Archivo por meses: diciembre 2006

Normalidad

Ya he podido comer. Y al comer he notado los efectos de la sangría de ayer porque me he notado la cabeza más despejada y el pensamiento más fluído. Ha dicho el médico que eso era normal. Pero sigo quedándome en blanco con frecuencia. Pasa de repente. Me he acostumbrado a eso de tal manera que ya sé intuir cuándo una frase va a terminar precipitándose a un agujero negro quedándome agarrado a un saliente de la pared con forma de cinco palabras: “me he quedado en blanco”. Ha dicho el médico que eso también era normal.

Esperando en un pasillo (para variar) pensaba yo que a ver si los efectos también empiezan a notarse en el blog y deja de parecerse a un culebrón hospitalario de tropecientos capítulos y consigo que salgan los posts atascados. Por falta de tiempo no va a ser, desde luego, porque después de decir varias veces “normal”, el médico ha insistido en el descanso y que permanezca fuera de cobertura porque dice que arrastro una suma de cosas: lo que me llevó al hospital, la paliza de todas las pruebas de estos días y las que faltan y, sobre todo, sobre todo (lo ha dicho dos veces), ha recordado que en estos momentos camino sin red, vamos, que tengo retirada mi medicación habitual. Está bien que haya dicho dos veces eso (sobre todo, sobre todo) porque se me había olvidado. “Normal”, ha vuelto a decir, “estos días han sido muy complicados”.

Así que permanezco inmerso en esta vida casi monacal de tranquilidad, descanso y desconexión del mundanal ruído y del mundanal frío, que estamos a bajo cero.

Parte

El parte médico de hoy es que me han quitado medio litro de sangre porque las medidas provisionales que los médicos acordaron la semana pasada mientras concluían las pruebas no han debido servir de mucho y, según han dicho, era peligroso continuar así. Para colmo luego no he podido recobrar fuerzas porque llevo dos días a dieta rigurosa dado que mañana me hacen un estudio de digestivo y riñones. La geografía expande sus fronteras: una vez conquistado el terreno neurológico y a la espera del scanner (próximo martes a las ocho y media de la mañana) ahora andan a la búsqueda de algo en el tracto digestivo o en los riñones. Para variar, yo he preguntado si buscaban algo o “algo”, ya nos entendemos, pero ellos contestan, lógicamente, que para saberlo necesitan hacer la prueba. Así que ahora arrastro una flojera terrible. Y la incertidumbre. Y el turrón intacto diciendo el muy cabrón “aquí estoy y estoy muy bueno, que lo sepas”. Tengo ganas de terminar ya con todo ésto, de verdad. Dí que ayer recibí, de manera inesperada, el regalo de Navidad más bonito del mundo, al menos lo es para mí en estos momentos. Eso mismo me dijo una amiga mía y también dijo que se le había escapado una lagrimilla de emoción al saberlo. A mí varias. Va a tener razón Saramago cuando en su memorable “Memorial” desvela ese misterio según el cual hay lágrimas que purgan dolores para después manifestar el sosiego del espíritu reconfortado. Y a eso me agarro hoy.

Tarjeta

James Barrie y Michael Llewelyn Davies, Peter Pan, en los Jardines de Kensington (1906)

Aquí no hay ramito de violetas, ni marido que mire de reojo ni laísmo que valga, pero la variación en la letra de la canción es pertinente: Cada veintisiete de diciembre, como siempre con tarjeta.

Y es que por muchos años que pasen sigo recordando con especial afecto la nota que redacté y envié por correo postal (a la vieja usanza) a un determinado número de personas invitándolas a una conferencia sobre James Barrie que pronuncié tal día como esta tarde coincidiendo con el centenario de Peter Pan. Lo de la nota y el correo postal costó una pasta, vale, pero cuando se me ocurren cosas de este tipo disfruto tanto que me compensa con creces el gasto; por otra parte, celebrar el centenario de Peter Pan tenía su miga porque como es sabido por todos, “todos los niños crecen, excepto uno”: Peter. Eso pensaba cuando entregué en la ventanilla de la oficina de Correos el fajo de cartas.

Lo que se encontraron quienes abrieron esos sobres fue ésto:

Hay varias razones que llevan a un músico a evocar, en una tarde de Navidad, la imagen en sepia de un escritor y su más célebre personaje. He aquí algunas:-Una estatua en un jardín
-Una ventana cerrada
-Una función de teatro (no quedan entradas)
-Un niño que se muere
-Un viejo álbum de fotografías
-Una isla y algunos piratas
-El 1 de agosto de 1901, por ejemplo.
-Un par de cartas escritas al revés.

