Archivo por meses: noviembre 2006

Canon

Esta mañana me ha pillado Mari con las manos en la masa en un momento muy íntimo pero todo tiene su explicación.

Es que me he puesto a tocar los nueves cánones de las Variaciones Goldberg. Los he tocado en orden, como corresponde, ascendiendo por intervalos. Me he puesto a tocarlos porque venía de hacer unos recados y he tenido que entrar en un banco, y a veces cuando hago algún recado y sobre todo cuando entro en un banco me siento como perdido y no entiendo nada. Y tengo que hacer algo para encontrarme, no sé si me explico. Y por eso los cánones.

Si asciendes por la columna vertebral de los cánones Goldberg (canon al unísono, a la segunda, a la tercera…) la kundalini te conduce a la iluminación. Hazme caso. Tienes que prescindir de la piel de las demás variaciones y quedarte sólo con la carne. Es una prueba iniciática: te descalzas y te desprendes de la ropa en el transcurso del Aria y una vez hecho ese gesto de entrega ya puedes adentrarte en esa experiencia distribuida en nueve etapas.

Cada uno de estos cánones es una construcción perfecta que aúna la razón y el corazón por medio del tacto. No se puede pedir más si lo que uno pretende es sentirse a sí mismo latiendo en el centro de su propio universo. Es una prueba exultantemente agotadora que te deja en los dedos la vibración de un cosquilleo eléctrico. La acabo de hacer y he hecho un curioso descubrimiento: toco los cánones de memoria y, sin embargo, he comprobado que desconozco casi por completo su música. Música deshilachada. No es que haya desarrollado una memoria espacial (aquí va este dedo, aquí el salto de brazo) sino que los cánones brotan del puro contacto físico, del lenguaje del tacto que los busca mediante contacto con el teclado. Si intento pensar en la música me tropiezo y siento una sensación parecida al vértigo. Y si me abandono por completo a la sensación táctil entonces la música fluye sin obstáculos. Ya sé que es un disparate y que sería suicida tocarlos así en público pero es que hay cosas que sólo las practico en la intimidad.

He observado que a veces los dedos se arquean de manera llamativa, como si se desperezaran o se prepararan para la gozosa zambullida; otras un dedo toma el relevo del otro sobre la misma tecla sin que ello obedezca a ninguna razón mecánica, y la explicación que se me ocurre mientras asisto perplejo a esa operación, como si no fueran mis manos las que lo hacen, es que quizá ese dedo quiere participar igualmente de la caricia de la nota. Alguna vez me han preguntado la razón por la que, en ocasiones, hago un pequeño movimiento de rotación de la mano sobre el propio dedo cuando éste ya ha pulsado la tecla si ese movimiento ya no puede tener repercusión sobre el sonido pero yo les contesto que tiene repercusión sobre mí mismo, que soy el que tiene que hacer brotar el resto de los sonidos. El caso es que voy a tientas, en sentido literal, hasta que llego a la explanada del canon a la quinta.

En el canon a la quinta (ecuador de la ascensión) los contornos adquieren una nitidez asombrosa y degustas primorosamente cada uno de los gestos de la mano en correspondencia con los requerimientos de la música. En el canon a la quinta aguarda un orgasmo que se anuncia poco a poco, como en pequeños espasmos. Los dedos pulsan algunas notas separadamente para poner en relieve aquellas que permanecen fijas en otra línea melódica y resbalan morosamente por los cromatismos estableciendo así el contacto más íntimo posible con las teclas (negra-blanca, negra-blanca) hasta que al final del compás 8 la respiración se agita un poco, momentáneamente.

En la caída en el compás 16, último de la primera sección, Bach hace confluir todo el tejido polifónico en una misma nota, creando un increíble efecto de condensación que corta la respiración. Son pequeños movimientos sísmicos que anuncian lo que va a venir.

El inicio de la segunda parte depara una exhibición de roces que dejan muy sensibles ciertas regiones de la piel y del aliento y quizá por eso los compases 22 y 23 te permiten un pequeño descanso apoyándote en sendas notas tenidas. Pero es la contracción que empieza en el compás 26 la que te conduce en una agonía deliciosamente interminable al éxtasis que se concreta en ese “re” con el que comienza el compás 29. Ese “re” es el punto G de la gloria. A partir de ese orgasmo, de manera insólita, Bach hace resbalar todas las voces en sentido descendente nota por nota en un desfallecimiento líquido. Un leve movimiento de tecla negra a tecla blanca en el bajo rectifica la dirección en el compás 30 y permite que recuperes la respiración. En el compás final, la mano izquierda desfallece hacia los graves mientras la mano izquierda asciende a los cielos, dejando suspendido en el aire un insólito acorde sin tercera. El infinito cabe en un intervalo de quinta.

Concluyes de puntillas sobre los meñiques con los codos en alto y entonces oyes la voz:

-Hay que ver, eh?

