Archivo por meses: octubre 2006

Actividad

Menos mal que este fin de semana hemos tenido una hora más de tiempo porque he tenido una actividad social del todo insólita en mí y eso que llevo unos días con las cervicales dándome la lata y cuando voy por la acera a veces parece que sube y baja de los vértigos. Me pregunto a mí mismo si me estaré normalizando o algo. No sé.

El viernes cené con Sergio para celebrar su 21 cumpleaños. La cena del cumpleaños es un rito tan consolidado que hasta se saltó las clases de la Universidad para poder estar aquí (la Universidad está allí). Cuando me llamó el lunes para concertar la cena le dije que no sé yo (por lo de las clases, no por lo de la cena, claro) pero él insistió porque está de la asignatura de Magnetismo como yo del restaurante chino. Di que a Sergio le da para atrás el restaurante chino así que mejor. Descanso. La cena fue en otro sitio. No había rollitos de primavera ni chinos. En realidad no había nadie y eso fue un poco raro pero también estuvo bien porque pudimos estar todo el rato tan tranquilos en un mano a mano que fue de lo más divertido. Luego lo prolongamos en otro sitio. Cuando vamos a tomar unas copas y él se empeña en invitar y yo me empeño en invitar siempre recurro al mismo truco: “¿Cuántos años cumples?”, le pregunto sabiendo de sobra los años que cumple. “21”, responde él, que siempre pica, y entonces yo simulo hacer cuentas con los ojos mirando hacia arriba y le digo: “Todavía no me has alcanzado así que soy el mayor y mando yo: invito”. Y él se rie y se queja porque dice que nunca me va a alcanzar y yo le digo que eso se lo cree él.

El sábado tenía comida con Javi. El asunto era doblemente notable primero por el encuentro en sí, que ya nos teníamos añoranza porque él está muy ocupado y muy lejos aunque yo todas las semanas le mando ánimos y abrazos de martes por sms si es martes, o ánimos y abrazos de jueves por sms si es jueves. Los lunes, como sé que toca en un club de jazz de Madrid le mando un sms recordándole que una me la tiene que dedicar fijo. El a veces me manda abrazos porque sí y si es lunes añade que no se le olvida la dedicatoria. Ahora que le han puesto teléfono en casa ya podemos hablar en directo. Yo es que con los móviles tengo un problema: siempre pienso que voy a llamar en el momento más inoportuno. Anda que no me he ido por las ramas ni nada con tanto sms. Estábamos en que comer con Javi el sábado era algo doblemente notable, lo primero por las ganas y lo segundo porque en tropecientos años de amistad yo creo que no habíamos comido nunca juntos. Cenar sí, las tropecientas veces que no habíamos comido juntos. Javi y yo somos aves nocturnas.

Su voz al otro lado del móvil hizo de despertador el sábado por la mañana y sugirió ir a tomar algo para abrir el apetito. Te paso a buscar con el coche. Perfecto. Yo por las mañanas no funciono muy bien, voy como a síncopas y ralentizado y por eso le pregunté: “¿De qué color es tu coche para reconocerlo”? Y él respondió: “Del único que se va a parar a la puerta de tu casa, no te preocupes”.

Fuimos a tomar un aperitivo a un sitio concurrido y cuando me llevaba el vaso a los labios una voz de señor mayor dijo a mis espaldas:

EMEJOTA.

Lo dijo sin interrogaciones, en negrita y con mayúsculas, que lo escuché bien, y yo me llevé un pequeño sobresalto. Javi me dijo: “ya estás localizado y sin GPS!” y me volví hacia ese señor. “¿Si?”. Y él volvió a decir: “EMEJOTA” así que yo volví a repetir “¿Sí?”. Podíamos haber estado así mucho rato pero entonces me señaló con el dedo índice y entrecerrando un poco un ojo sentenció: “Tú tenías 5 años cuando viniste a mi boda”. Y claro, oyes algo así y se te queda cara de bobo, cómo te vas a acordar de eso, por Dios, y además una boda, que a mí me ponen malo. Y dice el hombre: “sigues teniendo la misma cara de chaval despierto, te lo digo yo”. El hombre llevaba gafas, todo hay que decirlo.

Luego fuimos a comer. ¿A dónde? (¿a dónde o adónde? mmm, cada vez tengo más dudas ortográficas, tengo que apuntarme a algún curso CCC de redacción) Da igual: todos los caminos llevan… al CHINO! Cuando la china me vio aparecer debió pensar: “¡Otla vez el del aloz con telnela y la coca coca-con-mucho-hielo-pol-favol!” Y allí estuvimos sentados a la sombra del árbol de plástico hablando hablando, riendo y comiendo; comiendo y riendo y hablando hablando hasta que la china se acercó a la mesa y dijo: “¿Algo más? Vamos a celal ya”. Y yo: “¿Ya?”. Y ella: “Son las cinco y media”. Entonces me di cuenta de que su mirada tenía en ese momento algo de Fu-Manchú y aceleramos la salida.

