Reflejos

“…como si supiera que al otro lado está el joven Malvás”.
Sí, yo lo sé. Está esperando.

Este post es consecuencia del anterior.

Efectívamente, yo no sé si algún día llegaré a escribir un relato o una novela. Pero lo que sí sé es que su protagonista ha asistido esta tarde a una clase de matemáticas.

Y así empieza todo.

Yo creo que no sabría construir una ficción que lo fuera absolutamente, como tampoco me veo relatando -qué aburrido- una realidad fotográfica. Más bien me sitúo en medio. Yo necesito partir de algo tangible: una persona que pasa por la calle, un rostro, un acontecimiento, una voz… y a partir de allí voy diluyendo lo real en la olla de lo literario, aderezando los ingredientes, mezclándolos al calor de la imaginación, apartando el jugo sobrante…

Alguna vez he escrito que durante los años que me vi forzado por las circunstancias a pasar largas temporadas sin salir de casa, me habitué a mirar el mundo a través de la ventana del salón. Esa experiencia me marcó porque descubrí muchas cosas: descubrí, por ejemplo, que atrincherado tras ese muro transparente de cristal veía desfilar una interminable humanidad de desconocidos de los que, paradójicamente, terminabas sintiéndote especialmente cercano, sobre todo si te aprendías sus horarios y casi (y sin casi) podías esperar su llegada a diario. Es como si la propia ausencia de toda información sobre esas personas (nombres, biografías, voces, ocupaciones y preocupaciones) te hiciera sentirlos más “verdaderos”, valga la expresión. Como si todos los datos que nos identifican funcionaran en realidad como interferencias que no nos dejaran ver con claridad. Como si hasta su propio caminar abstraído fuera revelador de una verdad que no se da en el contacto directo, donde se establece otro código de comunicación que, no por explícito, aporta necesariamente mayor información. Así lo he sentido innumerables veces.

En ocasiones, ves emerger de entre los transeuntes a alguien que destaca entre los demás por alguna razón que no sabrías explicar y que parece ofrecerte una historia, su historia, o quizá sería más exacto decirte que te la pide, te invita a que le pongas palabras, que le deletrees, que le cuentes. Por supuesto, no se trata de hacer un juego de adivinación, sino de revestir ese anonimato desde la mera contemplación. Es ahí donde empiezan a actuar la intuición y la imaginación. Y es entonces, en mi caso, donde puede surgir la literatura. Dudo que suceda antes.

Hace unos meses, un amigo cineasta me pasó el guión de un cortometraje y me pidió que le sugiriera rostros para sus personajes. La tarea no era fácil, sobre todo en el caso de uno de ellos. Sin embargo, apareció de pronto, un mediodía, al otro lado de la ventana. Lo supe al instante: no es otro, me dije. Lo curioso (y lo divertido) del caso es que ves pasar al susodicho delante de tus narices y te das cuenta de que no puedes dar con un desconocido que ya se pierde acera arriba y de quien nada sabes. Y aún teniendo una hipotética forma de contacto (que tampoco la tienes) eso no aseguraría que esa persona pudiera actuar ante una cámara, aunque el director aprobara la elección, aunque tú supieras (con permiso del director) que “es” el personaje sin duda alguna.

Pero hubo algo más curioso todavía. Tras cerrarse el casting, de repente empecé a encontrarme al personaje por el que yo aposté (y lo sigo haciendo) en los lugares más inverosímiles de la ciudad, a cualquier hora, en numerosas ocasiones, con una frecuencia llamativa, casi te lo podías esperar al doblar una esquina, ahí estaba, hasta el punto de llevarme a pensar la ocurrencia divertida de que sólo eso ya merecía un pequeño guión paralelo, o un breve relato a modo anecdótico. Sobre todo porque el azar, que cuando juega lo hace caprichosamente, ha seguido sumando elementos que han determinado que yo conociera, ante mi sorpresa y de la manera más fortuíta, que esta persona de la que no sé ni siquiera el nombre iba a asistir, esta tarde, a una clase de matemáticas.

Para mí eso es lo suficientemente estimulante como para intuir que ahí hay un material esperando. Mi forma de crear empieza así: un pálpito, una intuición, una casualidad que reincide y un reflejo de la realidad atrapado en un tarro de cristal, aguardando. Y siempre, dándole la vuelta a las convenciones: yo no creo a un personaje desde la nada a partir de las huellas de personas reales que me son cercanas sino que hay una persona a la que no conozco (condición indispensable para re-crearla) asistiendo a una clase de matemáticas a las 4 de la tarde un viernes, y portadora de un misterio y un silencio al que un día pondrá luz y voz su personaje.

4 pensamientos en “Reflejos

  1. Ferre

    La familiaridad de los desconocidos (dicho así, parece un chascarrillo) es curiosa. A mí me pasa cuando voy por la mañana a trabajar. Suelo cruzarme más o menos con las mismas personas: los vecinos del edificio que coincidimos en la salida, los de los bancos de al lado de casa que esperan al que tiene las llaves, el de la carnicería que está ocupado con los abobos que ha dejado preparados del día anterior, los de la panadería preparando el reparto, la chavala del “Qué!”, los que están esperando en la parada del autobús cuando paso delante de ellos,…. en fin, gente que forman una especie de paisaje familiar asociado a una hora del día. Y menos mal que mi trayecto a la oficina dura menos de 10 minutos andando; llega a ser más largo y acabo conociendo a toda la ciudad ;-)

    Saludos,

    Ferre

  2. Miguel Cane

    Ah, pero ese es el misterio de crear… todos somos de un modo u otro parte de ese misterio gozoso.

    Yo aquí te sigo leyendo, acaso un personaje (alguna vez) dentro de tu narrativa que fluye.

    Gracias por el punto demostrado.

    Un abrazo, Mariano.

    M

  3. emejota

    Ferre: el próximo día que vayas a la oficina y observes ese paisaje humano piensa que también puede haber alguien observándote desde una ventana, esperando verte pasar. Quizá desde hace mucho tiempo. No sería tan extraño, créeme.

    Un abrazo.

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