Lo ha dicho Mari. Y al decirlo es cuando me he dado cuenta de que estaba sentada en mi silla del ordenador con el brazo izquierdo en alto para que no se arrugara la camisa que acababa de planchar y que venía a colgar del armario. Yo le he sonreido por lo que ha dicho y porque además es que me ha hecho gracia verla así pero es que no podía hacer de momento más: el canon a la quinta genera una tensión que es necesario distendir en el transparente canon a la sexta. Por qué te crees si no que el canon a la sexta es así. Pues por eso mismo. Que aún te queda por sentir el soplo en la nuca de un intervalo que suena en la mano izquierda en el canon a la séptima. Luego el canon a la octava es ya una fiesta de fin de curso y el de la novena es una coda enigmática que demuestra que la esencia de las cosas ocupa muy poco espacio y hace poco ruido por fuera.

La ascención se termina con la repetición del Aria. La repetición del Aria es como la etapa de adaptación al medio de los astronautas cuando acaban de aterrizar. Yo he tocado la repetición del Aria y me he dirigido a la cocina a por un chute de galletas de chocolate y un vaso de coca cola fría. Mari seguía dándole a la plancha con la mirada baja y me ha dado la impresión de que lo hacía envuelta en un silencio incómodo, como quien ha presenciado una escena embarazosa y no sabe qué decir. Mis sospechas se han confirmado cuando la he oído decir:

-Pues sí que son difíciles de planchar estas camisas, si.

A ver si me acuerdo de comprar galletas a la tarde. Quedan tres.

Separación

Hay obras que te atrapan, provocan una honda conmoción y, quizá, hasta te transforman. En esa tesitura privilegiada transcurre “Padre e hijo” (2003), de Aleksandr Sokurov, segunda entrega de su trilogía sobre las relaciones humanas.

La película nos introduce en una burbuja, un espacio vital reducido representado por el último piso de una casa antigua donde viven un padre y un hijo. El padre es un militar viudo prematuramente retirado a los 40 años; el hijo ha iniciado sus estudios de medicina en una academia militar de la que espera salir algún día siguiendo los pasos de su progenitor. En esa buhardilla, que emerge como un faro sobre el resto de la ciudad, ambos han construído un microcosmos propio y autosuficiente, un refugio que apenas necesita del mínimo contacto con el exterior. Y es que todo lo que precisan y lo que les sustenta es el profundo vínculo afectivo que se profesan. Este padre y este hijo se quieren mucho. Se aman. Absolutamente.

Todo en esta película está impregnado de profunda sensualidad exenta de afectación y de un intimismo conmovedor por su franqueza. El gran hallazgo de Sokurov reside precisamente en la indefinición de esta relación que, si bien está mostrada con una corporalidad que se adueña del espacio a cada fotograma, en el fondo está perfilada con trazos imprecisos: aquí no hay siquiera un beso pero los rostros se refugian en el otro cuerpo buscando el olor de la piel; también se escucha el oleaje de unas respiraciones que resultan más explícitas que muchas frases y aunque hay palabras que terminan en puntos suspensivos los silencios están poblados de miradas enciclopédicas. Al despojar esta relación de toda posible etiqueta (¿relación incestuosa, homoerótica?) Sokurov consigue extraer de ella el puro sentimiento y mostrarlo desnudo al espectador que se sumerge en una experiencia emocional impactante.

Con todo, el énfasis que pone Sokurov en sus declaraciones rechazando dobles lecturas resulta algo sospechoso: casi se diría que Sokurov lo que pretende en realidad es evitar que la puerta entreabierta de una sutil ambigüedad no se mueva más allá de lo necesario: la contención es un recurso expresivo muy poderoso. En este sentido, la primera secuencia resulta en todos los sentidos (y para todos los sentidos) paradigmática: el padre se apresta a tranquilizar al hijo que está sufriendo una pesadilla y lo coge en brazos confortándolo:

Al hacerlo, el hijo manifiesta el placer ante el consuelo recibido abandonándose a un ronroneo pausado y buscando el calor de la piel protectora que le conducirá de nuevo al sueño:

Asistimos a la escena sobrecogidos sin poder evitar la turbadora sensación de que tras ese forcejeo de músculos en tensión y la creciente agitación en la respiración de ambos que culmina con un leve grito por parte del hijo en la vorágine de la pesadilla, grito que dará paso a una progresiva relajación, se encuentra el trasunto simbólico de un orgasmo.

La de Sokurov es una invitación a la mirada contemplativa para sintonizar con un discurso que late más allá de las palabras. Para Sokurov, el plano representa al mismo tiempo el mapa físico y la geografía emocional de las cosas y por ello se vale de recursos que envuelven las imágenes con un halo onírico como la fotografía sepia a la manera de un antiguo daguerrotipo o el uso de lentes tintadas en los bordes y de objetivos anamórficos:

Al prescindir de toda hojarasca y situarnos en el centro mismo de la emoción, Sokurov se permite exhibir un virtuosismo audaz que no sólo consigue materializar en pantalla el propio sentimiento amoroso sino que incluso lo muestra fluctuando entre los platos de la balanza (padre e hijo) al auxilio de las necesidades puntuales de cada uno. Así, podemos observar en un mismo plano cómo el afecto del hijo acude al rescate del padre en un momento de debilidad (arrinconándolo contra la pared y sosteniéndolo con la mirada) para inmediatamente producirse una inversión de papeles al claudicar el hijo en el regazo del padre haciendo que éste recupere su rol protector:

