Album 23 enero, 2007
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(Un mes después, Carlos todavÃa no ha recogido la Navidad en el cajón)
Comunicar 23 enero, 2007
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El próximo miércoles 31 presento la última novela de José Saramago, “Las pequeñas memorias”. No sé si a los médicos les hará mucha gracia que salga prematuramente de este retiro y me ponga frente al micro pero me da igual porque a mà sÃ. Para empezar, la propuesta ha conseguido provocar en mi interior algo que echaba en falta: entusiasmo. Y aunque todavÃa esté algo flojillo, a fin de cuentas un dÃa es un dÃa. Esto de las convalecencias tiene sus matices porque me parece a mà que la gratificación personal no sólo puede con el esfuerzo en sà sino que puede contribuir puntualmente a los beneficios que persigue esa convalecencia. Yo estoy convencido de eso aunque la frase me haya salido un poco larga y embarullada. Además es sólo un rato, una sonrisa, una bienvenida, un mirar, un decir, una pequeña charla sobre los libros, las historias, la melodÃa de las palabras, el secreto del punto y aparte, el refugio del paréntesis, la letanÃa hipnótica de las oraciones subordinadas y el susto súbito de la frase breve. Algo pequeño. Y ya.
La iniciativa ha surgido rápida, asà suelo funcionar yo porque si me lo pienso mucho me da pereza o igual caigo en la cuenta de dónde me he metido y me entra la aprensión. El problema de estas cosas es que apenas hay tiempo de publicitarlas, asà que voy a pedir ayuda a los lectores locales para que hagan el boca a boca a los conocidos. Seguro que lo van a hacer. Seguro que lo vais a hacer, verdad? Miércoles 31 de Enero, 20:15 horas, Salón-Capilla del Hotel AC. Entrada libre (la salida también). Qué majos, muchas gracias.
Me motiva mucho presentar el último libro de Saramago y que el libro sirva de pretexto para aportar una serie de claves que familiaricen con ese peculiar lenguaje y que inviten a la gente a entrar en esos lugares increibles de los que uno no querrÃa salir: el Hotel Bragança, por cuyas escaleras baja el doctor Ricardo Reis, el Archivo de la ConservadurÃa General, donde el funcionario se ata a su tobillo el cordel que pende de la pata de su escritorio y se interna por el Archivo de los Vivos y por el Archivo de los Muertos, el vuelo de la passarola impulsada por las almas que quieren subir al cielo y el infierno de los ciegos. Ay el infierno de los ciegos.
Yo echo de menos el gesto y las miradas en la comunicación después de ocho meses de silencio. Y digo yo que si por dentro he sentido esa necesidad, aunque sea sólo para una tarde, es que el cuerpo va despertando. O que tiene hambre de decirse. O también que tiene una promesa pendiente con el hombre de los libros. Va por tÃ, Julio.