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Llamada 13 noviembre, 2006

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 9 comentarios , trackback

Hoy se me ha hecho un poco tarde para el paseo que doy a diario pero eso no le ha afectado porque conocido es que tengo un concepto walseriano del paseo (recuérdese aquí). No había prisa. Al volver a casa he oído el timbre del teléfono justo cuando me disponía a introducir la llave por la cerradura y me he apresurado a descolgarlo porque he mirado la hora y me he dicho: mi abuela. Mi abuela llama puntualmente tres veces al día: por la mañana, después de comer y a la hora de cenar. Y si tardas cinco tonos en descolgar el auricular lo primero que oyes es:

-¡¡Ya pensaba que estábais alguno en Urgencias del Hospital, Dios mío!!

(creo que empiezo a comprender de dónde viene mi fatalismo)

No debían haber pasado los cinco tonos porque no ha dicho eso, pero por ahí andaría la cosa ya que ha preguntado lo que pregunta al borde de los cinco tonos:

-¿Estabas ocupado, hijo mío?
-No, no, es que venía de dar un paseo.
-¿Y por qué no has salido a darte un paseo con lo buena que se ha quedado la tarde?
-(?)

(A sus noveintaitantos años, mi abuela se resiste a usar un audífono porque dice que eso es para cuando sea vieja)

Cuando mi abuela llama por teléfono pregunta siempre lo mismo y por este orden, a saber: que si me duele hoy la cabeza (no sé por qué tiene que ser siempre la cabeza), que si como a gusto y que si por las noches paso frío en los pies. Yo respondo no, si y no respectivamente, aunque a veces el primer no es sí, qué le vamos a hacer. Ella unos días dice que está bien y otras que está malísima pero es que a veces dice que está malísima y muy bien en la misma conversación. Yo firmaba por llegar a su edad en esas condiciones, que sigue yendo a la peluquería todas las semanas y hace rosquillas caseras cada vez que hay algún cumpleaños.

De mi abuela quedará en mi recuerdo, entre otras muchas cosas, una expresión que utiliza a todas horas y que empieza por “pero cuánnnto….” y termina con un gracioso “jo!”. Cuando vivíamos todos en casa y pasaba con nosotros los inviernos, se sentaba a ver la tele en una esquina del sofá, como para ocupar poco espacio, que es muy austera ella, y al rato nos miraba y decía:

-Pero cuánnnto os gustan las películas. Jo!

Y como a ella no le gustan nada (“en mi casa sólo veo las noticias y el tiempo”) y Javier Sardá la tenía muy disgustada porque, según decía, “antes era un chico formal”, se ponía a rezar las estampitas de Santa Rita. Yo creo que se aburría con Santa Rita también porque al rato se volvía a mirar a mi madre por encima de las gafas y decía:

-Pero cuánnnto fuma vuestra madre. Jo!

Y luego añadía: -¡Si al menos se gastara ese dinero en chocolatinas!, frase que nos daba mucha risa.

Cuando se iba a acostar entraba a mi cuarto sigilosamente mientras yo estaba escribiendo al ordenador y siempre me ponía la mano en la espalda y frotaba dos o tres veces antes de decir:

-¿No te quedarás frío, hijo mío?

Y se inclinaba hacia la pantalla entrecerrando los ojos y yo esperaba oir ésto:

-Pero cuánnntos adelantos. Jo! Anda, hijo, hasta mañana. Y no te acuestes tarde.

Por las noches te daba unos sustos terroríficos porque para dormir se ponía un camisón blanco, una rebequita blanca, una redecilla blanca en el pelo y hasta un gorro (blanco) y la pobre parecía el Espíritu de las Navidades Pasadas por lo menos. Y si de madrugada salía por el pasillo, sigilosa y sin darse la luz (que ya he dicho que es muy austera) y te la encontrabas al reflejo de la mortecina luz de las farolas te podía dar un infarto. Que se lo pregunten a mi hermano, que una noche que se había quedado a estudiar hasta altas horas salió a la cocina, abrió la puerta del frigorífico y se llevó a la boca un botellín de agua (la luz del frigo era la única luz de la casa). Pues todavía tenía la botella en la boca cuando cerró la puerta y allí estaba ella, al otro lado, muy quieta, de Espíritu de las Navidades Pasadas, con la mano derecha agarrándose el cierre de la rebequita y diciendo:

-Pero cuánnnta agua bebéis en esta casa. Jo!

