jump to navigation

Cumpleaños 14 enero, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 16 comentarios , trackback

Hoy es mi cumpleaños. Treinta y siete. Me he sentado a escribir este post cuando faltan unos minutillos para la medianoche y ya verás como a las doce en punto el móvil se dará un pequeño susto y aparecerá un sms de Sergio con las felicidades. No falla. Año tras año mi cumpleaños empieza con una felicitación de Sergio que, esté donde esté, envía a las 00:00:00. Y esa costumbre me hace mucha gracia y a la vez me emociona un poco porque tener ahí a Sergio es para felicitarse de verdad, pero eso ya me lo has oído muchas veces.

Hoy se le ha adelantado Rafael (quizá porque se le ha ido mi santo al cielo y pensaba que el cumpleaños era un día antes, que Rafael es de letras y clásicas, aunque el bajo cifrado del pentagrama le sale muy bien) y me ha escrito una felicitación azul: contiene unos versos azules, unos recuerdos azules, un sabor azul y hasta una música azul; sólo ha faltado el olor azul a Vernel pero eso ya lo pongo yo, y es curioso haber recibido una felicitación azul porque antes le he hecho llegar un regalo multicolor a una amiga. Es que el día de mi cumpleaños a mi me gusta regalar a los amigos en vez de que me regalen lo que pasa es que a todos no se puede y también me gusta marcharme a pasar el día fuera. Este año está la cosa un poco complicada pero al menos los médicos me han dado fiesta. Les dije el otro día que el lunes no y ellos dijeron que sí, que vale.

Sergio, seguro.

¿Lo ves? Las 00:00:40 en mi móvil y mensaje de Sergio. Cómo es.

Estaba en el no que es sí. A ver cómo amanezco dentro de unas horas y, si toca buen día, me escapo un ratillo y me regalo algo a mí mismo. Ayer salió un día de los buenos así que pude hacer un poco de vida social y estuve al fin con Javier y Mila. Mila dijo que tenía “vocecica” así que vamos a la cocina a merendar algo y mientras íbamos a la cocina pensaba yo en lo de si tenía vocecica realmente y se me ocurrió que podía preguntárselo a los lectores del blog que son, a fin de cuentas, quienes me vienen oyendo a diario con regularidad desde hace tiempo.

¿Tengo vocecica o qué?

Nos pusimos a merendar un chocolate muy rico y hablando del cumpleaños les dije que el balance de este año es, básicamente, que he aprendido a decir que “no”. Oye, pues fue decir eso y de repente se pusieron a decir que muy bien y que por fin y se pusieron aplaudir dándome la enhorabuena y todo como diciendo: ya era hora, macho. Me sorprendió un poco lo efusivo de la reacción por lo que seguidamente les dije que ahora lo que me falta es no sentirme tan culpable las veces que digo que no. Javier, como es muy didáctico, dijo que esa tenía que ser la siguiente etapa. Mila dijo que sí, que tenía vocecica, sí, y que hay más chocolate, coge.

Hoy hemos comido con mi abuela. Mi abuela y yo nos llevamos la friolera de casi 60 años aunque en el calendario los cumpleaños de cada uno están a tan sólo una semana de distancia. Yo estoy en el lunes de arriba y ella en el lunes de abajo. Cuando se ha marchado me ha felicitado por adelantado y cuando nos íbamos a dar dos besos se me ha agarrado fuerte y me he dado cuenta de que se estaba emocionando mucho. Así que inmediatamente me he ido a mirar al espejo porque entre eso y lo de la vocecica me ha entrado como aprensión pero tampoco he visto nada más raro de lo normal, la verdad.

Yo creo que meteré el iPod en el bolsillo y me subiré al tren. A fin de cuentas Ivy se preocupa por mí cuando me susurra al oído la canción “Worry about you” así que sin problema. Me gustaría regalarme un par de dvd´s (un par, Raquel, de verdad, te lo prometo que esta vez sólo será un par) aprovechando las rebajas pero los muy los sacan el 16. Pero qué más les dará, digo yo.

Un regalo para todos, vale?

