Cabecera 16 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 6 comentarios , trackback
“AnatomÃa de Grey” (2005-…)
Desconozco si algún certamen tiene establecido un premio en la categorÃa de mejor diseño de cabeceras para series de TV (pero si no existe, ya tardan)
Reflejos 15 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackback“…como si supiera que al otro lado está el joven Malvás”.
SÃ, yo lo sé. Está esperando.
Este post es consecuencia del anterior.
EfectÃvamente, yo no sé si algún dÃa llegaré a escribir un relato o una novela. Pero lo que sà sé es que su protagonista ha asistido esta tarde a una clase de matemáticas.
Y asà empieza todo.
Yo creo que no sabrÃa construir una ficción que lo fuera absolutamente, como tampoco me veo relatando -qué aburrido- una realidad fotográfica. Más bien me sitúo en medio. Yo necesito partir de algo tangible: una persona que pasa por la calle, un rostro, un acontecimiento, una voz… y a partir de allà voy diluyendo lo real en la olla de lo literario, aderezando los ingredientes, mezclándolos al calor de la imaginación, apartando el jugo sobrante…
Alguna vez he escrito que durante los años que me vi forzado por las circunstancias a pasar largas temporadas sin salir de casa, me habitué a mirar el mundo a través de la ventana del salón. Esa experiencia me marcó porque descubrà muchas cosas: descubrÃ, por ejemplo, que atrincherado tras ese muro transparente de cristal veÃa desfilar una interminable humanidad de desconocidos de los que, paradójicamente, terminabas sintiéndote especialmente cercano, sobre todo si te aprendÃas sus horarios y casi (y sin casi) podÃas esperar su llegada a diario. Es como si la propia ausencia de toda información sobre esas personas (nombres, biografÃas, voces, ocupaciones y preocupaciones) te hiciera sentirlos más “verdaderos”, valga la expresión. Como si todos los datos que nos identifican funcionaran en realidad como interferencias que no nos dejaran ver con claridad. Como si hasta su propio caminar abstraÃdo fuera revelador de una verdad que no se da en el contacto directo, donde se establece otro código de comunicación que, no por explÃcito, aporta necesariamente mayor información. Asà lo he sentido innumerables veces.
En ocasiones, ves emerger de entre los transeuntes a alguien que destaca entre los demás por alguna razón que no sabrÃas explicar y que parece ofrecerte una historia, su historia, o quizá serÃa más exacto decirte que te la pide, te invita a que le pongas palabras, que le deletrees, que le cuentes. Por supuesto, no se trata de hacer un juego de adivinación, sino de revestir ese anonimato desde la mera contemplación. Es ahà donde empiezan a actuar la intuición y la imaginación. Y es entonces, en mi caso, donde puede surgir la literatura. Dudo que suceda antes.
Hace unos meses, un amigo cineasta me pasó el guión de un cortometraje y me pidió que le sugiriera rostros para sus personajes. La tarea no era fácil, sobre todo en el caso de uno de ellos. Sin embargo, apareció de pronto, un mediodÃa, al otro lado de la ventana. Lo supe al instante: no es otro, me dije. Lo curioso (y lo divertido) del caso es que ves pasar al susodicho delante de tus narices y te das cuenta de que no puedes dar con un desconocido que ya se pierde acera arriba y de quien nada sabes. Y aún teniendo una hipotética forma de contacto (que tampoco la tienes) eso no asegurarÃa que esa persona pudiera actuar ante una cámara, aunque el director aprobara la elección, aunque tú supieras (con permiso del director) que “es” el personaje sin duda alguna.
Pero hubo algo más curioso todavÃa. Tras cerrarse el casting, de repente empecé a encontrarme al personaje por el que yo aposté (y lo sigo haciendo) en los lugares más inverosÃmiles de la ciudad, a cualquier hora, en numerosas ocasiones, con una frecuencia llamativa, casi te lo podÃas esperar al doblar una esquina, ahà estaba, hasta el punto de llevarme a pensar la ocurrencia divertida de que sólo eso ya merecÃa un pequeño guión paralelo, o un breve relato a modo anecdótico. Sobre todo porque el azar, que cuando juega lo hace caprichosamente, ha seguido sumando elementos que han determinado que yo conociera, ante mi sorpresa y de la manera más fortuÃta, que esta persona de la que no sé ni siquiera el nombre iba a asistir, esta tarde, a una clase de matemáticas.
