, los deseos y las ilusiones puestas en él, descuentan sus últimos segundos. Apenas veinte. Camuflado entre la oscuridad, suspendido del alto techo, el indiscreto micrófono capta en esos momentos de tensión un susurro de aliento que sólo oyen ellos y que ahora lo podemos vivir nosotros. ¿Lo oyes?

Click para escuchar. Mp3, 235 k.

© Baraha/Estudios T.Pete

Cumbre

A veces yo también me canso. Quiero decir que, bueno, no siempre voy con la sonrisa puesta ni juego con las palabras todo el rato y eso, qué va, pero supongo que eso ya lo intuyes. A veces me quedo callado o me pongo a mirar por la ventana o qué se yo. Te puedes ir cansando poco a poco o cansarte de golpe, como ayer, sentado en esa silla y escuchando al médico. Era la vuelta al cole y me preguntó qué tal estás y yo le respondí que irregular. Querrás decir regular, dijo él. No, quiero decir irregular, a veces mejor y a veces peor, le aclaré yo. Pues vaya. Pues ya ves. Y al rato llamó a la enfermera para que me hicieran un análisis de sangre porque otra vez ha subido el hematocrito y dice que no es normal que suba tanto y tan rápido a lo que le contesto que nada es normal. Uy, dice él, ¿estamos bajos? Y yo: de hematocrito no. Me refería a los ánimos. Pues hombre. Y puntos suspensivos. A veces dices pues hombre y sobra el resto.

Cuando el médico escribe en su portátil una frase en mayúsculas no pulsa la tecla de bloquear mayúsculas sino que estira el meñique de la mano izquierda y mantiene pulsada la tecla de mayúsculas a secas todo el rato mientras los demás dedos teclean veloces. Qué pondrá. Por qué escribirá con el dedo así, estirándolo tanto cuando el resto de los dedos se van por la parte derecha del teclado, esa de las ges y las tes y las haches. Luego empieza a decir una sarta de cosas dispares y disparatadas que dan mucha pereza y se resumen en una: va a ser duro. El qué. Pues las pruebas, la retirada de la medicación para no falsear el resultado de las pruebas, en general, va a ser duro. Y sonríe. Yo no. Porque en ese instante la vista ha buscado algo a través de la ventana de la consulta del hospital y se ha encontrado con la cumbre blanca del Moncayo y dirás que es una tontería pero de repente me ha entrado el cansancio de golpe. No por el médico, sino por la cumbre blanca y el cielo azul. O igual ha sido por el contraste entre las dos cosas, sí, yo creo que va a ser eso. De repente me he dicho: yo no voy a subir allí como ellos y ellas (y ellos y ellas son una larga lista de nombres que desfila por mi pensamiento mientras el médico teclea con el meñique izquierdo pisoteando la tecla de las mayúsculas, imagínate que los estuviera tecleando)

Y entonces me entra como una tristeza pegajosa y al mismo tiempo como de granito al observar el panorama, ahí el médico hablando de isquemias transitorias, de descartar factores leucémicos, insuficiencias respiratorias, posibles neuropatías que afecten a la coordinación motora. ¿Algo más?, pienso por dentro. ¿Algo más?, pregunto por fuera. Lo importante es ir descartando paso a paso y tener paciencia. Ya, y esperar, no?. Sí, y esperar. Oiga, usted me entiende, verdad? Cómo dices? Que si usted me entiende, la situación y todo eso, que a veces uno se cansa, que mire lo blanco de la nieve, es prodigioso, más lo sería poder pisarla y tocarla, pero igual no se ha dado cuenta porque usted puede ir y tocarla y pisarla, igual hasta se aburre ya de eso y ni se fija en la nieve de la cumbre porque sólo tiene que decirse: voy, y va. Y hace bien, oiga, pero es que, mire, de repente me ha entrado un cansancio como si hubiera subido a esa cumbre y, si no le importa, lo dejamos ya, es el cansancio y eso, en casa se me pasará, me entiende, no?

Fuga

Este es el Sujeto de una Fuga compuesta en 1949 por Samuel Barber:

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Es altamente estimulante estudiar la fidelidad que los compositores modernos profesan a esta ancestral forma musical y la utilización que hacen de la misma. La aventura que es toda Fuga, el reto que propone, continúa ejerciendo una poderosa atracción sobre ellos y no es para menos: de lo que se trata es de idear un diseño melódico que tenga entidad propia y del que derive a su vez una estructura formal completa mediante el desarrollo de sus elementos constitutivos. Es interesante observar que los compositores no han roto con la tradición sino que la han hecho evolucionar adaptándola a los tiempos; no han disuelto la forma, como ha ocurrido con otras estructuras, sino que han expandido sus posibilidades.