A mi hermano por poco se le sale el agua por la nariz, y algo más también. No me extraña.

Por las mañanas, yo entraba a desayunar a la cocina y ella estaba con las oraciones de la mañana y sin levantar la vista de las estampitas decía:

-Ha habido trasnochada, eh? Que ya he visto que tenías la luz dada a las tres y media. Pero cuánnnto trabajas, hijo mío. Jo!

Y por las tardes, si me sentaba a leer mientras ella cosía muy pegada a la ventana, más pronto o más tarde dejaba las agujas para decir:

-Pero cuánnnta gente pasa por aquí. Jo!

Y más pronto o más tarde volvía dejar las agujas para añadir:

-Pero cuánnnto lees, hijo mío. Jo! ¿Y no te duele la cabeza?

(Y dale con la cabeza!)

Hoy también me ha preguntado lo de la cabeza, y lo de los pies fríos. Y después ha preguntado si ya habían encendido la calefacción en la comunidad. Y yo le he dicho:

-Sí, ayer ya la pusieron un par de horas.
-¿Y a qué esperan a ponerla entonces, que estamos ya en Noviembre y las casas están frescas?

Yo me he limitado a decir que sí, que es verdad, y ya está, para abreviar, porque aún tenía la cazadora puesta y tenía calor.

-Y haz favor de darte un paseo, que ya estudiarás luego.

Nana 12 noviembre, 2006

Escrito por emejota en : Cine, Música , 2 comentarios , trackback

Anjelica Huston

“Si eres aquella muchacha de Aughrim,
como creo que eres,
díme el primer recuerdo que tienes,
de lo que ocurrió entre tú y yo.
(…)
La lluvia cae sobre mis hombros,
y el rocío moja mi piel.
Mi niña yace fría entre mis brazos,
pero nadie me deja entrar.”

(Audio de la película “Dublineses”, John Huston, 1987)

Click para escuchar. Mp3, 1 MB.

Enlace relacionado: Extasis

Carta 11 noviembre, 2006

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Querida Maite:

MalvasHa ocurrido algo verdaderamente curioso. Acababa de escribir un post cuando ha sonado un golpe seco acompañado de un estrépito de cristales rotos y me he asomado a la ventana: una moto y un coche se han encontrado en un cruce y, aunque como suele pasar en estos casos, el de la moto ha salido perdiendo, parece que la cosa no pintaba grave. Aún así, prontamente se han personado la policía y una ambulancia así como una nube de curiosos, jóvenes la mayoría que salían en ese momento de marcha de sábado, y algunos mayores en minoría y en retirada tras una cena tranquila con los amigos.

En ese momento, en discreta última fila, ha vuelto a aparecer el joven Malvás, y a estas alturas, si te soy sincero, apenas me asombra verlo, acostumbrado como estoy a que sea mi sombra sin saber él mismo que lo es desde el momento justo en que me lo encontré por primera vez y después de que Julio me pidiera que le echara una mano para encontrarle rostro a uno de los personajes de su guión. Un día me nombró director de casting un poco en serio y bastante de broma y la verdad es que ponerle rostro al misterio de Malvás resultaba complicado hasta que una tarde me lo encontré por la calle y me dije: “ahí estás”.

Recuerdo que cuando se lo comuniqué a Julio me preguntó intrigado que quién era, y lo mismo Marta, y yo respondí que ni idea para desconcierto de ambos. Pero era verdad: ¿cómo saber quién es un desconocido que te acabas de cruzar, casualmente, por la calle? Marta dijo que si lo veía otra vez le sacara una foto para verlo porque les había despertado la curiosidad pero yo para eso es que no sirvo, qué corte: ¿cómo voy a parar a un desconocido, sacarle una foto y ya está? A ver si me va a dar un guantazo. Pues yo lo haría, dijo Marta. Pues yo no, dije yo. Para cuando el cortometraje se rodó Malvás ya vivía en 35 milímetros en la piel de un actor solvente pero para mí quedó la piel del nombre, Malvás, como envoltorio de ese desconocido que se cruzaba en mi camino a todas horas al tiempo que, sin pretenderlo y para mi asombro, comenzaban a lloverme una serie continuada de pequeños y curiosos detalles referentes a su persona.