Para mà eso es lo suficientemente estimulante como para intuir que ahà hay un material esperando. Mi forma de crear empieza asÃ: un pálpito, una intuición, una casualidad que reincide y un reflejo de la realidad atrapado en un tarro de cristal, aguardando. Y siempre, dándole la vuelta a las convenciones: yo no creo a un personaje desde la nada a partir de las huellas de personas reales que me son cercanas sino que hay una persona a la que no conozco (condición indispensable para re-crearla) asistiendo a una clase de matemáticas a las 4 de la tarde un viernes, y portadora de un misterio y un silencio al que un dÃa pondrá luz y voz su personaje.
Prólogo 15 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios , trackback“…como si supiera que al otro lado está el joven Malvás”
(Julio Mazarico/Manuel Arriazu)
Yo no sé si algún dÃa llegaré a escribir un relato o una novela. Pero lo que sà sé es que su protagonista está en estos mismos instantes asistiendo a una clase de matemáticas.
(asà empieza todo)
Partitas 14 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Música , 5 comentarios , trackbackA media tarde me ha dado por ponerme al piano a tocar las 6 Partitas de Bach. De tirón y de memoria, después de muchos (8, 10?) años. Unas dos horitas de música. Con un par (de manos).
Por supuesto, el resultado ha sido en lÃneas generales espeluznante.
Pero también debo confesar, tras este sincero acto de humildad, que ninguna interpretación de ese milagro que es la Partita 3 me ha resultado nunca del todo satisfactoria… excepto la mÃa. SÃ, qué pasa, una cosa por la otra, no? Defender mi visión de la Partita 3 me costó soportar estoicamente 40 eternos minutos de espera en un pasillo mientras un tribunal deliberaba tras mi último examen de piano.
¿Se hace alguien idea de lo que duran 40 minutos en momentos as�
TodavÃa me estoy viendo en aquel pasillo deprimente, con mi amiga Paola al lado, únicos seres humanos en aquel lugar (yo era el único incauto que se presentaba), escuchando ambos cómo caÃa una tromba de agua afuera. 40 minutos. 40.
Al final se abrió la puerta y un tipo se fue por la derecha sin levantar la vista (pero dijo adios, buenas tardes) y una tipa se fue por la izquierda sin levantar la vista (pero también dijo adios, buenas tardes). Pues buenas tardes. Pero el presidente del tribunal se acercó a mà sosteniendo una papeleta vuelta para sà a la altura del pecho y dando golpecitos con sus dedos sobre ella. Me dijo: “ha habido una serie de desavenencias en el seno del tribunal sobre su manera de abordar a Bach que ha alargado la resolución notablemente”. Y yo pensé: “uy, uy, uyyy” (3 veces uy, como la Partita) y entonces casi me da un patatús al caer en la cuenta de pronto que no era normal que la deliberación durara el doble que la Partita. Entonces me dije: “ay, madre mÃa!”.
Pero el presidente del tribunal todavÃa no habÃa terminado de hablar, manejaba muy bien el tempo escénico, y entonces añadió: “…sin embargo, finalmente se ha impuesto el criterio que consideraba interesante su interpretación. Felicidades”. Y -por fin- dio la vuelta a la papeleta, me la entregó y estrechó mi -dolorida- mano. Y los jodidos de ellos habÃan puesto un sobresaliente! SÃ, digo bien, los jodidos de ellos. Porque 40 minutos de deliberación se supone que los merece un asunto serio, como cuando te deslizas por la cuerda floja del 4,5 y el 5, del aprobado rapadillo al suspenso alto. Te los imaginas decidiendo si pulgar arriba o pulgar abajo. Entre esas 5 décimas hay mucho en juego. Pero semejante debate para un sobresaliente… Seguro que lo hicieron para esperar a que dejara de diluviar, le dije a Paola a la salida. Anda, anda, dijo ella. (Pero seguro que fue por eso: ninguno llevaba paraguas, que me fijé en eso. Siempre me fijo en esa clase de detalles accesorios). En cualquier caso, yo tan contento claro, aunque luego no sirvió para nada porque no pude terminar los estudios. Pero mira, eso que me llevé.
