Adios 21 octubre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 10 comentarios , trackback
Ha muerto la tÃa Carmen. La noticia me llegó a través del móvil mientras regresaba ayer de un viaje y, por unos instantes, me quedé en silencio mirando la espesa cortina de agua que cubrÃa el parabrisas en la tarde desapacible. La tÃa Carmen en realidad no era mi tÃa hasta que un dÃa me dijo al oÃdo que lo iba a ser y me sirvió un trozo de riquÃsimo bizcocho. Lo dijo el mismo dÃa que me conoció después de ponerme como única condición para serlo que no la tratara de usted, y entonces se sonrió, me dio un empujoncito cariñoso con el codo y salió hacia la cocina llevando unos platos y sin dejar de hablar. La tÃa Carmen era puro nervio y alegrÃa de vivir. VivÃa sola en Maliaño, cerca de Santander, donde era toda una institución querida por todos. Durante unos años, su casa nos sirvió a mi amigo Fernando (que era su sobrino de verdad) y a mà (que lo fui adoptivo) como cuartel general de nuestros viajes por el Norte, al encuentro del invierno, de la nieve, de las aldeas remotas y los gruesos portones de madera que se abrÃan para dejar salir una voz que dibujaba nubecitas de vaho en el aire mientras nos decÃa: “el frÃo va en el precio”.
La tÃa Carmen fue una mujer excepcional capaz de hacerte sentir que su casa era la tuya. Recordaré siempre su conversación infatigable (llegué a llevarla a la radio para grabarla contando cuentos y conseguà un documento precioso cuando su voz se acopló de manera mágica a la primera Gymnopedia de Satie para contar la melancólica historia del muñeco de nieve que se derrite a la llegada de la primavera ante la indiferencia de los mismos niños que le habÃan dado forma); también sus proverbiales despistes (a veces se levantaba de la mesa para ir a la cocina y desde el pasillo te preguntaba si le podÃas decir a qué se habÃa levantado porque ya no se acordaba). Pero sobre todo, de la tÃa Carmen nos quedará, a los que la conocimos, ese corazón que no le cabÃa en el pecho y que le llevaba a alojar en su casa a un transeunte o a una familia entera durante tiempo indefinido para sorpresa y susto de la familia.
La tÃa Carmen y su sobrino Fernando mantuvieron una relación de complicidad absoluta a la que asistà profundamente conmovido. Juntos creaban un acorde perfecto, un microcosmos armonioso donde no tenÃa cabida lo convencional y sà la ternura concretada en un entendimiento y un afecto profundo. Yo no me prodigo en funerales. No puedo, me siento incapaz. Pero no he dudado esta mañana en acercarme a despedir a la tÃa Carmen, mi tÃa, y a acompañar a Fernando y a su familia. No ha habido lágrimas pero sà una sensación de sosiego que ha sido percibida por todos los presentes y que nos ha puesto un nudo de emoción en la garganta y la sonrisa en los labios. Sólo ella podÃa conseguir algo asÃ; sólo ella, generosa hasta el final, podÃa ser capaz de dejarnos ese regalo antes de marcharse.