Clase 13 enero, 2007

Escrito por emejota en : Varios , 1 comentario , trackback

Hace unos años, José Antonio Marina escribió un artículo en prensa donde hacía una defensa de la lentitud frente al frenesí del hipertexto y la búsqueda rápida que marca el compás de nuestra existencia cotidiana. Alberto Manguel hace hoy unas declaraciones en las que afirma que “el capitalismo actual no puede permitirse un consumidor lento, y la literatura requiere lentitud”, lo que le lleva a concluir que, en el futuro, “leer será un acto de rebeldía”. No sé si en el futuro leer será un acto de rebeldía pero en el presente es un signo de (absurda) distinción, lo que me lleva de nuevo a Marina cuando dice que “la Cultura nos hace sentirnos seguros”. Es verdad. La palabra “cultura” se ha convertido en una palabra-comodín, un cajón de sastre que da cabida a muchas cosas dispares que funcionan todas ellas como una herramienta de autoafirmación social. Parece como si “la cultura” fuera un espacio de distinción al que conviene pertenecer y eso nos importa más que leernos los estatutos y enterarnos siquiera en qué consiste eso de la cultura. Precisamente ese “vacío legal” es hábilmente aprovechado por quienes quieren colarnos su rollo bajo el estandarte de “La Cultura”.

¿Qué hace “cultural” a algo y qué lo excluye de esa categoría? En su espléndido ensayo “¿Para qué sirve el arte?”, John Carey advierte con agudeza que a la mayor parte de las personas en el fondo les importa un bledo el arte pero, sin embargo, “toman muy en serio cualquier crítica a su gusto artístico”, ese que nos hace sentenciar: ésto es una obra de arte y ésto no lo es. Si nos tomáramos el esfuerzo de aclarar los conceptos quizá llegáramos a la conclusión de que lo importante no es tanto leer sino qué leer (y ya puestos, incluso cómo leer). Hay quien siente los efectos de inmunidad que proporciona la oportuna dosis de “cultura” porque lee, aunque lo que lleve bajo el brazo sea la biografía de Carmina Ordóñez y por otra parte hay “intelectuales” que se escudan en la dignidad de la novela para denostar el género del culebrón olvidando al parecer que, en su tiempo, la novela que hoy está elevada a los altares de lo clásico fue tratada por la intelectualidad de la época con el mismo criterio despreciativo, como recordaba el otro día alguien que ahora no recuerdo.

En fin, todo esto rollo viene a que en Gran Bretaña está cosechando un gran éxito un libro sobre cómo aprender latín de manera rápida y sin complicarse mucho la vida. El autor anima a los lectores a que se pongan a ello alegando que es un “signo de clase” y como reclamo lanza la siguiente pregunta: “¿Por qué, si no, David Beckham entre los nueve tatuajes que lleva en su piel, tiene tres en latín?”.

Yo de la “13 Rue del Percebe” toda la vida, oiga.

Duda 12 enero, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackback

No sé…

Recuerdos 11 enero, 2007

Escrito por emejota en : Libros , 2 comentarios , trackback

José SaramagoSi me pusiera a escribir mis memorias, las empezaría por esta frase: “Mientras los otros niños se sentaban a ver el programa de la tele, yo me sentaba en el suelo de la cocina a ver el programa de la lavadora, intentando desentrañar la lógica de esa secuencia de giros a derecha e izquierda seducido por el olor azul del Vernel. Bueno, vale, igual en vez de “seducido” ponía “colocado” y en vez de “Vernel” ponía “suavizante”. Tendría que pensarlo. En cualquier caso, mis memorias empezarían así y terminarían la misma mañana que entré en un colegio de monjas a mis nueve años. Después de eso la vida ya no volvió a ser la misma. Esto viene porque José Saramago lleva a las librerías el próximo día 24 “Las pequeñas memorias”, que son las suyas y también terminan muy pronto porque dice que todo lo que pasa después de los 12 o 14 años no tiene importancia. Y es verdad. Yo tengo muchas ganas de asomarme a esa memoria y ya me han dicho Rosa y Anabel que, siguiendo la costumbre, me van a reservar el primer ejemplar que salga de la caja.