Hay razones de sobra para que la debilidad y el dolor aflore en ambos. En el fondo, “Padre e hijo” es la historia del anuncio de una separación. Ambos saben que el momento está próximo. Hay una secuencia cargada de simbolismo en la que el hijo intercambia unas palabras con la chica por la que se siente atraído. Hablan a escondidas desde una ventana de la academia militar. Ella le reprocha que no se atreva a dar un paso definitivo para afianzar su relación pero él se queja amargamente: “¿por qué no puedo amaros a los dos al mismo tiempo?”. El simbolismo viene dado porque la comunicación entre ellos se produce a través de una pequeña abertura, no hay un contacto directo; es la representación precisa en imágenes de la realidad de esa relación:

Pero se trata de un muro aparente (la ventana es de cristal y no está cerrada del todo) porque en el fondo es una barrera inexistente, es una creación mental del chaval que todavía no acierta a comprender que la fidelidad afectiva que siente hacia el padre no es en modo alguno excluyente de otro tipo de amor; es una barrera que poco a poco deberá derribar por sí mismo conforme descubra que la vida así lo requiere.

Hay un leit motiv a lo largo de la narración explicitado en una cita: “El amor de un padre atormenta. Con el amor de un hijo uno se deja atormentar”. Y es que la mayor prueba de amor del padre hacia el hijo será, paradójicamente, muy dolorosa: asumir la necesidad de dejarlo marchar algún día.

“Padre e hijo” es un poema hondo que se desnuda de razones y definiciones para exhibir el más puro (y duro) sentir.

Envoltorio

Va una confidencia, que a estas alturas hay confianza: cuando voy a comprar un libro que he esperado largamente y en el que he puesto muchas esperanzas, hago que me lo envuelvan. Por supuesto disimulo diciendo que es para regalar y para darle el toque de verosimilitud definitivo añado aquello de “quíteme el precio, por favor” (luego en casa le quito la pegatina de “Felicidades” porque me hace sentirme un poco culpable). En realidad tampoco estoy faltando del todo a la verdad: lo voy a regalar, más concretamente me lo voy a regalar. Pues eso.

Va una contradicción, ya que estamos: a veces me pasa que he esperado largamente el lanzamiento de ese libro y cuando lo tengo por fin en casa, envuelto, sin pegatina (y sin el precio), demoro su apertura y lo dejo un tiempo aparcado. De vez en cuando le echo alguna mirada apetecible pero no me decido a abrirlo. Ya sé que es una cosa un poco extraña pero yo creo que lo hago porque así acreciento la emoción, o porque sé que cuando lo abra, el libro va a dejar de ser una placentera incertidumbre y eso me da mucha pena (hay incertidumbres más placenteras que las certezas placenteras).

Ahora mismo, mientras redacto el post, tengo a mi izquierda, envuelto en papel verde, la última entrega de Haruki Murakami, “Kafka en la orilla”, y le tengo tantas ganas y pinta tan bien… que por el momento me resisto a abrirlo. Ya ves tú. En su lugar, para abrir boca, me he puesto a releer su “Tokio Blues (Norwegian Wood)” y al poco de entrar en…

(un momento, perdón pero es que si no se me olvida y tengo que dar un recado: Alain, “Norwegian Wood” es la canción esa de los Beatles que utilizaba Bernstein para explicar el modo mixolidio en su programa de la tele y de la que nunca me acuerdo del título. Pues ya me he acordado. Por si se me olvida la próxima vez que hablemos. Saludos)

Bien, sigo. Sí, decía que me he puesto a releer “Tokio Blues” y al poco de entrar en el capítulo 4 he vuelto a decirme que de mayor quiero escribir un diálogo como el que mantiene Watanabe con Midori en un pequeño restaurante después de la clase de Historia del Teatro II en la universidad. El restaurante está a diez minutos de la facultad y Watanabe está comiendo una tortilla de champiñones con ensalada de guisantes. La tortilla de champiñones no me gusta y los guisantes no los entiendo, nunca he podido entenderlos, siempre me ha parecido que debajo de su disfraz verde hay una nada gris. Pero da lo mismo, el chaval está comiendo a gusto y en ese momento aparece Midori tras unas gafas de sol. Es que se siente rara por lo del corte de pelo y eso. Midori comerá macarrones pero después del diálogo que a mi me gustaría escribir de mayor. Hasta entonces, lees y barruntas un no sé qué, pero es en ese momento, en el restaurante del capítulo 4, en el transcurso de ese diálogo que resbala primorosamente, cuando caes definitivamente en las redes de Murakami y la verdad es que no te importa lo más mínimo. De hecho, ya me veo que lo voy a releer entero y luego, sí, desenvolveré con emoción el paquete que está a mi izquierda y que guarda un grueso volumen que viene al parecer repleto de enigmas.

Va una petición: lo del envoltorio no lo hago muchas veces, las cosas como son, dos veces al año, tres a lo sumo. Así que por favor que nadie me delate, al menos hasta que me haga con el último de Neil Gaiman. Es que tiene todos los puntos de venir a casa envuelto.

(Gracias)

Nubes

La retina sonora de Claude Debussy se posaba con frecuencia en dos lienzos: el del agua y el del cielo, espacios dinámicos donde apreciar a la perfección las fluctuaciones de la luz y los cambios atmosféricos para asombro y placer del observador impresionista.