El domingo la voz de Javi volvió a hacer de despertador. En realidad su risa, su carcajada para ser más exactos. Es que la madrugada del sábado al domingo le estuve buscando por Internet una pieza de coleccionista que anda persiguiendo y para eso me metí en el underground de los foros jazzísticos, donde hay humo por todas partes y suena un blues de fondo. Y me dieron las mil, hora extra incluída, y como ya era por la mañana le debí dejar un sms de los de la mañana (ya ha quedado claro antes que por la mañana yo…) y yo no sé que pondría pero en respuesta me llamó y cuando respondí con un “Buenas!” se oyó una sonora carcajada. Y yo: “¿y esa risa”? Y la carcajada se redobló. Escuchar una carcajada así es reconfortante, de veras, pero también contagiosa, así que nos tenías a los dos riéndonos como bobos a esas horas inhóspitas de toda mañana de domingo. “¿Por dónde andas a estas horas, primico”?, le pregunté cuando pudimos recobrar la compostura. Y él me contestó que andaba a 100 kilómetros del chino estudiando la flauta travesera en un parque para aprovechar un tiempo de espera y, de paso, para los que pasaban por allí.

Una vez le compuse a Javi una miniatura para piano y se me ocurrió poner un acorde amplio que para desplegarse completamente necesitaba de la colaboración de uno de sus dedos sincronizado a la pulsación de mis manos. Lo grabamos así. Nos salió a la segunda. Si lo escuchas no se nota. Él sí. Yo también.

Hora

Hoy, a las 3, los relojes volverán a marcar las 2 y todo lo que hayas vivido en esos 60 minutos desaparecerá sin dejar rastro. No hay que dejar pasar un momento tan especial, el único instante en el que el tiempo te da una segunda oportunidad. Si a las dos y veinte metes la pata aún te quedará una hora para arreglar el embrollo de manera que cuando vuelvan a ser las dos y veinte no habrá pasado nada y podremos respirar tranquilos.

Yo no comprendo cómo un acontecimiento semejante no merece una atención por parte de la gente más allá de realizar de manera mecánica el rito de ajustar las manecillas de sus relojes, o quejarse porque mañana oscurecerá pronto o alegrarse porque tanto si decides irte de fiesta o irte a dormir, te sale una hora gratis. Desde que descubrí las posibilidades de esa hora mágica siempre he procurado vivirla de manera especial. La primera vez que me atreví a decirle a alguien “te quiero”, por ejemplo. Lo hice con la esperanza de que si no era correspondido, el reloj volvería a dar la hora y no habría sucedido nada y quizá así evitaría darme un disgusto, que soy muy sensible y, para colmo, pesimista. Y si era correspondido tendría la posibilidad única de volver a vivir ese instante maravilloso.

Pronto darán las dos. Hagas lo que hagas a partir de entonces no cuenta. Te podrá quedar un recuerdo inolvidable, una cicatriz profunda, un trago amargo o la indiferencia de una hora perdida. No servirá de nada: el reloj volverá a darte por una vez una nueva oportunidad, tú verás si la aprovechas, porque sólo lo que hagas a partir de entonces quedará como lo realmente vivido y todo lo demás quedará flotando en algún lugar de la consciencia como si hubiera sido un sueño.

Cincuentenario

TVEMi infancia está en los laberínticos archivos de Televisión Española. Empieza con el misterioso círculo cromático de la Carta de Ajuste, con su relojito abajo a la derecha descontando minutos para que se levante el telón y tú sentado esperando, porque esta tele es una tele a ratos. A veces hay tele y a veces no. Por la mañana, por ejemplo, si tienes anginas y no vas al colegio, no. Por la tarde hay un rato que tampoco, qué fastidio. Y al mediodía hay que verla rápido porque dura poco y se acaba pronto y allí sale una señora que se llama Isabel Tenaille. Un nombre así debió inventarse para quedar como recuerdo confortable: queda bien en un estante de la memoria. Y si te asomabas al cuarto de estar por la noche, a una hora prohibida, podías ver cómo echaban el cierre de la tele con una bandera ondeando al aire. Al principio salió un señor muy mayor y luego otro más joven. La música era la misma. Lo más importante es que luego salía una nieve de moscas ruidosas y a dormir (yo llevaba un pijama rojo en el que ponía “Montreal 76”).

La ventana de Televisión Española alimentó nuestra mirada ingenua e ilusionada: las meriendas con pan y chocolate ponían sabor a la presencia cariñosa de Maria Luisa Seco, que anunciaba el Barrio Sésamo y el contenedor “Un globo, dos globos, tres globos” (“la tierra es un globo donde vivo yo”), con Gloria Fuertes y “La Mansión de los Plaff”, los lunes, y “El Monstruo de Sánchezstein”, y un concurso que lo anunciaron un día y tardó en llegar la tira que se llamaba “Destino: Plutón”, quizá porque se tardaba mucho en conectar con Plutón.

La tele era la emoción de los viernes por la noche, cuando te sentabas con toda la familia en invierno a ver “El hombre y la Tierra” y luego venía ese alucine increíble del “Un, dos, tres” de Kiko Ledgard, que dicen que llevaba un calcetín de cada color aunque el “Un, dos, tres” salía en blanco y negro. Allí salían los decorados delineados con las líneas raras de Mingote y las barbas de Don Cicuta, que parecía que tenía polvo por encima el hombre, y las secretarias que estaban allí como soporte de esas gafas increíblemente redondas. Había una que contaba las pesetas. Las otras sonreían. Y la Ruperta. La infancia es la Ruperta. Y en los anuncios le dabas al botón del UHF e igual te salía la música inquietante de “La Clave”, irresistible, y luego un señor fumando con pipa hablando con otros señores. Los otros señores no fumaban pipa. No se les entendía nada de lo que decían. A la Ruperta sí aunque nunca hablaba.