Siguiendo la costumbre también, saldrán nuevamente los petardos y las petardas de turno mirando con displicencia la portada y pasando de largo porque hay quien no ha olido suficiente Vernel en su infancia y de tanto pasar por el grifo la piel de la semántica y la semiótica vuelven insípido el sabor de la carne jugosa. Es una sensación inquietante que, a nada que eches un vistazo, percibirás con frecuencia: literatos que tras una armadura de erudición hueca esconden ante sí mismos la evidencia de que no les gusta la literatura, no la disfrutan ni la saborean. No vibran. Y lo mismo se da en los demás campos: el cine, la música… Hay sabor en la semántica y la semiótica, hay jugo hasta en la tipografía, pero para apreciarlo necesita uno tomarse un tiempo en acariciar la piel de una frase y hacer cosquillas con el índice en el ombligo de un punto y seguido.

Saramago está presentando sus memorias de infancia y le dice a un periodista que no entiende por qué le ocurren cosas como que si está en una fiesta se pone triste. “No es que la alegría de los demás me moleste, sino que cuando la gente se divierte a mi alrededor yo me pregunto, ¿qué hago aquí? Creo que tiene que ver con mi incapacidad para integrarme. A veces necesito aislarme. No lo puedo evitar”. A mí me pasa exactamente lo mismo y además me daría mucha pereza escribir mis memorias que, por otra parte, no interesarían a nadie. Pero todo tiene su compensación: lo mejor de no ser un Saramago es que puedes leer a Saramago y cada frase será nueva. Y es que cuando no puedes aspirar a ciertas cosas siempre puedes aspirar el olor azul del Vernel y elevarte momentáneamente a la gloria. El que no se consuela es que no centrifuga.

Album 11 enero, 2007

Escrito por emejota en : Album , 2 comentarios , trackback

Con mi sobrina Isabel, 25 de Diciembre de 2002.

Palabra 10 enero, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 2 comentarios , trackback

Me han puesto un aparatito colgado del cuello y alojado en un costado como si fuera uno de aquellos viejos walkman y lo tengo que llevar puesto durante 24 horas. El aparato quiere medir la tensión arterial a lo largo del día y por eso cada 20 minutos te avisa con un par de pitidos suaves y entonces el manguito que tengo en el brazo izquierdo te aprieta un poco. Es como cuando te cogen del brazo para darte ánimos pero a lo frío, no sé si me explico. El aparato es un poco engorroso, la verdad, y le decía a la enfermera esta mañana que es un contrasentido que en tiempos de microcirugías, microcámaras y micros en general la medicina todavía utilice trastos semejantes y ella decía que sí pero que en fin. Pues nada, hija. A la salida me he cruzado con el médico que tomó las riendas del asunto en su día haciendo un ejercicio de autocrítica insólito: “lo hacemos mal”, dijo. Una vez le oí decir que los médicos curan con tres cosas: el bisturí, los medicamentos y la palabra. Lo último me gustó porque es verdad. Hoy ha dicho también que le tranquiliza verme ya con otra cara. A mí me tranquiliza tenerlo a mano por si acaso.

El cacharro ya pita otra vez.

Traducir 9 enero, 2007

Escrito por emejota en : Libros , 4 comentarios , trackback

A mí la Editorial Planeta me daba mucha grima hasta que leí el periódico el fin de semana. Desde entonces me da más. La señora de la foto es Matilde Horne, de 92 años, y lo que sale detrás es la residencia de ancianos donde vive. Lo de la señora Matilde Horne fue toda su vida la traducción de libros, dice que nació con “la necesidad de expresar un idioma en otro, de recrearlo, inventarlo”. Dice también que aprendió a traducir “leyendo y poniendo alma, que es la única capaz de percibir más allá de lo visible y lo audible”. La señora Horne, como casi todos los buenos traductores, dice y hace cosas muy interesantes. Basilio Losada defendía la lectura en voz alta y Matilde Horne ahora escribe con la mente lo que imagina traducir porque sus ojos ya están gastados y el día es muy largo. Tanto como para pensar lo que hay dentro y alrededor de las palabras: “La palabra ‘llovizna’ me parece hermosísima, con esa elle como tartamuda y los sonidos que vienen a continuación; me gusta mucho. Otra que me impresiona mucho es ‘muñón’; me parece terrible: es un trozo de carne que no está vivo, pero tampoco está muerto”.

