Archivo por días: 15 noviembre, 2006

Compras

Los probadores de las tiendas de ropa me dan muchísima pena. Yo no sé si eso es muy normal pero, por si acaso, un día se lo pregunté a mi psicóloga y me sonrió de manera tierna y dijo: ¡Cómo eres!. Y yo le contesté que justamente para responder a eso estaba allí sentado y ella se rió aún más.

Viene a cuento porque esta mañana he entrado a una tienda a comprarme una camisa y cuando la dependienta me ha indicado la dirección del probador le he dicho si era realmente necesario y ha sido realmente necesario, qué le vamos a hacer. Y mira qué casualidad que luego he tenido que esperar a que mi hermano se probara unos pantalones y ha sonado mi móvil y era la psicóloga. Con su voz dulce me ha dado los buenos días y me ha preguntado qué tal y no me ha quedado más remedio que confesarle que con la pena de los probadores. Y con su paciencia infinita ha dicho, y qué más, y rodeado de gente que examinaba prendas le he dicho: al margen. ¿Al margen de qué? No lo sé, es sólo una sospecha. Ella ha hecho una pequeña pausa valorativa y luego un leve ajá, tan suave que la “j” casi ni lo era, mejor, y entonces me ha preguntado si hago las respiraciones. Y como yo soy muy sincero le he dicho: pues mira, no, pero de mayor no me importaria ser una que estoy escuchando estos días por los auriculares y que hace más efecto, de verdad. Y otra pausa valorativa. Y otro a(j)á. Y entonces he sido yo el que ha tomado la iniciativa y le he preguntado: ¿Y tú qué tal? Y entonces se ha reído dulcemente y ha vuelto a decir lo de “¡Cómo eres!”, y yo he pensado: a saber! mientras veía las intenciones de una tía de empeñarse en una camiseta que toda ella era un error (la camiseta, no la tía). Pero los psicólogos son muy hábiles y no dejan que tomes la iniciativa y ha reconducido la conversación. Resulta que me llamaba para cambiarme el día de la consulta. Ah, pues no pasa nada, mujer, si a mí me da igual. Y en eso hemos quedado.

A veces me pregunto por qué sigo yendo a la psicóloga si las razones que me llevaron a ella felizmente ya no son razones, pero creo que aparte de que es bueno y recomendable vaciarse verbalmente, es que a mí me encanta que me entrevisten, de hecho si por algo me gustaría ser algo de provecho de mayor es para que me entrevisten. Me hace ilusión, ya ves. Si hasta me he auto-entrevistado yo en este blog! Hay pacientes a los que, al parecer, hay que sacarles las palabras. A mí no, al revés, en todo caso lo que me calla es la llegada del siguiente paciente.

Hay días que la psicóloga se sienta enfrente de mí, en posición de las seis de la tarde: ella es la aguja de los minutos y yo la de las horas, para que nos hagamos una idea. Pero según transcurra la conversación o la naturaleza del tema, a veces estamos a las seis menos diez o seis menos cuarto, minuto arriba minuto abajo. Sólo una vez se puso a las seis menos veinte. Es curioso eso. También es verdad que en alguna ocasión yo he adelantado el horario y me he acercado a las siete. Una vez me preguntó mirándome muy fijamente qué cosas me daban miedo en este momento, así lo dijo, qué cosas te dan miedo en este momento y yo le dije que, por este orden, me daba miedo:

-Morirme
-Enamorarme
-Los visitadores a domicilio de la Editorial Planeta
-La mera contemplación de un langostino
y, ah si, -Karmele Marchante.

Y por una vez el minutero se volvió un poco loco de la risa (yo me quedé fiel a la media tarde) y lo que la hizo detenerse en las seis menos veinte en punto fue el punto dos, claro, no falla. Qué pereza, tener que argumentar el punto dos otra vez. Ella: “¿Te importa si hablamos de eso?”. Yo: “En absoluto, pero es que es tannnnn largo que da una pereza…”. “No importa, hay tiempo”. Pues nada, a largar. En realidad ella sabe de sobra que hay miedos mayores que el miedo número tres, cuatro y cinco, pero también sabe que me gusta a veces jugar un poquillo con la realidad y la ironía, por aquello de hacerla más digestiva, que las seis es la hora de la merienda.

A mí los probadores de ropa me dan una pena infinita, sufro por los folios que se desmayan hacia atrás de dolor dislocados por el puñetero clip y en mañanas como la de hoy me compro una camisa de un color que no sabría definir porque ponerle nombre a los colores me parece una cosa muy complicada. También me da por pensar a veces que soy una frase o quizá un capítulo ocasional en la vida de muchas personas y que luego siempre termino archivado en el anaquel. Y también vivo con la sensación de que mi mayor misterio soy yo mismo. Poco más.