Archivo por días: 19 diciembre, 2006

Susto

Ayer me llevé un buen susto a primera hora de la mañana. Afortunadamente sucedió cuando me dirigía al hospital para las pruebas que me han empezado a practicar. Me llevaba mi madre en el coche cuando en cuestión de segundos noté que se me agarrotaban las extremidades y que la percepción de la visión era muy confusa en el sentido de que no podía discernir con claridad si las cosas que veía a través de la ventana estaban cerca o lejos. Al llevarme la mano a la cara noté que tenía zonas de la misma totalmente insensibles, una sensación parecida a cuando el dentista te anestesia. Lo peor vino cuando quise tragar saliva y ví que tampoco podía y me entró un ahogo y, como es natural, un pánico considerable. Lo siguiente que recuerdo es ir conducido en una camilla a Urgencias entre convulsiones de brazos y piernas y las preguntas de los médicos y mi incapacidad para que las palabras que formaba en mi cabeza salieran de mis labios, lo cual aumentaba mi angustia ante lo que me pudiera estar pasando. Reconozco que fue un rato horrible porque sentí un miedo y un pánico atroz que me resulta muy difícil de describir.

Las primeras pruebas arrojaron unas cifras de hematocrito que están 11 puntos por encima del máximo referencial, lo que indica que la sangre es muy espesa y eso puede ocasionar que no circule bien y que esté produciendo pequeñas isquemias. Una vez estabilizado me aconsejaron un pequeño ingreso más que nada por la desazón que me había producido la crisis a la espera de más pruebas antes de practicar una solución transitoria (la vieja práctica de la sangría) que favorezca una circulación más fluída. En esas estamos. El objetivo en primer lugar es evitar el riesgo existente de que se produzca un accidente vascular mayor y de que yo me encuentre algo mejor y más tarde estudiar las razones que expliquen por qué el organismo está fabricando tanta sangre. Y después comprobar si hay algo más. Yo creo que cada vez son más las evidencias que apuntan al tratamiento como causante de estos problemas, aunque todavía es pronto para saber si se trata de un efecto de rechazo que poco a poco ha ido en aumento hasta quedar evidenciado en estos síntomas o si el producto ha terminado por causar un problema orgánico.

De momento sólo puedo decir que al menos he dormido tranquilo aunque todavía tengo la cabeza espesa y estoy escribiendo este post con esfuerzo por lo que no lo voy a alargar mucho. Pero no quería pasar, aunque no lo van a leer, sin anotar mi agradecimiento de corazón al personal por la celeridad y la preocupación pero, sobre todo, por el afecto. Una simple sonrisa, una frase amable, una mano acariciando la cabeza o el ofrecimiento de un vaso de zumo fresco en el cuartito de las enfermeras se convierten en gestos inolvidables en momentos de tanta incertidumbre, miedo y confusión. Porque al final, más allá del dolor y del sufrimiento, esa es la cuestión esencial: ¿qué está pasando?