Pues hoy me he puesto a tocar las 6. Me ha dado por ahÃ, tantos años después. Y un horror, salvo excepciones. Pero a pesar de todo ha sido muy gratificante. Abordar el ciclo es toda una experiencia. De la cristalina Partita 1 a la abstracta y extraña Partita 6, uno descubre que esa música depende en todo momento del color del tono elegido, de la tonalidad. SÃ, la Partita 1 sólo puede ser como es estando escrita en Si bemol Mayor y asà con todas. En tonos distintos Bach habrÃa compuesto otra cosa. Están dispuestas de manera que flanquean la joya de la corona, esa Partita 3 que sólo pudo nacer de esa hermosa manera a la luz serena del tono de la menor. Cuando Bach recurre a la tonalidad de la menor hay que apresurarse a acercar el oÃdo.
A lo largo de la larga travesÃa hay momentos para todo. Hay momentos francamente duros, como el Capricho que cierra la segunda Partita (tan exigente como genialmente escrito, da mucho de sÃ), otros irrepetibles (la FantasÃa que abre la Partita 3, bien llamada FantasÃa porque siendo en realidad una larguÃsima Invención a 2 voces la puedes interpretar lenta, rápida, la puedes pulsar suelta, ligada, da igual, es maravillosa bajo cualquier circunstancia por extrema que sea, lo que la convierte, me atreverÃa a decir, en un caso único). Es una Invención a 2 voces que yo siempre toco más de 2 veces.
Y el ciclo también recoge la que, en mi modesta opinión, es posiblemente la más redonda exposición de fuga que escribiera Bach: los primeros compases de la Giga que cierra la Partita 5, un prodigio de escritura contrapuntÃstica a 3 voces (la textura contrapuntÃstica por excelencia), por cuanto las voces se complementan y al mismo tiempo mantienen su independencia de manera admirable: una calla cuando la otra habla mientras la tercera hace de contrapeso allà donde se necesita. Una exposición ejemplar, una lección magistral de contrapunto.
Y tantas otras cosas.
Ha sido un reencuentro de lo más agradable y, curiosamente, a lo largo de la interpretación ha llovido a cántaros varias veces como en la tarde lejana del examen. Pero esta vez no ha habido que esperar 40 minutos a nadie, aunque Paola no estaba tampoco.
(Qué habrá sido de Paola, por cierto)
Incidencia 14 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 21 comentarios , trackbackAyer a mediodÃa me caà con todo el equipo. Y desde entonces me refugio debajo de una mesa con el portátil en las rodillas y abro una ventanita blanca en alguna parte y me quedo un rato allÃ.
Futuro 12 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios , trackbackEsta noche me ha llamado por teléfono la madre de Sergio. Al parecer, ya ha comunicado a su familia la noticia de que prosigue sus estudios universitarios afrontando la superior de Telecomunicaciones. Por un instante he pensado que llamaba para reñirme porque, lo confieso, le he alentado para ello habida cuenta de sus facultades y de sus ganas por seguir estudiando pero no, para mi asombro la buena mujer ha llamado emocionada y agradecida.
La madre de Sergio sigue estando convencida de que detrás de muchos de los momentos más importantes de la vida de su hijo estoy yo, agazapado, alentándole incondicionalmente. Y si me puedo permitir reconocerlo sin rubor es porque mi labor se ha limitado a escuchar. Desde que conocà a Sergio con 9 años y me percaté de que allà habÃa una inteligencia fuera de lo común sólo equiparable a las extraordinarias cualidades humanas que ha desarrollado con el tiempo no he hecho otra cosa que escucharle. Ese es el secreto. Él habla, yo escucho atentamente, ordeno las piezas y vuelvo a exponer lo que me acaba de decir y por alguna razón eso produce el curioso efecto de que se escuche a sà mismo. Es como si yo pusiera delante de él un espejo donde mirarse con cierta perspectiva (en todo caso, a veces, asomo la cabeza a un lado u otro del espejo para apostillar algo, para algo debe servir doblarle casi la edad a alguien, digo yo). Pero poco más. Y asà hemos ido sorteando las dificultades, los problemas y los retos que han ido saliendo al paso a lo largo de los años. También hemos celebrado y saboreado los buenos momentos, los ratos felices, y entre medias hemos ido forjando una amistad inquebrantable en la que nos sentimos como hermanos el uno del otro.
