Archivo por días: 11 noviembre, 2006

Carta

Querida Maite:

MalvasHa ocurrido algo verdaderamente curioso. Acababa de escribir un post cuando ha sonado un golpe seco acompañado de un estrépito de cristales rotos y me he asomado a la ventana: una moto y un coche se han encontrado en un cruce y, aunque como suele pasar en estos casos, el de la moto ha salido perdiendo, parece que la cosa no pintaba grave. Aún así, prontamente se han personado la policía y una ambulancia así como una nube de curiosos, jóvenes la mayoría que salían en ese momento de marcha de sábado, y algunos mayores en minoría y en retirada tras una cena tranquila con los amigos.

En ese momento, en discreta última fila, ha vuelto a aparecer el joven Malvás, y a estas alturas, si te soy sincero, apenas me asombra verlo, acostumbrado como estoy a que sea mi sombra sin saber él mismo que lo es desde el momento justo en que me lo encontré por primera vez y después de que Julio me pidiera que le echara una mano para encontrarle rostro a uno de los personajes de su guión. Un día me nombró director de casting un poco en serio y bastante de broma y la verdad es que ponerle rostro al misterio de Malvás resultaba complicado hasta que una tarde me lo encontré por la calle y me dije: “ahí estás”.

Recuerdo que cuando se lo comuniqué a Julio me preguntó intrigado que quién era, y lo mismo Marta, y yo respondí que ni idea para desconcierto de ambos. Pero era verdad: ¿cómo saber quién es un desconocido que te acabas de cruzar, casualmente, por la calle? Marta dijo que si lo veía otra vez le sacara una foto para verlo porque les había despertado la curiosidad pero yo para eso es que no sirvo, qué corte: ¿cómo voy a parar a un desconocido, sacarle una foto y ya está? A ver si me va a dar un guantazo. Pues yo lo haría, dijo Marta. Pues yo no, dije yo. Para cuando el cortometraje se rodó Malvás ya vivía en 35 milímetros en la piel de un actor solvente pero para mí quedó la piel del nombre, Malvás, como envoltorio de ese desconocido que se cruzaba en mi camino a todas horas al tiempo que, sin pretenderlo y para mi asombro, comenzaban a lloverme una serie continuada de pequeños y curiosos detalles referentes a su persona.

A veces los personajes te llaman, reclaman tu atención, aunque sea en la forma de un desconocido que nunca sabrá que ya es un personaje todavía embrionario y desenfocado (como en la foto) en las anotaciones de un par de folios. Como tampoco sabe que he aprendido un juego de manos de su propia voz, por ejemplo, sin haber coincidido ambos nunca. ¿Te has parado a pensar, Maite, la serie de increíbles casualidades que tienen que sucederse para que algo así pueda ocurrir? Yo lo he pensado muchas veces y un día llegué a la conclusión de que tantas casualidades a lo mejor querían decir: hazle caso, aunque jamás se haya percatado de tu presencia.

Porque son muchos acontecimientos fortuítos, tantos que ya empiezan a perder su llamativa singularidad para entrar en la órbita de lo cotidiano, como ocurrir un accidente esta noche justamente frente a tu ventana y que entre la veintena de personas allí arremolinadas en representación de la numerosa ciudadanía que en ese momento transitaba la noche del sábado aparezca de nuevo él o como haber conocido antes de ayer, antes que él mismo, de la manera más tonta y porque el mundo es verdaderamente un pañuelo, que hay un 2,25 aguardándole en la carpeta de un profesor de Universidad (ay, Malvás, mal vas). La primera vez que te conté todo ésto como una anécdota divertida, Maite, me sorprendió escucharte: “él no sabe quién es, díselo en un libro”.

Cuando hace un instante se han llevado al accidentado y la policía ha dispersado a la gente, el joven Malvás se ha perdido calle abajo camino de la noche bulliciosa de sábado. Iba solo.

Pausa

A veces, sin que ello obedezca a una causa determinada, me quedo sin palabras y me recluyo en mí mismo. En esos casos puedo escribir (y no siempre) pero me cuesta pronunciar más palabras que las imprescindibles, casi siempre reducidas a monosílabos. En ocasiones el ánimo se ve afectado, otras no. Reconozco cuándo va a pasar, los síntomas, ya sea el día de antes o en los instantes previos, mientras cuidas del sobrino porque no ha ido a la guardería o vuelves de comprar el periódico o, simplemente, estás viendo la televisión; los reconozco e intento, muchas veces inútilmente, buscar una causa, una emoción o un acontecimiento que los justifique antes de adentrarme, momentáneamente, en un estado de estupor. Es como si te sobrecogiera algo que ha sucedido pero que, sin embargo, en realidad no ha sucedido. Es extraño pero a veces ocurre, y de nada sirve ofrecer resistencia a ello. Viene y luego pasa. Inmerso en uno de esos paréntesis, he ido a encontrarme a mí mismo en la página de un libro esta tarde, a la mitad de una frase:

“…enmudecía y se retiraba, como si para seguir adelante tuviera que desaparecer, una hora, un día, a veces una semana…”

Será eso, simplemente.