“Nubes” abre un tríptico orquestal compuesto entre 1897 y 1899 sobre una idea que se remontaba hasta 1892, cuando Debussy proyectó la composición de un concierto para violín destinado a Eugène Ysaÿe, virtuoso instrumentista. La orquestación de los tres movimientos del concierto obedecía a un plan destinado, en palabras del propio Debussy, a experimentar “con las diferentes combinaciones que pueden obtenerse a partir de un solo color, como un estudio en gris en pintura. Así, el primer movimiento estaba orquestado para cuerdas, el segundo para vientos, y el tercero para la unión de ambos. Pero el proceso creativo de Debussy también era cambiante e imprevisible y el proyecto inicial se transformó en el tríptico orquestal al que hace alusión el comienzo de este párrafo.

Los compases iniciales de “Nubes” son un brevísimo “Tratado de la Preciosidad” que se sustenta en cuatro pilares:

1. Hay un motivo inicial cuya inmediata repetición representa el aparente estatismo de las formaciones nubosas ante nuestros ojos:

2. Decimos bien: estatismo aparente, puesto que en el tercer compás se deslizan una serie de cromatismos descendentes que sugieren la progresiva deformación de la masa nubosa.

Que la representación tonal de las nubes en el lienzo de la partitura esté a cargo exclusivamente de instrumentos de viento es una muestra del detallismo debussyano que no hay que dejar pasar desapercibido.

3. Aproximadamente en el segundo 16 de la audición (el enlace para escuchar el fragmento aparece al final del post) aparece súbitamente el oboe para trazar un arabesco de sabor exótico, orientalizante. Sugiere la sorpresa que nos produce la adivinación, mediante una ilusión óptica que todos hemos experimentado alguna vez, de una forma de contornos reconocibles silueteada en vapor. La nitidez del oboe está, por tanto, justificada y aporta un instante de concreción a la vaguedad del conjunto: es el equivalente al clarificador rastro del dibujo en una estética donde los contornos escasean en favor de la masa de colores.

4. El Impresionismo busca poner de relieve la cualidad dinámica de la realidad. En el segundo 22 ocurre algo singular: por primera vez se dejan oir las cuerdas haciendo sonar un acorde prolongado y agudo. Representa la aparición de un halo de luz solar prendiendo el contorno de las nubes:

Y en otro instante de sutileza debussyana digno de mención, dicho acorde también va a experimentar un cambio tan leve como significativo: el acorde menor formado por las notas (mi)-sol-si se transforma súbita y delicadamente en Mayor (segundo 27) por lo que la luminosidad se incrementa. Quizá un rayo de luz solar haya conseguido abrirse camino entre el algodón de vapor contrayendo nuestras pupilas:

(A mí me ocurre eso cuando se alumbra este pasaje)

Click para escuchar. Mp3, 453 k.

Silencios

Las personas decimos más con los silencios que con las palabras. Voluntarios e involuntarios, silencios al fin y al cabo, todos proyectamos a lo largo del día infinidad de sombras de palabras y multitud de pensamientos que se ocultan tras un eclipse de gesto. Yo recopilo todos esos silencios en una cajita y luego aprovecho la madrugada, cuando nadie dice nada, para poder escucharlos. Y entonces quizá puedas terminar de perfilar un contorno difuso, o pasar un paño al vaho del cristal de una duda. En ocasiones lo silencios pueden traer una revelación inesperada o el latido de un presentimiento; otras veces son brumas de un eco lejano, o el reflejo de imágenes que se adivinan cerrando los ojos. Hay noches en las que por un instante crees poder rozar con los dedos el calor de un secreto o sentarte a la lumbre reconfortante de un placer ajeno que te estremece. A veces el corazón se te anuda en la garganta y de una manera profunda sientes, y asientes, silente.

Reverso

Laura y JulioSalgo momentánea y sigilosamente de una página (impar) de “Laura y Julio”, última de las novelas de Juan José Millás, para dejar algunas notas antes de regresar a ella y transitarla con la sensación de que algo te observa tras el pliegue de un adjetivo a pesar de que en las páginas de Millás las palabras son transparentes. Millás cuenta sus novelas con tono de línea recta suspendida de no se sabe muy bien qué y con una mirada perpleja y aguda que te hace levantar un poco la ceja. A Millás le gusta fabular sobre universos paralelos, pasar al otro lado de las cosas, jugar con las simetrías y los opuestos.

Aquí salen Julio y Laura juntos pero enseguida se separan. Se lo dice ella por sms la noche de fin de año en la página 76 (año nuevo, vida nueva) de manera que cuando llega a la página 81, él tiene que salir de casa no sin antes entregarle las llaves. Julio saca las llaves de su casa del bolsillo derecho pero ella no sabe que en el izquierdo tiene las de su vecino de rellano, Manuel, que lleva unos meses en coma en una cama de hospital. Y Julio se instala silenciosamente en esa casa que es el reverso de la suya, tumbándose en una cama cuya cabecera coincide con la de esa otra cama que hasta ese instante había sido suya, como si durmiera al otro lado del espejo opaco del tabique.