La tele era “Mazinguer Z” de postre los sábados y “La casa de la pradera” de postre los domingos. Y Gaby, Fofó, Miliki y Fofito (“cómo están ustedeees?”) programa esencial porque contenía lo mejor de la tele: “La Aventura”, que era un culebrón surrealista apasionante. Para mí era esencial saber el título de la Aventura del sábado pero había un pequeño problema: todavía no sabía leer. Así que llamaba corriendo a mi madre pero a veces estaba hablando por teléfono. Y yo: “¡que me leas la Aventuraaaaaaaaaaaaa!”. Pero nada. Qué fastidio. Y la tele era también el “Especial Nochebuena” y el “Especial Nochevieja”, con su toque maravillosamente kitsch de cortinillas de espumillón y bolas de árbol de navidad a un lado de los presentadores mientras en casa se encendían unas lucecitas de colores en el árbol de navidad y luego otras. Y así todo el rato.

La tele eran las vacaciones, porque entonces no cerraba por la tarde y te salía un cartel que decía “Especial Vacaciones” y permanecía en pantalla unos minutos que debían durar una eternidad y no sabías qué iba a haber detrás, y eso en el fondo era lo mejor, aunque lo de detrás también fuera lo mejor: “Pipi Calzaslargas” (¿dónde venden la cola de pegar Konrad, por Dios!) y los dibujos animados de “El lagarto Juancho” y “Maguila el Gorila” y “Los Picapiedra”.

La tele era el “Sábado Cine” y el escalofrío de ver “La amenaza de Andrómeda” desafiando la severa advertencia de los dos rombos. Aquella tele era capaz de pasar a las diez de la noche una película en blanco y negro, hazaña hoy impensable, y que los enredos de Cary Grant y Katherine Hepburn llevaran a la cama a todos tan contentos y sin agobios de share a la mañana siguiente.

La tele eran las señoras guapas de continuidad que salían delante de unas cortinas con unos folios en la mano y cara de cierto sopor por la espera, porque esperaban en algún sitio todo el rato para decir que ahora venía la película y si estaban con los rulos puestos y se fundían los fusibles de la tele sólo se les oía la voz por encima de un cartel y decían que señoras y señores, les rogamos disculpen esta interrupción; dentro de unos momentos volveremos con nuestra programación. Decían ese pareado a oscuras y luego volvía la luz. A veces tardaba más y otras tardaba menos.

La tele eran palabras: Paseo de la Habana, Ballet Zoom, Ana del Castillo (decoradora siempre), Ahmed Al Gabali (siempre decorador con nombre de Aladino), Directísimo, Jesús Hermida y Los Chiripitifláuticos. Y más.

Televisión Española cumple hoy 50 años. La infancia de todos está entre ellos. Felicidades.

Rescate

Estuve tan tan malito durante mi adolescencia que para cuando pude vivir la noche como todo hijo de vecino ya no tenía gracia porque era muy tarde. Qué le vamos a hacer.

Pues algo.

Es que yo soy muy testarudo y cuando algo se me mete entre ceja y ceja… Yo quería probar éso y como quien va de turista a ver un lugar exótico, una noche de sábado respiré hondo y me aventuré en las cavernosas calles de lo viejo. Era todo rarísimo. Había mucha gente riendo y gritando con un vaso en la mano o metiéndose mano o las dos cosas, todos apelotonados en calles estrechísimas en cuyas paredes se abrían cavidades muy oscuras de las que entraba y salía más gente y también músicas ensordecedoras envueltas en una nube de humo. Caminando por aquellas callejuelas, entre empujones y gritos al oído (“Susanaaaaaaaa, ven pa cá, hostia!”) me sentía como Gurb, el extraterrestre de Eduardo Mendoza, y miraba a izquierda y derecha entre fascinado y espeluznado.

Entonces pasaron muchas cosas pero muy rápidamente. Si no hubieran pasado tan rápidamente me habría dado cuenta, por ejemplo, de que en un determinado instante la gente dejó de caminar en mi misma dirección. De hecho, si hubiera dispuesto de unos segundos más habría caído en la cuenta de que, de pronto, no había nadie. Excepto enfrente. Enfrente había gente. Pero lo mismo: es que no me dio tiempo. No me dio tiempo a que me pareciera sospechoso que todos llevaran caras como de mala leche, y que no se rieran ni se metíeran mano ni llamaran a susana, hostia. Y caminaban como con prisa. Eso sí: llevaban todos botellas en la mano. Y tampoco me dio tiempo a ver que todas las botellas estaban vacías, y eso sí que es un poco raro, que todo el mundo de repente vaya en la misma dirección con cara de mala leche y con botellas vacías en la mano.

El caso es que no me dio tiempo de nada de eso porque fue alzar la vista, ver en una fracción de segundo lo que ahora ha ocupado varias líneas y de pronto un tipo levantó la mano en la que llevaba la botella y la lanzó con fuerza hacia adelante, y la botella pasó rozándome la oreja y al instante se oyó una explosión de cristales y un grito de chavala. Fue entonces cuando me percaté de que estaba solo enmedio de una ola de bestias que venían hacia mí a todo correr. No, no te rías, ponte en mi lugar. Lo peor es que me quedé clavado en el suelo, paralizado, con los ojos como platos, incapaz de moverme. Pero justo en ese instante una mano me agarró del cuello de mi cazadora y tiró con fuerza de mí y recuerdo salir en volandas hacia una callejuela perpendicular al campo de batalla donde la gente estaba refugiada. Me recuerdo rodando casi por el suelo, tropezando, y sintiendo todo muy confuso y borroso mientras esa mano seguía tirando de mí hasta alcanzar un entrante en la pared. Entonces me empujó contra ella y mi espalda chocó con fuerza (au!). Y quien había hecho eso se quedó pegado a mí, de manera que me quedé aprisionado entre la pared y… Peter?. Peter!

