Archivo por meses: enero 2007

Esperando

Así, en gerundio. Cualquier excusa es buena para escribir la palabra gerundio porque los gerundios abundan, sí, lo que pasa es que casi siempre usan su nombre artístico. “Esperando”, por ejemplo, es en realidad gerundio, pero no lo dice. Pues eso es lo que estoy haciendo (otro gerundio) en estos instantes: esperar. Esperar es un infinitivo que puede estirarse y a veces es más largo o más corto. Yo espero en presente y ya está, que el presente por lo menos no es elástico.

Hoy llueve, como lo hace desde la primera hasta la última línea de “El año de la muerte de Ricardo Reis” aunque las páginas no se emborronan. Y dentro del libro el doctor Ricardo Reis escucha el sonido de la lluvia en los cristales de la habitación que ocupa en el Hotel Bragança. Llueve hoy también y estoy en un hotel, pero no en el Bragança, en el Bragança ya estuve y volveré a entrar hacia las nueve menos cuarto de la noche para decirle a Lidia que seque esas lágrimas porque son lágrimas de mañana (es que Lidia aún no sabe que mañana llorará). Hay cosas que cuesta un poco decirlas pero al final es lo mejor. Mientras tanto espero.

En la espera pasan muchas cosas o ninguna, según le de. Pero siempre hay un instante previo a la comparecencia pública en el que sientes un brevísimo instante de la soledad más absoluta. El día que lo comprendes aprendes a no temer ese instante porque te das cuenta de lo mucho que contiene: te recoge en lo más profundo, para empezar, y eso es lo mejor para proyectarte seguidamente a esos múltiples ojos que, de pronto, van a acompañarte. Pero sobre todo, ese hormigueo interior te hace sentirte vivo, no sé si me explico; vivos estamos siempre pero hay ocasiones en las que a uno le parece vivir más vivo, latir en otra frecuencia. Pero tampoco me hagas mucho caso, que igual son efectos secundarios de haber aspirado tanto Vernel en la infancia.

Esta mañana he conseguido que en la última entrevista en la radio empezáramos a hablar de “Las pequeñas memorias” de Saramago y termináramos hablando del misterio del prime time y ha sido una satisfacción que no veas. Luego me he acercado al hotel para ver, qué, pues qué va a ser, el lugar. Es importante eso. Te quedas quieto, de pie, como quien pone el oído para ver si escucha algún sonido levísimo pero no se trata de eso, de oir algo, es sólo que intentas tomarle el pulso al lugar, sentirte dentro de él y sentirlo dentro de tí. Tienes que habitar el lugar y decirle lo que luego vas a hacer antes de recibir a las visitas.

A la salida había una recepcionista con cara de susto. Que han llamado del Ayuntamiento. Que si el señor Saramago va a pasar la noche en el hotel o si se marcha. Es mejor reirse de eso aunque muestre a las claras en manos de quién estamos en esta ciudad, primero porque no son capaces de interpretar, al parecer, el sentido de dos líneas en un cartel y segundo porque si no viene Saramago pues ya no hace falta ir a la charla, que menudo tostón. Si viene el hombre pues aún, pero que conste que por la cena, que la charla también será un tostón. Supongo que por eso preguntan si va a quedarse a pasar noche. La cosa es apuntarse a cenar.

El doctor Ricardo Reis está en el Hotel Bragança escuchando el sonido de la lluvia en los cristales esperando la visita del espíritu de Fernando Pessoa. Yo estoy en otro hotel esperando en gerundio. Me acordaba esta mañana que Saramago dice al final de un capítulo del Ensayo que “aquella noche, el ciego soñó que estaba ciego”. Yo esta noche he soñado que Malvás se despertaba, pero eso es otra cosa, otro libro, un misterio.

Radio

En el aire. Esta mañana tocaba visitar varias emisoras de radio para sendas entrevistas por lo de mañana. Me gusta mucho ir a la radio porque yo de pequeño jugaba a hacer programas de radio con un cassette donde, lo confieso, tenía grabadas las cuñas de publicidad de la única emisora que había entonces en la frecuencia modulada de esta ciudad. Yo hacía programas reales para mis oyentes imaginarios pero les ponía las cuñas de la Autoescuela Iberia, que entonces se anunciaba un montón. Qué paliza lo de la Autoescuela Iberia, oye. Conforme me van saliendo cosas de mi infancia, así, involuntariamente, de post en post, me voy dando cuenta de que yo debí ser un niño un poco rarito, porque vamos a ver: yo veía el programa de la lavadora, dibujaba grúas con plastidecor y edificios en construcción (ahora los pilares, ahora el suelo del primer piso, ahora los pilares del primer piso, ahora el suelo del segundo, luego los ladrillos, uno a uno, en marrón) y en los ratos libres hacía programas de radio para una audiencia imaginaria. Si verdaderamente somos nuestra infancia ahora me explico muchas cosas.