A veces los personajes te llaman, reclaman tu atención, aunque sea en la forma de un desconocido que nunca sabrá que ya es un personaje todavía embrionario y desenfocado (como en la foto) en las anotaciones de un par de folios. Como tampoco sabe que he aprendido un juego de manos de su propia voz, por ejemplo, sin haber coincidido ambos nunca. ¿Te has parado a pensar, Maite, la serie de increíbles casualidades que tienen que sucederse para que algo así pueda ocurrir? Yo lo he pensado muchas veces y un día llegué a la conclusión de que tantas casualidades a lo mejor querían decir: hazle caso, aunque jamás se haya percatado de tu presencia.

Porque son muchos acontecimientos fortuítos, tantos que ya empiezan a perder su llamativa singularidad para entrar en la órbita de lo cotidiano, como ocurrir un accidente esta noche justamente frente a tu ventana y que entre la veintena de personas allí arremolinadas en representación de la numerosa ciudadanía que en ese momento transitaba la noche del sábado aparezca de nuevo él o como haber conocido antes de ayer, antes que él mismo, de la manera más tonta y porque el mundo es verdaderamente un pañuelo, que hay un 2,25 aguardándole en la carpeta de un profesor de Universidad (ay, Malvás, mal vas). La primera vez que te conté todo ésto como una anécdota divertida, Maite, me sorprendió escucharte: “él no sabe quién es, díselo en un libro”.

Cuando hace un instante se han llevado al accidentado y la policía ha dispersado a la gente, el joven Malvás se ha perdido calle abajo camino de la noche bulliciosa de sábado. Iba solo.

Pausa 11 noviembre, 2006

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A veces, sin que ello obedezca a una causa determinada, me quedo sin palabras y me recluyo en mí mismo. En esos casos puedo escribir (y no siempre) pero me cuesta pronunciar más palabras que las imprescindibles, casi siempre reducidas a monosílabos. En ocasiones el ánimo se ve afectado, otras no. Reconozco cuándo va a pasar, los síntomas, ya sea el día de antes o en los instantes previos, mientras cuidas del sobrino porque no ha ido a la guardería o vuelves de comprar el periódico o, simplemente, estás viendo la televisión; los reconozco e intento, muchas veces inútilmente, buscar una causa, una emoción o un acontecimiento que los justifique antes de adentrarme, momentáneamente, en un estado de estupor. Es como si te sobrecogiera algo que ha sucedido pero que, sin embargo, en realidad no ha sucedido. Es extraño pero a veces ocurre, y de nada sirve ofrecer resistencia a ello. Viene y luego pasa. Inmerso en uno de esos paréntesis, he ido a encontrarme a mí mismo en la página de un libro esta tarde, a la mitad de una frase:

“…enmudecía y se retiraba, como si para seguir adelante tuviera que desaparecer, una hora, un día, a veces una semana…”

Será eso, simplemente.

Niebla 9 noviembre, 2006

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Hxy xxxxndo entr xxxxxxxxxhaxxos árboles d xxxxfxxxx . Y omo est c xxxxxxxxxxxin , sint xxue se iba xsvan ciend al fondo , y al atrav s r xxxxxxxxxxxxxxxxxxxl te r de hojas dorad xxxx el suel , xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxodavxx hum xo. Ccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccc si pccc , cccndo me decí xxxxxxxxxxxla bufanda or xxxxxxxxxarganta q e cogerás otra vez anginxs“. Pero aún así, tod s ccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccc, xxxxxxxxxxxxxnces y las ramas bajxxxxxxxxxxxxx, desp xxxxxxxxxxxxxinm rs en aqu l xxxxxxxxxxxxxxxxxxue , vxxxxxxxx por qu , paradxxica xnte al tomar conciencia del paisaje en su aparente invisibilidad, de ma r xxue xxxxías mi xndo al pasar p r entre todas aqu llas s xxxxxxxxxxque otros días te contemplaban ante tu más absoluta indiferencia.

Calendario 8 noviembre, 2006

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“…quién cada nueve de Noviembre, como siempre sin tarjeta, la mandaba un ramito de violetas…”

(Evangelina Sobredo, Cecilia)

Mi padre escuchaba a menudo esta canción en su cuarto de dibujo y mi madre la tarareaba en la cocina. Yo hacía figuras de plastilina todo el rato. Fue Rosa María Mateo quien dijo una noche en blanco y negro que Cecilia se había muerto en un accidente de coche y al decirlo pensé en un trozo de asfalto frío y negro. Saber que detrás de Cecilia te puedes encontrar envuelto un nombre como Evangelina fue como la revelación de un secreto antiguo. Y luego descubrí que el laísmo es el suavizante de esta canción conmovedora que da vueltas y más vueltas en la lavadora de la cinta de cassette.

