Archivo por días: 21 enero, 2007

Peregrinaje

Comparece en la pantalla Alfred Brendel en algún momento de 1986 para hablar y tocar los “Años de peregrinaje”, de Franz Liszt, concretamente los años correspondientes a su periplo por Suiza e Italia. El dvd es otro hallazgo de la revisión llevada a cabo por Deutsche Grammophon en su archivo audiovisual. Empieza el asunto y la atención se te va al careto de Brendel, que te mira fijamente cual inquietante Mabuse del Expresionismo alemán:

Pero cuando no han pasado ni 27 segundos (vale, quizá 28) ya has caído hipnotizado en su discurso pausado. Lo que impresiona en Brendel es que cada una de sus intervenciones apenas alcanza los dos minutos pero son más que suficientes para llegar al fondo de todas las cuestiones mediante frases tan concisas como certeras. Impresionante. Que Brendel es un hombre cultivado, un filósofo poeta capaz de poner en atinada conexión ésto con lo otro, es algo sobradamente conocido; que lo haga mediante destilación, con las palabras justas, sorprende.

Dice Brendel que los “Años de Peregrinaje” es el ciclo de piezas “más gratificantes y menos conocidas” de Liszt y enseguida advierte que fueron revisadas después de abandonar su carrera de concertista virtuoso con lo cual se redujeron los obstáculos técnicos hasta conducirlos a una dimensión humana (Brendel alude a “monstruosidades” al referirse a los obstáculos técnicos que Liszt exhibía con portentosa facilidad en sus comparecencias públicas). La advertencia es fundamental para liberarnos de prejuicios antes de ponernos la mochila a la espalda y transitar el recorrido que nos depara Liszt: aquí “la calma llega en auxilio del desenfreno”.

LisztEfectivamente. Brendel despliega el ciclo de piezas entre comentarios e interpretaciones de las mismas y el oyente se sumerge pronto en un universo sonoro insospechadamente rico y hermoso. En el peregrinaje, nos sale al paso el caminante de Schubert: “ser un caminante y un peregrino, no pertenecer a ninguna parte y buscar un lugar al que pertenecer, tal y como canta el Caminante de Schubert en varios Lieder, son conceptos fundamentales del Romanticismo”. Brendel tiende a echar mano de material satélite para enriquecer y clarificar el asunto que se trae entre manos y lo hace con maneras de minucioso observador: una y otra vez, nos hace reparar en los breves versos con los que Liszt encabeza las diversas piezas (ver la imagen que acompaña este párrafo). No sólo aportan información fundamental sobre la obra de manera críptica sino que dicen del entorno artístico en el que se desenvolvió Liszt. Al contrario que los impresionistas, Liszt vivía la naturaleza a través de los ojos de la literatura y la mayor parte de las veces la naturaleza es un trasunto del paisaje interior del artista.

Hay excepciones: “Pastoral” (que, curiosamente, no tiene cita literaria porque en ella “las delicias de la vida sencilla permanecen sin adornar”) le brinda a Brendel la primera oportunidad para hablarnos de lenguaje musical. La modernidad está en Liszt; la estética impresionista ya está presente en él. A mí me gusta señalar ante mis alumnos como simbólico “momento fundacional” del nuevo lenguaje un instante concreto de los “Jeux d’eau à la Villa d’Este”. Pedagógicamente es eficaz: la melodía se hace la remolona por unos segundos como si estuviera decidiendo la conveniencia de dar un paso importante y finalmente ocurre. Para cuando la música recupera su velocidad de crucero, el paisaje tonal ha cambiado y se ha poblado de armonías de séptimas mayores y novenas. Memorable.

Pero volvamos a la senda. Estética, historia, lenguaje musical… todo tiene cabida en el fascinante peregrinaje que nos propone Brendel. Parece como si cada pieza proporcionara una clave decisiva: así, la inclusión de dos “Estudios” entre esta colección de instantáneas de lugares (lagos, parajes, capillas solitarias) nos recuerda que, para el verdadero artista del Romanticismo, el virtuosismo técnico del Estudio debía estar siempre subordinado a lo expresivo. Y así queda en evidencia cuando Brendel calla con la voz y comienza a hablar con las manos.

Quizá sea al llegar al “Vallée d’Obermann” donde mejor encontramos la síntesis del pensamiento de Liszt y de la impecable capacidad de Brendel de conducirnos a él. Este valle no es tanto una descripción de la naturaleza que rodea al compositor sino “un vehículo para una grandiosa introspección y confesión personal”. El libro “Obermann” de Senancour fue obra de cabecera de toda una generación de románticos franceses. Para Liszt era al mismo tiempo una muestra de la “implacable soledad del dolor humano” pero también “el libro que alivia mis sufrimientos”. Y Brendel concluye revelándonos que para Obermann, el intelectual marginado y escéptico radical, “toda causa está oculta, todo propósito es engañoso y la naturaleza sigue siendo impenetrable. La pieza comulga con la idea de que la única verdad fiable se halla en los propios sentimientos: “sentir, existir, ser consumido únicamente por el deseo irresistible, quedarse embriagado por el hechizo de un mundo irreal y finalmente perecer en su seductor engaño”.

Eso es lo que consigue Brendel: hechizar y seducir con su discurso sencillo y hondo antes de acariciar con sus manos una música que brota luminosa de algún lugar recóndito.