Pero estaba contando lo de la radio. Las emisoras también tienen algo de irreal porque mientras esperas a que te toque escuchas las noticias o lo que sea y según en la emisora que estés oyes versiones muy distintas del mismo asunto. Es curioso. En la primera emisora, la culpa de no sé qué la tenían unos señores y a última hora, en otra emisora, los mismos señores eran unos benditos, qué haríamos nosotros sin esos señores, se diría que ni los merecemos. Y entre versión y versión sonaban las cuñas (no de la Autoescuela Iberia) y cuando se encendía la lucecita roja pues me ponía a responder preguntas. Con lo que me gusta. Ahora no sé si de mayor me gustaría más entrevistar o ser entrevistado, no lo tengo muy claro, porque es que soy al mismo tiempo un poco voyeur y un poco exhibicionista. Mientras me decido podían ser más imaginativos en las entrevistas, todo sea dicho sin menosprecio de la atención tan afectuosa que te prestan, pero es que siempre me ha dado la sensación de que el medio radiofónico, en general, no está todavía aprovechado del todo. Cuando me hacen una entrevista siempre la empiezo con la esperanza de que terminemos hablando de algo muy distinto al tema en cuestión. Me gustaría. Imagínate, te llaman para hablar de una charla sobre Saramago y terminas hablando sobre si realmente hay diferencia de sabor entre la cocacola de vidrio y la de lata o preguntándote quién mató a Laura Palmer (ssst, no cuentes el final!).

Y luego siempre pasan cosas.

Estaba haciendo tiempo entre emisoras por la calle cuando ha empezado a lloviznar y ha sonado el móvil: otra emisora, que se les había pasado, que si les podía atender para grabar una pequeña entrevista. Pues sí, pero voy por la calle. Ah, no importa si a usted no le importa. No, no me importa pero dime de tú si no te importa. Pues tres, dos, uno (dicen eso cuando graban, a veces tienes la sensación de que vas a saltar por los aires) y ha empezado la entrevista mientras caminaba por la acera. Mientras hablaba, la llovizna ha dejado de merecer tal nombre de forma que la gente, desprevenida y por tanto sin paraguas, ha empezado a acelerar el paso. Pero a mí me pasa que cuando estoy concentrado hablando no puedo caminar y me paro. Fijo que no soy el único que le pasa, aunque hable por móvil. Quiero decir que era consciente de que me estaba calando pero estaba quieto, con el móvil en la oreja izquierda y la mano derecha gesticulando. Yo hablo mucho con los gestos. Cuando toco el piano a veces dejo algunas notas sueltas para gesticular con la mano (para muestra, la foto del post anterior). Bueno, vale, no las dejo sueltas, las recojo con la otra mano que tampoco hay que derrochar las notas.

A lo que voy.

Llevaba unos minutos debajo de la lluvia cuando alguien ha pasado a mi lado con paso rápido, me ha rozado el hombro y tras de sí ha dejado la estela de este susurro:

-(Por favor, no te mojes)

Así lo ha dicho. Me he vuelto enseguida y he visto a un tipo desconocido, como de mi edad, o igual más, o igual menos, para eso de las edades soy muy malo, quizá menos, sí, con un anorak de esos que llevan los mensajeros. La cosa es que estás hablando de lo que se esconde detrás de una palabra impresa y alguien pasa corriendo y te dice por lo bajini:

-(Por favor, no te mojes)

Y no me digas que no es curioso. Casi te dan ganas de decir gracias y de sentir un poco de pena por tí mismo porque te estás poniendo perdido de agua pero claro, la entrevista sigue. Total, que cuando he llegado a casa he esperado para escucharme, que esa es otra: escucharse. Eso tiene algo de irreal también, oir por la radio que tenemos con nosotros a emejota y, sin embargo, tener la convicción de que te encuentras sentado en la silla de tu cocina o frente al ordenador, o mirando por la ventana. Es una sensación peculiar. No tengo costumbre de escucharme a mí mismo porque quien habla no me hace mucha gracia pero si lo he hecho este mediodía ha sido para poner el oído atento al instante en que el desconocido se ha preocupado por mí y comprobar si se ha producido alguna interrupción breve en el discurso, o alguna fluctuación en la voz que atestiguara lo sucedido. Al fin y al cabo, el hecho ha sido recogido en la grabación. Te hacen una entrevista y cuando la ponen suena una entrevista con ángel de la guarda al fondo. Pasan cosas, sí, pero está bien eso.