En este sentido, el precioso tema ideado por Barber es muy significativo. Al estudiarlo hallamos respuesta a dos cuestiones esenciales: ¿de qué manera enlaza esta moderna Fuga con la tradición? y ¿de qué manera expande sus convenciones adaptándola a los tiempos?. Dicho de otra manera, qué cosas siguen igual y qué cosas cambian. Dónde el pasado y dónde el presente. Es importante averiguarlo porque el proceso creativo de esta Fuga se sustenta en ambos pilares. Vamos a ello.

-La continuidad con la tradición.
El Sujeto ideado por Barber es absolutamente bachiano. Su diseño no se aparta un ápice de las convenciones del estilo Barroco y, en particular, de la escritura de Bach: arranque en anacrusa y/o tras un breve silencio y una figuración continua en semicorcheas que, sin embargo, divide argumentalmente el tema en tres partes:

Idea melódica principal (1) + desarrollo secuencial (2) + Coda (3)

1. La idea principal dibuja un arco melódico perfectamente delimitado por sendas tónicas. Empieza y acaba en la misma nota:

2. El desarrollo secuencial arranca en la misma fracción métrica de compás (la proporción es esencial en el diseño de un tema de Fuga) y se desliza por un tobogán descendente:

El progresivo descenso por grados conjuntos lo podemos apreciar mejor si le hacemos una radiografía a la imagen precedente y nos quedamos con el esqueleto. Comparemos el resultado con el original:

En el transcurso de la secuencia Barber ha seguido utilizando los elementos que definen la personalidad de este sujeto: los intervalos amplios y la peculiar alteración rítmica que producen las ligaduras en el incesante fluir de semicorcheas. Precisamente al final de la secuencia nuestro oído echa en falta una ligadura: la hemos escuchado sobre el “sol”, sobre el “fa” pero sin, embargo, cuando esperamos la correspondiente prolongación de la nota “mi” advertimos su ausencia. Barber ha procedido por reducción y se ha saltado ese paso con el consiguiente efecto de aceleración que persigue precipitar el tema hacia su desenlace. La impetuosidad de este final hace difícil delimitar la Coda. En mi opinión personal, la coda viene después, ocupando las tres semicorcheas que le faltan al compás y acompañando la entrada de la primera respuesta.

Una vez estudiado el diseño formal del tema y comprobado su paralelismo con los cánones de la tradición no está de más volver a escucharlo:

Click para escuchar. Mp3, 110 k.

Ya hemos visto los elementos que enlazan a esta Fuga con la tradición. Nos queda por ver qué actualizaciones depara la modernidad al viejo sistema operativo (valga la comparación). Nos centraremos en las cuestiones relativas al trazado del material temático.

-La puesta al día.
Las convenciones del estilo y la toma de precauciones para poder someterse en el transcurso de la composición a los diversos artificios contrapuntísticos marcan el diseño de un Sujeto de Fuga. El ámbito melódico es restringido: por lo general, aparte de los inevitables saltos de octava que marcan un cambio de dicción o de registro, el clímax melódico reside en el intervalo de sexta sobre la tónica o la dominante, tal y como lo muestra Bach en la didáctica Fuga primera de “El clave bien temperado”. Pues bien, es en esta cuestión donde Barber se rebela: no le gustan los espacios cerrados. Como si de una declaración de intenciones se tratara, el enérgico inicio ascendente de su Fuga hace un primer alto en el provocador intervalo de séptima Mayor (cuarta nota del tema principal) dejándolo así en evidencia:

Aún más llamativo resulta lo que viene a continuación: envalentonado, la siguiente nota osa cruzar la frontera de la octava para alcanzar un intervalo de novena, puesto igualmente de relieve mediante una prolongación en su duración (primera ligadura). El fuerte impulso motriz de un arranque semejante (dirección ascendente mediante intervalos no conjuntos) y la tensíón armónica creada en tan sólo cinco zancadas hacen necesario reconducir el diseño melódico.

Para ello, Barber hace dos cosas: en primer lugar, libera la tensión armónica acumulada buscando el reposo en tónica. Es muy interesante reparar en el hecho de que para lograrlo se ha visto obligado todavía a ascender una nota más (“sol” agudo, nota integrante del acorde de tónica) y, sin embargo, podemos comprobar que la temperatura no sigue subiendo. La razón viene dada porque dicha nota ocupa un discreto lugar en la parte débil del compás; el alivio que el oído siente al reposar en la tónica aporta lo suyo también y, finalmente, lo que es definitivo es el inmediato cambio en la dirección melódica, que pasa a ser descendente. Una caída en picado en música necesita pista de aterrizaje suficiente: reparemos en el mayor número de notas que hay en el grupo descendente con respecto a la parte del ascenso.