Este verano hemos compartido muchas madrugadas de conversación. Empezaban con el visionado de una pelÃcula de terror (por momentos me he sentido el Padre Karras, menuda selección!) y luego venÃa una larga charla que transitaba las horas cómplices de la madrugada y se prolongaba hasta casi el amanecer hablando de infinidad de cosas con esa intensidad, tranquilidad y confidencialidad que sólo proporciona la noche. Y allà fue donde me encontré, en el transcurso de una de esas veladas, entre comas y puntos y aparte, trocitos de piezas que, juntas, manifestaban el deseo entusiasmado de seguir estudiando. Yo sólo puse el pegamento y, como siempre, todo mi aliento y apoyo y hoy la decisión se ha materializado a los postres de la comida familiar.
Una noche, hará cosa de un mes y medio, el sonido del móvil me sobresaltó. Por la noche el móvil siempre sobresalta, porque suena más y porque suele presagiar malas noticias. Era Sergio. Como me conoce de sobra lo primero que hizo fue apresurarse a decir: “no pasa nada, tranquilo”, se sonrió (por teléfono se ven las sonrisas) y dijo que estaba en la puerta. “¿Del portal?”, pregunté yo. “No, de tu piso”, respondió. Abrà la puerta y nos encontramos frente a frente con sendos teléfonos en la oreja. Le hice pasar, se sentó en el sofá, me senté frente a él y le pregunté el motivo de tan inesperada visita. Y ante mi asombro me dijo que venÃa a que le contara de una vez lo que me ocurrÃa. Eso dijo: “quiero que me lo cuentes todo porque creo que ya es hora, no crees?”. Me quedé de piedra, se supone que yo ejercÃa de hermano mayor y esas cosas. Vaya. Intenté escabullirme un poco al mismo tiempo que le restaba importancia diciéndole que no podÃa ayudarme, que era sólo una mala racha pasajera. Y entonces dijo: “¿y no es mejor saberlo aunque no pueda hacer nada a que me vaya sin hacer nada pero con la incertidumbre añadida de que algo pasa?”.
Qué puñetero. Está visto que cuando uno es listo es listo para todo, leches.
Está bien, me dije, sea, no puede pasarle nada malo, ya no es un chaval. Y me puse a contarle lo que pasaba por mi cabeza y por mi corazón: que a veces pasan cosas que a uno se le apoderan o le desconciertan. Le hablé de la presencia y del peso de un dolor que no es fÃsico, pero que duele igualmente. Y le hablé de la incertidumbre. Y del cansancio de luchar. Medà mis palabras con todo mi afecto cuidadoso de sus efectos pero ese mismo afecto y respeto hacia él me llevó a mostrarme sincero. MentirÃa si dijera que me resultó difÃcil hablar. Nunca es difÃcil hablar con el corazón. Me escuchó muy atentamente y cuando terminé dejé caer una frase desenfadada para despejar un poco el ambiente. Por si acaso.
Cuando descubres que aquellas personas que siempre parecieron inmunes también se duelen y se rompen te desconciertas. Ellas fueron tu referencia en un momento determinado. Hay quien entonces se asusta, hay quien se hace el sueco y hay quien se da la vuelta porque ya no sirves para desempeñar el cometido que les llevó a tÃ. Nadie está obligado a nada. La noche que le conté a Sergio que a mà también me dolÃan las cosas se me quedó mirando un rato en silencio y entonces se puso en pie, se acercó, me izó por los hombros con su metro ochenta y cinco como si fuera de papel y me dio un abrazo muy largo. Y mientras escuchaba a su respiración mantener un pulso con la emoción me di cuenta, desconcertado y confortado, que los papeles que nos habÃa tocado representar durante los años anteriores se habÃan intercambiado ese dÃa. A la noche siguiente vimos “Saw II” con un par de coca-colas y los pelos de punta y hoy, Sergio ha dicho en casa que sigue estudiando. Me lo ha dicho su madre por teléfono. Y yo tan contento.
Retorno 11 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Cine , 4 comentarios , trackback
Va una manÃa, que hay confianza: yo dejo pasar un tiempo antes de ver las pelÃculas nuevas, sobre todo si vienen con mucho condimento (es decir, si se habla mucho de ellas). Dejo que se posen un poco y cuando ya apenas se oye nada me entrego a ellas, virgen. Por eso cuando se estrenó “Superman returns” lo que hice para animar la espera fue retornar al anterior Superman, el de 1978. Lo mencioné en un post, un momento que lo miro a ver si lo encuentro. SÃ, aquà está.
