Funeral 18 enero, 2007
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackbackEsta tarde hemos ido al funeral de Victoria Cruchaga. Me ha avisado Peter este mañana: “que se ha muerto Victoria”. Para muchos de los lectores de este blog, el nombre de Victoria Cruchaga no dirá nada pero para los que nos vemos sin hacer click, fue una mujer singular cuyo fuerte temperamento se ocultaba detrás de una voz dulce y pausada aunque quedaba en evidencia en su mirada. En los tiempos de maricastaña, cuando las chicas aprendÃan a coser y francés, que quedaba muy fino, Victoria se puso a sacarse el bachillerato y a estudiar ruso, no el alemán o el inglés, que eso lo hizo a los ochenta años, sino ruso, en aquellos tiempos, como diciendo. Se casó con un artistazo que tenÃa tanto genio como mal genio pero ahora llevaba veinte años viuda.
A Victoria le ha tocado hoy. En los últimos tiempos le fue faltando el aire y los años se le echaron encima de golpe o asà nos lo pareció porque resultaba difÃcil creer que esta mujer que estudiaba la gramática inglesa, la informática, y a saber qué cosas además de las tertulias sobre libros sólo-de-mujeres hubiera superado la barrera de los ochenta. Victoria era una mujer disciplinada de costumbres cuadriculadas. Si te la encontrabas por la calle y la acompañabas un rato te exponÃa una tesis que afirmaba que habÃa que hacerlo por esta acera y no por la otra porque ya habÃa calculado que a la vuelta era allà precisamente donde darÃa el sol.
Su inquietud y su curiosidad infinita por las cosas tenÃa una asignatura pendiente: la música. Su mente analÃtica no habÃa conseguido conectar con ese eter sonoro que no está, no huele, no sabe y no se declina ni se conjuga y en vez de ponerse a jugar a las cartas en la misa camilla apareció un dÃa por mis cursos decidida a resolver el misterio. Permaneció 6 años en la primera fila tomando en taquigrafÃa todas y cada una de las palabras que yo pronunciaba (literalmente todas) y eso a mà me parecÃa una tarea admirable porque mira que hablo, si es que no callo, y porque, como le confesé un dÃa guiñándole un ojo, la mitad de las cosas eran mentira. Pero ella también apuntaba eso en ese lenguaje de signos tan raro al que a ratos me asomaba con fascinación porque allà estaban mis palabras y mis emociones y ella decÃa que es que necesitaba estudiarlo luego y buscarle sentido, asà que los domingos por la tarde lo mecanografiaba todo e iba sumando tomos.
El dÃa que despedimos esa aventura hubo quienes quisieron definir lo que habÃamos vivido durante aquellos años en nuestro rinconcito de los jueves. No ha sido un curso de historia de la música, acordaron algunos, tampoco ha sido una serie de recitales con explicaciones, acordaron todos. Y nadie supo definir qué habÃa pasado en aquel jueves que duró seis años hasta que ella me hizo llegar una carta escrita a mano, con margen a la izquierda escrupulosamente respetado y mayúsculas trazadas con curvas donde, después de consultar sus apuntes, afirmaba haber comprendido el sentido del curso al darse cuenta del sinsentido de sus anotaciones: “el curso era una vivencia, sólo habÃa que sentirlo”.
Victoria tenÃa una visión de la vida un tanto desencantada que disimulaba con un peculiar sentido del humor y yo creo que le dobló el periódico al director de lo de la solfa a posta, por mucho que asegurara que no, que cómo iba a saber ella que la manÃa de este señor era esa, que nadie le doblara el periódico. Victoria buscaba con ahinco en las cosas su lógica y su sentido, su peso y su medida, si no no valÃan. Al pan, pan y al vino, vino. Le descolocaba hasta lo indecible que el inglés se escribiera de una manera pero se pronunciara de otra, eso no podÃa ser y yo creo que por eso no le pilló el sex-appeal a Francis Mathews en el “Follow me”. Escéptica con los subjuntivos y con el ratón del ordenador, alguna vez que compartimos mesa dejó caer que “cuando uno se muere, punto y final y no pasa nada”. Hoy en el funeral, el cura le ha dicho al eco de la iglesia que cuando uno se muere nadie puede pensar que punto y final, quién va a pensar semejante cosa. Pues yo, habrÃa dicho Victoria sin cortarse un pelo, que menuda era ella. Quizá por eso, Victoria no ha estado presente hoy en su propio funeral. Era lo lógico.