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Coleccionable 2 enero, 2007

Escrito por emejota en : Música , 1 comentario , trackback

A Nikolaus Harnoncourt se le ocurrió un día ponerse a grabar las 200 Cantatas de Bach con niños y cuando terminó habían pasado veinte años. Un día podemos hablar sobre el asunto porque da mucho de sí: la inevitable irregularidad resultante de un trabajo de estas características tiene un atractivo especial y un intervalo alcanzado por los pelos o la presencia de una pequeña telaraña en la garganta pueden revelar el verdadero milagro de estas obras. Un coro de niños puede llegar a cantar muy bien pero no hay nada peor que un niño engolado o un niño cantando como si fuera Montserrat Caballé. Digo yo, vamos. Lo que pasa es que a veces escuchas a los niños de Harnoncourt y tienes la sensación de que instantes antes de empezar a grabar les han echado un par de berridos, quizá porque la toma que aparece en el disco puede que sea la repetición número 87, que lo de las Cantatas es muy difícil hasta para los mayores. En fin, no nos desviemos. Estaba en que Harnoncourt se embarcó en esa titánica empresa y para cuando la terminó veinte años después al hombre se le había quedado esta cara:

Sobra decir que ya no ha vuelto a grabar con niños aunque viéndole al frente de la Cantata 61 en la tele en una grabación del año 2000 uno se pregunta si algunos de esos tenores y bajos serán esos niños ya creciditos. A fin de cuentas, aunque la canción dice que “veinte años no es nada”, de eso nada, monada; en lo que sí parece tener razón la canción es en lo de “qué febril la mirada”, a juzgar por la fotografía.

Pensaba yo en todo ésto mientras esperaba tumbado a que me hicieran un scanner del cogote esta mañana. Y es que al entrar en el hospital he visto en el quiosco de prensa la primera entrega de una colección de dvds de Deutsche Grammophon y trae el “Oratorio de Navidad” de Bach con Harnoncourt y sus niños del Coro de Tölz, grabación del 82. El conjunto tiene una austeridad muy a lo protestante y muy nórdica: las caras de los adultos parecen sacadas de “El Festín de Babette” y las de los críos de “Fanny y Alexander”. Hay un árbol de Navidad con decoración setentera y hasta un Belén. A Harnoncourt todavía no le ha cambiado el gesto y sale vestido como un pastor (pastor protestante, no pastor de Belén). Me lo he llevado puesto.

Me ha venido bien porque así he tenido algo en qué pensar porque, la verdad, iba sumido en un mar de dudas. Alguien me preguntó el otro día si lo que me hacían era un TAC o un PET pero yo ni siquiera sabía si iba con IVA. Una duda me la resolvió mi amiga Merche pero Raquel no estaba estos días para pedir su opinión respecto a si hacer un scanner a mi cabeza podría darle calambre al radiólogo que estaba delante del monitor, lo digo habida cuenta la constelación de neuras que se apelotonan allá arriba, en mi azotea. Y luego estaba lo de qué pensar durante la prueba, no sé, es que a veces se activa el reproductor musical que todos llevamos dentro y me entró la curiosidad por si la música de Mozart podía activar ciertas zonas cerebrales dando una imagen más nítida. Pero como estaba con lo de Harnoncourt y el Oratorio de Navidad me he puesto a “escuchar” el comienzo de la parte VI, que es una de mis favoritas y me he preguntado, de repente, cómo se sentiría Ravel dentro de ese cacharro, si se asustaría un poco, que el hombre era muy asustadizo. En la cámara circular en la que te meten, perpendicular a la vista, había tres puntitos que reproducían casi con exactitud el Cinturón de Orión. Todavía no había empezado el coro con eso de “regocijaros” y tal y cual cuando ha entrado un médico y ha dicho que ya estaba y que si había ido bien. Me han dado tentaciones de responderle “eso me lo tendrá que decir usted, yo espero que sí”.

Yo me pasaría por el quiosco a por el Harnoncourt.