Pues ya ha llegado el momento.
TenÃa yo mis miedos, fÃjate, porque me preguntaba si la tarea de modernizar la figura de Supermán serÃa posible. Y es que seamos sinceros: en el firmamento de 2006 un tipo volando con disfraz y capa resulta bastante ridÃculo. Pues para mi sorpresa, tranquilidad y gozo, Bryan Singer lo ha conseguido aun cuando la estética de la pelÃcula (de un eclecticismo muy curioso) no duda en recurrir a un look años 30, la década en la que surge el cómic, para mostrar la imaginerÃa principal del mito: la fachada del “Daily Planet”, con sus elementos art deco, o el vestuario y el peinado de Lois Lane, que bien podrÃan salir de una comedia de Gregory LaCava para la RKO. ¿Cómo consigue Singer modernizar al personaje entonces? Humanizándolo. Mucho. Este Supermán tiene corazón y sufre a fondo las pasiones humanas. Sus encuentros con Lois Lane vibran. Ese susurro de Lane al volver a abrazar al héroe al amparo de la noche tras tantos años (“Dios mÃo, no recordaba el calor que emanas”) resulta conmovedor. A este Supermán se le quiere.
Hay un discurso autorreferencial constante que transcurre paralelo a la trama dirigido a hacer las delicias de las generaciones entraditas en años y que se concreta en escenas que, o bien son un calco exacto a modo de guiño de otras tantas que aparecen en el Supermán de Donner o bien las parodian. Ambas son deliciosas. Y remontándonos mucho más atrás en el tiempo, incluso llegamos a presenciar la reproducción literal en imagen de la mÃtica portada del número uno del cómic original de 1938.
Y hay otros dos elementos que me llaman poderosamente la atención. El primero de ellos tiene que ver con el montaje de las secuencias de acción. Me pregunto, ¿no está saltando por los aires la sintaxis cinematográfica? Me refiero a que se recurre a una pirotecnia visual de cambios de plano vertiginosos desde tropecientos ángulos cuyo deslumbramiento oculta la incoherencia del ensamblado entre planos imposibles (examÃnese la aparatosa secuencia en la que la amante de Lex Luthor pierde los frenos de su coche llevándose consigo cuanto encuentra a su paso por las populosas avenidas de Metrópolis).
Y luego la música. La pregunta es: ¿para qué hay un compositor? Y la respuesta es: para mostrar (si es que a estas alturas hacÃa falta) lo enorme que es John Williams. La labor del compositor, de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, es que no me acuerdo, consiste en utilizar la memorable música que compusiera el maestro en 1978 y, ocasionalmente, aportar algo de propia cosecha. La cosecha da aquà dos frutos: nuevo material melódico o reorquestación del antiguo. Cuando ocurre lo primero es como si nos volviéramos sordos súbitamente: no se oye aun cuando suena, tan insustancial es. Lo segundo es especialmente interesante: la reorquestación del material de Williams decolora notablemente la textura tonal lo que viene a demostrar que Williams no sólo es un grandÃsimo compositor sino también un gigante de la orquestación.
Lo más importante de todo es que a este Supermán con corazón es imposible no quererlo. Eso a mà me ha tocado, mira.
Album 11 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Album , 3 comentarios , trackback
Tacto 10 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , Añade un comentario , trackback“Hoy son las manos la memoria”
………………………………………………………………….(Pedro Salinas)
Casualidad 9 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 23 comentarios , trackbackPartimos de dos supuestos:
Uno. Estoy en una sala de espera la tarde noche del viernes ojeando una revista cientÃfica donde pone que la Voyager II se aleja del sistema solar a la friolera velocidad de 15 kilómetros por segundo. Ese dato ya lo conozco pero siempre que lo recuerdo cierro los ojos y cuento varios segundos (uno, dos, tres…) y me da vértigo pensar en la distancia recorrida por la pequeña sonda. Pero estoy en la sala de espera contando segundos con los ojos cerrados (uno, dos, tres…) y antes de que me entre el vértigo suena el móvil. Belén. Plan de viernes por la noche. Antes era refractario a salidas de fin de semana pero me debo estar haciendo mayor porque ahora el ofrecimiento me parece de lo más estimulante. Vale. Quedamos.