No sé si es muy normal que con los años uno sienta más afecto por una simple nota publicitaria que, pongamos por caso, un curso entero sobre alguna materia, por muy apasionante que resultara su preparación y por muy satisfactorio que fuera el resultado de dicho curso. Pero los afectos es lo que tienen, que son muy suyos. La verdad es que tampoco podía imaginar que aquella fría tarde de invierno la voz se me quebraría un poco al anunciar la muerte del pequeño Michael Llewelyn Davies, por ejemplo. Cosas del directo, supongo. Lo que pretendía con aquella nota era provocar la curiosidad del destinatario o destinataria, desconcertarle un poco, hacerle pensar: ¿pero esto qué es exactamente? Y exactamente no sé qué fue, pero el recuerdo es precioso y no me lo quito de la cabeza. Por eso lo vuelvo a citar de nuevo.

B12

Prosiguen las pruebas y mis visitas de especialidad en especialidad y aunque van saliendo cosas ninguna ha hecho que los médicos tuerzan mucho el morro (que yo es en lo que más me estoy fijando, por si acaso). Hoy por fin me ha visto el neurólogo. Que te citen mediante consulta preferente para el 27 de Enero y que de repente te llamen para el 22 de Diciembre, con lo malos que son estos días, tiene una parte buena y otra por lo menos sospechosa. La buena es que te ven pronto; la menos buena es que te da por pensar que han visto algo gordo. Es lo que pasa por ser hipocondriaco, aunque mi amiga Gloria-hija dice que no, que no soy hipocondriaco sino fatalista. Para el caso, lo mismo.

El neurólogo ha resultado ser un señor muy raro. No digo yo que no sepa mucho de lo suyo, pero eso no quita para ser muy raro. Eso se ve enseguida. Me ha sometido a un interrogatorio rarísimo y después a unas pruebas físicas de esas que te hacen sentir muy ridículo: que si camine de puntillas, que si camine como si fuera por un alambre de funambulista, que si camine con los brazos extendidos… Luego me ha dicho que le dijera con qué mano se tocaba la nariz y si cerraba el ojo derecho o el izquierdo y, la verdad, ver a un señor tan serio poner esas caras y hacer esas cosas daba un poco de corte. Y luego me ha dado por pensar que igual me despistaba eso y resulta que me equivocaba de dirección diciendo derecha en vez de izquierda y a ver si se montaba una buena.

Pero no.

Dice el neurólogo que tengo déficit de vitamina B12 y eso, al parecer, produce unas neuropatías que encajan con lo que me pasa (hematocrito al margen). Así que ahora hay que tratar el hematocrito alto y le vitamina baja. Yo me he armado de valor y le he preguntado lo que llevaba días esperando preguntar, a saber, si puedo tener “algo malo”. Las comillas son como un eufemismo que todos entendemos. Él ha dicho que hay que hacer pruebas pero que tras la exploración preliminar no tiene la cosa ninguna pinta de que sea “algo malo”. Y entonces, de manera inesperada, ha soltado una frase que ha provocado una breve reunión urgente con mi yo interior. Apoyando la cabeza en las manos entrelazadas ha dicho lo siguiente:

-De todas formas la vida es una enfermedad que concluye siempre con la muerte.

(silencio)

Y mientras el silencio yo me he reunido conmigo mismo y esto es más o menos lo que ha recogido el libro de actas:

EMEJOTA: ¿Ha oído éso?
emejota: lo he oído, lo he oído.
M.J: un poco pedante, ¿no?
m.j: un poco bastante, la verdad.
M.J: ¿Y ahora que hacemos?
m.j: hacer como si nada.
M.J: ¿Hacer como si nada?
m.j: pues claro, es evidente que el hombre se quiere hacer el interesante.
M.J: ¿Y no convendría seguirle la corriente dadas las circunstancias?
m.j: ni hablar. Precisamente por las circunstancias no hay que seguirle la corriente para que no se despiste y siga con los sentidos puestos en mi cogote, que es el suyo también, no lo olvide.
M.J: estoy de acuerdo, pero sigo pensando que me ha parecido un poco pedante.
m.j: yo de momento sigo pensando todavía, que no es poco.

Y esa ha sido la reunión. Cuando he salido de ella el neurólogo escribía algo en unos folios y luego ha rellenado unas solicitudes de pruebas.

