Archivo por días: 7 noviembre, 2006

Revisión

Algo no encaja.

Es algo de la sangre, pero no me ha quedado claro qué porque tampoco los médicos lo tienen claro, al parecer. La gente no puede imaginar que lo más terrible de padecer una enfermedad autoinmune es la incertidumbre de no saber cuándo ni de qué manera tu propio organismo te la va a jugar. La única certeza que tienes es que va a suceder, más pronto o más tarde. La gente tampoco suele saber qué es un proceso autoinmune, pero eso es normal. Cuando les explicas que eso quiere decir que al sistema inmunológico se le han cruzado los cables y que en lugar de defenderte se dedica a atacarse a sí mismo (que eres tú mismo) porque no se reconoce se sorprenden mucho, y eso también es muy normal y comprensible.

Pues ahora algo no encaja. He entrado a la consulta esta mañana y como preludio a la revisión de otoño me he encontrado al médico mirando los análisis con el morro torcido. Lo torcía primero a un lado y luego a otro y después ha pasado la página hacia atrás y eso es casi lo más incómodo, si he de ser sincero. Sé que es una estupidez decir que ver desmayarse un folio grapado y que éste forme la curva característica me pueda inquietar, y más en un trance como el de esta mañana, pero es que me parece que la página queda como dislocada. Yo de pequeño pensaba que las cosas sufrían. (Creo que algo de eso se me ha quedado, pero que no se entere nadie, por favor)

El médico me ha dado un susto gordo pero corto, es decir, que enseguida ha matizado. Menos mal. Pero, leches, que tuerzan el morro y te digan “Ya sé que después de tantos años está harto de nosotros y de pruebas pero con estos análisis me quedaría más tranquilo solicitando una biopsia de la médula” pues es como para darte un infarto fulminante porque enseguida piensas en “eso”. Pero por lo visto, no es por “eso”. Ah. Es porque algo raro pasa con los glóbulos rojos o algo y quieren saber si la causa es una nueva ofensiva del proceso inmunológico o si al final va a resultar que el dichoso elixir nos va a salir rana.

Ya que estamos con sinceridades debo confesar que lo de que el elixir pueda deparar alguna sorpresa, y no precisamente grata, es algo que ronda en mi cabeza hace tiempo pero hasta hoy no había tenido oportunidad de dialogarlo de manera tan directa. Hablar con claridad es bueno. Sobre todo porque descubres que lo que te ronda en la cabeza también ronda en otras cabezas más cualificadas y tomas conciencia de las cosas. Le he dicho al médico que más que a la enfermedad, mi principal temor es que estemos manipulando algo que pueda resultar una bomba de efecto retardado. Traducción: que si puede que un día nos encontremos con “eso” de verdad. A mi me hubiera gustado oir un no, qué va hombre, qué cosas dice usted, pero ha respondido que nadie puede descartarlo. La nueva generación de fármacos de biotecnología, que manipulan secuencias de ADN y actúan directamente sobre el sistema inmunológico modificando su comportamiento son, eso, nuevos, con todo lo que ello implica. Y lo que ello implica es que sus resultados están siendo en muchos casos espectaculares (doy fé) pero que no hay documentación sobre lo que pueda pasar en el futuro, sobre la manera que ese sistema inmunológico desquiciado responderá a la ofensiva. En resumidas cuentas: uno es un conejillo de indias.

Pero lo más curioso de todo es que mientras el médico rellenaba unos impresos de solicitud de pruebas no he podido evitar decir, si bien es cierto que en un tono discreto, que estoy muy vivo. Así lo he dicho, espontáneamente, sin pensarlo apenas, como si quisiera reivindicar algo. Y me he sentido un poco ridículo no por decirlo, sino porque me he sentido, cómo expresarlo, ¿orgulloso?. Ay, qué extraño es todo: dices que estás muy vivo y casi se te saltan las lágrimas. Peor: lo escribes de madrugada en un blog y casi que también.

Pero yo estoy bien. (Sí, vale, tengo goteras en las paredes pero ya son como de la familia). Y sobre todo me siento vivo. Especialmente vivo. Hace unos meses no pero es que ahora sí, como nunca. De verdad. Y hago hasta cosas para sentir que me siento vivo: ayer tenía que comprar un simple cable y lo podía haber comprado a 80 metros de casa pero se me metió entre ceja y ceja hacer 160 km en tren, ida y vuelta, para comprarlo. ¿Y por qué? Pues por el color de la tarde, la nitidez de la atmósfera, el transcurso del río y los árboles desnudos; por el placer de gastar el tiempo, así, sin más, y ver pasar las cosas desde la ventanilla sintiendo el vaivén del tren; por escuchar a Ivy cantarme al oído “Worry about you” una y otra vez mientras te hipnotiza, sin saber por qué esa canción y qué mas da; por pararte ante un paso de cebra de una ciudad que no es la tuya y que tus ojos se posen en una mirada anónima que te hace vibrar por unos segundos y ya nunca más; por sentir la presencia del ángel en las manos que hay detrás de una caja registradora, por vagar y divagar, con y sin rumbo, y volver, y ver salir la luna llena enorme y naranja sobre los raíles, y cerrar los ojos, y pensar en alfabetos de una letra, y susurrar, y pensar el misterio de las miradas húmedas y la voz de las hadas (“si se pudieran grabar los olores…”), y las conjugaciones: yo, tú, vosotros, y nosotros quizá. Y dejarte llevar, sencillamente, y decírtelo así a tí mismo: sencillamente. Y respirar.

Cuando no encajan las cosas, a veces llueve y se ha hecho de noche pero voy a esperar el paso de los mercancías por el andén de la estación con su veloz bramido de acero y entonces grito muy fuerte.

La vida late en la garganta.