Barber sube y baja escaleras a zancadas, no peldaño a peldaño. Su intención de utilizar intervalos amplios es desarrollada todavía más en la secuencia que completa el diseño del Sujeto, como hemos podido ver en los gráficos anteriores.

La exposición de este Fuga es a 4 voces y la aparición del Sujeto sigue este orden: Contralto, Bajo, Soprano y Tenor, como podemos apreciar en el siguiente fragmento de audio:

Click para escuchar. Mp3, 415 k.

Y es sólo el extremo del ovillo.

Intendencia

Qué paciencia, Señor.

A ver, el individuo con IP estática comenzada en 200 y terminada en 233 que ayer a las 18:40 eligió este blog para dejar una diarrea verbal en un tiempo récord de 48 segundos desde un Windows XP con navegador IExplorer 7.0, monitor con resolución 800×600, teclado español/mexicano y conexión desde Guadalajara (México) a través del proveedor MegaCable SA, es un fenómeno. Sí, en serio. En un principio dudamos un poco (un poco sólo) porque era tal su torpeza en el rastro dejado hasta llegar hasta aquí que llegamos a plantearnos si estábamos ante un corto integral o ante un retorcido mental que quería dejar en evidencia a un antiguo frecuentador de estos comentarios y todavía asiduo lector desde el silencio. Dice el refrán que “cree el ladrón que todos son de su condición” y tiene razón porque aquí, aunque quizá no se haya dado cuenta, somos un poco listos. Conste que no nos estamos poniendo ninguna medalla: es que ante inteligencias de mosquito a nada que hagas click, click le sigues el rastro como Pulgarcito a las migas de pan. Así fue, oye. Y el resultado fue para echarse a temblar. Una joya (en bruto).

La legislación española no permite la difusión pública de una dirección de IP completa aunque tal y como nos dijo atentamente una señorita por teléfono desde la Agencia de Protección de Datos, dicha legislación también es muy sensible a la hora de recabar las cochinadas que se dicen y los datos del cochino en cuestión. Se encargan ellos. Pues mejor, ahorro de trabajo. A mí lo que me molesta únicamente es que haya elegido para ensuciarlo todo el rellano de la escalera de Juan y Angelines, porque habida cuenta la fijación que hasta las 18:40 de ayer ha tenido el tipo con este blog en cuanto al número de sus visitas y la duración de las mismas, podía haber elegido otro post. Esto nos obliga también a activar de nuevo la moderación de comentarios, tras haberla desactivado hace un par de meses, de manera que su publicación en pantalla no será inmediata. Lamentamos las molestias que esta medida pueda causar entre los lectores y aprovechamos el comunicado para mandar a tomar por el culo al ínclito en cuestión.

(pero mírate lo tuyo, en serio; anda, sí, venga)

Reducto

El único reducto vivo de mi infancia está en la puerta del laboratorio de Juan Argerich, analista clínico. A la derecha del marco, una pequeña plaquita recuerda que el horario de extracciones es de lunes a viernes de 8 a 11 de la mañana y por si te corren prisa los resultados, puedes pasarte por la tarde de 4 a 7. Sábados cerrado. El primer análisis de sangre que me hizo Juan en presencia de su inseparable Angelines debió ser cuando yo tenía 4 o 5 años. Angelines me decía que mirara por la ventana mientras Juan introducía la aguja con un cuidado tal que no te dabas ni cuenta. Yo miraba por la ventana por si acaso me mareaba y desde allí veía el Paseo de Invierno y por alguna razón que no sabría explicar, ese territorio de juegos, carreras y columpios de tantas tardes ha quedado en mi memoria fotografiado en una mañana de niebla densa desde la ventana del quinto piso donde Juan te hacía el análisis y luego Angelines te regalaba una piruleta. Yo vivía en el segundo y bajaba por las escaleras con la piruleta en la boca y la mano derecha apretando el brazo izquierdo donde me acababan de poner un trozo de algodón y una tirita.

Con los años, todos los vecinos fuimos abandonando el edificio menos Juan, que aguantó allí hasta no hace mucho. Por eso, volver fue durante mucho tiempo toda una experiencia emocional: entrabas en el portal por el que habías salido todos los días con la mochila para hacer la EGB, entrabas en el ascensor que en su tiempo te inspiró temor y mirabas ese botón del 2 en cuyo círculo se concentraban un montón de sensaciones. Y una vez arriba el mismo sonido del timbre, la plaquita a la derecha de la puerta, de lunes a viernes de 8 a 11, los mismos rostros, Juan y Angelines, el mismo afecto, la misma silla y la misma ventana del Paseo de Invierno ya sin Paseo de Invierno.