Él: ¿Es usted raro para comer?
Yo: soy raro en general.
Él: ¿le resulta raro comer verde?
Yo: me resulta rara la pregunta
Él: que si come lechuga.
Yo: Sí, pero eso no es nada raro.
Él: Pues coma lechuga. Y estas pastillas. Y estas otras.
Yo: ¿las pastillas son raras?
Él: las pastillas son pastillas y están para tomarlas. Nos veremos a principios de Enero si hay algo raro.

El neurólogo es un señor muy raro pero al menos no ha torcido mucho el morro y eso es algo. Eso he estado pensando mientras cenaba una ensalada de lechuga. Las pastillas ya las he tomado.

Lotería

Sigo pensando que la verdadera música de la Navidad es la de la lotería: la letanía de los niños de San Ildefonso, el rumor denso de los grandes bombos girando lentamente, la elevación súbita y emocionada de la entonación que preludia la llegada del premio, el consiguiente estrépito de voces y flashes, la puntualización serena del secretario de mesa (contrapunto riguroso a la melodía principal), las voces de la radio (vendido en la administración número tal), las risas nerviosas de los agraciados desde la tal administración bautizando la suerte con cava… El de este año es el último sorteo que retransmite Marisa Abad, una de las voces y rostros históricos de la tele, porque su nombre figura en la lista del ERE de Televisión Española. También la música pausada de su voz es un fragmento de paisaje de la Navidad que quedará fijado en la memoria de una mañana fría de Diciembre.

Reformas

Hoy me dejan descansar, cosa que agradezco. Ayer oí que los médicos barajaban esa posibilidad mientras esperaban unos resultados y alguien dijo: “así dejamos tranquilo al chico”. Estoy en esa franja de edad en la que unas veces dicen “así dejamos tranquilo al chico” y otras “así dejamos tranquilo al hombre”. A mí con tal de que me dejen un poco tranquilo, que me llamen como quieran.

He descubierto que lo que me agota en estos momentos es, principalmente, dos cosas: caminar por la calle y hablar. Es como si tuviera que hacer un esfuerzo muy grande para ambas cosas, para caminar porque voy con cierta sensación de vértigo que me hace ir alerta y lo de hablar porque mantener una conversación normal requiere en estos momentos una concentración equivalente a si estuviera haciendo una exposición oral sobre alguna materia complicadísima. En la parte positiva, que diría el “Un, Dos, Tres”, no se ha repetido una crisis como la del otro día y aunque la cabeza la sigo teniendo espesa al menos parece que puedo escribir con más soltura y ganas. Por cierto que estas noches estoy soñando con el “Un, Dos, Tres” de los primeros tiempos y con visitas a mi parvulario. Todas las noches, oye. Qué cosas.

Ayer Blogger dijo que se le había acabado la paciencia y que ya no me iba a preguntar si deseaba cambiar al nuevo sistema, que ya valía, hombre, y que además la fase Beta dejaba de serlo y que el sistema había pasado la prueba del algodón. ¿Seguro?, pregunté yo. Que sí, pareció responder él. Le di al botón de migrar (no sin cierta aprensión, a pesar de que me habían prometido que después de la mudanza me iban a dejar todo en su sitio) y salió un cartel diciendo que en un par de minutos la cosa estaría lista. Al final los dos minutos fueron siete horas pero hay que ser comprensivos: trasladar el piano de Gould, la fábrica de chocolate de Wonka, el Mediterráneo al atardecer, la tiorba de James Akers (tan frágil), la bibilioteca de Alberto Manguel, el álbum de fotos, e incluso deslizar la escalera de “Dublineses” con cuidado de que Anjelica Huston no salga de su trance (ni que caiga rodando escalera abajo) requiere su tiempo.

Una vez hecha la mudanza hay dos cosas que no me gustan nada, pero nada de nada: la primera la barra superior. No hay armonía en la colocación de los elementos, yo ya me entiendo. La segunda es peor porque una de mis manías es que la tipografía tiene que respirar y en la mudanza se han dejado una linea espaciadora entre el borde superior y el encabezamiento “La Idea del Norte”. Ahora está muy pegado arriba. Y qué más dará, pensarás. Pero mira que eres raro, pensarás. Pues sí que da y sí que soy raro, qué pasa. A ver si me remango la camisa y meto mano al código html de la plantilla, pero luego que ahora me da pereza todavía, lo que me faltaba para la cabeza espesa, meterme en la selva de etiquetitas del html. Y lo que sí quiero usar porque me parece muy práctico es el asunto de la clasificación de posts en categorías para tener listados los de música, los de libros, los de cine, los de neuras varias…

Luego.