(Pan)

La gente a veces me escribe y me dice que tengo mucha imaginación cuando escribo posts como si Peter Pan existiera y yo ya no sé cómo decirles que nada de imaginación, que es verdad, que Peter existe y que yo le conozco. Pero no hay manera, oye, me dicen que no les vacile. Pero sí, Peter fue el que me salvó de recibir un botellazo en la cabeza la noche en que yo iba de excursión y terminé haciendo el pardillo, porque mira que fui pardillo, ayyy, iluso más que iluso. Peter apareció de repente, tiró con fuerza de mí y me aprisionó contra la pared y yo notaba el aliento agitado de ambos y los gritos alrededor. “¿Es que no te habías dado cuenta o qué?”, dijo por lo bajini. Pero yo entonces noté que las piernas me empezaban a fallar del susto y me acuerdo que le contesté: “Me parece que me voy a caer”. Y él me aseguró contra la pared y dijo: “Ahora no, te caes luego” y giró la cabeza para ver cómo iba el combate. Eso dijo: “Ahora no, te caes luego”. Habrase visto -pensé- pues ahora no me da la gana de caerme luego, no te fastidia!

En la ficción, los héroes acuden al auxilio del inocente ciudadano en apuros y cuando lo han puesto a buen recaudo y todos aplauden en el cine, el héroe dice entonces una frase amable que redondea feliz y modélicamente su faena y entonces todos aplauden todavía más fuerte. Seguro que los que leen esto están diciendo que sí con la cabeza, que es cierto. Pues mira, a mí me salvó el pellejo Peter, cierto, y en tan buena hora que apareció, pero cuando me puso a buen recaudo y empezó a salirme el susto del cuerpo me soltó un “ahora no, te caes luego” de una manera que me lo dice en otro trance y no le hablo en quince días.

El caso es que cuando la trifulca terminó, Peter se despegó de mí y conseguí separarme de la pared y vi que aunque me miraba con cierto reproche moviendo la cabeza de arriba abajo también me sonreía un poco. Y yo, valorando la situación, opté por darle las gracias y decidí dar por concluída mi vivencia de la noche para el resto de las noches. Yo me fui por este lado despacito hacia casa (las piernas todavía culebreaban) y Peter se fue por el otro con paso rápido porque creo que le esperaban. Me volví un instante a ver si veía a Wendy. Pero no sabría decir, la verdad.

Rafael

Mi amigo Rafael cumple hoy 71 años pero a veces pienso que es más joven que yo porque conserva intacta la capacidad de asombro ante las cosas. Todas las cosas. Y eso le mantiene joven de espíritu que, al fin y al cabo, es lo que cuenta. Rafael es poeta, articulista, pintor, pirograbador, compositor y contrapuntista, habla con fluidez el latín y el griego clásico, y se levanta al amanecer para estudiar con los prismáticos el vuelo de los bencejos, que siempre dudo si son bencejos o vencejos porque yo no tengo prismáticos y desde aquí no los veo bien. También es médico. Durante muchos años ejerció la medicina en pequeñas poblaciones perdidas entre valles sin más ayuda que su estetoscopio, unos pocos antibióticos y toda la humanidad que cabe en él, que es mucha y cura. Lo sé bien.

El otro día volvimos a coincidir a la salida del funeral de la tía Carmen y nos fundimos en un abrazo. Fuimos caminando y hablando y primero le acompañé hasta su casa y luego me acompañó a la mía, y así todo el rato; hablamos y caminamos mucho porque Rafael y yo compartimos entusiasmos comunes. Se acordaba del día que le señalé que en el amanecer del “Daphnis y Chloe” de Ravel hay en realidad otros dos amaneceres escondidos y dijo que todavía se emociona. Yo me acordé del día que en un concierto la gente se volvió a mirarle y él se quedó un poco perplejo y entonces cayó en la cuenta de que la obra que acababa de sonar era suya pero no se acordaba que lo era y le dio apuro (el aplauso, el olvido le dio mucha risa).

Una vez su hijo le puso ante los mandos del ordenador para enseñarle a enviar correos electrónicos, toda una hazaña para quien te hipnotiza cuando te habla de la noche en la obra de Virgilio pero se desconcierta ante el misterio de un enchufe en la pared. Como demostración práctica me envió un mail y como Rafael es muy clásico puso los acentos donde había que ponerlos y, claro, Internet que no entiende de acentos le devolvió el mail con un mensaje que decía “Usuario desconocido” y él se sorprendió muchísimo y le dijo a la pantalla que cómo era posible que pusiera desconocido si él me conocía a mí de sobra y sabía dónde vivía y todo. Su hijo suspiró resignado.

Rafael y yo somos cómplices en la búsqueda y degustación de acordes de séptima y novena, y en la herida luminosa que producen por dentro los retardos en polifonía. Durante años compartimos página en un periódico; él con su columna “Delirios y Desconciertos” y yo con “La Idea del Norte”, para variar. La página era la número 33 y eso nos hacía gracia porque el colmo de una página que tiene de inquilinos a un médico y a un paciente es que sea la número 33: diga 33.