Premios

Escribo este post en las horas previas a la entrega de los Goya, los premios del cine español. Lo de los premios en el mundo del cine parte de un modelo que nunca ha actualizado su sistema operativo. Conceder un premio a la mejor película del año tenía sentido en el contexto de una industria muy reducida en todos los sentidos, cuando los Thalberg, Pickford y cuatro amiguetes más se juntaban para comer caviar y poner cara de foto en las fotos mientras por debajo de la mesa hacían números, que era de lo que se trataba.

Pero esas categorías, así, tan generales, no tienen el menor sentido ahora. Sólo pensar en enfrentar dos obras como “Alatriste” y “Volver” para determinar qué película es mejor ya es algo absurdo. Es como si tuviéramos que aplicar los criterios apropiados de juicio para decantar la balanza entre “El Mesías”, de Haendel y la Sinfonía “Júpiter”, de Mozart. A ver quién se pone a ello, que esa es otra, el quién. A mí es que me parece impensable imaginar a Garci evaluando un trabajo de Almodóvar, pero en fín. Retornando al asunto, ¿no sería más conveniente una categorización de premios al menos por géneros?

Y luego está el problema de la coincidencia: si “Memorias de África” hubiera coincidido en la quiniela con “La lista de Schindler” una de las dos no gozaría hoy en día del status que le fue concedido y, sin embargo, las películas son las mismas, con lo que tengan de bueno, de regular y de malo. Pero la cosa es así. Y quien gane esta noche verá refrescada la taquilla a partir de la sesión de las 4 de la tarde de mañana. Y a las que no ganen, lo queramos o no, la historia se encargará de irlas apartando en un rincón donde lucirán menos de lo que un día lo hicieron.

En realidad, toda esta parafernalia en el fondo es un reflejo certero de una industria y un mercado muy epidérmicos. No sé a qué espera Juan Luis Galiardo para llevar a cabo un alzamiento de mesa y decir cuatro cosas de las suyas con la vehemencia acostumbrada. Sería igual de absurdo que lo demás pero al menos más divertido e inteligente. Como yo voy a estar dedicado a otros menesteres, si sube Sánchez Arévalo a escena que por favor le recuerde alguien que sigue teniendo pendiente para Septiembre Física II, a pesar de todo.

Diario

Como quería pensar, esta mañana me he ido a cortar el pelo. Te sientan un rato frente al espejo y esa es una buena forma de dialogar con uno mismo: mirándose a la cara. La intención era esa pero ha surgido un imprevisto: a través del espejo se veía a un señor mayor con cara de muchos euros, recostado hacia atrás en el sillón, cubierto con el babero ese tan ridículo, con el peluquero a su derecha afeitándole la cara y una chica muy joven a su izquierda intentando hacerle la manicura, digo que lo intentaba porque el tipo le estaba manoseando a la de la manicura que no veas y casi me quedo bizco al verlo por el espejo. Vas a la peluquería a pensar un poco y te encuentras con un baboso. Desde luego. Para colmo ha dicho con voz de babas que esta chica es muy guapa y para colmo al cuadrado el peluquero le ha contestado que eso se lo dicen todos.

Pues yo no.

No es que tenga nada en contra de la chica, Dios me libre, además me sonaba su cara de algo, fíjate, pero es que yo en esos momentos lo que diría es una cosa al hombre de los euros y otras dos al peluquero, a saber: es usted un poco baboso (lo de poco es para suavizar, no vaya a ser que se levante y me de un mordisco que yo soy muy miedica). En cuanto al peluquero le preguntaría que si la chica tuviera la espantosa barriga cervecera del tipo de los euros la habrían contratado para hacer las manos a los clientes, babosos y no, en el supuesto de que la chica supiera hacer lo mismo y de la misma manera y ya puestos, si el comentario ese de que “todos le decimos que está muy buena” que aunque no lo ha dicho con estas palabras estas palabras son las que quería decir, no hacía falta más que ver la punta de su tijera, llevaba incorporado a la convicción personal (indudable y respetable) el punto servil de hacerle la corte al tipo baboso simplemente porque olía a euros, a muchos euros.

Conclusión: no he podido pensar en la peluquería lo que quería.

Luego tampoco he podido pensar porque me ha empezado a subir la tensión. Ayer ya no me quedó más remedio que administrarme una pequeña dosis del antes-llamado-elixir y hoy es que fatal, chico, pero es que como un bombo la cabeza, oye. La tensión mínima ya era una máxima a las dos y media, así que como para pensar.

