Archivo por días: 13 noviembre, 2006

Llamada

Hoy se me ha hecho un poco tarde para el paseo que doy a diario pero eso no le ha afectado porque conocido es que tengo un concepto walseriano del paseo (recuérdese aquí). No había prisa. Al volver a casa he oído el timbre del teléfono justo cuando me disponía a introducir la llave por la cerradura y me he apresurado a descolgarlo porque he mirado la hora y me he dicho: mi abuela. Mi abuela llama puntualmente tres veces al día: por la mañana, después de comer y a la hora de cenar. Y si tardas cinco tonos en descolgar el auricular lo primero que oyes es:

-¡¡Ya pensaba que estábais alguno en Urgencias del Hospital, Dios mío!!

(creo que empiezo a comprender de dónde viene mi fatalismo)

No debían haber pasado los cinco tonos porque no ha dicho eso, pero por ahí andaría la cosa ya que ha preguntado lo que pregunta al borde de los cinco tonos:

-¿Estabas ocupado, hijo mío?
-No, no, es que venía de dar un paseo.
-¿Y por qué no has salido a darte un paseo con lo buena que se ha quedado la tarde?
-(?)

(A sus noveintaitantos años, mi abuela se resiste a usar un audífono porque dice que eso es para cuando sea vieja)

Cuando mi abuela llama por teléfono pregunta siempre lo mismo y por este orden, a saber: que si me duele hoy la cabeza (no sé por qué tiene que ser siempre la cabeza), que si como a gusto y que si por las noches paso frío en los pies. Yo respondo no, si y no respectivamente, aunque a veces el primer no es sí, qué le vamos a hacer. Ella unos días dice que está bien y otras que está malísima pero es que a veces dice que está malísima y muy bien en la misma conversación. Yo firmaba por llegar a su edad en esas condiciones, que sigue yendo a la peluquería todas las semanas y hace rosquillas caseras cada vez que hay algún cumpleaños.

De mi abuela quedará en mi recuerdo, entre otras muchas cosas, una expresión que utiliza a todas horas y que empieza por “pero cuánnnto….” y termina con un gracioso “jo!”. Cuando vivíamos todos en casa y pasaba con nosotros los inviernos, se sentaba a ver la tele en una esquina del sofá, como para ocupar poco espacio, que es muy austera ella, y al rato nos miraba y decía:

-Pero cuánnnto os gustan las películas. Jo!

Y como a ella no le gustan nada (“en mi casa sólo veo las noticias y el tiempo”) y Javier Sardá la tenía muy disgustada porque, según decía, “antes era un chico formal”, se ponía a rezar las estampitas de Santa Rita. Yo creo que se aburría con Santa Rita también porque al rato se volvía a mirar a mi madre por encima de las gafas y decía:

-Pero cuánnnto fuma vuestra madre. Jo!

Y luego añadía: -¡Si al menos se gastara ese dinero en chocolatinas!, frase que nos daba mucha risa.

Cuando se iba a acostar entraba a mi cuarto sigilosamente mientras yo estaba escribiendo al ordenador y siempre me ponía la mano en la espalda y frotaba dos o tres veces antes de decir:

-¿No te quedarás frío, hijo mío?

Y se inclinaba hacia la pantalla entrecerrando los ojos y yo esperaba oir ésto:

-Pero cuánnntos adelantos. Jo! Anda, hijo, hasta mañana. Y no te acuestes tarde.

Por las noches te daba unos sustos terroríficos porque para dormir se ponía un camisón blanco, una rebequita blanca, una redecilla blanca en el pelo y hasta un gorro (blanco) y la pobre parecía el Espíritu de las Navidades Pasadas por lo menos. Y si de madrugada salía por el pasillo, sigilosa y sin darse la luz (que ya he dicho que es muy austera) y te la encontrabas al reflejo de la mortecina luz de las farolas te podía dar un infarto. Que se lo pregunten a mi hermano, que una noche que se había quedado a estudiar hasta altas horas salió a la cocina, abrió la puerta del frigorífico y se llevó a la boca un botellín de agua (la luz del frigo era la única luz de la casa). Pues todavía tenía la botella en la boca cuando cerró la puerta y allí estaba ella, al otro lado, muy quieta, de Espíritu de las Navidades Pasadas, con la mano derecha agarrándose el cierre de la rebequita y diciendo:

-Pero cuánnnta agua bebéis en esta casa. Jo!

A mi hermano por poco se le sale el agua por la nariz, y algo más también. No me extraña.

Por las mañanas, yo entraba a desayunar a la cocina y ella estaba con las oraciones de la mañana y sin levantar la vista de las estampitas decía:

-Ha habido trasnochada, eh? Que ya he visto que tenías la luz dada a las tres y media. Pero cuánnnto trabajas, hijo mío. Jo!

Y por las tardes, si me sentaba a leer mientras ella cosía muy pegada a la ventana, más pronto o más tarde dejaba las agujas para decir:

-Pero cuánnnta gente pasa por aquí. Jo!

Y más pronto o más tarde volvía dejar las agujas para añadir:

-Pero cuánnnto lees, hijo mío. Jo! ¿Y no te duele la cabeza?

(Y dale con la cabeza!)

Hoy también me ha preguntado lo de la cabeza, y lo de los pies fríos. Y después ha preguntado si ya habían encendido la calefacción en la comunidad. Y yo le he dicho:

-Sí, ayer ya la pusieron un par de horas.
-¿Y a qué esperan a ponerla entonces, que estamos ya en Noviembre y las casas están frescas?

Yo me he limitado a decir que sí, que es verdad, y ya está, para abreviar, porque aún tenía la cazadora puesta y tenía calor.

-Y haz favor de darte un paseo, que ya estudiarás luego.