¿Y qué pasa con Planeta? Después, después.

Matilde Horne tradujo al castellano los tomos II y III de “El Señor de los Anillos” de Tolkien para Minotauro. Ya sólo por eso merece el reconocimiento de generaciones de lectores que tuvimos la fortuna de descubrir a Tolkien en la blancura de papel antes que en la blancura de la pantalla de cine. Mi amigo Javi y yo decidimos hace un par de meses que si hacen “El Hobbit” no vamos a ir al cine a verla porque queremos seguir viéndola como la imaginamos cada uno: con los ojos de dentro. Así lo decidimos y brindamos con un vasito de sake. Dijo Javi que el sake sabía a rancio. Yo es que no entiendo el sake así que no sé. Dónde estaba. Ah, sí. Dice Matilde Horne que nunca vio poesía en Tolkien pero en eso no tiene razón: la poesía en Tolkien está en los tránsitos, en los viajes, en las largas marchas; se encuentra al atravesar un bosque frondoso y silencioso que filtra la luz del sol ardiente de la tarde, en las canciones que aligeran el paso y confortan el ánimo, en las descripciones de los árboles arrugados y, finalmente, en la contemplación de las casitas al fondo del valle cuando llegas cansado y polvoriento al atardecer y el aire huele a matorral dulce. Lo que pasa es que esos versos riman mejor en el tomo I y en “El Hobbit” y a Matilde Horne le tocó la parte épica de la lírica. La Comarca quedaba lejos. También puede que esa afirmación tenga algo de acto de modestia por la estupenda traducción: “Me dijeron que era muy linda y poética pero”. Nada de peros, señora Horne, es muy linda y poética.

¿Pero qué pasa con Planeta? Ahora, ahora.

Cuando el dueño de Minotauro no tuvo más remedio que vender a Planeta, le tuvo que dar a Matilde Horne 6.000 euros por 50 años de traducciones. Al principio la mujer tan contenta pero enseguida se dio cuenta del disparate y le dio un poco de miedo mirar a mañana. Con razón. El antiguo dueño de Minotauro también se dio cuenta cuando se le había pasado el apuro de lo de la empresa e intentó negociar con Planeta para que tuvieran en cuenta eso pero Planeta dijo que quería las obras libres de derechos y que así lo ponía en la letra pequeña.

Qué cabrones.

El antiguo dueño de Minotauro le ingresa a Matilde Horne 5OO o 1OOO euros para su cumpleaños o para Navidad, para ir tirando. Es el precio de 50 años de traducciones que siguen generando dinero, mucho dinero. Y es que, para colmo, fue vender la editorial con Anillos y todo y llegar Peter Jackson a la pantalla, con lo que Planeta empezó a ganar millones de euros con las reediciones de las traducciones de la señora Horne. Ahora que se ha descubierto el pastel los de Planeta dicen que no sabían nada y que ya lo mirarán, faltaría más.

Ya.

A mí me gusta mucho la palabra “azul”, señora Horne, aunque todavía no encuentro las palabras para explicar la razón. Sin embargo, tengo muchas razones para dedicarle a usted la palabra “gracias”.

Resultados 8 enero, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackback

El TAC craneal ha dado negativo. Han tenido el detalle de comunicármelo por teléfono y no dar lugar a la citación a consulta, con el consiguiente ahorro de incertidumbres. Ha dicho el médico que “en su cabeza no se aprecia nada sustancial” y, a pesar del alivio grande, me he abstenido de hacer la pertinente réplica al chiste que el buen hombre me ha puesto en bandeja seguramente sin darse cuenta. De todas formas, no suponía yo que me iba a alegrar tanto porque un día me dijeran que mi cabeza no tiene nada sustancial. Espero al menos que la de los médicos sí tenga algo sustancial para que den de una vez con lo que sea porque el estudio sigue: ahora toca explorar la médula. Pero por lo menos me he quitado un peso de encima considerable. Y estoy sustancialmente contento.