Por la tarde había quedado un rato con Andrés, que aparte de ser una de las personas más buenas del mundo es uno de los mejores maestros de escuela del mundo y ahora que se acaba de jubilar tiene todo el tiempo del mundo. A mí es que me ronda en la cabeza la frase con la que Saramago abre sus pequeñas memorias: “déjate llevar por el niño que fuiste” y también recuerdo mucho cuando Saramago anunció que sus memorias terminarían a los 14 años porque después de esa edad “todo lo que pasa ya no tiene mucha importancia” y entonces me acordé de la frase de Exupéry: “somos nuestra infancia”. Es verdad. Hoy Andrés ha dicho que la universidad se cursa de los 0 a los 5 años porque ahí se siembra, prende y aprende todo lo fundamental: quiénes vamos a ser, cómo vamos a ser, cómo se van a configurar nuestros sentimientos. Todo. Yo no había quedado con Andrés para esto pero es lo que tiene Andrés, que siempre te dice lo que buscabas sin preguntártelo.

A la mitad de la conversación ha sonado el móvil y era el director del conservatorio del coro de colores para agradecerme la reseña. De nada, hombre. La llamada ha sido inesperada y mientras el hombre me hablaba me he acordado del pequeño Jon, camiseta naranja, así, de repente. Y por esas asociaciones que hace la mente por su cuenta he sentido que tenía que incorporar al pequeño Jon y a la camiseta naranja a lo de antes: a la frase de Saramago, a la frase de Exupéry, a la frase de Andrés (a las frases que me habría gustado decir esta mañana en la peluquería no, claro) y el resultado ha sido que para cuando he llegado a casa ya tenía bien cosida la charla de Saramago de la semana que viene. Que yo creo que era eso lo que me rondaba la cabeza y por eso he ido esta mañana a la peluquería a pensar mirándome al espejo. Lo que pasa que me ha salido mal por el baboso. Me temo que esto demuestra que mi proceso creativo es muy poco ortodoxo y poco sistemático. Yo creo las cosas de oído: las barrunto a pedacitos, voy intuyendo cosas, por eso voy a síncopas, esto al principio, esto irá por el final. Y mientras tanto me acompaña una inquietud en el centro del pecho hasta que algo hace que las cosas encajen. Como un puzzle.

La tensión sigue alta pero yo ya respiro más tranquilo y somos nuestra infancia, es verdad. En mi infancia yo dibujaba grúas con plastidecor y miraba el programa de la lavadora. Hay una frase en el “Ricardo Reis” que se me va a anudar en la garganta el miércoles, lo estoy viendo, pero hay que decirla porque Lidia aún no sabe que llorará. El pequeño Jon debe estar dormido a estas horas. Apaga la luz y no hagas ruido al salir, por favor.

Nicho

In fraganti. Le he pillado a la vecina de arriba husmeando en El Buzón, el mismo que un día empezó a intrigarme tanto como para llevarme a indagar y descubrir, también es mala suerte, que acababa de ser abandonado. Seguro, pregunté yo. Seguro, me dijeron, o me dijo, que el remite aquí es lo de menos. Hoy le he pillado a la vecina husmeando, no me lo negará, tampoco lo va a reconocer, pero hay cosas que se notan por el gesto, que aquí no ha sido uno sino dos y ambos delatores: el primero un cierto sobresalto, el segundo una frase clave “hay que ver qué pesaos son con la publicidad, verdad?”. Sí, sí, he dicho yo, pero en el fondo lo que estaba diciendo era “lo que tú digas pero que te he pillao, maja”. Tampoco es que la vecina haya hecho algo distinto a lo que yo hice en su momento pero también es cierto que hay una sustancial diferencia entre lo suyo y lo mío, a saber: yo me fijé antes. Seguro.

El buzón tiene forma rectangular y un fondo amplio y oscuro. Tiene una ventana de cristal translúcido que deja entrever, de manera confusa, la figura blanca de un sobre. A veces parece un nicho que contiene un cuerpo amortajado así que cuando bajo por el ascensor a mirarlo hay un silencio como de velatorio. El buzón no tiene inscripción alguna en la lápida; en realidad, de la plaquita de metal dorado que un día lució para llamar la atención del cartero ya no queda más que el contorno de su huella. Tampoco tiene llave y por eso un día decidí proceder a la exhumación de la carta. Que no se inquiete nadie: la carta era mía, pero eso ya lo sabemos desde hace varios posts, lo de que iba a mandar una carta, por ver. Al final la retiré porque nadie le hacía caso y ya me daba un poco de pena. Cuando lo hice, la carta no mostraba signos de descomposición pero sí de cierto entumecimiento y de sensibilidad excesiva a la luz. Supongo que es normal.