Dos. Hay un tipo por ahÃ. Veintitantos años. Tiene un rasgo destacable. Habla. Habla mucho. Bueno, eso dicen, porque recuerdo que en un curso de seis sesiones que impartà hace tiempo le dije por seis veces “buenos dÃas, qué tal” y por seis veces “adios, hasta la semana que viene” y él no abrió la boca.
Igual le dolÃa una muela.
Pero una vez abrió la boca para decir algo de una persona cercana a mÃ. Dijo que si un dÃa a esa persona le pasaba algo malo lo celebrarÃa con champán. Espero que el champán al menos fuera de marca buena porque lo debió tomar. Las personas a veces tienen mala suerte en la vida y lo pasan mal.
(La persona en cuestión era (es) mi hermano)
Creo que el tipo también toca las maracas, o algo. Habla mucho y toca las maracas.
Bien, partiendo de estos supuestos, salgamos por ahà el viernes por la noche.
Entramos en un chino (sÃ, ya he superado el repelús de la última indigestión). Acostumbrado a ir entre semana, este viernes por la noche hay algo que me llama la atención. Hay gente. Demasiada. Es curioso que a mà las aglomeraciones me incomoden cuando precisamente mi trabajo consiste en desnudarme emocionalmente delante de mucha gente y eso no me incomoda nada, no me produce ningún pudor. Pero de pie contemplando el rebosante restaurante me doy cuenta de que lejos de sentirme incómodo hasta le encuentro gusto a eso de sentarnos a una mesa rodeados de todas esas personas, con sus respectivos rollitos de primavera y sus respectivos rollitos de finales de verano. Realmente, me debo estar haciendo mayor.
A los pocos minutos de estar sentados a la mesa y mientras me llevo el vaso a la boca, una pareja se sienta a nuestro lado, única mesa que queda libre en todo el restaurante y mi sentido arácnido se pone a vibrar de inmediato. Miro de reojo. No puede ser. Suenan maracas. Cristo!, que dirÃa Chinaski. Evito girar la cabeza y hago intención de hacerle una pregunta de confirmación a Belén que dispone de un ángulo de visión mejor pero sólo acierto a ésto:
-¿…
Porque para entonces Belén ya está haciendo con la cabeza ésto:
(ahora hay que imaginar un gesto de afirmación)
Decido tomarme la cosa con humor porque hace tiempo aprendà que el rencor sólo sirve para envenenarle a uno más. Y eso no. Allá cada cual con su conciencia, aunque la verdad es que esa frase hecha sólo sirve si el cual en cuestión tiene conciencia. En fin. Estaba en que decido tomarme la cosa con humor y sin bajar la voz exclamo:
-¿Pero es posible???
Y Belén se rÃe. Al principio tapándose la boca por timidez pero luego abiertamente. Y yo me acuerdo de Bogart en “Casablanca” cuando está sentado a la mesa y dice aquello de “entre todos los tugurios del mundo ha tenido que elegir éste!”. Y da un golpe con el vaso en la mesa que viene a sustituir a lo que los guionistas no se atrevieron a poner en 1942: “Joder!”.
(Tócala, Sam. Ya sabes lo que no quiero oir: maracas)
Belén se sigue riendo. Me encanta cuando Belén se rÃe a carcajadas.
Es muy raro todo. HacÃa siglos que no salÃa un viernes por la noche a un sitio que no fuera la casa de unos amigos y de repente tengo al alcance de la mano al tipo del champán y las maracas, tan al alcance de la mano que si estirara esta mano derecha con la que estoy tecleando las oes, las pes, las eles y las comas de este post, amén de la barra espaciadora, le tocarÃa en el hombro. Y la Voyager II tan lejos (uno, dos, tres…) SÃ, la verdad es que todo es muy extraño.
Terminamos la cena. La casualidad quiere que nos sirvan a ambas parejas a la vez el licorcito raro ese que dan en los restaurantes chinos y que yo nunca pruebo porque me sabe a colonia. Lo que suelo hacer para no hacer un feo es mojar los labios y luego los remojo en coca cola y listo. Nos ponen los minúsculos vasitos sobre la mesa y a mà se me ocurre decir:
-¿y si brindamos con champán???
A Belén le da la tos.
No, no brindamos con champán. Ni falta que hace. Belén dice que brindamos por nosotros y asà lo hacemos. Y yo mojo los labios y luego pienso que si brindara por el tipo de las maracas que tengo al lado no serÃa para desearle nada malo, sino para que algún dÃa le entrara un poquito de eso que se llama “humanidad”. Y remojo los labios en coca cola.