Pareja 7 enero, 2007

Escrito por emejota en : Cine , 5 comentarios , trackback

“-¿Qué hace que dos personas puedan estar tanto rato sin hablarse?
-El matrimonio”

(Audrey Hepburn y Albert Finney en “Dos en la carretera”)

Te ajustas el cinturón, accionas el play del mando a distancia y el coche vuelve a arrancar. Son 106 minutos de recorrido en los que a través de la ventanilla desfila el paisaje nostálgico y desencantado del desgaste que sufre una pareja con el paso del tiempo. Son Audrey Hepburn y Albert Finney, “Dos en la carretera” (Stanley Donen, 1967). Las vistas han sido remasterizadas en dvd por lo que el viaje luce aún mejor pero en la radio del coche sigue sonando una y otra vez la misma melodía de Henry Mancini. Sólo Henry Mancini puede permitirse repetir cuarenta veces en una película la misma melodía sin disimular, es decir, sin ornamentar una nota o cambiar el color de la orquestación: tal cual. En otras circunstancias algo así resultaría insoportable pero cuando se trata de Henry Mancini la música se convierte en un elemento imprescindible e inseparable del paisaje emocional y cuando se trata de ponerle música a la presencia de Audrey Hepburn, ángel inolvidable, la melodía se convierte en su aura, su sombra, su aire.

El misterio profundo de la mirada de Audrey Hepburn te lo explica Mancini siempre, aquí, en Tiffany´s o donde sea y entonces cobran hermoso y conmovedor sentido esa sonrisa que parece hacer esfuerzos por no echarse a llorar y esos ojos humedecidos en cuyas pupilas brilla una travesura dulce. En la radio del coche suenan los violines de Mancini pero el volumen está lo suficientemente bajito para poder oir lo que esta pareja se dice, que es mucho y precioso, aunque a veces duela, es lo que tiene un señor guión; y fuera transcurren mientras tanto los lugares y los recuerdos del pasado y las certezas del presente porque el viaje es al mismo tiempo real y simbólico.

Ayer volví a recorrer esas carreteras con la sonrisa puesta y el corazón encogido un poco y cuando el viaje terminó me detuve en el stop del mando a distancia, que no del paso de peatones. En la pantalla del televisor apareció de golpe un señor en primer plano que dijo muy serio que presten atención porque van a presenciar la transformación de Paquita de Mónaco en Audrey Hepburn y entonces se jodió la noche.

Sobremesa 5 enero, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios , trackback

Ayer, sentados frente a frente en la cocina a la hora de la comida, mi sobrina me dijo que por la tarde venían los reyes. Yo le pregunté si eran los reyes del castillo de la bella durmiente y ella dijo que no y luego se lo pensó un poco hasta decir que eran los reyes de la Navidad. Yo dije que ah, con varias haches, y después pregunté que para qué venían los reyes de la Navidad. Respondió que para traer regalos a los niños. ¿Y a mí?. No, a tí no. ¿Y por qué no? Porque tú no eres “niño”. ¿Ah, no? No. ¿Y qué soy? Ella dudó de nuevo un poco y dijo: tú eres “tío”. Yo insistí y pregunté si estaba segura de que a los “tíos” no les traen regalos los reyes de la Navidad y ella dijo que sí con la cabeza y repitió que sólo a los niños. Luego bebió un poco de agua de su vaso de color naranja y cuando terminó le dije que entonces a ella tampoco le iban a traer regalos porque ella tampoco era un “niño” sino una “niña”. Y entonces se bajó de la silla (mi sobrina no se levanta de las sillas, se baja de ellas), cogió su muñeco/bebé con gesto airado y al pasar por mi lado dijo “no me vuelvas loca la cabeza” y salió de la cocina con el babero puesto. Qué carácter.

Reyes 4 enero, 2007

Escrito por emejota en : Varios , 2 comentarios , trackback

El camello se pinchó
Con un cardo en el camino
Y el mecánico Melchor
Le dio vino.