Un mañana apareció por sorpresa otro cuerpo en el nicho del buzón pero prometo que hice como si nada hasta última hora de la tarde. La curiosidad, ya se sabe. Cuando el uno hubo sacado al perro, la otra vino del café con leche con las amigas, y todos estuvieron recogidos, los que vienen de trabajar y del hiper y hasta los que salen a correr con el mp3 en la oreja y el sudor por todo lo demás, procedí a hacer mi segunda exhumación. Ahora que se inquiete quien quiera: a lo hecho, pecho. Quizá eso más que una exhumación fue una profanación, de acuerdo, pero sirva en mi descargo que no llegué a practicarle la autopsia al cuerpo. Vamos, que no abrí el sobre. Sólo quería saber el nombre, en singular, o los nombres, en plural. Y resultaron ser dos: él y ella. Cuando tienes entre los dedos dos nombres corrientes con la correspondiente estela de sus apellidos, el del padre primero y el de la madre segundo, puede ocurrir que te quedes un rato mirando como embelesado y que un nombre corriente pierda el adjetivo. Qué cosas. Después volví a depositar el sobre cuidadosamente en su lugar de descanso eterno y entré en el ascensor murmurando esos nombres como en una letanía. Hasta el momento, que se sepa, no se ha acercado ningún familiar para reclamar siquiera el sello.

Dedicatoria

Rosa, la viuda de Julio, me ha hecho llegar el primer ejemplar de “Las pequeñas memorias” de Saramago tras desempaquetar la caja de la editorial. Las nieves no han sido obstáculo para el reparto. Lo del primer ejemplar era un ritual que hacía Julio con afecto sabedor de mi admiración profunda por la escritura de Saramago, tan rica en sonoridades musicales, tan melódica. Me reservaba el primer ejemplar y lo primero que hacía yo, muchas veces delante de él, es mirar la dedicatoria. Yo ya sabía que me iba a encontrar “A Pilar” pero es que lo emocionante era precisamente eso, la ausencia de sorpresa, la fidelidad fervorosa a ese nombre que dice de sí mismo lo que representa para el escritor: el pilar sobre el que se asienta su existencia.

En ausencia de Julio ha sido Rosa la que me ha entregado el libro siguiendo ese ritual simpático que desde hace unos años se ha convertido, por las circunstancias, en un instante de nostalgia y emoción. Esta vez me he llevado una sorpresa porque al ir a buscar la dedicatoria impresa me he encontrado con otra dedicatoria manuscrita en azul dos páginas antes y dirigida a mí. Decía, dice:

“El primero para emejota”, decía Julio. Ahora lo dice Rosamari. No es lo mismo pero… casi. Un abrazo.

Como se me ha puesto un nudo en la garganta le he dado un abrazo y dos besos que querían decir que claro que es lo mismo, por supuesto que es lo mismo. Y me he venido a casa muy agradecido y con el libro bajo el brazo cerca del pecho que es donde laten las pequeñas y las grandes memorias de cada momento.

Comunicar

José Saramago y Pilar del RíoEl próximo miércoles 31 presento la última novela de José Saramago, “Las pequeñas memorias”. No sé si a los médicos les hará mucha gracia que salga prematuramente de este retiro y me ponga frente al micro pero me da igual porque a mí sí. Para empezar, la propuesta ha conseguido provocar en mi interior algo que echaba en falta: entusiasmo. Y aunque todavía esté algo flojillo, a fin de cuentas un día es un día. Esto de las convalecencias tiene sus matices porque me parece a mí que la gratificación personal no sólo puede con el esfuerzo en sí sino que puede contribuir puntualmente a los beneficios que persigue esa convalecencia. Yo estoy convencido de eso aunque la frase me haya salido un poco larga y embarullada. Además es sólo un rato, una sonrisa, una bienvenida, un mirar, un decir, una pequeña charla sobre los libros, las historias, la melodía de las palabras, el secreto del punto y aparte, el refugio del paréntesis, la letanía hipnótica de las oraciones subordinadas y el susto súbito de la frase breve. Algo pequeño. Y ya.

La iniciativa ha surgido rápida, así suelo funcionar yo porque si me lo pienso mucho me da pereza o igual caigo en la cuenta de dónde me he metido y me entra la aprensión. El problema de estas cosas es que apenas hay tiempo de publicitarlas, así que voy a pedir ayuda a los lectores locales para que hagan el boca a boca a los conocidos. Seguro que lo van a hacer. Seguro que lo vais a hacer, verdad? Miércoles 31 de Enero, 20:15 horas, Salón-Capilla del Hotel AC. Entrada libre (la salida también). Qué majos, muchas gracias.

Me motiva mucho presentar el último libro de Saramago y que el libro sirva de pretexto para aportar una serie de claves que familiaricen con ese peculiar lenguaje y que inviten a la gente a entrar en esos lugares increibles de los que uno no querría salir: el Hotel Bragança, por cuyas escaleras baja el doctor Ricardo Reis, el Archivo de la Conservaduría General, donde el funcionario se ata a su tobillo el cordel que pende de la pata de su escritorio y se interna por el Archivo de los Vivos y por el Archivo de los Muertos, el vuelo de la passarola impulsada por las almas que quieren subir al cielo y el infierno de los ciegos. Ay el infierno de los ciegos.