Al final las flores las mandaba el marido. Puñetero.

Revisión 7 noviembre, 2006

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Algo no encaja.

Es algo de la sangre, pero no me ha quedado claro qué porque tampoco los médicos lo tienen claro, al parecer. La gente no puede imaginar que lo más terrible de padecer una enfermedad autoinmune es la incertidumbre de no saber cuándo ni de qué manera tu propio organismo te la va a jugar. La única certeza que tienes es que va a suceder, más pronto o más tarde. La gente tampoco suele saber qué es un proceso autoinmune, pero eso es normal. Cuando les explicas que eso quiere decir que al sistema inmunológico se le han cruzado los cables y que en lugar de defenderte se dedica a atacarse a sí mismo (que eres tú mismo) porque no se reconoce se sorprenden mucho, y eso también es muy normal y comprensible.

Pues ahora algo no encaja. He entrado a la consulta esta mañana y como preludio a la revisión de otoño me he encontrado al médico mirando los análisis con el morro torcido. Lo torcía primero a un lado y luego a otro y después ha pasado la página hacia atrás y eso es casi lo más incómodo, si he de ser sincero. Sé que es una estupidez decir que ver desmayarse un folio grapado y que éste forme la curva característica me pueda inquietar, y más en un trance como el de esta mañana, pero es que me parece que la página queda como dislocada. Yo de pequeño pensaba que las cosas sufrían. (Creo que algo de eso se me ha quedado, pero que no se entere nadie, por favor)

El médico me ha dado un susto gordo pero corto, es decir, que enseguida ha matizado. Menos mal. Pero, leches, que tuerzan el morro y te digan “Ya sé que después de tantos años está harto de nosotros y de pruebas pero con estos análisis me quedaría más tranquilo solicitando una biopsia de la médula” pues es como para darte un infarto fulminante porque enseguida piensas en “eso”. Pero por lo visto, no es por “eso”. Ah. Es porque algo raro pasa con los glóbulos rojos o algo y quieren saber si la causa es una nueva ofensiva del proceso inmunológico o si al final va a resultar que el dichoso elixir nos va a salir rana.

Ya que estamos con sinceridades debo confesar que lo de que el elixir pueda deparar alguna sorpresa, y no precisamente grata, es algo que ronda en mi cabeza hace tiempo pero hasta hoy no había tenido oportunidad de dialogarlo de manera tan directa. Hablar con claridad es bueno. Sobre todo porque descubres que lo que te ronda en la cabeza también ronda en otras cabezas más cualificadas y tomas conciencia de las cosas. Le he dicho al médico que más que a la enfermedad, mi principal temor es que estemos manipulando algo que pueda resultar una bomba de efecto retardado. Traducción: que si puede que un día nos encontremos con “eso” de verdad. A mi me hubiera gustado oir un no, qué va hombre, qué cosas dice usted, pero ha respondido que nadie puede descartarlo. La nueva generación de fármacos de biotecnología, que manipulan secuencias de ADN y actúan directamente sobre el sistema inmunológico modificando su comportamiento son, eso, nuevos, con todo lo que ello implica. Y lo que ello implica es que sus resultados están siendo en muchos casos espectaculares (doy fé) pero que no hay documentación sobre lo que pueda pasar en el futuro, sobre la manera que ese sistema inmunológico desquiciado responderá a la ofensiva. En resumidas cuentas: uno es un conejillo de indias.

Pero lo más curioso de todo es que mientras el médico rellenaba unos impresos de solicitud de pruebas no he podido evitar decir, si bien es cierto que en un tono discreto, que estoy muy vivo. Así lo he dicho, espontáneamente, sin pensarlo apenas, como si quisiera reivindicar algo. Y me he sentido un poco ridículo no por decirlo, sino porque me he sentido, cómo expresarlo, ¿orgulloso?. Ay, qué extraño es todo: dices que estás muy vivo y casi se te saltan las lágrimas. Peor: lo escribes de madrugada en un blog y casi que también.