Baltasar fue a repostar
Más allá del quinto pino….
E intranquilo el gran Melchor
Consultaba su “Longinos”.

-¡No llegamos,
no llegamos
y el Santo Parto ha venido!

-son las doce y tres minutos
y tres reyes se han perdido-.

El camello cojeando
Más medio muerto que vivo
Va espeluchando su felpa
Entre los troncos de olivos.

Acercándose a Gaspar,
Melchor le dijo al oído:
-Vaya mierda de camello
que en Oriente te han vendido.

A la entrada de Belén
Al camello le dio hipo.
¡Ay, qué tristeza tan grande
con su belfo y en su hipo!

Se iba cayendo la mirra
A lo largo del camino,
Baltasar lleva los cofres,
Melchor empujaba al bicho.

Y a las tantas ya del alba
-ya cantaban pajarillos-
los tres reyes se quedaron
boquiabiertos e indecisos,
oyendo hablar como a un Hombre
a un Niño recién nacido.

-No quiero oro ni incienso
ni esos tesoros tan fríos,
quiero al camello, le quiero.
Le quiero, repitió el Niño.

A pie vuelven los tres reyes
Cabizbajos y afligidos.
Mientras el camello echado
Le hace cosquillas al Niño.

Gloria Fuertes: “El camello” (Auto de los Reyes Magos)

Para escucharlo en la voz de la autora (imperdonable no hacerlo, si no lo escuchas los Reyes te dejarán carbón!), click aquí

Permiso 3 enero, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , Añade un comentario , trackback

Lo nuevo ha sido que hoy los médicos me han dado permiso para que diera un pequeño paseo. Esta mañana me han comunicado que el hematocrito ha bajado en nueve puntos, lo cual ha sido una buena noticia, y han dicho que si me encontraba con ánimos que probara, que lo intentara. La temperatura ha subido y eso ayuda porque antes no me dejaban salir por las heladas, y no porque fuera a pillar un catarro sino porque con una sangre tan densa, la exposición al frío y la consiguiente contracción de las venas no ayudaba precisamente.

Era mi primera salida a la calle desde ni me acuerdo, pero debió ser hacia el día de la lotería de Navidad y vale, de acuerdo, el hematocrito ha bajado y la temperatura ha subido, pero ha sido salir del portal y me he sentido como Juanjo Ballesta en “Cabeza de perro” cuando sale de aquel garage y recibe el impacto de la hostia sonora (con perdón) de la atronadora circulación del tráfico madrileño que le echa para atrás. Pues algo así. Me he sentido como Juanjo Ballesta y de paso he sentido también que el post sobre la peli quedara en el limbo del archivo por lo que he puesto un post-it imaginario para que el post se materialice aunque sea con retraso.

Comparaciones y anotaciones al margen, he salido del garage/portal y la acera, que todos estos años se ha mantenido lisa, pues ya no lo era tanto. Subía y bajaba un poco. Y la luz del sol lucía más, y yo caminaba como con ciertos titubeos. La ocasión la he aprovechado para tener un contacto humano en forma de abrazo y conversación llena de espacios en blanco (los lapsus) y abrazo de despedida que ha venido a representar de alguna manera el encuentro que me hubiera gustado mantener con tanta gente estas Navidades pero que no ha sido posible. Y digo bien, porque la tarde de permiso marca el inicio de un segundo capítulo en este culebrón hospitalario: a partir de mañana se reanudan las pruebas pero con una “pequeña” diferencia. La diferencia es de 95 kilómetros de distancia porque transcurren en otro hospital. 95 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Qué pereza. Pero yo sigo siendo obediente.

El día me ha dejado especialmente cansado. Me estoy imaginando al Doctor Normal, diciendo: “eso es normal, es el primer día”. El Doctor Normal recibe ese nombre porque siempre dice “es normal”, y luego dice “oye Marisa, ya mirarás si me han dejado encima de la mesa las historias que he pedido antes”. Y se va. Yo también me voy pero a dormir. De los correos pendientes y los comentarios me ocupo mañana a la vuelta. Feliz dosmilsiente para tí también, Daniel, maestro.

