Reflejos 15 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackback“…como si supiera que al otro lado está el joven Malvás”.
SÃ, yo lo sé. Está esperando.
Este post es consecuencia del anterior.
EfectÃvamente, yo no sé si algún dÃa llegaré a escribir un relato o una novela. Pero lo que sà sé es que su protagonista ha asistido esta tarde a una clase de matemáticas.
Y asà empieza todo.
Yo creo que no sabrÃa construir una ficción que lo fuera absolutamente, como tampoco me veo relatando -qué aburrido- una realidad fotográfica. Más bien me sitúo en medio. Yo necesito partir de algo tangible: una persona que pasa por la calle, un rostro, un acontecimiento, una voz… y a partir de allà voy diluyendo lo real en la olla de lo literario, aderezando los ingredientes, mezclándolos al calor de la imaginación, apartando el jugo sobrante…
Alguna vez he escrito que durante los años que me vi forzado por las circunstancias a pasar largas temporadas sin salir de casa, me habitué a mirar el mundo a través de la ventana del salón. Esa experiencia me marcó porque descubrà muchas cosas: descubrÃ, por ejemplo, que atrincherado tras ese muro transparente de cristal veÃa desfilar una interminable humanidad de desconocidos de los que, paradójicamente, terminabas sintiéndote especialmente cercano, sobre todo si te aprendÃas sus horarios y casi (y sin casi) podÃas esperar su llegada a diario. Es como si la propia ausencia de toda información sobre esas personas (nombres, biografÃas, voces, ocupaciones y preocupaciones) te hiciera sentirlos más “verdaderos”, valga la expresión. Como si todos los datos que nos identifican funcionaran en realidad como interferencias que no nos dejaran ver con claridad. Como si hasta su propio caminar abstraÃdo fuera revelador de una verdad que no se da en el contacto directo, donde se establece otro código de comunicación que, no por explÃcito, aporta necesariamente mayor información. Asà lo he sentido innumerables veces.
En ocasiones, ves emerger de entre los transeuntes a alguien que destaca entre los demás por alguna razón que no sabrÃas explicar y que parece ofrecerte una historia, su historia, o quizá serÃa más exacto decirte que te la pide, te invita a que le pongas palabras, que le deletrees, que le cuentes. Por supuesto, no se trata de hacer un juego de adivinación, sino de revestir ese anonimato desde la mera contemplación. Es ahà donde empiezan a actuar la intuición y la imaginación. Y es entonces, en mi caso, donde puede surgir la literatura. Dudo que suceda antes.
Hace unos meses, un amigo cineasta me pasó el guión de un cortometraje y me pidió que le sugiriera rostros para sus personajes. La tarea no era fácil, sobre todo en el caso de uno de ellos. Sin embargo, apareció de pronto, un mediodÃa, al otro lado de la ventana. Lo supe al instante: no es otro, me dije. Lo curioso (y lo divertido) del caso es que ves pasar al susodicho delante de tus narices y te das cuenta de que no puedes dar con un desconocido que ya se pierde acera arriba y de quien nada sabes. Y aún teniendo una hipotética forma de contacto (que tampoco la tienes) eso no asegurarÃa que esa persona pudiera actuar ante una cámara, aunque el director aprobara la elección, aunque tú supieras (con permiso del director) que “es” el personaje sin duda alguna.
Pero hubo algo más curioso todavÃa. Tras cerrarse el casting, de repente empecé a encontrarme al personaje por el que yo aposté (y lo sigo haciendo) en los lugares más inverosÃmiles de la ciudad, a cualquier hora, en numerosas ocasiones, con una frecuencia llamativa, casi te lo podÃas esperar al doblar una esquina, ahà estaba, hasta el punto de llevarme a pensar la ocurrencia divertida de que sólo eso ya merecÃa un pequeño guión paralelo, o un breve relato a modo anecdótico. Sobre todo porque el azar, que cuando juega lo hace caprichosamente, ha seguido sumando elementos que han determinado que yo conociera, ante mi sorpresa y de la manera más fortuÃta, que esta persona de la que no sé ni siquiera el nombre iba a asistir, esta tarde, a una clase de matemáticas.
Para mà eso es lo suficientemente estimulante como para intuir que ahà hay un material esperando. Mi forma de crear empieza asÃ: un pálpito, una intuición, una casualidad que reincide y un reflejo de la realidad atrapado en un tarro de cristal, aguardando. Y siempre, dándole la vuelta a las convenciones: yo no creo a un personaje desde la nada a partir de las huellas de personas reales que me son cercanas sino que hay una persona a la que no conozco (condición indispensable para re-crearla) asistiendo a una clase de matemáticas a las 4 de la tarde un viernes, y portadora de un misterio y un silencio al que un dÃa pondrá luz y voz su personaje.
Prólogo 15 septiembre, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios , trackback“…como si supiera que al otro lado está el joven Malvás”
(Julio Mazarico/Manuel Arriazu)
Yo no sé si algún dÃa llegaré a escribir un relato o una novela. Pero lo que sà sé es que su protagonista está en estos mismos instantes asistiendo a una clase de matemáticas.
(asà empieza todo)