Archivo por días: 5 octubre, 2006

Amantes

Hay planos y secuencias que valen una película entera. Y eso es lo que sucede en el interior de “Regreso a Moira”, de Mateo Gil, tv-movie de la serie “Películas para no dormir” coordinada por Narciso Ibáñez Serrador, una rareza fílmica que, para sorpresa de los propios directores implicados en el proyecto, acaba de ver la luz exlusivamente en la modalidad de alquiler y luego ya veremos (Telecinco manda).

Regreso a MoiraA mí este género me da bastante miedo y no precisamente el tipo de miedo que pretende. Me da pereza, a veces me produce cierto sonrojo y casi siempre tiro la toalla a los pocos minutos. La experiencia suele ser terrible, por eso digo lo del miedo. Pero en “Regreso a Moira” sale de protagonista Juan José Ballesta y sabido es sobradamente que Ballesta ocupa un lugar destacado en este Norte imaginario cuya brújula siempre señala al duende. Ballesta no es un actor: es un asombro de la cámara. Y posee una cualidad añadida en la que no se ha reparado: algo suscita en quien comparte plano con él, ya sea colega de pandilla, rollete de un rato o novia, sea quien sea, consiguiendo sacar de ellos lo mejor.

En “Regreso a Moira”, Tomás, escritor de éxito que ha vivido los últimos cuarenta años en el extranjero, vuelve a su pueblo natal tras haber recibido una carta de tarot que aviva en él el recuerdo de Moira, la misteriosa mujer de la que se enamoró siendo un adolescente y que marcó su vida para siempre.

Sí, hay planos y secuencias que valen una película entera. Aquí es la turbadora seducción que Moira ejerce sobre el joven Tomás la que nos pone los pelos de punta. ¿Cómo interpretar la irresistible mirada de Natalia Millán -espléndida en su papel- entregada a la tarea de curar las heridas del joven Tomás en una escena de una intensidad memorable? Lo que nos perturba es la ambivalencia, porque la mano que cura la herida quizá tenga que dolerla para conseguirlo. Hermosa metáfora de la pasión a la que asistimos sobrecogidos.

Observemos a Moira mientras limpia la herida con un paño húmedo cuyo contacto escuece: ¿hay en esa sonrisa algo de provocación, una advertencia (te haré sufrir) o un derretirse en ternuras (no sufras, mi niño)?.

Observemos al joven Tomás: ¿vemos en él la mirada embelesada de un incauto en manos de una mujer que es considerada la encarnación del mal por toda la comunidad o el aplomo de un hombre que toma conciencia de sí mismo y desea entregarse incondicional y apasionadamente a esta misteriosa mujer?

La totalidad de las escenas entre Natalia Millán y Juanjo Ballesta hacen saltar chispas.

Una vez iniciado en los placeres del sexo, la misteriosa Moira susurra al joven Tomás: “Yo soy la rueca con que se hila tu destino, soy el ovillo que se devana y la tijera con que se corta. Soy tu casa, tu felicidad y tu desdicha. Soy la parte que te toca. Hagas lo que hagas, estés donde estés, aunque no puedas verme, no podrás renunciar a mí”.

Y realmente es difícil renunciar a las intensas emociones que provoca en el espectador la prodigiosa interpretación de estos actores enduendados convertidos en amantes reunidos por el destino.

Doble

Pasan cosas muy raras.

Por ejemplo: esta mañana estaba en una librería y se ha acercado un señor muy amable que me ha estrechado la mano y ha dicho que me escucha todas las semanas en la radio. Ha dicho que no se pierde ni una de mis recomendaciones literarias. Yo digo que gracias y me sonrío pero lo raro va por dentro. Lo raro es que yo dejé la radio poco antes de las navidades pasadas, así que este señor tan amable que me habla efusivamente asegurando que no se pierde ni uno sólo de mis programas me deja un poco desconcertado. La escena adquiere tintes bastante incómodos cuando, de pronto, me pregunta con toda naturalidad que cuál va a ser el libro que comentaré la semana que viene y, no te lo pierdas, que uno de los últimos, si, ese de hace un mes y medio, le gustó muchísimo, lo compró aquí mismo. ¿Qué hacer en estos casos? Pues decir: “me alegro mucho” y confiar en que no vuelva a preguntar lo del libro que va a ir la semana próxima.

Pero lo pregunta.

¿Vas a dejar en evidencia a este señor tan amable diciéndole: mire, no me venga con el rollo de que me escucha todas las semanas porque va a hacer un año que no abro el pico? Pues no, y no tanto por el apuro de este señor, lo reconozco, sino porque yo pasaría más apuro todavía al verle apurado. Así que le he metido un rollo que ni yo mismo he entendido muy bien. No me ha quedado claro si al final yo estaba de vacaciones o es que había exceso de anuncios en la radio y se necesitaban minutos, pero lo que sí recuerdo es que he vuelto a estrecharle la mano, le he reiterado las gracias y he salido a la calle asaltado por una duda a lo Millás.

¿Y si realmente sigo hablando por la radio todas las semanas y no me entero? ¿Hay otro yo? (¿no es suficiente con uno??)

Lo digo porque es entonces cuando ha cobrado sentido uno de los enigmas íntimos que me desconcierta las últimas semanas, a saber: que estando en periodo sabático sin hacer nada me sigo sintiendo igualmente estresado, muy cansado y con la sensación de que no llego a tiempo. Y ahora que me he sentado ante el ordenador y he abierto este cuaderno de bitácora para anotar lo sucedido se me ocurren más preguntas inquietantes. ¿Será este blog la cara oculta de otro blog en el que otro emejota cuenta otras cosas? ¿soy yo el que escribe este blog?

Todo son preguntas (quizá me ha sentado mal el desayuno, no sé)