También somos cómplices en Bach y en Mompou. Hace años, antes de partir para el hospital para que me operaran de las manos me pasé por su casa para dejarle en el buzón una grabación casera con un trocito de música de Mompou. Por si acaso. Cuando volví me encontré en el mío una carta de Rafael que contenía un poema y el poema contenía un verso que decía: “Las manos también sirven para que se nos vaya el alma por ellas”.

Felicidades, Rafael.

Lección

Glenn Gould:

“Cuando era chaval tenía un perro que se llamaba Nick. Tenía un bonito pelaje negro y blanco. Mientras me vestía con mi mejor traje oscuro para mi primer concierto con orquesta, mi padre me aconsejó mantener alejado a Nick, cosa más fácil de decir que de hacer. Nick era afectuoso y no te dejaba partir hacia una misión difícil sin antes despedirse efusivamente. La cosa es que en el transcurso del concierto miré hacia el suelo y vi mi reluciente pantalón repleto de pelos de perro. Yo no veía nada malo en el asunto pero, para no delatar las efusiones de Nick sabiendo que mis padres estaban entre bastidores, decidí limpiar mis pantalones.Los muchos tutti de la orquesta en el finale eran la ocasión soñada para efectuar la Operación “fuera pelos” y me puse manos a la obra. Uno, dos, tal vez tres tutti habían transcurrido ya y la operación estaba casi acabada. Pero una pregunta empezó a rondar mi cabeza: ¿Por dónde iba el concierto? No vi el problema hasta el final de ese tutti, fuera cual fuera. Intenté desesperadamente recordar lo que, aparte de quitar pelos de mi pantalón, había hecho durante los últimos 5 minutos.

Fue la primera lección de mi colaboración con una orquesta sinfónica: o estás muy atento a lo que haces, o acércate sólo a perros de pelo corto.”

Adios

Ha muerto la tía Carmen. La noticia me llegó a través del móvil mientras regresaba ayer de un viaje y, por unos instantes, me quedé en silencio mirando la espesa cortina de agua que cubría el parabrisas en la tarde desapacible. La tía Carmen en realidad no era mi tía hasta que un día me dijo al oído que lo iba a ser y me sirvió un trozo de riquísimo bizcocho. Lo dijo el mismo día que me conoció después de ponerme como única condición para serlo que no la tratara de usted, y entonces se sonrió, me dio un empujoncito cariñoso con el codo y salió hacia la cocina llevando unos platos y sin dejar de hablar. La tía Carmen era puro nervio y alegría de vivir. Vivía sola en Maliaño, cerca de Santander, donde era toda una institución querida por todos. Durante unos años, su casa nos sirvió a mi amigo Fernando (que era su sobrino de verdad) y a mí (que lo fui adoptivo) como cuartel general de nuestros viajes por el Norte, al encuentro del invierno, de la nieve, de las aldeas remotas y los gruesos portones de madera que se abrían para dejar salir una voz que dibujaba nubecitas de vaho en el aire mientras nos decía: “el frío va en el precio”.

La tía Carmen fue una mujer excepcional capaz de hacerte sentir que su casa era la tuya. Recordaré siempre su conversación infatigable (llegué a llevarla a la radio para grabarla contando cuentos y conseguí un documento precioso cuando su voz se acopló de manera mágica a la primera Gymnopedia de Satie para contar la melancólica historia del muñeco de nieve que se derrite a la llegada de la primavera ante la indiferencia de los mismos niños que le habían dado forma); también sus proverbiales despistes (a veces se levantaba de la mesa para ir a la cocina y desde el pasillo te preguntaba si le podías decir a qué se había levantado porque ya no se acordaba). Pero sobre todo, de la tía Carmen nos quedará, a los que la conocimos, ese corazón que no le cabía en el pecho y que le llevaba a alojar en su casa a un transeunte o a una familia entera durante tiempo indefinido para sorpresa y susto de la familia.

La tía Carmen y su sobrino Fernando mantuvieron una relación de complicidad absoluta a la que asistí profundamente conmovido. Juntos creaban un acorde perfecto, un microcosmos armonioso donde no tenía cabida lo convencional y sí la ternura concretada en un entendimiento y un afecto profundo. Yo no me prodigo en funerales. No puedo, me siento incapaz. Pero no he dudado esta mañana en acercarme a despedir a la tía Carmen, mi tía, y a acompañar a Fernando y a su familia. No ha habido lágrimas pero sí una sensación de sosiego que ha sido percibida por todos los presentes y que nos ha puesto un nudo de emoción en la garganta y la sonrisa en los labios. Sólo ella podía conseguir algo así; sólo ella, generosa hasta el final, podía ser capaz de dejarnos ese regalo antes de marcharse.

Contraste

A RMF, “formalmente”

La exposición de una forma Sonata pone en juego dos ideas musicales contrastantes entre sí. Ambas difieren en carácter y textura, y su esfuerzo por distanciarse la una de la otra las lleva incluso a estar escritas en tonalidades distintas. Para que el oído no se resienta del súbito cambio de tono existe una zona de transición entre ambas ideas denominada con acierto “puente”, puesto que tiende una pasarela entre las dos orillas melódicas.

Hablar de formas musicales, del recipiente que contiene y da sentido coherente a la música es una experiencia apasionante. La forma juega con nosotros y nos propone un ejercicio muy hábil: como los ilusionistas, a veces entretiene nuestra atención para que no nos demos cuenta de que con la otra mano nos escamotea un tono pero, al mismo tiempo, necesita de nuestra complicidad: sólo la atención del oyente pondrá en relación las ideas musicales que reaparecen más adelante o apreciará las transformaciones que se sucedan.