Susto

Ayer me llevé un buen susto a primera hora de la mañana. Afortunadamente sucedió cuando me dirigía al hospital para las pruebas que me han empezado a practicar. Me llevaba mi madre en el coche cuando en cuestión de segundos noté que se me agarrotaban las extremidades y que la percepción de la visión era muy confusa en el sentido de que no podía discernir con claridad si las cosas que veía a través de la ventana estaban cerca o lejos. Al llevarme la mano a la cara noté que tenía zonas de la misma totalmente insensibles, una sensación parecida a cuando el dentista te anestesia. Lo peor vino cuando quise tragar saliva y ví que tampoco podía y me entró un ahogo y, como es natural, un pánico considerable. Lo siguiente que recuerdo es ir conducido en una camilla a Urgencias entre convulsiones de brazos y piernas y las preguntas de los médicos y mi incapacidad para que las palabras que formaba en mi cabeza salieran de mis labios, lo cual aumentaba mi angustia ante lo que me pudiera estar pasando. Reconozco que fue un rato horrible porque sentí un miedo y un pánico atroz que me resulta muy difícil de describir.

Las primeras pruebas arrojaron unas cifras de hematocrito que están 11 puntos por encima del máximo referencial, lo que indica que la sangre es muy espesa y eso puede ocasionar que no circule bien y que esté produciendo pequeñas isquemias. Una vez estabilizado me aconsejaron un pequeño ingreso más que nada por la desazón que me había producido la crisis a la espera de más pruebas antes de practicar una solución transitoria (la vieja práctica de la sangría) que favorezca una circulación más fluída. En esas estamos. El objetivo en primer lugar es evitar el riesgo existente de que se produzca un accidente vascular mayor y de que yo me encuentre algo mejor y más tarde estudiar las razones que expliquen por qué el organismo está fabricando tanta sangre. Y después comprobar si hay algo más. Yo creo que cada vez son más las evidencias que apuntan al tratamiento como causante de estos problemas, aunque todavía es pronto para saber si se trata de un efecto de rechazo que poco a poco ha ido en aumento hasta quedar evidenciado en estos síntomas o si el producto ha terminado por causar un problema orgánico.

De momento sólo puedo decir que al menos he dormido tranquilo aunque todavía tengo la cabeza espesa y estoy escribiendo este post con esfuerzo por lo que no lo voy a alargar mucho. Pero no quería pasar, aunque no lo van a leer, sin anotar mi agradecimiento de corazón al personal por la celeridad y la preocupación pero, sobre todo, por el afecto. Una simple sonrisa, una frase amable, una mano acariciando la cabeza o el ofrecimiento de un vaso de zumo fresco en el cuartito de las enfermeras se convierten en gestos inolvidables en momentos de tanta incertidumbre, miedo y confusión. Porque al final, más allá del dolor y del sufrimiento, esa es la cuestión esencial: ¿qué está pasando?

Resaca

De Nolotil, resaca de Nolotil.

Cuando los cólicos se van (creo que se han ido esta misma noche, toca madera por si acaso) viene la resaca del Nolotil, que es algo francamente duro. Como si no tuvieras bastante con sentir el cuerpo como si te hubieran dado una paliza y con la flojera de no haber probado bocado en día y medio, todavía tienes que soportar la resaca del Nolotil que te impregna el paladar con un sabor a factoría química que todo lo acapara: bebes agua y te sabe a Nolotil; intentas comer el primer bocado de turrón de chocolate (Suchard, por supuesto), tradicional y simbólico pregón personal de la Navidad y sabe a Nolotil, crujiente, pero Nolotil. Te lavas los dientes y la pasta de dientes sabe a Nolotil, te tomas un zumo de naranja y no sólo el zumo de naranja sabe a Nolotil, es que el vaso mismo sabe a Nolotil.

Lo de la coca cola es peor primero porque sabe a pasta de dientes con sabor a Nolotil mezclada con burbujas y regusto a zumo de naranja con sabor a Nolotil, y cuando intentas buscar entre ese tunel de sabores el genuino sabor a coca cola que te refresque el gusto a gusto descubres que el vaso huele también a Nolotil. La resaca de Nolotil también te deja con el estómago triste y la cabeza adormilada y te tumbas en el sofá y sueñas imágenes borrosas por nubes de Metamizol de Magnesio y cuando abres los ojos te encuentras que la pantalla de la tele está ocupada por la imagen de una revista vieja con este titular:

Lolita: “Yo creo en Franco“.