Yo echo de menos el gesto y las miradas en la comunicación después de ocho meses de silencio. Y digo yo que si por dentro he sentido esa necesidad, aunque sea sólo para una tarde, es que el cuerpo va despertando. O que tiene hambre de decirse. O también que tiene una promesa pendiente con el hombre de los libros. Va por tí, Julio.

Peregrinaje

Comparece en la pantalla Alfred Brendel en algún momento de 1986 para hablar y tocar los “Años de peregrinaje”, de Franz Liszt, concretamente los años correspondientes a su periplo por Suiza e Italia. El dvd es otro hallazgo de la revisión llevada a cabo por Deutsche Grammophon en su archivo audiovisual. Empieza el asunto y la atención se te va al careto de Brendel, que te mira fijamente cual inquietante Mabuse del Expresionismo alemán:

Pero cuando no han pasado ni 27 segundos (vale, quizá 28) ya has caído hipnotizado en su discurso pausado. Lo que impresiona en Brendel es que cada una de sus intervenciones apenas alcanza los dos minutos pero son más que suficientes para llegar al fondo de todas las cuestiones mediante frases tan concisas como certeras. Impresionante. Que Brendel es un hombre cultivado, un filósofo poeta capaz de poner en atinada conexión ésto con lo otro, es algo sobradamente conocido; que lo haga mediante destilación, con las palabras justas, sorprende.

Dice Brendel que los “Años de Peregrinaje” es el ciclo de piezas “más gratificantes y menos conocidas” de Liszt y enseguida advierte que fueron revisadas después de abandonar su carrera de concertista virtuoso con lo cual se redujeron los obstáculos técnicos hasta conducirlos a una dimensión humana (Brendel alude a “monstruosidades” al referirse a los obstáculos técnicos que Liszt exhibía con portentosa facilidad en sus comparecencias públicas). La advertencia es fundamental para liberarnos de prejuicios antes de ponernos la mochila a la espalda y transitar el recorrido que nos depara Liszt: aquí “la calma llega en auxilio del desenfreno”.

LisztEfectivamente. Brendel despliega el ciclo de piezas entre comentarios e interpretaciones de las mismas y el oyente se sumerge pronto en un universo sonoro insospechadamente rico y hermoso. En el peregrinaje, nos sale al paso el caminante de Schubert: “ser un caminante y un peregrino, no pertenecer a ninguna parte y buscar un lugar al que pertenecer, tal y como canta el Caminante de Schubert en varios Lieder, son conceptos fundamentales del Romanticismo”. Brendel tiende a echar mano de material satélite para enriquecer y clarificar el asunto que se trae entre manos y lo hace con maneras de minucioso observador: una y otra vez, nos hace reparar en los breves versos con los que Liszt encabeza las diversas piezas (ver la imagen que acompaña este párrafo). No sólo aportan información fundamental sobre la obra de manera críptica sino que dicen del entorno artístico en el que se desenvolvió Liszt. Al contrario que los impresionistas, Liszt vivía la naturaleza a través de los ojos de la literatura y la mayor parte de las veces la naturaleza es un trasunto del paisaje interior del artista.

Hay excepciones: “Pastoral” (que, curiosamente, no tiene cita literaria porque en ella “las delicias de la vida sencilla permanecen sin adornar”) le brinda a Brendel la primera oportunidad para hablarnos de lenguaje musical. La modernidad está en Liszt; la estética impresionista ya está presente en él. A mí me gusta señalar ante mis alumnos como simbólico “momento fundacional” del nuevo lenguaje un instante concreto de los “Jeux d’eau à la Villa d’Este”. Pedagógicamente es eficaz: la melodía se hace la remolona por unos segundos como si estuviera decidiendo la conveniencia de dar un paso importante y finalmente ocurre. Para cuando la música recupera su velocidad de crucero, el paisaje tonal ha cambiado y se ha poblado de armonías de séptimas mayores y novenas. Memorable.

Pero volvamos a la senda. Estética, historia, lenguaje musical… todo tiene cabida en el fascinante peregrinaje que nos propone Brendel. Parece como si cada pieza proporcionara una clave decisiva: así, la inclusión de dos “Estudios” entre esta colección de instantáneas de lugares (lagos, parajes, capillas solitarias) nos recuerda que, para el verdadero artista del Romanticismo, el virtuosismo técnico del Estudio debía estar siempre subordinado a lo expresivo. Y así queda en evidencia cuando Brendel calla con la voz y comienza a hablar con las manos.

