Archivo por días: 2 diciembre, 2006

Principio

Cuando después de 25 años una enfermedad crónica se estabiliza empiezan a pasar cosas. Algo se mueve por dentro y, al mismo tiempo, te sientes como si despertaras de un coma que ha durado siglos: desconcertado y perdido en el entorno. Y entonces descubres, con asombro, que tu discapacidad no reside tanto en lo físico sino en la adaptación al medio. Haber vivido en una burbuja desde la infancia conlleva eso pero llega un momento en que el instinto te pide actuar; tardíamente, dadas las circunstancias, pero más vale tarde que nunca. Y como vas fuera de horario te sientes todavía un poco más perdido pero aún así. ¿Qué cosas pide el instinto? Pues independencia, por ejemplo. Vivir una vida propia acorde a las propias posibilidades y limitaciones, con sus buenos y malos momentos. Pero tuya.

Y en esas estoy. Desde ayer y por unos días (las cosas, despacio) estoy caminando solo por primera vez en mis 36 años de vida. Aprovechando que un puente local va a juntarse con un puente general y se convertirá en un acueducto de días festivos, la totalidad de la familia que puede denominarse como tal está lejos. Yo he hablado con ellos la importancia de la necesidad de hacer la prueba en estos momentos. Lo necesito de verdad. Lo necesito más que una medicina. Necesito empezar a aprender cómo se hacen las cosas, movilizarme y, sobre todo, necesito estar a solas conmigo mismo para sentir que tomo las riendas de una vida cotidiana y después sumergirme en ella.

Es curioso que lo primero que he hecho esta mañana, primer día de este experimento al que me presto con tanta determinación como incertidumbre, ha sido cerrar el teléfono. Luego he hecho la compra, he enviado un correo a un amigo y después me he subido a un tren. Como otras veces, mientras miraba por la ventanilla me he puesto a escuchar a Ivy cantando “Worry about you”. No sé qué tiene esa canción pero me atrae de una manera hipnótica y por eso me la pongo en bucle y la escucho una y otra vez, una y otra vez, y es una delicia hasta que llega un punto en que estás hasta los cojones de la canción y entonces la quitas y sigues mirando por la ventanilla o te dejas mecer por el traqueteo del tren y te adormeces un poco hasta que llegas al destino, que es una ciudad muy grande. Los parques y las grandes avenidas de edificios altos estaban envueltos en una niebla de color regaliz y rosa y entre la numerosa gente que iba y venía por la acera estaba yo, mirándolo todo y a todos, impermeable al mundo y al mismo tiempo dentro de él. He caminado de aquí para allá, he hecho un par de compras y después he entrado en una cafetería a merendar. Todo sin prisas. Y al anochecer he tomado el tren de vuelta. Ivy dormía en el iPod y yo habría hecho lo mismo pero he preferido mecerme un rato en la cadencia de una conversación ajena y luego he pensado en el blog. En este blog. ¿Qué función tendría este blog en esta nueva situación si se prolongara en el tiempo? ¿Lo seguiría necesitando? Porque no se me escapa que este blog ha servido mucho de escapismo virtual ante la inmovilidad real. Hay que meditarlo, pero igualmente sin prisa, como vaya saliendo.

Una vez en casa me he dado una ducha, he cenado, me he puesto el pantalón de pijama y una camiseta y me he sentado en el suelo ordenando libros y dvds de una zona de las estanterías que no suelo frecuentar pero en la que queda sitio para colocar algunas cosas. Y luego me he sentado a ver a oscuras “Heights” (grande Glenn Close!). Cuando ha terminado la película me he quedado un rato sentado en el sofá sintiéndome profundamente a gusto y tranquilo.

Yo tengo claro que este primer experimento de unos días va a ser el preludio de algo más definitivo y bastante próximo en el tiempo. Y luego la pregunta: ¿Se puede dejar de ser músico? Me la vengo haciendo desde hace dos meses aunque sólo la he compartido con mi psicóloga. Yo creo que no, que no se puede dejar de ser músico porque eso va contigo, lo llevas dentro; lo que se puede es dejar de ejercer como tal. A veces creo que estoy empezando a dejar de ejercer como tal y otras que ya he terminado ese capítulo aunque no lo se lo he dicho todavía a ninguno de mis allegados. Y desde que me planteé esa pregunta al mismo tiempo que despertó esta necesidad de caminar por mí mismo, dentro de mis posibilidades, surgió en el pensamiento la idea de hacer el curso de acceso a la universidad y abrir un capítulo nuevo que no excluya, de puertas adentro, ascender por los cánones Goldberg o vibrar con un contrapunto de Bach o una emoción de cristal de Ravel. Después de todo, retomar a los 37 años cosas que se truncaron a los 17 o a los 24 tiene mucho de bueno. En la vida no existe el botón de rebobinado pero, al menos, tienes la oportunidad de no pulsar el botón de pausa. Y vivir.