No es casual que en el primer tiempo de su Concierto para Piano Nº 23, Mozart introduzca un excepcional tercer tema para dar a conocer una de sus melodías más inspiradas: de esa manera la acentúa, la pone en relieve, proyecta un foco de luz sobre ese feliz hallazgo. Ello presupone, quizá, que el oyente está formalmente formado, valga el juego de palabras. Alguien que no sepa de qué va la película escuchará súbitamente algo hermoso; alguien que sepa que en la película son dos los protagonistas y vea aparecer sin llamar a la puerta a un tercero, escuchará algo hermoso pero entonces a su emoción se le unirá la conmoción ante lo inesperado. Y la vivencia resultante será más intensa y gratificante. Mozart es un maestro de la forma. No se somete a sus dictámenes sino que sirve de ella utilizándola como elemento expresivo, tal como sucede en el caso que acabo de referir. Siempre de manera inteligente y elegante.

La transparente Sonata para piano K 545 es un ejemplo precioso para ilustrar cómo las ideas musicales y su organización se imbrican con pasmosa naturalidad. Aquí Mozart expone los habituales dos temas contrastantes pero establece entre ellos cierta complementariedad: ambos temas se miran de reojo. El oído no lo nota pero algo en nuestro interior sí y por eso al término de la obra experimentamos la característica satisfacción de lo bien acabado.

He aquí el Tema A:


Click para escuchar. Mp3, 92 k.

Y he aquí el Tema B:


Click para escuchar. Mp3, 100 k.

Veamos las diferencias: el Tema A transcurre entre valores rítmicos largos (blancas y negras) sobre un acompañamiento pausado de corcheas. El Tema B, por el contrario, transcurre entre valores rítmicos más breves sobre un inquieto acompañamiento de semicorcheas. El Tema B tiene un compás de introducción, cosa de la que carece el Tema A y, por supuesto, ambos están escritos en tonalidades diferentes: Do Mayor el primero y Sol Mayor el segundo. La transición entre ambos habrá hecho el pertinente juego de manos para que no nos hayamos dado cuenta del cambiazo.

¿Dónde está, entonces, la complementariedad entre ambos? Echemos un vistazo de nuevo: las tres primeras notas del Tema A entonan el arpegio del acorde fundamental de manera ascendente (do-mi-sol) mientras que las tres primeras notas del Tema B hacen lo mismo en su propio tono de manera descendente (re-si-sol). Pero hay más: el comienzo del Tema A avanza de valores largos a breves (de blanca a negras) mientras que el Tema B hace justamente al revés, de valores breves a largos (de corcheas a negra). Es decir: que siendo distintas, ambas ideas se tienen en cuenta en el fondo la una a la otra.

Ya que nos hemos metido en faena, no dejemos pasar la ocasión para ocuparnos de una cuestión farragosa de la que Mozart sale airoso: siendo la forma Sonata una estructura equilibrada, lo que sucede más allá del Tema B tiende a ser terreno resbaladizo. ¿La razón? Muy sencillo. Tenemos un Tema A y una zona de transición. Tenemos un Tema B y… (los puntos suspensivos son el problema) hasta que llegamos al breve apunte final (la Coda) que hace de rúbrica de todo lo anteriormente expuesto por el compositor. Hay que “rellenar” esos puntos suspensivos para equilibrar las partes y conseguir que B “pese” lo mismo que A. El problema aquí es de índole práctica: la zona de transición del Tema A cumplía una función muy clara, la de cambiar de tonalidad paulatinamente, pero esa función aquí ya no es necesaria, no necesitamos cruzar otra pasarela.

La solución elegida por Mozart es la de aprovechar la ocasión para hacer una original recapitulación de lo acontecido:


Click para escuchar. Mp3, 87 k.

No nos resulta nada difícil reconocer en los dos primeros compases el perfil rítmico del Tema A (blanca y dos negras) y su acompañamiento original de corchea y lo mismo ocurre en los dos compases siguientes cuando reaparecen las señas de identidad de B. Todo ello unido con pegamento sin que la retina del oído perciba torcida la cicatriz de la unión.

W.A. Mozart: Sonata K.545 (exposición)
Click para escuchar. Mp3, 577 k.

Exento

Como en el colegio yo siempre estaba exento de hacer gimnasia, me quedaba en la clase contando películas a los que lograban escabullirse del gimnasio. Al principio la cosa tenía cierta emoción: sonaba el timbre y todos salían de mala gana a sudar durante una hora y yo me quedaba dueño y señor de la clase entera, tan ancho, cómodamente sentado (y soberanamente aburrido).

Pero un día va y resulta que aparece la Cristina (en octavo de básica la gente era la Cristina, el Juan, el Gonzalo y la Sofía. Antes de octavo de básica también. Después lo mismo) Pues aparece la Cristina por la puerta con el aliento entrecortado y directamente se dirige al pupitre del Miguel, coge una bolsa de deporte del suelo (que no era la misma que la de gimnasia, sino la del entrenamiento de después de clase) y la pone encima de la mesa, la abre y se pone a buscar frenética. Y yo mirando atónito le pregunto intrigado: -¿qué buscas? Y me contesta: -su camiseta. Y yo: -¿para qué?. Y ella: -para olerla.

