Archivo por días: 31 enero, 2007

Esperando

Así, en gerundio. Cualquier excusa es buena para escribir la palabra gerundio porque los gerundios abundan, sí, lo que pasa es que casi siempre usan su nombre artístico. “Esperando”, por ejemplo, es en realidad gerundio, pero no lo dice. Pues eso es lo que estoy haciendo (otro gerundio) en estos instantes: esperar. Esperar es un infinitivo que puede estirarse y a veces es más largo o más corto. Yo espero en presente y ya está, que el presente por lo menos no es elástico.

Hoy llueve, como lo hace desde la primera hasta la última línea de “El año de la muerte de Ricardo Reis” aunque las páginas no se emborronan. Y dentro del libro el doctor Ricardo Reis escucha el sonido de la lluvia en los cristales de la habitación que ocupa en el Hotel Bragança. Llueve hoy también y estoy en un hotel, pero no en el Bragança, en el Bragança ya estuve y volveré a entrar hacia las nueve menos cuarto de la noche para decirle a Lidia que seque esas lágrimas porque son lágrimas de mañana (es que Lidia aún no sabe que mañana llorará). Hay cosas que cuesta un poco decirlas pero al final es lo mejor. Mientras tanto espero.

En la espera pasan muchas cosas o ninguna, según le de. Pero siempre hay un instante previo a la comparecencia pública en el que sientes un brevísimo instante de la soledad más absoluta. El día que lo comprendes aprendes a no temer ese instante porque te das cuenta de lo mucho que contiene: te recoge en lo más profundo, para empezar, y eso es lo mejor para proyectarte seguidamente a esos múltiples ojos que, de pronto, van a acompañarte. Pero sobre todo, ese hormigueo interior te hace sentirte vivo, no sé si me explico; vivos estamos siempre pero hay ocasiones en las que a uno le parece vivir más vivo, latir en otra frecuencia. Pero tampoco me hagas mucho caso, que igual son efectos secundarios de haber aspirado tanto Vernel en la infancia.

Esta mañana he conseguido que en la última entrevista en la radio empezáramos a hablar de “Las pequeñas memorias” de Saramago y termináramos hablando del misterio del prime time y ha sido una satisfacción que no veas. Luego me he acercado al hotel para ver, qué, pues qué va a ser, el lugar. Es importante eso. Te quedas quieto, de pie, como quien pone el oído para ver si escucha algún sonido levísimo pero no se trata de eso, de oir algo, es sólo que intentas tomarle el pulso al lugar, sentirte dentro de él y sentirlo dentro de tí. Tienes que habitar el lugar y decirle lo que luego vas a hacer antes de recibir a las visitas.

A la salida había una recepcionista con cara de susto. Que han llamado del Ayuntamiento. Que si el señor Saramago va a pasar la noche en el hotel o si se marcha. Es mejor reirse de eso aunque muestre a las claras en manos de quién estamos en esta ciudad, primero porque no son capaces de interpretar, al parecer, el sentido de dos líneas en un cartel y segundo porque si no viene Saramago pues ya no hace falta ir a la charla, que menudo tostón. Si viene el hombre pues aún, pero que conste que por la cena, que la charla también será un tostón. Supongo que por eso preguntan si va a quedarse a pasar noche. La cosa es apuntarse a cenar.

El doctor Ricardo Reis está en el Hotel Bragança escuchando el sonido de la lluvia en los cristales esperando la visita del espíritu de Fernando Pessoa. Yo estoy en otro hotel esperando en gerundio. Me acordaba esta mañana que Saramago dice al final de un capítulo del Ensayo que “aquella noche, el ciego soñó que estaba ciego”. Yo esta noche he soñado que Malvás se despertaba, pero eso es otra cosa, otro libro, un misterio.