Pero yo estoy bien. (Sí, vale, tengo goteras en las paredes pero ya son como de la familia). Y sobre todo me siento vivo. Especialmente vivo. Hace unos meses no pero es que ahora sí, como nunca. De verdad. Y hago hasta cosas para sentir que me siento vivo: ayer tenía que comprar un simple cable y lo podía haber comprado a 80 metros de casa pero se me metió entre ceja y ceja hacer 160 km en tren, ida y vuelta, para comprarlo. ¿Y por qué? Pues por el color de la tarde, la nitidez de la atmósfera, el transcurso del río y los árboles desnudos; por el placer de gastar el tiempo, así, sin más, y ver pasar las cosas desde la ventanilla sintiendo el vaivén del tren; por escuchar a Ivy cantarme al oído “Worry about you” una y otra vez mientras te hipnotiza, sin saber por qué esa canción y qué mas da; por pararte ante un paso de cebra de una ciudad que no es la tuya y que tus ojos se posen en una mirada anónima que te hace vibrar por unos segundos y ya nunca más; por sentir la presencia del ángel en las manos que hay detrás de una caja registradora, por vagar y divagar, con y sin rumbo, y volver, y ver salir la luna llena enorme y naranja sobre los raíles, y cerrar los ojos, y pensar en alfabetos de una letra, y susurrar, y pensar el misterio de las miradas húmedas y la voz de las hadas (“si se pudieran grabar los olores…”), y las conjugaciones: yo, tú, vosotros, y nosotros quizá. Y dejarte llevar, sencillamente, y decírtelo así a tí mismo: sencillamente. Y respirar.

Cuando no encajan las cosas, a veces llueve y se ha hecho de noche pero voy a esperar el paso de los mercancías por el andén de la estación con su veloz bramido de acero y entonces grito muy fuerte.

La vida late en la garganta.

Equilibrio 6 noviembre, 2006

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¿Cómo hacer para lucir una idea musical de la que te sientes especialmente satisfecho? Pues colocarla allí donde nadie la espera.

Apuntaba el otro día en un post (ver post del 18 de Octubre) aspectos de la forma musical y de la complicidad que establece con nosotros, los oyentes. Un oyente del siglo XVIII que se adentraba en una forma Sonata lo hacía sabiendo que el compositor iba a poner en juego dos ideas musicales contrastantes entre sí. Hacer aparecer por sorpresa una tercera provocaría necesariamente una llamada de atención que dificilmente podría pasar desapercibida. Algo así debió pensar Mozart al componer el primer tiempo de su Concierto para Piano Nº 23. Habíamos quedado que Mozart, tras los dos temas de rigor y su correspondiente diálogo, introduce excepcionalmente un tercer tema para dar a conocer una de sus melodías más inspiradas, y acordábamos que de esa manera consigue acentuarla, ponerla en relieve, proyectando un foco de luz sobre ese feliz hallazgo.

El acontecimiento ocurre justamente cuando piano y orquesta se dirigen raudos hacia la meta satisfechos por la tarea realizada. Entonces se produce un corte en seco y tras unos segundos de silencio e incertidumbre brota del piano un brevísimo poema:

Click para escuchar. Mp3, 436 k.

Han sido apenas seis compases de música pero en la audición comprobamos que la orquesta no se ha quedado indiferente y decide participar del descubrimiento: son los clarinetes quienes relevan al piano y entonan el nuevo tema antes de retomar el discurso musical donde lo había dejado la inesperada interrupción. Por aquel entonces, Mozart ya había sucumbido al encanto del sonido del clarinete, uno de los impactos estéticos más importantes de su vida; de hecho, el 23 está cercano en el tiempo a las grandes obras para clarinete de Mozart, el Quinteto y el Concierto.

Pero cerremos plano, centremos la imagen y pongamos sobre la mesa esta preciosidad:


Click para escuchar. Mp3, 180 k.

Es tal su fragilidad que lo primero en lo que repara nuestra atención es que nunca ocurre nada importante en la primera parte de cada compás, que es donde se encuentra el acento fuerte: o bien la nota melódica que debería percutirse ahí está desplazada a la derecha mediante la prolongación de la anterior o la que suena no cumple una función destacable.