En octavo de básica las hormonas andan un poco alteradas.

Aquel día descubrí yo, inocente de mí, la existencia del fetichismo y viendo a la Cristina oler la camiseta del Miguel como si respirara el aire puro de las montañas me puse un poco nervioso y me sentí un poco incómodo y como a mí me pasa como a Woody Allen, que cuando se pone nervioso o se siente incómodo se pone a hablar sin parar mientras mueve mucho las manos pues no se me ocurrió otra cosa que ponerme a contar una escena de “Marnie la ladrona”, de Hitchcock. Sí, hombre, la escena de la mujer de la limpieza que resulta ser sorda, cuál si no. Y lo hice porque la Cristina, no contenta con oler la camiseta del Miguel o, mejor dicho, muy contenta por eso, decidió quedársela. Y tan ancha la tía.

En octavo de básica la Cristina era un poco burra y yo ya había visto muchas películas.

El caso es que conté lo de la mujer de la limpieza y debí poner tanta pasión en la narración que la siguiente clase de gimnasia apareció la Cristina con la Sara para que le contara a la Sara lo de la mujer de la limpieza. A los pocos días tenía un público de unas seis personas que se apretujaban en torno a mi mesa con bolsas de pipas o maíz y yo me ponía a contarles películas. Otras películas, porque para entonces estaba yo de Marnie hasta el gorro. Era un público de lo más agradecido y lo pasábamos en grande: ellos por lo que oían y yo porque aprendí a jugar con los tiempos, los ritmos, las demoras en el desenlace, esas cosas.

La tarde que les conté “Casablanca” fue un éxito, permítaseme decirlo, pero es que se oyeron hasta suspiros. En serio. Me acuerdo muy bien porque un día me vino en el recreo la Sara y me dijo que había visto la peli en la tele pero que le gustaba más contada. A la Sara le gustaba más “Casablanca” contada que en película. Tiene su explicación: quizá es porque la mitad me la inventé. Es que al principio les contaba las películas tal cual pero luego me dio por inventarme trozos, al principio para llenar olvidos y pronto por puro placer. Descubrí que me gustaba eso de fabular, contar películas inexistentes, y sentía un cosquilleo especial al hacerlas pasar por verídicas ficciones.

Alguna vez la narración se vio interrumpida por la súbita aparición de una monja que debía pensar que estábamos haciendo la ouija o algo y entraba dando palmas con ese paso de generala que sólo ellas saben hacer tan bien. Y los despachaba a todos a sudar al gimnasio sin contemplaciones y yo me quedaba haciendo como que estudiaba porque era un chico muy formal y estaba exento. Siempre exento de gimnasia (qué bien). A la clase siguiente retomábamos la historia y ya estaba.

Un día conté con pelos y señales “Verano del 42”, que la había visto hace poco. Me acuerdo perfectamente porque pasaron dos cosas: una, que asomaron algunas lagrimillas entre mi público (y eso excitó muchísimo mi vena de narrador en ciernes) y dos porque la Cristina me dijo al final que a ver si podía conseguir que el César (no el de Roma, sino el de Octavo B) se sentara en el mismo sitio el próximo día. Yo le pregunté por qué mientras pensaba para mis adentros qué habría sido de la camiseta del Miguel y ella respondió que porque sentado así, encima de la mesa del de delante, con las piernas abiertas y los pies apoyados en el asiento, al César se le veía “mucho bulto”, palabras textuales. Yo le dije que podía animarse un día a coger los gayumbos de la bolsa del César y entonces la Cristina salió corriendo.

En octavo de básica ya gastaba yo cierta ironía pero la Cristina salió corriendo. La tía.

Collage

A Ferre, modulando hacia otro tema.

Menos mal que está el dvd. Sí, porque muchas veces me pasa que pongo un episodio de “A dos metros bajo tierra” (Six feet under, Alan Ball) y cuando termina el minuto y medio de cabecera no puedo resistir coger el mando y volverla a pasar otra vez. Y otra. Me fascina, está a la cabeza de las cabeceras (valga el juego de palabras) o, si se prefiere, es la joya de la corona de las cabeceras, lo que es lo mismo porque, ¿dónde se colocan las coronaaaas? Pues en la cabeza.

(Me parece que me estoy yendo por las ramas)

(y puede que del árbol que sale… encabezando esta cabecera)

A lo que voy, que aprovechando que alguien ha tenido a bien colgar en YouTube la cabecera como Dios manda (formato 16:9, buena calidad de imagen y, sopresa!, sin los créditos impresos) me he decidido a comentarla. Pero sólo algunos aspectos porque si me pusiera a largar sobre esta cabecera (tantas veces visionada) nos podrían dar las uvas. Y como que no.

HBO es una cadena que echa el resto en el diseño de sus cabeceras. Aquí se trata de una cabecera narrativa porque nos cuenta muchas cosas pero no lo hace de forma meramente lineal sino que lo que presenta es un curioso collage de motivos y símbolos, todos ellos con un punto en común: la muerte.

La música hace lo mismo por lo que podría pensarse que el compositor lo tiene difícil. Pues no. No si se la dan a Thomas Newman porque Newman es un músico que brilla especialmente en ese terreno. Soy de la opinión que Newman trabaja creando pequeños e ingeniosos gadgets musicales, breves ráfagas que en muchas ocasiones funcionan en bucle, como ocurre en la genial banda sonora de esa película curiosísima que fue “Una serie de catastróficas desdichas” y que aquí nadie fue a ver: los mayores porque pensaban que era para niños; los niños porque les daba miedo. Yo como no soy ni mayor ni niño pues la vi. Y me gustó. Mucho.

