Archivo por días: 18 octubre, 2006

Contraste

A RMF, “formalmente”

La exposición de una forma Sonata pone en juego dos ideas musicales contrastantes entre sí. Ambas difieren en carácter y textura, y su esfuerzo por distanciarse la una de la otra las lleva incluso a estar escritas en tonalidades distintas. Para que el oído no se resienta del súbito cambio de tono existe una zona de transición entre ambas ideas denominada con acierto “puente”, puesto que tiende una pasarela entre las dos orillas melódicas.

Hablar de formas musicales, del recipiente que contiene y da sentido coherente a la música es una experiencia apasionante. La forma juega con nosotros y nos propone un ejercicio muy hábil: como los ilusionistas, a veces entretiene nuestra atención para que no nos demos cuenta de que con la otra mano nos escamotea un tono pero, al mismo tiempo, necesita de nuestra complicidad: sólo la atención del oyente pondrá en relación las ideas musicales que reaparecen más adelante o apreciará las transformaciones que se sucedan.

No es casual que en el primer tiempo de su Concierto para Piano Nº 23, Mozart introduzca un excepcional tercer tema para dar a conocer una de sus melodías más inspiradas: de esa manera la acentúa, la pone en relieve, proyecta un foco de luz sobre ese feliz hallazgo. Ello presupone, quizá, que el oyente está formalmente formado, valga el juego de palabras. Alguien que no sepa de qué va la película escuchará súbitamente algo hermoso; alguien que sepa que en la película son dos los protagonistas y vea aparecer sin llamar a la puerta a un tercero, escuchará algo hermoso pero entonces a su emoción se le unirá la conmoción ante lo inesperado. Y la vivencia resultante será más intensa y gratificante. Mozart es un maestro de la forma. No se somete a sus dictámenes sino que sirve de ella utilizándola como elemento expresivo, tal como sucede en el caso que acabo de referir. Siempre de manera inteligente y elegante.

La transparente Sonata para piano K 545 es un ejemplo precioso para ilustrar cómo las ideas musicales y su organización se imbrican con pasmosa naturalidad. Aquí Mozart expone los habituales dos temas contrastantes pero establece entre ellos cierta complementariedad: ambos temas se miran de reojo. El oído no lo nota pero algo en nuestro interior sí y por eso al término de la obra experimentamos la característica satisfacción de lo bien acabado.

He aquí el Tema A:


Click para escuchar. Mp3, 92 k.

Y he aquí el Tema B:


Click para escuchar. Mp3, 100 k.

Veamos las diferencias: el Tema A transcurre entre valores rítmicos largos (blancas y negras) sobre un acompañamiento pausado de corcheas. El Tema B, por el contrario, transcurre entre valores rítmicos más breves sobre un inquieto acompañamiento de semicorcheas. El Tema B tiene un compás de introducción, cosa de la que carece el Tema A y, por supuesto, ambos están escritos en tonalidades diferentes: Do Mayor el primero y Sol Mayor el segundo. La transición entre ambos habrá hecho el pertinente juego de manos para que no nos hayamos dado cuenta del cambiazo.

¿Dónde está, entonces, la complementariedad entre ambos? Echemos un vistazo de nuevo: las tres primeras notas del Tema A entonan el arpegio del acorde fundamental de manera ascendente (do-mi-sol) mientras que las tres primeras notas del Tema B hacen lo mismo en su propio tono de manera descendente (re-si-sol). Pero hay más: el comienzo del Tema A avanza de valores largos a breves (de blanca a negras) mientras que el Tema B hace justamente al revés, de valores breves a largos (de corcheas a negra). Es decir: que siendo distintas, ambas ideas se tienen en cuenta en el fondo la una a la otra.

Ya que nos hemos metido en faena, no dejemos pasar la ocasión para ocuparnos de una cuestión farragosa de la que Mozart sale airoso: siendo la forma Sonata una estructura equilibrada, lo que sucede más allá del Tema B tiende a ser terreno resbaladizo. ¿La razón? Muy sencillo. Tenemos un Tema A y una zona de transición. Tenemos un Tema B y… (los puntos suspensivos son el problema) hasta que llegamos al breve apunte final (la Coda) que hace de rúbrica de todo lo anteriormente expuesto por el compositor. Hay que “rellenar” esos puntos suspensivos para equilibrar las partes y conseguir que B “pese” lo mismo que A. El problema aquí es de índole práctica: la zona de transición del Tema A cumplía una función muy clara, la de cambiar de tonalidad paulatinamente, pero esa función aquí ya no es necesaria, no necesitamos cruzar otra pasarela.

La solución elegida por Mozart es la de aprovechar la ocasión para hacer una original recapitulación de lo acontecido:


Click para escuchar. Mp3, 87 k.

No nos resulta nada difícil reconocer en los dos primeros compases el perfil rítmico del Tema A (blanca y dos negras) y su acompañamiento original de corchea y lo mismo ocurre en los dos compases siguientes cuando reaparecen las señas de identidad de B. Todo ello unido con pegamento sin que la retina del oído perciba torcida la cicatriz de la unión.

W.A. Mozart: Sonata K.545 (exposición)
Click para escuchar. Mp3, 577 k.