Y ahí encontramos a Millás en su salsa, accionando a su antojo los botones de su juguete favorito, porque de repente Julio se encuentra mirando por una ventana ajena a la de enfrente, que era la propia, y de la que ahora le une tan sólo el cordón umbilical del tendedor comunitario para la ropa. Y mientras contempla el que había sido su espacio íntimo, aquel donde había transcurrido su existencia, se adueña de la ropa de su vecino, del gel de ducha de su vecino y hasta se mira en el espejo de su vecino, y llega un momento en que esas cosas ajenas y extrañas dejan de serlo para convertirse las cosas propias en extrañas y ajenas. Así lo comprobamos la mañana en que Laura le deja la llave bajo el felpudo para que se lleve sus cosas y Julio vuelve a entrar en la casa:

“Notó que ya era un extraño en ella. Se movía por el pasillo como un intruso y se asomaba a sus habitaciones como un merodeador (…) Una vez recogida la ropa, decidió desayunar en esa casa, pues en la de Manuel no había encontrado nada que no estuviera pasado de fecha. También aquí, los objetos domésticos, que hasta hacía poco le habían sido tan familiares, se le revelaron con un punto de extrañeza. El solo hecho de llevarse una taza a los labios implicaba una trasgresión, porque ya no eran suyas las tazas ni los vasos ni los tenedores, o lo eran, en todo caso, de su fantasma. Sugestionado por aquella idea, se bebió el café y se tomó las galletas como lo habría hecho un espectro (…) Dejó de nuevo las llaves debajo del felpudo y se despidió de sí mismo diciendo un adiós pronunciado en voz baja”.

Se despidió de sí mismo diciendo un adiós pronunciado en voz baja. No me digas que no es una frase admirable. Cuando un párrafo tiene suerte de que una frase lo culmine de esa manera yo suelo dejar de leer, cierro el libro y para celebrarlo, no sé, me levanto y miro por la ventana o doy una vuelta por el pasillo. Y luego vuelvo, a ver qué más pasa.

Y lo que pasa es que en el mundo de duplicidades e intercambios de Millás las cosas pueden comportarse como si fueran organismos con metabolismo propio y las personas figuras decorativas en la mesilla del dormitorio. A veces, hasta se confunden:

“La mujer subió al piso de arriba. Durante los minutos siguientes, Julio la escuchó ir de un lado a otro. Resultaba imposible averiguar qué hacía con aquel ir y venir, pero los ruidos que producía eran los pensamientos de esa casa. Y aquella casa pensaba de manera confusa. Más que ideas, producía obsesiones. El discurso terminó con una descarga de la cisterna que sonó en el salón como si los desagües estuvieran al descubierto”.

Y tampoco puede faltar esa habilidad de Millás para encontrar la singularidad en lo cotidiano. Millas convierte los cuartos de baño, los taxis y los teléfonos móviles en territorios repletos de misterios por explorar:

“En las paredes del cuarto de baño quedaban aún restos de la condensación del vapor de la ducha, recientemente utilizada. Se asomó a la bañera con las precauciones con las que se habría asomado a sí mismo y luego comprobó la humedad de las toallas recién usadas empapándose de aquella domesticidad sorprendentemente extraña, puesto que era idéntica a la de cualquiera”.

“Laura y Julio” son el pretexto que nos pone Millás para jugar una vez más -pero mejor- a lo que le gusta, que es salir y entrar, pasar de un lado del espejo al otro y, a veces, observar los dos lados de las cosas desde la misma línea que los separa. En esta novela deliciosamente inquietante, los maridos acompañan a sus mujeres al ginecólogo, en la sala de espera descubren que los libros de los estantes son de mentira y se preguntan si el médico también será de mentira antes de que se les comunique que el embarazo de su señora es falso; los padres se ganan la vida construyendo casas de verdad y los hijos construyéndolas de mentira (Julio es maquetista y decorador de cine) y a los postres de la cena de fin de año ambos se ponen a jugar al Monopoly para levantar imperios urbanísticos con dinero de plástico. Y conforme se despliegan las páginas del mapa de este mundo de paralelismos, imágenes reflejadas e imposturas, descubrimos que en él tienen cabida mecanismos de una lógica caprichosa:

“No había cogido nunca en brazos a una criatura, de modo que le sorprendió lo liviana que era. Más aún, gozaba de un peso inverso, pues cuando la tuvo junto a su pecho sintió que, más que andar, flotaba por el salón y por las escaleras. Sólo tras depositarla en la cama volvió a sentir sobre su cuerpo la acción de la fuerza de la gravedad”.

A Millás le escucho por la radio algunas tardes y aunque su boca tiene amnesia de las erres siempre dice cosas interesantes hasta que se pone a leer micro-relatos ante el micrófono. Y es que Millás escribe muy bien pero lee fatal. Visto lo visto, cara y cruz, anverso y reverso (doble verso), quizá eso sea lo propio.