(Me estoy volviendo a ir por las ramas)

Collage. Símbolos. En el ámbito visual y en el musical. Lo primero que vemos y oímos son los símbolos esenciales que van a reaparecer a lo largo de la cabecera: el cuervo (pájaro de mal agüero) y el árbol (ay los quebraderos de cabeza que les dio a los chicos de la HBO dar con “el árbol”!). Al mismo tiempo, y con igual importancia, escuchamos un acorde pianístico punzante y agudo que se repite con insistencia, un acorde de séptima mayor construído por superposición de cuartas. Traduccción: un acorde gélido. Un hallazgo lo del acorde, oiga. Dicho acorde viene a representar el impacto súbito que produce en nosotros el inesperado anuncio de un deceso, el estupor en el que nos sumimos en un trance así y el estado de confusión, preguntas, desconcierto, todo lo que se quiera, que viene a continuación. El acorde es un grito, un dolor. ¿Todo eso cabe en un acorde?. En este sí, desde luego.

Podría hablarse, y mucho, de la acertada sincronía entre lo que vemos y lo que oímos. Dos ejemplos: el hermosísimo plano de la separación de manos (se separan bruscamente coincidiendo con la enésima repetición del acorde -la brusquedad nos habla del doloroso momento de la separación, de la pérdida- para flotar en el aire a continuación a cámara lenta como contraste -representando, quizá, el estupor de quien se queda y el misterio que deja quien se marcha: ¿hacia dónde va?-). Otro ejemplo: la música se pone verdaderamente en marcha coincidiendo con el brusco giro que hace la rueda de la camilla de un difunto al iniciar su viaje a través de un largo pasillo de hospital que deja atrás el mundo de los vivos -representado por la silueta de un ser humano al contraluz- y se adentra en un más allá cuyo misterio insondable se traduce en un blanco deslumbrante que ciega la pantalla.

Pero lo que me interesa en este post no es tanto la sincronía como el trabajo de collage en sí, la suma de trocitos que, juntos, conforman un todo narrativo. En este sentido hay tres momentos especialmente significativos que se corresponden con tres reflexiones fundamentales que nos plantea el hecho en sí de la muerte, a saber: 1) la ancestral inquietud del ser humano sobre la posibilidad de la existencia de un más allá de la muerte; 2) la condición del ser humano como un ente mortal y 3) el inexorable paso del tiempo, la fugacidad de la existencia.

Estos tres fragmentos del collage están representados de la siguiente manera: la incertidumbre ante un más allá lo representa la cámara girando sobre sí misma mientras mira al cielo, al tiempo que la música cesa su ritmo dejando suspendido en el aire un acorde estático que viene a significar un instante sin contornos ni pliegues, un infinito, mil preguntas sin respuestas. El resultado es estético, estático y extático.

Similar procedimiento musical (ausencia de ritmo dejando flotar un acorde en suspenso) acompaña la breve ráfaga visual que representa la inexorabilidad del final: unas flores marchitándose en un jarrón mientras el acorde fluctúa, languidece.

Curiosamente, esta ausencia de ritmo en los fragmentos claves contrasta con el segmento que nos habla de la fugacidad de la existencia. Aquí no sólo hay ritmo sino que es un ritmo insistente; en realidad se asemeja al sonido de la maquinaria de un reloj: el paso del tiempo. No es menos significativo (y me parece todo un acierto) que las imágenes nos presenten entonces un recipiente de líquido de embalsamar graduado y numerado: simbolizan las dimensiones de un todo finito que descuenta latidos progresivamente.

Con estas pistas sólo queda disfrutar del estupendo y minucioso trabajo realizado que invita a ser visionado varias veces porque una vez sabe a poco. A mí me pasa. Menos mal que está el dvd y siempre puedes echar mano del mando a distancia y volver al principio. Sobra decir que lo que viene después de la cabecera está a la altura. Qué gran serie (ya difunta, por cierto).

“Six Feet Under” – Cabecera

(Click en el centro de la imagen para visionar el video)

Aniversario

PapaRecuerdo fragmentos deshilachados. Recuerdo su sonrisa, sus largos y súbitos silencios, el olor del café con leche, el cine de los domingos (fila 12, números 2 y 4), las excursiones en el ruidoso Renault azul, el reloj de pulsera en la muñeca derecha, el sillón ante el televisor y las Nochebuenas. Recuerdo verle dibujar ante el tablero inclinado, y el sonido áspero de la plumilla trazando líneas en el papel cebolla, y las explicaciones: esto será un pasillo, esto una puerta, esto un dormitorio, y allí vivirán personas. Y mis preguntas. No recuerdo, sin embargo, el calor de sus abrazos, ni el sonido de su voz. No sé quién fue, qué cosas llenaron su corazón de alegría, a qué miedos tuvo que enfrentarse. Recuerdo el momento de su despedida, el mensaje secreto al oído, el aire cálido de su aliento y después el contacto de sus labios en mi mejilla, todavía fría de Octubre porque llegaba a casa del colegio, y el último beso. Y el guiño de su ojo izquierdo antes de entrar en el ascensor camino del hospital. Y luego el silencio largo, de pie con la mochila a la espalda. Y la certeza.

Hoy hace 25 años que murió mi padre.