No recuerdo en qué momento Angelines dejó de darme una piruleta de consuelo después de cada extracción. Tampoco le dije nunca que a mí, de niño, lo que más me gustaba no era la piruleta en sí sino el hecho de que me la diera. Tampoco recuerdo en qué momento Juan me consideró lo suficientemente adulto para recibirme con un apretón de manos que nunca me supo a distante sino que creo que fue la forma de decirme ya eres un hombre. De la piruleta al apretón de manos hay un espacio en blanco donde tienes que escribir: ya soy mayor.

El día que Juan anunció que se mudaba fue un dolor. Sólo eran 500 metros pero los recuerdos miden las distancias de otra forma muy distinta. Ahora Juan tiene su pequeño laboratorio en un edificio modernísimo con un ascensor de metacrilato y maderas raras donde el 2 es un cuadrado desconocido. No podía esperarme que, sin embargo, el reducto de mi infancia que había sido durante tantos años el interior de su consulta pasara a estar en la puerta, a la derecha del marco, encima del pulsador del timbre, en esa plaquita donde pone los horarios de extracciones. Me pregunto si alguien habrá reparado en la incongruente tipografía de ese cartelito con la estética de los tiempos y la asepsia del moderno rellano de ese edificio, un cartelito rectangular escrito a plumilla sobre un material plastificado que Juan y Angelines decidieron conservar y que yo, cada vez que voy, como esta mañana, me quedo mirando con suma atracción unos segundos y a veces, según me pilla, hasta recorro sus letras con los dedos antes de llamar al timbre. Ese cartelito fue confeccionado en dos tardes de invierno de mediados de los setenta. Lo dibujó mi padre. En el radiocassette de su habitación de dibujo sonaban canciones de Nino Bravo mientras yo dibujaba una Ruperta con ceras y él de vez en cuando me decía, bien, muy bien, sigue. Cuando lo terminó me dijo, anda, súbeselo a Juan, corre, que lo está esperando y se quedó mirando mi dibujo de la calabaza Ruperta.

Nunca le he dicho a Juan la profunda emoción que me produce contemplar unos segundos ese cartelito, que no pega ni con cola en ese pasillo tan elegante, pero en cuyas letras están condensadas el último reducto vivo, intacto, de mi infancia y por eso paso los dedos por ellas antes de llamar al timbre y volver a mirar esos rostros que tanto me reconfortan. Así ha sido hoy, de nuevo.

Flechazo

No es por ser agorero pero la cosa se acaba. Lo del enamoramiento digo. Se acaba siempre. Por eso cuando la gente se ha puesto a investigar la cosa han dirigido sus pesquisas al calendario para intentar determinar cuánto dura la batería y, de paso, mirar de qué está hecha la batería. Stendhal definió el enamoramiento como un trastorno momentáneo de la atención y calculó que “momentáneo” es una palabra que dura entre dos y tres años. Stendhal era de letras y por eso la definición le salió muy precisa pero los números no tanto. Ahora los científicos han hilado más fino y dicen que ni dos ni tres, sino que son cuatro: el enamoramiento caduca a los cuatro años. ¿Seguro?, les preguntas. Seguro seguro, te contestan. Hombre, a ver, trimestre arriba trimestre abajo, que tampoco se trata de fardar como cuando Tamariz te acierta la carta que has cogido de la baraja. Lo que quieren decir es que la naturaleza lo tiene todo calculado y cuatro años es el tiempo que necesita una cría humana para ser lo suficientemente independiente como para que pueda haber alguien que no sean los propios padres para ocuparse de ella.

En términos evolutivos, a partir de los cuatro años ya no es estrictamente necesario que mamá y papá sigan juntos. Si siguen es cosa de ellos pero desde luego la naturaleza se va a desentender del asunto. Para empezar, va a cortar el suministro de dopamina. Se nota cuando un día te levantas y miras a la persona que está a tu lado y te dices: “ronca”. La falta de dopamina no le hace roncar a tu pareja pero te hace darte cuenta a tí de ello; más exactamente, y para decirlo de un modo llano, de repente el ronquido de tu pareja te jode. Dicho así queda menos fino pero nos entendemos todos que al final es lo que importa. Te cortan la dopamina y es como si te despertaran de un trance y adiós hechizo. Por eso el amor de tu vida dura hasta que un día aparece alguien al otro lado de la calle. Y vuelta a empezar.

El problema es cuando a tu pareja se le acaba la batería pero a tí todavía no y entonces te quedas fuera de cobertura. Y eso jode más que el ronquido. Cabría pensar entonces que si bien el enamoramiento es un proceso instintivo, la sentimentalización del amor ocurre en otro nivel. Pero no agüemos la fiesta a los enamorados que hoy celebran la feliz combinación de sus respectivas químicas y carpe diem. Sólo al final del párrafo pone que Lidia aún no sabe que mañana llorará.