Archivo por días: 11 enero, 2007

Recuerdos

José SaramagoSi me pusiera a escribir mis memorias, las empezaría por esta frase: “Mientras los otros niños se sentaban a ver el programa de la tele, yo me sentaba en el suelo de la cocina a ver el programa de la lavadora, intentando desentrañar la lógica de esa secuencia de giros a derecha e izquierda seducido por el olor azul del Vernel. Bueno, vale, igual en vez de “seducido” ponía “colocado” y en vez de “Vernel” ponía “suavizante”. Tendría que pensarlo. En cualquier caso, mis memorias empezarían así y terminarían la misma mañana que entré en un colegio de monjas a mis nueve años. Después de eso la vida ya no volvió a ser la misma. Esto viene porque José Saramago lleva a las librerías el próximo día 24 “Las pequeñas memorias”, que son las suyas y también terminan muy pronto porque dice que todo lo que pasa después de los 12 o 14 años no tiene importancia. Y es verdad. Yo tengo muchas ganas de asomarme a esa memoria y ya me han dicho Rosa y Anabel que, siguiendo la costumbre, me van a reservar el primer ejemplar que salga de la caja.

Siguiendo la costumbre también, saldrán nuevamente los petardos y las petardas de turno mirando con displicencia la portada y pasando de largo porque hay quien no ha olido suficiente Vernel en su infancia y de tanto pasar por el grifo la piel de la semántica y la semiótica vuelven insípido el sabor de la carne jugosa. Es una sensación inquietante que, a nada que eches un vistazo, percibirás con frecuencia: literatos que tras una armadura de erudición hueca esconden ante sí mismos la evidencia de que no les gusta la literatura, no la disfrutan ni la saborean. No vibran. Y lo mismo se da en los demás campos: el cine, la música… Hay sabor en la semántica y la semiótica, hay jugo hasta en la tipografía, pero para apreciarlo necesita uno tomarse un tiempo en acariciar la piel de una frase y hacer cosquillas con el índice en el ombligo de un punto y seguido.

Saramago está presentando sus memorias de infancia y le dice a un periodista que no entiende por qué le ocurren cosas como que si está en una fiesta se pone triste. “No es que la alegría de los demás me moleste, sino que cuando la gente se divierte a mi alrededor yo me pregunto, ¿qué hago aquí? Creo que tiene que ver con mi incapacidad para integrarme. A veces necesito aislarme. No lo puedo evitar”. A mí me pasa exactamente lo mismo y además me daría mucha pereza escribir mis memorias que, por otra parte, no interesarían a nadie. Pero todo tiene su compensación: lo mejor de no ser un Saramago es que puedes leer a Saramago y cada frase será nueva. Y es que cuando no puedes aspirar a ciertas cosas siempre puedes aspirar el olor azul del Vernel y elevarte momentáneamente a la gloria. El que no se consuela es que no centrifuga.