Quizá sea al llegar al “Vallée d’Obermann” donde mejor encontramos la síntesis del pensamiento de Liszt y de la impecable capacidad de Brendel de conducirnos a él. Este valle no es tanto una descripción de la naturaleza que rodea al compositor sino “un vehículo para una grandiosa introspección y confesión personal”. El libro “Obermann” de Senancour fue obra de cabecera de toda una generación de románticos franceses. Para Liszt era al mismo tiempo una muestra de la “implacable soledad del dolor humano” pero también “el libro que alivia mis sufrimientos”. Y Brendel concluye revelándonos que para Obermann, el intelectual marginado y escéptico radical, “toda causa está oculta, todo propósito es engañoso y la naturaleza sigue siendo impenetrable. La pieza comulga con la idea de que la única verdad fiable se halla en los propios sentimientos: “sentir, existir, ser consumido únicamente por el deseo irresistible, quedarse embriagado por el hechizo de un mundo irreal y finalmente perecer en su seductor engaño”.

Eso es lo que consigue Brendel: hechizar y seducir con su discurso sencillo y hondo antes de acariciar con sus manos una música que brota luminosa de algún lugar recóndito.

Funeral

Esta tarde hemos ido al funeral de Victoria Cruchaga. Me ha avisado Peter este mañana: “que se ha muerto Victoria”. Para muchos de los lectores de este blog, el nombre de Victoria Cruchaga no dirá nada pero para los que nos vemos sin hacer click, fue una mujer singular cuyo fuerte temperamento se ocultaba detrás de una voz dulce y pausada aunque quedaba en evidencia en su mirada. En los tiempos de maricastaña, cuando las chicas aprendían a coser y francés, que quedaba muy fino, Victoria se puso a sacarse el bachillerato y a estudiar ruso, no el alemán o el inglés, que eso lo hizo a los ochenta años, sino ruso, en aquellos tiempos, como diciendo. Se casó con un artistazo que tenía tanto genio como mal genio pero ahora llevaba veinte años viuda.

A Victoria le ha tocado hoy. En los últimos tiempos le fue faltando el aire y los años se le echaron encima de golpe o así nos lo pareció porque resultaba difícil creer que esta mujer que estudiaba la gramática inglesa, la informática, y a saber qué cosas además de las tertulias sobre libros sólo-de-mujeres hubiera superado la barrera de los ochenta. Victoria era una mujer disciplinada de costumbres cuadriculadas. Si te la encontrabas por la calle y la acompañabas un rato te exponía una tesis que afirmaba que había que hacerlo por esta acera y no por la otra porque ya había calculado que a la vuelta era allí precisamente donde daría el sol.

Su inquietud y su curiosidad infinita por las cosas tenía una asignatura pendiente: la música. Su mente analítica no había conseguido conectar con ese eter sonoro que no está, no huele, no sabe y no se declina ni se conjuga y en vez de ponerse a jugar a las cartas en la misa camilla apareció un día por mis cursos decidida a resolver el misterio. Permaneció 6 años en la primera fila tomando en taquigrafía todas y cada una de las palabras que yo pronunciaba (literalmente todas) y eso a mí me parecía una tarea admirable porque mira que hablo, si es que no callo, y porque, como le confesé un día guiñándole un ojo, la mitad de las cosas eran mentira. Pero ella también apuntaba eso en ese lenguaje de signos tan raro al que a ratos me asomaba con fascinación porque allí estaban mis palabras y mis emociones y ella decía que es que necesitaba estudiarlo luego y buscarle sentido, así que los domingos por la tarde lo mecanografiaba todo e iba sumando tomos.

El día que despedimos esa aventura hubo quienes quisieron definir lo que habíamos vivido durante aquellos años en nuestro rinconcito de los jueves. No ha sido un curso de historia de la música, acordaron algunos, tampoco ha sido una serie de recitales con explicaciones, acordaron todos. Y nadie supo definir qué había pasado en aquel jueves que duró seis años hasta que ella me hizo llegar una carta escrita a mano, con margen a la izquierda escrupulosamente respetado y mayúsculas trazadas con curvas donde, después de consultar sus apuntes, afirmaba haber comprendido el sentido del curso al darse cuenta del sinsentido de sus anotaciones: “el curso era una vivencia, sólo había que sentirlo”.

Victoria tenía una visión de la vida un tanto desencantada que disimulaba con un peculiar sentido del humor y yo creo que le dobló el periódico al director de lo de la solfa a posta, por mucho que asegurara que no, que cómo iba a saber ella que la manía de este señor era esa, que nadie le doblara el periódico. Victoria buscaba con ahinco en las cosas su lógica y su sentido, su peso y su medida, si no no valían. Al pan, pan y al vino, vino. Le descolocaba hasta lo indecible que el inglés se escribiera de una manera pero se pronunciara de otra, eso no podía ser y yo creo que por eso no le pilló el sex-appeal a Francis Mathews en el “Follow me”. Escéptica con los subjuntivos y con el ratón del ordenador, alguna vez que compartimos mesa dejó caer que “cuando uno se muere, punto y final y no pasa nada”. Hoy en el funeral, el cura le ha dicho al eco de la iglesia que cuando uno se muere nadie puede pensar que punto y final, quién va a pensar semejante cosa. Pues yo, habría dicho Victoria sin cortarse un pelo, que menuda era ella. Quizá por eso, Victoria no ha estado presente hoy en su propio funeral. Era lo lógico.