Entrevista

EMEJOTA: Buenas noches y felicidades por los 500 posts.
emejota: hombre, pues muchas gracias, pero permítame decirle que su entrada, así, tan de sopetón, siendo usted de natural tan protocolario, no sé, me sorprende un poco.
M.J: bueno, es que 500 posts no se cumplen todos los días.
m.j: ciertamente, de hecho, para eso ha venido usted aquí después de tanto tiempo. Por cierto, ¿dónde estaba?
M.J: ¿aquí quién hace las preguntas, usted o yo?
m.j: yo, que también soy usted, no lo olvide.
M.J: ya, pero en su día convenimos que debíamos atenernos al papel. ..
m.j: no lo olvido, no lo olvido. Está bien, sólo una cosa y prometo no meterme más en su papel.
M.J: dígame.
m.j: ¿no cree que deberíamos advertir a los lectores que este post está grabado?
M.J: ¡es verdad! Este post está grabado con anterioridad para que salga al aire un día que usted esté en ¿dónde, a todo esto?.
m.j: a saber. Igual la pregunta no es dónde estaré sino cómo estaré.
M.J: Ya empezamos con fatalismos…
m.j: ¿por qué? Igual estoy tan ricamente viendo una película y, si hay suerte, hasta será buena y todo.
M.J: pero entonces cuando esto salga igual hemos pasado el post 500…
m.j: no le digo yo que no pero en el cómputo del blog figura como post número 500, mire.
M.J: Lo veo, lo veo. Oiga, el caso es que, ahora que lo pienso… ¿y qué más da si la entrevista está grabada si los lectores la van a leer cuando les de la gana?
m.j: (es que así le damos al asunto mayor empaque, no sé si me explico)
M.J: (si usted lo dice)
m.j: salga del paréntesis y dispare, venga.
M.J: es inevitable empezar por una pregunta poco original.
m.j: (me lo temía)
M.J: ¿Qué se siente al llegar al post número 500 de “La Idea del Norte”?
m.j: Una cierta incredulidad, la verdad. Parece mentira que sean 500 textos y, sin embargo, el contador no falla. Miras para atrás y ves toda esa fila de posts y… bueno, seguramente mi abuela diría: “pero cuánnnto escribes, hijo mío. Jo!” Pero le confesaré algo.
M.J: cuente, cuente.
m.j: podían haber sido más porque hay días que me siento y me digo: cuento la historia de lo del sexto piso, o anoto lo del libro que acabo de leer o qué.
M.J: ¿y por qué no todas esas cosas?.
m.j: por manía. Un post al día (excepcionalmente dos). Este blog tiene sus manías.
M.J: dígame alguna.
m.j: lo de titular cada texto con una sola palabra, pero eso es sobradamente conocido. Luego hay manías ocultas, como lo de dejar doble espacio en blanco al final de cada post, es que si no se pega demasiado con lo de abajo y me agobio.
M.J: no me había fijado en eso…
m.j: claro, por eso es una manía oculta.
M.J: curioso… ¿Y la aparición del Mac ha desempeñado algún papel en este equilibrio hecho de manías varias, permítame decirlo así?
m.j: ¡y tanto! Todavía estoy en ello. Entre usted y yo: la perfección a veces es fría. Y el blanco ni le cuento. Todo eso es el Mac. Y a veces hay frases que requieren cierto calor y entonces me tengo que pasar al PC
M.J: ¡no!
m.j: (si) Y el tamaño de la pantalla. Digan lo que digan, el tamaño importa. Hay susurros que no se pueden escribir a 24 pulgadas, al menos de momento no me salen…
M.J: saldrán, será cuestión de acostumbrarse.
m.j: sí, esto es como tocar a Mozart en un piano Yamaha o en un piano Pleyel, por poner un ejemplo. El Pleyel tiene una densidad en la que Mozart no flota… ¡se ahoga!
M.J: ¿que balance hace de estos 500 posts?.
m.j: pues muy satisfactorio, la verdad. Me he dado cuenta de que una vez que te subes a los mandos de un blog te encuentras ante muchas bifurcaciones, es cuestión de tiempo.
M.J: explique eso.
m.j: por ejemplo, qué contar y cómo contarlo. Me interesa más lo segundo que lo primero porque es muy estimulante tomar un acontecimiento real y volverlo elástico. Sí, eso es, volver elástica la realidad.
M.J: no sé si he comprendido bien.
m.j: jugar con ella, explorarla para ampliar sus horizontes o limitarlos. Las posibilidades son infinitas.
M.J: ¿está diciendo acaso que se inventa las cosas?
m.j: no, no, al contrario, se trata de tener la posibilidad de introducir elementos que ayuden a poner en relieve esa realidad que cuento. Por ejemplo, el post de abajo…
M.J: el de la tienda de ropa.
m.j: si, ese mismo. He ahí una demostración de cómo se puede volver elástica la realidad…
M.J: vamos, que no estuvo en una tienda de ropa.
m.j: frío, frío…
M.J: umm… que no llamó la psicóloga?.
m.j: llamó, llamó, se lo aseguro.
M.J: Está bien, me rindo.
m.j: lo de la camiseta que era un error.
M.J: ¿¿qué le pasaba??
m.j: que no estaba tan mal en el fondo.
M.J: oiga, no me vacile…
m.j: no le vacilo, si la hubiera visto seguro que pensaba igual que yo.
M.J: ay, no sé qué decirle, la verdad, mejor siga contándome más bifurcaciones (pero no me maree mucho, por favor)
m.j: la gente. La presencia de la gente, lo que dice, la resonancia que puede llegar a tener en ella lo que escribes en silencio… Es fascinante.
M.J: hay quienes se ven afectados cuando usted lo está, ya lo he visto.
m.j: sí, y eso te deja perplejo porque al mismo tiempo te reconforta por el afecto que ello desprende y por otro te hace plantearte si deberías contenerte, que ya sabe que yo me preocupo enseguida. Pero si me contuviera el blog no sería auténtico…
M.J: creo que le comprendo.
m.j: es un dilema, sí, menos mal que está el otro y
M.J: a ver, a ver ¿cómo ha dicho?
m.j: ¿perdón?
M.J: ¿está diciendo acaso que hay OTRO blog?
m.j: ¿yoooo?
M.J: sí, usted; mire, voy a pedir a los compañeros de realización que cuando sea posible nos pasen la cinta en el momento en que usted lo dice y verá.
m.j: ¿es necesario? (de qué me suena esa frase, ah si, de lo de los probadores de ropa).
M.J: No empiece con maniobras disuasorias que le conozco. Escuche:

M.J: …ue le comprendo.
m.j: es un dilema, sí, menos mal que está el otro.

M.J: ¡para la cinta!
m.j: (eso también me suena: ¿”para la cinta” no fue una frase mítica de la radio nocturna deportiva?)
M.J: ¿tiene usted un blog secreto o no?
m.j: no, hombre. Lo que me faltaba, dos blogs. Me refería a que menos mal que tengo a un amigo que en estos casos me aconseja…
M.J: umm, muy cogido por los pelos, emejota, no convence…
m.j: era simplemente una demostración práctica de cómo se puede volver elástica la realidad, ya que la primera demostración, lo reconozco, era frivolona. ¿Ve ahora a lo que me refería? Puedes suscitar cosas, ampliar los límites y todo eso sencillamente dejando caer una palabra o dos.
M.J: pero en un caso como éste estaría mintiendo.
m.j: no porque entonces habría abierto ciertamente otro blog… pero no daría la dirección. Yo no miento, en todo caso, callo o escribo entre líneas.
M.J: eso de decir entre líneas es una constante en usted. ¿Tanto dice?
m.j: si yo le contara…
M.J: cuente, cuente.
m.j: pero si ya está contado. Lea entre líneas, lea.
M.J: ¿algún comentario le ha llegado al alma?
m.j: muchos, y alguno me ha suscitado muchas preguntas: quién eres, dónde estás, qué hay a tu derecha mientras escribes, de qué color sería tu voz si eso que has escrito me lo dijeras… esas cosas.
M.J: (ajá)
m.j: ese “ajá” no le sale como a mi psicóloga.
M.J: nadie es perfecto…
m.j: … ella tampoco. Eso la hace tan eficaz.
M.J: ¿ha llorado redactando algún post?
m.j: Jesús! esa pregunta parece de Jesús Quintero. Debería guardar un poco de silencio antes de contestar.
M.J: guarde lo que quiera pero conteste.
(:::)
m.j: si, en dos o tres ocasiones, sí.
M.J: Me quedan dos cosas: lo de los paréntesis y lo del efecto-arrastre. La gente le reconoce por los paréntesis, por el uso que hace de ellos…
m.j: … es divertido, si. Me escriben mails entre paréntesis y todo. Me gusta eso. No sé a qué se refiere con lo del efecto-arrastre, pero si se refiere a que estoy para el arrastre tampoco hacía falta q…
M.J: no, me refiero a que si usted es consciente de que hay personas que han abierto sus blogs impulsados por el viento Norte.
m.j: (qué retórica, qué metáfora, me impresiona) Sí, soy consciente, me lo suelen comunicar por e-mail.
M.J: ¿y?
m.j: pues que allá ellos. Un blog es fácil abrirlo pero darle de comer… ay, eso es otra cosa…
M.J: me refería a cómo le cae eso a la vanidad y esas cosas.
m.j: no sea absurdo. Además, una de las cosas que me ha enseñado mi enfermedad es a mantener la vanidad a raya (o es a ralla?) Oiga, lo de las dudas ortográficas empieza a preocuparme porque yo en ortografía era un niño modélico…
M.J: ¿quiere que paremos la grabación un instante y así consulta en el diccionario?
m.j: no, déjelo, se entiende igual.
M.J: …lo decía por las manías. No vaya a ser que no duerma hoy.
m.j: déjese de coñas.
M.J: no va a ser usted siempre el irónico.
m.j: hombre, pues por supuesto, faltaría más.
M.J: oiga, emejota.
m.j: dígame, EMEJOTA.
M.J: que felicidades.
m.j: gracias, hombre, venga ese abrazo
NARRADOR: (se abrazan conmovedoramente)
m.j: ¡narrador! ¡qué callado estaba usted!
NARRADOR: escuchaba…
m.j: ¿los narradores pueden abrazar?
NARRADOR: los narradores podemos con todo, desde ir al encuentro de Moby Dick hasta contarle el final de la temporada 3 de…
m.j: sssst, calle, calle, que me pone malo que me desvelen las cosas. Venga otro abrazo para usted. ¿Se quedan a comer? hoy es miércoles y toca spaguetti.
M.J: me tengo que quedar de todas formas porque le recuerdo que también los cocino yo pero dado que mi entrada ha sido algo apresurada, que primen las formas ahora: gracias.
m.j: las que usted tiene. Se apunta, narrador?
NARRADOR: ya me gustaría, ya, pero tengo que contarle “Diez Negritos” a una jubilada de Albacete que se acaba de sentar en una cafetería. Gajes del oficio
m.j: no le de pistas, eh?.
NARRADOR: imposible, yo jamás me salgo del guión.
M.J: el agua está a punto…
m.j: va, va. ¿Ha quitado la cinta?
M.J: ah, no me acordaba, gracias por recor