Hace una noche extraordinaria y damos un largo paseo y acompaño a Belén a su casa pero encontramos un jardÃn nuevo (Belén me dice que lleva unos 3 años allÃ, el jardÃn, y yo me asombro y me repito que cada vez estoy más convencido de que desconozco por completo mi ciudad) y nos sentamos en un banco a hablar a media voz con el confortable susurro de los aspersores al fondo y el olor del césped. Y la luna arriba. Y hablamos mientras comemos caramelos de colores. Y nos dan las mil. Pero tan a gusto.
Yo guardo un mensaje de Belén en mi móvil desde hace muchos meses. A veces, cuando las noches son oscuras, enciendo la luz de la pantallita y leo: “Estaré siempre”. Y me duermo más tranquilo.
Regalo 7 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 14 comentarios , trackbackEsta tarde, mi amigo Javi me ha mirado a los ojos y me ha dicho lo mucho que significo para él, lo mucho que le importo; que nuestra amistad es un tesoro que no tiene precio y que conjuga en futuro. Que es un lugar de crecimiento continuo. Me ha dicho que está conmigo y estará siempre, a mi lado, muy cerca. Me ha dicho que si pudiera me darÃa la salud que me falta. Que me necesita. Y me ha dicho que me quiere mucho.
Y a mà se me han saltado las lágrimas.
A veces, las lágrimas ponen la palabra justa en la respuesta. Con Javi, hasta las lágrimas reconfortan.
Necesidad 6 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 18 comentarios , trackbackA veces uno se emociona,
y se detiene…
Mañana inicio un periodo sabático de duración indeterminada.
Necesito salir del tiempo, olvidarme de la obligación de las horas, dejarlas pasar. Sentarme en la penumbra del salón escuchando el tic tac del reloj y mirar la manecilla del secundero dar vueltas y quedarme muy quieto. Necesito sentir que siento, qué siento, salirme al encuentro. Necesito sentirme y sentiros. Darme el placer de abrir un libro y leer una página impar a la luz amarilla de una tarde de otoño. Y dejarlo asÃ. Contemplar la luz de Noviembre en una botella. Poner la mano derecha sobre el teclado y hacer sonar una tecla blanca y esperar a que el sonido se extinga.
Necesito perderme entre la gente, ver pasar a los escolares desde la ventana, dar los buenos dÃas a la vecina que me sigue llamando José. Necesito llorar y llorarme. Necesito abrazaros y el refugio de vuestro abrazo (Raquel, Sergio, Ana y todos los nombres que representáis). Necesito creer que amar no pudo ser algo tan terrible. Y sonreir. Y reir. Necesito sentarme en mi planeta a ver 43 puestas de sol si es necesario sin que nadie me mire. Necesito la tranquilidad y cerrar los ojos un rato. Y escuchar la voz de mi corazón.
Necesito sentir en el rostro la lluvia de Octubre, aspirar el olor a tierra mojada y dejar el rastro de mis pasos en la nieve de Diciembre. Necesito estremecerme sintiendo el silencio de la nieve al caer y emocionarme con el verso que me escribas a las 3:15 de la madrugada en la blanca nieve de la pantalla. Necesito imaginar lo que se debe sentir cuando alguien te acaricia el rostro. Necesito silencio. Y el susurro. …y la penumbra de no sentirme solo… Y daros las gracias, siempre. Necesito mirar mis cicatrices, las de dentro y las de fuera. Necesito disponer de tiempo para que las heridas duelan lo que tengan que doler y luego sanarlas. Necesito mirarme al espejo y reconocerme, y quererme. Y perdonarme. Necesito necesitarme.
Y os necesito.
Necesito todo eso y más si fuera necesario porque, si no, creo que me voy a morir.
Y no lo quiero. Y os quiero.
Pregunta 6 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Varios , 6 comentarios , trackback“Who knows where the time goes?” (Judy Collins)
1´22´´/960k/mp3
Resfriado 5 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 9 comentarios , trackbackPues al final he pillado un resfriado bien gordo. No sé si serán efectos residuales de la radiactividad o de los disgustos, o una combinación de ambos, pero el dato objetivo es que he pillado un resfriado notable. De hecho, escribo intermitentemente entre toses, estornudos y moquiteos que me hacen dejar de escribir para coger el pañuelo. Lo que pasa es que en el blog no se me oye. La que me oye es Mari que va por el pasillo con la balleta y a cada estornudo dice: “pues sà que lo has cogido bueno”, o “vaya catarro, desde luego, hay que ver”, o “a ver si me acuerdo que hay que comprar suavizante para la lavadora”.