Pero hay una cosa que destaca sobremanera sobre cualquier otra consideración antes de iniciar el análisis del tema: acostumbrados a que Mozart nos muestre los temas sin costuras, perfectamente acabados, aquí le pillamos in fraganti, procediendo y decidiendo sobre la marcha. Veamos, si no, ese comienzo a cuatro voces a la manera de un coral tradicional que de pronto pasa a transformarse en un sencillo contrapunto a dos voces. Para el tercer compás Mozart ya ha decidido prescindir de las notas intermedias y, sorprendentemente, ni siquiera se ha preocupado de rellenar los huecos con los pertinentes silencios. De hecho, me da que si los silencios reaparecen en los dos compases siguientes no es tanto por cumplir las normas elementales de la ortografía musical como advertencia al intérprete de que la última nota escrita no debe prolongarse más allá de lo estrictamente necesario.

Mozart ha empezado a escribir un tema con vocación armónica pero enseguida se ha dado cuenta de que lo que procedía era otra cosa: que el roce de los retardos a dos voces suplía con creces la solidez de los acordes de cuatro notas y que hay ocasiones en las que para levantar el vuelo hay que tirar lastre por la borda. En definitiva: Mozart opera una vez más por destilación pero en esta ocasión le vemos hacerlo, digámoslo así, “en vivo”, ante nuestros ojos. “La perfección se consigue no cuando no hay nada que sumar, sino cuando no hay nada que restar”. Lo dijo Exupéry. Mozart ya lo sabía bien.

¿Vamos a mirar dentro alguna vez o no? Sí, sí, ahora mismo.

Parte de la “culpa” de que la audición de este tema nos depare tanto placer la tiene el ingenioso sistema de pesos y contrapesos que lo equilibran de manera precisa y preciosa. Echemos un vistazo al breve motivo que va a protagonizar la totalidad de la melodía aportándole dinamismo (en el ejemplo marcado en rojo). Su primera aparición, en la mano derecha del piano, proporciona un impulso ascendente que, inmediatamente, se va a ver compensado por un impulso descendente de la mano izquierda en el siguiente compás. Tablas.

Seguimos. Y seguimos igual: ese salto acusado que ocurre a continuación en la mano derecha va a obtener correspondencia en la izquierda, si bien la izquierda lo hace con un impulso menor. Es otro sistema de compensación: no es que la mano izquierda sea perezosa, sólo intenta recordarle a su vecina que ojo con salirse de la pista:

Pero atención que tenemos un problema: la vecina no escucha, quizá porque está demasiado lejos. No contenta con ese salto pronunciado de octava, sigue su escalada sumando un intervalo de cuarta y aunque una vez alcanzada la cumbre parece advertirse una intención por su parte de volver al carril hay que intervenir. Mozart introduce por primera y única vez, como medida de urgencia, dos motivos consecutivos en lugar de uno para tirar hacia abajo como sea y reequilibrar el conjunto:

En realidad, la eficacia en el procedimiento no reside tanto en la duplicidad del motivo como en el hecho de que el primero en aparecer nos sorprenda en una parte rítmica nueva: todos los motivos han sonado, hasta ahora, en la misma fracción métrica (segunda parte de los compases).

¿Queda algo? Sí. El sentido de la proporción mozartiana es extremadamente escrupuloso. Tras un descenso tan acusado conviene (toda vez que la vecina de arriba se ha formalizado) un cambio de dirección aunque sea porque nos estamos acercando al final y hemos cogido velocidad en la bajada y un salto ascendente, en música, siempre es un excelente freno. De paso, un salto de octava aquí (también señalado en rojo) equipara el que hizo la mano derecha en su momento: de nuevo la consigna es proporción y equilibrio entre las partes. Tablas otra vez:

Y finalmente, no hay que pasar por alto la bellísima rúbrica: el trino. Hay ornamentaciones que adquieren un protagonismo y un sentido expresivo sorprendente. Esta es una de ellas. Tras las incidencias previas, el trino surge como elemento conciliador del conjunto, con sabor a alivio, eficaz en su tarea de disipar la energía acumulada, feliz broche a un tema genial.

Anotábamos en el anterior post que quizá todo ésto presupone que el oyente está formalmente formado. No es necesario, por supuesto, porque alguien que no sepa de qué va la historia escuchará súbitamente algo hermoso; pero también es cierto que alguien que sepa que en la película/Sonata son dos los protagonistas y vea aparecer sin llamar a la puerta a un tercero, escuchará algo hermoso pero entonces a su emoción se le unirá la conmoción ante lo inesperado. Y la vivencia resultante será más intensa y gratificante.