(click)

Compras

Los probadores de las tiendas de ropa me dan muchísima pena. Yo no sé si eso es muy normal pero, por si acaso, un día se lo pregunté a mi psicóloga y me sonrió de manera tierna y dijo: ¡Cómo eres!. Y yo le contesté que justamente para responder a eso estaba allí sentado y ella se rió aún más.

Viene a cuento porque esta mañana he entrado a una tienda a comprarme una camisa y cuando la dependienta me ha indicado la dirección del probador le he dicho si era realmente necesario y ha sido realmente necesario, qué le vamos a hacer. Y mira qué casualidad que luego he tenido que esperar a que mi hermano se probara unos pantalones y ha sonado mi móvil y era la psicóloga. Con su voz dulce me ha dado los buenos días y me ha preguntado qué tal y no me ha quedado más remedio que confesarle que con la pena de los probadores. Y con su paciencia infinita ha dicho, y qué más, y rodeado de gente que examinaba prendas le he dicho: al margen. ¿Al margen de qué? No lo sé, es sólo una sospecha. Ella ha hecho una pequeña pausa valorativa y luego un leve ajá, tan suave que la “j” casi ni lo era, mejor, y entonces me ha preguntado si hago las respiraciones. Y como yo soy muy sincero le he dicho: pues mira, no, pero de mayor no me importaria ser una que estoy escuchando estos días por los auriculares y que hace más efecto, de verdad. Y otra pausa valorativa. Y otro a(j)á. Y entonces he sido yo el que ha tomado la iniciativa y le he preguntado: ¿Y tú qué tal? Y entonces se ha reído dulcemente y ha vuelto a decir lo de “¡Cómo eres!”, y yo he pensado: a saber! mientras veía las intenciones de una tía de empeñarse en una camiseta que toda ella era un error (la camiseta, no la tía). Pero los psicólogos son muy hábiles y no dejan que tomes la iniciativa y ha reconducido la conversación. Resulta que me llamaba para cambiarme el día de la consulta. Ah, pues no pasa nada, mujer, si a mí me da igual. Y en eso hemos quedado.

A veces me pregunto por qué sigo yendo a la psicóloga si las razones que me llevaron a ella felizmente ya no son razones, pero creo que aparte de que es bueno y recomendable vaciarse verbalmente, es que a mí me encanta que me entrevisten, de hecho si por algo me gustaría ser algo de provecho de mayor es para que me entrevisten. Me hace ilusión, ya ves. Si hasta me he auto-entrevistado yo en este blog! Hay pacientes a los que, al parecer, hay que sacarles las palabras. A mí no, al revés, en todo caso lo que me calla es la llegada del siguiente paciente.

Hay días que la psicóloga se sienta enfrente de mí, en posición de las seis de la tarde: ella es la aguja de los minutos y yo la de las horas, para que nos hagamos una idea. Pero según transcurra la conversación o la naturaleza del tema, a veces estamos a las seis menos diez o seis menos cuarto, minuto arriba minuto abajo. Sólo una vez se puso a las seis menos veinte. Es curioso eso. También es verdad que en alguna ocasión yo he adelantado el horario y me he acercado a las siete. Una vez me preguntó mirándome muy fijamente qué cosas me daban miedo en este momento, así lo dijo, qué cosas te dan miedo en este momento y yo le dije que, por este orden, me daba miedo:

-Morirme
-Enamorarme
-Los visitadores a domicilio de la Editorial Planeta
-La mera contemplación de un langostino
y, ah si, -Karmele Marchante.

Y por una vez el minutero se volvió un poco loco de la risa (yo me quedé fiel a la media tarde) y lo que la hizo detenerse en las seis menos veinte en punto fue el punto dos, claro, no falla. Qué pereza, tener que argumentar el punto dos otra vez. Ella: “¿Te importa si hablamos de eso?”. Yo: “En absoluto, pero es que es tannnnn largo que da una pereza…”. “No importa, hay tiempo”. Pues nada, a largar. En realidad ella sabe de sobra que hay miedos mayores que el miedo número tres, cuatro y cinco, pero también sabe que me gusta a veces jugar un poquillo con la realidad y la ironía, por aquello de hacerla más digestiva, que las seis es la hora de la merienda.

A mí los probadores de ropa me dan una pena infinita, sufro por los folios que se desmayan hacia atrás de dolor dislocados por el puñetero clip y en mañanas como la de hoy me compro una camisa de un color que no sabría definir porque ponerle nombre a los colores me parece una cosa muy complicada. También me da por pensar a veces que soy una frase o quizá un capítulo ocasional en la vida de muchas personas y que luego siempre termino archivado en el anaquel. Y también vivo con la sensación de que mi mayor misterio soy yo mismo. Poco más.