Coincidencia

(La coincidencia emparenta este post con el del 11 de Enero)

“De pequeño mi padre me advirtió que no mirara a la lavadora.(Era muy pequeño, para qué le iba a hacer caso)

Con el paso de los años me di cuenta de que tenía razón: no se puede mirar la lavadora de pequeño y pensar que eso no te puede traer problemas el día de mañana.

Mi madre era mucho más condescendiente: cuando mi padre se marchaba ella me ponía trapos de colores.

A mí estar cerca de la lavadora me daba cierta seguridad.Nunca supe porqué, pero nunca volví a vivir momentos tan apacibles como aquellas tardes de domingo que me sentaba frente a la lavadora y veía una buena colada.”

(Javier Pereira, “Tu vida en 65´ “ (María Ripoll, 2006) Texto de Albert Espinosa)

Kantika

KantikaKantika, el coro de colores que dirige Basilio Astulez, nos presenta una amplia muestra de su buen hacer en un cd + dvd primorosamente editado. Que Kantika deje su huella en un soporte permanente es una idea impagable porque la trayectoria de un coro de niños tiene, por razones obvias, un recorrido temporal no muy largo. Aquí hay otra circunstancia a añadir a la celebración: la actual formación de Kantika posee las condiciones para ser recordada en el futuro como algo excepcional e irrepetible. Sólo por eso ya es una fiesta la noticia de la aparición de este trabajo.

Pero luego está el contenido que recoge una amplia muestra (21 piezas) del repertorio de este singular coro de chavales de Leioa. Kantika es una formación todoterreno; aborda y borda los estilos más dispares: de la esencia del folklore vasco a las más abruptas y estimulantes vanguardias sin olvidar las incursiones en parajes exóticos.

El elaborado dvd que acompaña este trabajo vuelve a traer a la palestra, inevitablemente, el debate entre la armonización del lenguaje músical y el de las imágenes. Kantika es un coro estético pero no estático y la cámara tiene en lo primero un festín puesto en bandeja y en lo segundo una llamada a la prudencia. Un deslizamiento de la steady o un travelling acompañando el movimiento de barrido horizontal de los brazos (“Niska Banja”) funciona como eficaz herramienta que ayuda a poner de relieve la expresión de la coreografía; sin embargo, la fragmentación del montaje quizá conlleva ciertos riesgos al dejar escapar alientos (“Can you hear me?”). Y es que en Kantika la fragmentación del montaje la lleva a cabo el propio espectador a partir del plano general del conjunto; es el espectador quien selecciona los rostros y los encuadres incitado por lo que escucha. Por eso son las piezas que presentan a la formación en escenario las que mejor funcionan, sin menosprecio del esfuerzo (condiciones climáticas adversas incluídas) del rodaje en exteriores. Porque el color de Kantika está en el calor de todas sus voces pero indudablemente también en el carisma y la presencia escénica que emanan ciertos rostros como queda evidenciado en los comentarios que se recogen entre quienes han tenido oportunidad de verlos en algunas de sus actuaciones aquí y al otro lado del océano (algunos de los medios mexicanos que siguieron su gira del verano de 2006 y que solicitaron la reproducción del material gráfico propio publicado en su día en este blog así se manifestaron en sus posteriores comunicaciones vía e-mail y lo mismo las numerosas visitas que llegan hasta aquí a diario a través del buscador Google)

De todas formas, esta reflexión personal no quita para afirmar con rotundidad que dicho dvd es complemento imprescindible para testimoniar una de las aventuras musicales más estimulantes que nos han salido al paso en muchísimo tiempo. Todo fluye con pasmosa naturalidad de las gargantas de estos chavales cuyo mayor logro está más allá de la perfecta afinación y emisión en las voces o en el acierto siempre preciso y precioso en el fraseo: Kantika late, vibra, reinventa esa dimensión maravillosa de la música que es la de la comunicación profunda a través de un lenguaje de emociones al que el oyente se entrega sin oponer resistencia. De ahí que presenciar una actuación de Kantika sea siempre un acontecimiento donde uno se siente parte de ellos y ellos pasan a formar parte de uno mismo. Ahí reside el secreto que ilumina de colores los corazones y los reconforta: Kantika se vive.

La enhorabuena para ellos y para todos nosotros.