Y por un instante te preguntas si eso que ves no será un efecto secundario del Nolotil y luego si Lolita tomaría por aquella época sus buenos Nolotiles, o quizá es que por entonces no los tomaba. A saber. Todo resulta muy espeso y muy confuso. En todos estos años de presencia en el mercado, ¿no se le ha ocurrido al inventor del Nolotil ajustar la fórmula para cuidar el detalle de la resaca?. ¿Tan difícil resulta al menos disimular ese sabor? ¿Por qué hasta la veterana aspirina ha conocido sabores y efervescencias y el Nolotil no? ¿Por qué esa resistencia a los cambios? ¿Cree el Nolotil en Franco? ¿Vía oral o parenteral? ¿Coca Cola Zero o Pepsi Max? ¿Turrón blando o duro? ¿HD DVD o Blu-Ray?

Afirmación

Lo último es el riñón. Sí, cólicos otra vez. Sí, el mismo riñón. Y sí, parece que también tras tanto cólico está el elixir. Dicen los médicos que el laboratorio refiere “insuficiencia renal, cólicos y otras afecciones” y examinando retrospectivamente mi historial médico se descubre que mi primer cólico tuvo lugar cuatro meses después del inicio del tratamiento. En los 30 años anteriores ninguno. En los 6 siguientes, tropecientos. No hace falta por tanto ser muy sagaz para atar cabos.

Esta última tanda empezó la pasada madrugada hacia las 5 mientras yo me repetía por dentro no puede ser, no puede ser, y si al conocido malestar que supone un trance semejante le sumamos lo que lleva llovido estos días en cuestión de percances, se comprenderá que por una vez me salte el libro de estilo de este blog para afirmar lo siguiente:

ESTOY HASTA LOS COJONES.

Ya.

Milagro

A quince días de finalizar el año Mozart nadie nos ha dicho todavía dónde reside el milagro de esta música asombrosa. Por si alguien se anima a buscar la respuesta, las partituras de la edición crítica de la integral de la obra mozartiana pueden consultarse en Internet y descargarse en archivos .pdf desde ayer. Gratuitamente. La (imprescindible) dirección es:

http://dme.mozarteum.at

En el momento de escribir este post la página está sobresaturada y un aviso pide disculpas por las obras de ampliación de tráfico y de plantilla que hay que hacer para poder servir la música que han solicitado medio millón de personas en sus 12 primeras horas de (estresante) vida. Desde luego, se trata de un acontecimiento memorable: ni más ni menos que la digitalización de los 125 volúmenes de la NMA, la edición oficial de la obra del compositor, una obra monumental que se empezó en 1954 y que arroja 25.000 páginas de música impresa y 8.000 de informes críticos. Los derechos han sido adquiridos a Bärenreiter-Verlag por la Internationale Stiftung Mozarteum y volcados a la red por el Packard Humanities Institute de California.

Hace unos años la siempre exquisita Bärenreiter facilitó algo las cosas al anunciar una edición de bolsillo a la que el nombre no le pegaba mucho: ni el precio (muchos dígitos) ni el tamaño de los volúmenes (unas 1000 páginas cada uno) cabían precisamente en un bolsillo y además los tomos eran poco manejables: nada más abrirlos, aunque lo hicieras con mimo, el lomo se llenaba de cicatrices. Para alguien que sufre viendo desmayarse hacia atrás un folio grapado a otro, lo de las cicatrices del lomo puede llegar a ser una experiencia traumática.

Pero ahora está ahí, al alcance del ratón. Click, click. La misma edición. Toda. Y para todos. Una gozada. Tener a mano la NMA supone el acceso a un inmenso y exhaustivo trabajo de investigación y restauración que bucea hasta la raíz de las fuentes para sacar a la luz bocetos, apuntes, ideas desechadas, ideas recicladas, versiones alternativas, reorquestaciones… De paso brinda la oportunidad de conocer aquellas obras del catálogo mozartiano de menor difusión y sustituir, al fin, a la anterior edición Breitkopf del siglo XIX, que todavía circula mucho porque sale tirada de precio aunque se come pasajes enteros, tiene las claves antiguas y hace cosas raras de vez en cuando.

Un acontecimiento excepcional.