Coleccionable 2 enero, 2007

Escrito por emejota en : Música , 1 comentario , trackback

A Nikolaus Harnoncourt se le ocurrió un día ponerse a grabar las 200 Cantatas de Bach con niños y cuando terminó habían pasado veinte años. Un día podemos hablar sobre el asunto porque da mucho de sí: la inevitable irregularidad resultante de un trabajo de estas características tiene un atractivo especial y un intervalo alcanzado por los pelos o la presencia de una pequeña telaraña en la garganta pueden revelar el verdadero milagro de estas obras. Un coro de niños puede llegar a cantar muy bien pero no hay nada peor que un niño engolado o un niño cantando como si fuera Montserrat Caballé. Digo yo, vamos. Lo que pasa es que a veces escuchas a los niños de Harnoncourt y tienes la sensación de que instantes antes de empezar a grabar les han echado un par de berridos, quizá porque la toma que aparece en el disco puede que sea la repetición número 87, que lo de las Cantatas es muy difícil hasta para los mayores. En fin, no nos desviemos. Estaba en que Harnoncourt se embarcó en esa titánica empresa y para cuando la terminó veinte años después al hombre se le había quedado esta cara:

Sobra decir que ya no ha vuelto a grabar con niños aunque viéndole al frente de la Cantata 61 en la tele en una grabación del año 2000 uno se pregunta si algunos de esos tenores y bajos serán esos niños ya creciditos. A fin de cuentas, aunque la canción dice que “veinte años no es nada”, de eso nada, monada; en lo que sí parece tener razón la canción es en lo de “qué febril la mirada”, a juzgar por la fotografía.

Pensaba yo en todo ésto mientras esperaba tumbado a que me hicieran un scanner del cogote esta mañana. Y es que al entrar en el hospital he visto en el quiosco de prensa la primera entrega de una colección de dvds de Deutsche Grammophon y trae el “Oratorio de Navidad” de Bach con Harnoncourt y sus niños del Coro de Tölz, grabación del 82. El conjunto tiene una austeridad muy a lo protestante y muy nórdica: las caras de los adultos parecen sacadas de “El Festín de Babette” y las de los críos de “Fanny y Alexander”. Hay un árbol de Navidad con decoración setentera y hasta un Belén. A Harnoncourt todavía no le ha cambiado el gesto y sale vestido como un pastor (pastor protestante, no pastor de Belén). Me lo he llevado puesto.

Me ha venido bien porque así he tenido algo en qué pensar porque, la verdad, iba sumido en un mar de dudas. Alguien me preguntó el otro día si lo que me hacían era un TAC o un PET pero yo ni siquiera sabía si iba con IVA. Una duda me la resolvió mi amiga Merche pero Raquel no estaba estos días para pedir su opinión respecto a si hacer un scanner a mi cabeza podría darle calambre al radiólogo que estaba delante del monitor, lo digo habida cuenta la constelación de neuras que se apelotonan allá arriba, en mi azotea. Y luego estaba lo de qué pensar durante la prueba, no sé, es que a veces se activa el reproductor musical que todos llevamos dentro y me entró la curiosidad por si la música de Mozart podía activar ciertas zonas cerebrales dando una imagen más nítida. Pero como estaba con lo de Harnoncourt y el Oratorio de Navidad me he puesto a “escuchar” el comienzo de la parte VI, que es una de mis favoritas y me he preguntado, de repente, cómo se sentiría Ravel dentro de ese cacharro, si se asustaría un poco, que el hombre era muy asustadizo. En la cámara circular en la que te meten, perpendicular a la vista, había tres puntitos que reproducían casi con exactitud el Cinturón de Orión. Todavía no había empezado el coro con eso de “regocijaros” y tal y cual cuando ha entrado un médico y ha dicho que ya estaba y que si había ido bien. Me han dado tentaciones de responderle “eso me lo tendrá que decir usted, yo espero que sí”.

Yo me pasaría por el quiosco a por el Harnoncourt.

Autógrafo (V) 1 enero, 2007

Escrito por emejota en : Autógrafos , 3 comentarios , trackback

(Victoria)

Portada al nuevo año.