Hora 28 octubre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 3 comentarios , trackbackHoy, a las 3, los relojes volverán a marcar las 2 y todo lo que hayas vivido en esos 60 minutos desaparecerá sin dejar rastro. No hay que dejar pasar un momento tan especial, el único instante en el que el tiempo te da una segunda oportunidad. Si a las dos y veinte metes la pata aún te quedará una hora para arreglar el embrollo de manera que cuando vuelvan a ser las dos y veinte no habrá pasado nada y podremos respirar tranquilos.
Yo no comprendo cómo un acontecimiento semejante no merece una atención por parte de la gente más allá de realizar de manera mecánica el rito de ajustar las manecillas de sus relojes, o quejarse porque mañana oscurecerá pronto o alegrarse porque tanto si decides irte de fiesta o irte a dormir, te sale una hora gratis. Desde que descubrà las posibilidades de esa hora mágica siempre he procurado vivirla de manera especial. La primera vez que me atrevà a decirle a alguien “te quiero”, por ejemplo. Lo hice con la esperanza de que si no era correspondido, el reloj volverÃa a dar la hora y no habrÃa sucedido nada y quizá asà evitarÃa darme un disgusto, que soy muy sensible y, para colmo, pesimista. Y si era correspondido tendrÃa la posibilidad única de volver a vivir ese instante maravilloso.
Pronto darán las dos. Hagas lo que hagas a partir de entonces no cuenta. Te podrá quedar un recuerdo inolvidable, una cicatriz profunda, un trago amargo o la indiferencia de una hora perdida. No servirá de nada: el reloj volverá a darte por una vez una nueva oportunidad, tú verás si la aprovechas, porque sólo lo que hagas a partir de entonces quedará como lo realmente vivido y todo lo demás quedará flotando en algún lugar de la consciencia como si hubiera sido un sueño.
Cincuentenario 28 octubre, 2006
Escrito por emejota en : Televisión , 12 comentarios , trackback
Mi infancia está en los laberÃnticos archivos de Televisión Española. Empieza con el misterioso cÃrculo cromático de la Carta de Ajuste, con su relojito abajo a la derecha descontando minutos para que se levante el telón y tú sentado esperando, porque esta tele es una tele a ratos. A veces hay tele y a veces no. Por la mañana, por ejemplo, si tienes anginas y no vas al colegio, no. Por la tarde hay un rato que tampoco, qué fastidio. Y al mediodÃa hay que verla rápido porque dura poco y se acaba pronto y allà sale una señora que se llama Isabel Tenaille. Un nombre asà debió inventarse para quedar como recuerdo confortable: queda bien en un estante de la memoria. Y si te asomabas al cuarto de estar por la noche, a una hora prohibida, podÃas ver cómo echaban el cierre de la tele con una bandera ondeando al aire. Al principio salió un señor muy mayor y luego otro más joven. La música era la misma. Lo más importante es que luego salÃa una nieve de moscas ruidosas y a dormir (yo llevaba un pijama rojo en el que ponÃa “Montreal 76″).
La ventana de Televisión Española alimentó nuestra mirada ingenua e ilusionada: las meriendas con pan y chocolate ponÃan sabor a la presencia cariñosa de Maria Luisa Seco, que anunciaba el Barrio Sésamo y el contenedor “Un globo, dos globos, tres globos” (“la tierra es un globo donde vivo yo”), con Gloria Fuertes y “La Mansión de los Plaff”, los lunes, y “El Monstruo de Sánchezstein”, y un concurso que lo anunciaron un dÃa y tardó en llegar la tira que se llamaba “Destino: Plutón”, quizá porque se tardaba mucho en conectar con Plutón.
La tele era la emoción de los viernes por la noche, cuando te sentabas con toda la familia en invierno a ver “El hombre y la Tierra” y luego venÃa ese alucine increÃble del “Un, dos, tres” de Kiko Ledgard, que dicen que llevaba un calcetÃn de cada color aunque el “Un, dos, tres” salÃa en blanco y negro. Allà salÃan los decorados delineados con las lÃneas raras de Mingote y las barbas de Don Cicuta, que parecÃa que tenÃa polvo por encima el hombre, y las secretarias que estaban allà como soporte de esas gafas increÃblemente redondas. HabÃa una que contaba las pesetas. Las otras sonreÃan. Y la Ruperta. La infancia es la Ruperta. Y en los anuncios le dabas al botón del UHF e igual te salÃa la música inquietante de “La Clave”, irresistible, y luego un señor fumando con pipa hablando con otros señores. Los otros señores no fumaban pipa. No se les entendÃa nada de lo que decÃan. A la Ruperta sà aunque nunca hablaba.
La tele era “Mazinguer Z” de postre los sábados y “La casa de la pradera” de postre los domingos. Y Gaby, Fofó, Miliki y Fofito (“cómo están ustedeees?”) programa esencial porque contenÃa lo mejor de la tele: “La Aventura”, que era un culebrón surrealista apasionante. Para mà era esencial saber el tÃtulo de la Aventura del sábado pero habÃa un pequeño problema: todavÃa no sabÃa leer. Asà que llamaba corriendo a mi madre pero a veces estaba hablando por teléfono. Y yo: “¡que me leas la Aventuraaaaaaaaaaaaa!”. Pero nada. Qué fastidio. Y la tele era también el “Especial Nochebuena” y el “Especial Nochevieja”, con su toque maravillosamente kitsch de cortinillas de espumillón y bolas de árbol de navidad a un lado de los presentadores mientras en casa se encendÃan unas lucecitas de colores en el árbol de navidad y luego otras. Y asà todo el rato.
La tele eran las vacaciones, porque entonces no cerraba por la tarde y te salÃa un cartel que decÃa “Especial Vacaciones” y permanecÃa en pantalla unos minutos que debÃan durar una eternidad y no sabÃas qué iba a haber detrás, y eso en el fondo era lo mejor, aunque lo de detrás también fuera lo mejor: “Pipi Calzaslargas” (¿dónde venden la cola de pegar Konrad, por Dios!) y los dibujos animados de “El lagarto Juancho” y “Maguila el Gorila” y “Los Picapiedra”.
La tele era el “Sábado Cine” y el escalofrÃo de ver “La amenaza de Andrómeda” desafiando la severa advertencia de los dos rombos. Aquella tele era capaz de pasar a las diez de la noche una pelÃcula en blanco y negro, hazaña hoy impensable, y que los enredos de Cary Grant y Katherine Hepburn llevaran a la cama a todos tan contentos y sin agobios de share a la mañana siguiente.
La tele eran las señoras guapas de continuidad que salÃan delante de unas cortinas con unos folios en la mano y cara de cierto sopor por la espera, porque esperaban en algún sitio todo el rato para decir que ahora venÃa la pelÃcula y si estaban con los rulos puestos y se fundÃan los fusibles de la tele sólo se les oÃa la voz por encima de un cartel y decÃan que señoras y señores, les rogamos disculpen esta interrupción; dentro de unos momentos volveremos con nuestra programación. DecÃan ese pareado a oscuras y luego volvÃa la luz. A veces tardaba más y otras tardaba menos.
La tele eran palabras: Paseo de la Habana, Ballet Zoom, Ana del Castillo (decoradora siempre), Ahmed Al Gabali (siempre decorador con nombre de Aladino), DirectÃsimo, Jesús Hermida y Los Chiripitifláuticos. Y más.
Televisión Española cumple hoy 50 años. La infancia de todos está entre ellos. Felicidades.