Yo cuando toso me doy mucha pena, sé que es absurdo pero asà es, me doy mucha pena.
Ayer por la tarde estuve toda la tarde tirado por el sofá, moqueando y con la cabeza como un bombo. El tÃpico abatimiento catarral. Me debà de quedar dormido y cuando abrà los ojos estaba en una posición tal que vi casi boca abajo un primer plano de Karmele Marchante vociferando. Dios, qué despertar. DebÃa vociferar porque se le ponÃan las cejas de punta pero el volumen de la tele estaba enmudecido.
Como eran cerca de las 8 de la tarde decidà armarme de valor y bajar a la farmacia a por Couldina. Por la calle debÃa hacer unos 73 grados (más o menos). Al entrar en la farmacia hacÃa unos 14 (más o menos). Lo mejor para el resfriado. Fui al grano: “Couldina”. Pero a continuación me asaltó una duda importante y le pregunté al farmacéutico si era la Couldina la que ponÃa de mala leche o si eso pasaba con el Frenadol porque entonces la Couldina era la que ponÃa tristón. Y lo que faltaba. Esto de los efectos secundarios es muy raro. Lo que no entiendo es por qué cuando expreso esos temores la gente se sonrÃe, véase si no la expresión del farmacéutico. Es como cuando te dicen: “pero hombre, dónde te has pillado un resfriado asÔ y yo contesto: “es la radiactividad y el disgusto”. Y se sonrÃen.
La gente no me comprende. Yo a la gente tampoco.
(Mari dice que se va, que hasta mañana, que menudo catarro, que tome vitamina C, que eso, ya sabes, sigue su proceso, a ver si me acuerdo del suavizante para la lavadora, dice. Hasta mañana, Mari)
Estábamos en la farmacia. La Couldina. El farmacéutico me miró fijamente y me dijo: “¿emejota, te duele un poco la cabeza, a que sÃ?” Y yo le respondÃ: “un poco, sÔ. “Pues trae”, dijo, y ante mi asombro, dejó la caja de Couldina encima del mostrador y me cogio con las manos de las muñecas y empezó a dar un masaje extraño con los pulgares. Al principio era un poco incómodo porque me estaba mirando fijamente a un palmo de distancia y yo me hice un poco el distraÃdo mirando un poco a la derecha y un poco a la izquierda. A la derecha habÃa un expositor de preservativos. PonÃa algo de fresa. A la izquierda habÃa un montón de cepillos de dientes de complicadÃsimas formas aerodinámicas.
Pero de repente, de verdad, de verdad que pasó, el dolor de cabeza empezó a desinflarse, como si fuera un globo, y una sensación de cierto bienestar se fue apoderando de mÃ. Me pareció lo más honesto mirar de frente al farmacéutico, a fin de cuentas el hombre vela por mi salud desde que tengo 10 años y al pensar eso casi me emocioné y todo, y entonces me dijo: “¿a que ahora ya te duele menos?” Y yo: “pues sÔ (léase con tono de cierto estupor en mi voz). Y él: “claro, me lo has pasado a mÔ. Y entonces me sentà desconcertado y hasta culpable, oye. Pero el hombre sonreÃa, satisfecho.
Hoy estoy un poco mejor asà que podré asistir a una reunión que tengo a las 4. Es importante que esté mejor y que pueda ir a la reunión porque además de llevar alivio a alguien, que de eso es de lo que se trata, espero no pasarle el resfriado de regalo.
La Couldina no pone de mala leche, eso debe ser con el Frenadol. La Couldina vale 5 euros con 50.
Efecto 3 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios , trackbackPara qué negarlo: desde la madrugada del viernes me siento triste por algo que venÃa del jueves por la tarde.
(soy de efectos retardados)
Y no sé si tendrá que ver algo ese disgusto pero desde entonces me suben unas décimas de fiebre por la tarde.
Y las mañanas, y las tardes y las noches se hacen especialmente largas.
Al menos me siento tranquilo.
(pero entristecido)
Asà que el horno no está para blogs.
(hoy no)