Nicho

In fraganti. Le he pillado a la vecina de arriba husmeando en El Buzón, el mismo que un día empezó a intrigarme tanto como para llevarme a indagar y descubrir, también es mala suerte, que acababa de ser abandonado. Seguro, pregunté yo. Seguro, me dijeron, o me dijo, que el remite aquí es lo de menos. Hoy le he pillado a la vecina husmeando, no me lo negará, tampoco lo va a reconocer, pero hay cosas que se notan por el gesto, que aquí no ha sido uno sino dos y ambos delatores: el primero un cierto sobresalto, el segundo una frase clave “hay que ver qué pesaos son con la publicidad, verdad?”. Sí, sí, he dicho yo, pero en el fondo lo que estaba diciendo era “lo que tú digas pero que te he pillao, maja”. Tampoco es que la vecina haya hecho algo distinto a lo que yo hice en su momento pero también es cierto que hay una sustancial diferencia entre lo suyo y lo mío, a saber: yo me fijé antes. Seguro.

El buzón tiene forma rectangular y un fondo amplio y oscuro. Tiene una ventana de cristal translúcido que deja entrever, de manera confusa, la figura blanca de un sobre. A veces parece un nicho que contiene un cuerpo amortajado así que cuando bajo por el ascensor a mirarlo hay un silencio como de velatorio. El buzón no tiene inscripción alguna en la lápida; en realidad, de la plaquita de metal dorado que un día lució para llamar la atención del cartero ya no queda más que el contorno de su huella. Tampoco tiene llave y por eso un día decidí proceder a la exhumación de la carta. Que no se inquiete nadie: la carta era mía, pero eso ya lo sabemos desde hace varios posts, lo de que iba a mandar una carta, por ver. Al final la retiré porque nadie le hacía caso y ya me daba un poco de pena. Cuando lo hice, la carta no mostraba signos de descomposición pero sí de cierto entumecimiento y de sensibilidad excesiva a la luz. Supongo que es normal.

Un mañana apareció por sorpresa otro cuerpo en el nicho del buzón pero prometo que hice como si nada hasta última hora de la tarde. La curiosidad, ya se sabe. Cuando el uno hubo sacado al perro, la otra vino del café con leche con las amigas, y todos estuvieron recogidos, los que vienen de trabajar y del hiper y hasta los que salen a correr con el mp3 en la oreja y el sudor por todo lo demás, procedí a hacer mi segunda exhumación. Ahora que se inquiete quien quiera: a lo hecho, pecho. Quizá eso más que una exhumación fue una profanación, de acuerdo, pero sirva en mi descargo que no llegué a practicarle la autopsia al cuerpo. Vamos, que no abrí el sobre. Sólo quería saber el nombre, en singular, o los nombres, en plural. Y resultaron ser dos: él y ella. Cuando tienes entre los dedos dos nombres corrientes con la correspondiente estela de sus apellidos, el del padre primero y el de la madre segundo, puede ocurrir que te quedes un rato mirando como embelesado y que un nombre corriente pierda el adjetivo. Qué cosas. Después volví a depositar el sobre cuidadosamente en su lugar de descanso eterno y entré en el ascensor murmurando esos nombres como en una letanía. Hasta el momento, que se sepa, no se ha acercado ningún familiar para reclamar siquiera el sello.

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