Canción 6 noviembre, 2006

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“Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj;
que decidan por ellos,
que se equivoquen,
que crezcan y que un día
nos digan adiós”

Joan Manuel Serrat, “Esos locos bajitos”

Pacto 5 noviembre, 2006

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Si hay algo que me da grima son los políticos. Todos. Fíjate si me dan que en el medio millar de textos que contiene este blog nunca he hablado de ellos (bueno, he hablado del Concejal pero eso es grima aparte) y ahora que se me ha ocurrido hacer una pequeña anotación al respecto me estoy empezando a arrepentir. ¿Qué hago entonces? ¿Borro o sigo? Es que tengo una duda, es más que nada por eso: resulta que el otro día hubo elecciones en Cataluña y ganó uno y perdieron tres. Bueno, más o menos, que ya digo que a mí el tema como que me da cosa. El caso es que acaban de anunciar que el que ganó no va a gobernar y que los tres que perdieron sí porque han sumado los puntos. Y digo yo si eso es muy normal. ¿Para qué sirven entonces las elecciones? Porque si los políticos son los representantes del pueblo y el pueblo designa una cosa y luego los políticos hacen al revés de lo que se les ha dicho ya me dirás.

No entiendo nada, parece surrealista pero es verídico: lo acaba de anunciar el tal Josep Lluis Carod-Rovira, que tiene un sospechoso parecido a mi médico de cabecera, uno que cuando vas parece que le pesan los párpados toneladas y te dice con una desgana atroz “peroamossssaveratiquetepasa”. Carod-Rovira, que no habla con desgana y parece que los párpados no le pesan, acaba de decir que lo del pacto de los tres que no habían ganado pero que van a ganar se va a materializar cuanto antes “para tranquilizar a la sociedad catalana”. Si yo fuera la sociedad catalana estaría bastante mosca para empezar, la verdad, y nada tranquilo porque, para más inri, el partido ganador (es decir, el designado para gobernar por el electorado) es de una tendencia contraria a la de los que al final van a gobernar por haber juntado los cupones que tenían en los bolsillos. Suena a tomadura de pelo.

Y mira, pensándolo bien y ya puestos, en realidad esas elecciones habría que repetirlas porque si ha pasado lo que ha pasado es que ninguno de los aspirantes mereció la plena confianza de quien en teoría manda, que es la gente. Y tampoco me extraña que la gente no confíe, visto lo visto; lo que sí me deja algo perplejo es que los políticos no escuchen el mensaje que se les está haciendo llegar o no quieran escucharlo, que al final seguro que es eso: el poder asorda y ciega. Qué repugnante. ¿Ves? Para qué me habré metido, si además ahora fijo que salgo escaldado en los comentarios, que a qué coño me meto, que si tal y que si cual. Con lo de la política pasa como con la religión: abres la boca y se te comen. La última vez que hablé del Papa salí con un mordisco pero no fui al médico de cabecera. Total…

Nocturno 4 noviembre, 2006

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[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=e0d1l91tGbI[/youtube]

F. Chopin: Nocturno Op. 27, Nº2.
Lang Lang, piano.
Concierto de debut en el Carnegie Hall de Nueva York.
7 de Noviembre de 2003.

A Lang Lang, la noche de su debut, le acompañó el ángel. En algunos instantes, como en la recreación sonora del espacio íntimo y secreto del poeta que es este Nocturno (murmullo y arrullo silente y sedante), absolutamente. Después no podemos saber quién perdió a quién o si están de vacaciones una temporada. Pero seamos optimistas.

Línea 2 noviembre, 2006

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Sí, tienes razón en tu carta: “en el horizonte no se puede escribir aunque la línea sea perfecta”, ni siquiera podemos anotar que esa misma frase es, de por sí, un perfecto verso. La distancia más corta entre un verso y un beso es un espacio en blanco en donde hay barcos que viajan en botellas y permanecen navegando siempre, sí. También hay alfabetos hechos de una sola letra. De eso trata todo. Tienes razón.

Mac 2 noviembre, 2006

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AppleMe he cambiado a Mac. La incorporación por parte de Apple de los procesadores Intel Core Duo en sus equipos y la existencia de aplicaciones como Parallel ha sido definitivo para tomar una decisión que llevaba meditando desde hace tiempo y que pone a fin a tantos años de relación con PC´s. Lo de Parallel es increíble. Es pulsar una tecla y la pantalla, como si fuera el lado de un cubo, rota sobre sí misma y al instante te sitúa en un entorno Windows XP con todas sus características. Parallel es más que un emulador de Pc en Mac: Parallel convierte un Mac en Pc. ¿Y para qué quieres tener un Pc en Mac? Pues en primer lugar para hacer la transición más llevadera, que tantos años dejan huella; y en segundo lugar por la conservación y actualización del trabajo llevado a cabo por las viejas aplicaciones, que es mucho.

Luego está la potencia de estos cacharros. En un pedazo de pantalla panorámica de 24 pulgadas puedes tener abierto y trabajando Photoshop en Windows, reproduciendo un dvd en el OS X Tiger de Mac y aún tener abierta una cam que te da una resolución y un tamaño como para ponerte a presentar el telediario. Y ni una queja, oye. Eh, que lo he visto yo. Y la asombrosa facilidad, rapidez y limpieza con la que gestiona y despacha Mac los asuntos.

Estos días voy y vengo de un equipo a otro. No me ves pero a veces estoy aquí y otras allí, todas las horas. A ver si termino pronto. Es un trabajo costoso, porque no se trata tan sólo de una migración de (muchos) datos y la reinstalación de (muchas) aplicaciones sino de adaptación a un entorno nuevo. En el proceso pasan cosas: a veces el dedo se te va al botón derecho del ratón (que aquí no existe) y sabes desde un principio, porque así lo habías oído en los foros del cuore informático, que entre Safari y Blogger, ay, no termina de haber química, la pareja atraviesa sus crisis aunque se dice que están en ello, dándose un tiempo, pero mientras tanto acaba de llegar Firefox 2.0 y estupendamente.

En esas cosas estoy. Me pregunto cómo es posible que Tiger te lo ponga tan fácil (ni te enteras de la configuración a Internet, y la instalación de los programas es arrastrar un dibujito y ya) y sin embargo la exportación de material de Windows a Mac (mails de Outlook Express mismamente) resulte tan farragosa. Pero merece la pena en todos los sentidos: es hacerte un poco con los mandos del nuevo entorno por aquello de familiarizarte, volver a ponerte ante el Pc y preguntarte qué hacías tanto tiempo con eso. Yo hasta hace una semana pensaba que no sería para tanto. Pero sí. De verdad.

Voy y vengo. Pero estoy.

Misterio 1 noviembre, 2006

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 5 comentarios , trackback

Ayer fue el cumpleaños de mi madre y resolví un misterio que me tenía intrigado hace tiempo. Resulta que sus hijos le hacemos llegar una docena de rosas rojas todos los años pero en el florero del salón aparecen once. Todos los años. Y este no ha sido una excepción: le estaba dando dos besos por la mañana y de refilón reparé en el ramo y mientras ella atendía una llamada de felicitación me apresuré a contar: once. Por un momento llegué a pensar que el de la floristería era supersticioso con el número doce o que tenía problemas para llevar las cuentas pero fue colgar el teléfono y decirme lo que había hecho por la mañana hasta ese momento cuando lo entendí todo. Cuando el de la floristería le entrega todos los años el ramo de rosas rojas a primera hora de la mañana con la tarjetita identificativa, mi madre las pone en agua en un jarrón, el jarrón lo coloca en el lugar más visible de la casa y luego coge una y se va al cementerio a dejarla en la tumba de mi padre. No me lo dijo ella pero no hizo falta. “He estado en el cementerio al punto de la mañana”, dijo con tono despreocupado porque por estas fechas lo normal es ir al cementerio. Y entonces até cabos. Y me pareció un gesto conmovedor, para qué negarlo, pero creo que sobre todo por su connotación íntima, secreta y discreta. A mí es que ese desfile de auténticos mamotretos florales que lleva la gente con indisimulada ostentación mientras mira a los de la tumba de al lado siempre me ha parecido algo obsceno. Pues mi madre lleva una rosa roja, al punto de la mañana, es lo primero que hace todos los años cuando recibe la docena de rosas rojas que sus hijos le regalan por su cumpleaños. No sé lo que pensará cuando lo haga, los recuerdos que pasarán por su cabeza, si la depositará en un gesto rápido o si lo hará con un cuidado y un mimo seguramente cargado de intenciones. Pero en el florero del salón ayer había once rosas rojas y un misterio resuelto.