Archivo por días: 9 septiembre, 2006

Casualidad

Partimos de dos supuestos:

Uno. Estoy en una sala de espera la tarde noche del viernes ojeando una revista científica donde pone que la Voyager II se aleja del sistema solar a la friolera velocidad de 15 kilómetros por segundo. Ese dato ya lo conozco pero siempre que lo recuerdo cierro los ojos y cuento varios segundos (uno, dos, tres…) y me da vértigo pensar en la distancia recorrida por la pequeña sonda. Pero estoy en la sala de espera contando segundos con los ojos cerrados (uno, dos, tres…) y antes de que me entre el vértigo suena el móvil. Belén. Plan de viernes por la noche. Antes era refractario a salidas de fin de semana pero me debo estar haciendo mayor porque ahora el ofrecimiento me parece de lo más estimulante. Vale. Quedamos.

Dos. Hay un tipo por ahí. Veintitantos años. Tiene un rasgo destacable. Habla. Habla mucho. Bueno, eso dicen, porque recuerdo que en un curso de seis sesiones que impartí hace tiempo le dije por seis veces “buenos días, qué tal” y por seis veces “adios, hasta la semana que viene” y él no abrió la boca.

Igual le dolía una muela.

Pero una vez abrió la boca para decir algo de una persona cercana a mí. Dijo que si un día a esa persona le pasaba algo malo lo celebraría con champán. Espero que el champán al menos fuera de marca buena porque lo debió tomar. Las personas a veces tienen mala suerte en la vida y lo pasan mal.

(La persona en cuestión era (es) mi hermano)

Creo que el tipo también toca las maracas, o algo. Habla mucho y toca las maracas.

Bien, partiendo de estos supuestos, salgamos por ahí el viernes por la noche.

Entramos en un chino (sí, ya he superado el repelús de la última indigestión). Acostumbrado a ir entre semana, este viernes por la noche hay algo que me llama la atención. Hay gente. Demasiada. Es curioso que a mí las aglomeraciones me incomoden cuando precisamente mi trabajo consiste en desnudarme emocionalmente delante de mucha gente y eso no me incomoda nada, no me produce ningún pudor. Pero de pie contemplando el rebosante restaurante me doy cuenta de que lejos de sentirme incómodo hasta le encuentro gusto a eso de sentarnos a una mesa rodeados de todas esas personas, con sus respectivos rollitos de primavera y sus respectivos rollitos de finales de verano. Realmente, me debo estar haciendo mayor.

A los pocos minutos de estar sentados a la mesa y mientras me llevo el vaso a la boca, una pareja se sienta a nuestro lado, única mesa que queda libre en todo el restaurante y mi sentido arácnido se pone a vibrar de inmediato. Miro de reojo. No puede ser. Suenan maracas. Cristo!, que diría Chinaski. Evito girar la cabeza y hago intención de hacerle una pregunta de confirmación a Belén que dispone de un ángulo de visión mejor pero sólo acierto a ésto:

-¿…

Porque para entonces Belén ya está haciendo con la cabeza ésto:

(ahora hay que imaginar un gesto de afirmación)

Decido tomarme la cosa con humor porque hace tiempo aprendí que el rencor sólo sirve para envenenarle a uno más. Y eso no. Allá cada cual con su conciencia, aunque la verdad es que esa frase hecha sólo sirve si el cual en cuestión tiene conciencia. En fin. Estaba en que decido tomarme la cosa con humor y sin bajar la voz exclamo:

-¿Pero es posible???

Y Belén se ríe. Al principio tapándose la boca por timidez pero luego abiertamente. Y yo me acuerdo de Bogart en “Casablanca” cuando está sentado a la mesa y dice aquello de “entre todos los tugurios del mundo ha tenido que elegir éste!”. Y da un golpe con el vaso en la mesa que viene a sustituir a lo que los guionistas no se atrevieron a poner en 1942: “Joder!”.

(Tócala, Sam. Ya sabes lo que no quiero oir: maracas)

Belén se sigue riendo. Me encanta cuando Belén se ríe a carcajadas.

Es muy raro todo. Hacía siglos que no salía un viernes por la noche a un sitio que no fuera la casa de unos amigos y de repente tengo al alcance de la mano al tipo del champán y las maracas, tan al alcance de la mano que si estirara esta mano derecha con la que estoy tecleando las oes, las pes, las eles y las comas de este post, amén de la barra espaciadora, le tocaría en el hombro. Y la Voyager II tan lejos (uno, dos, tres…) Sí, la verdad es que todo es muy extraño.

Terminamos la cena. La casualidad quiere que nos sirvan a ambas parejas a la vez el licorcito raro ese que dan en los restaurantes chinos y que yo nunca pruebo porque me sabe a colonia. Lo que suelo hacer para no hacer un feo es mojar los labios y luego los remojo en coca cola y listo. Nos ponen los minúsculos vasitos sobre la mesa y a mí se me ocurre decir:

-¿y si brindamos con champán???

A Belén le da la tos.

No, no brindamos con champán. Ni falta que hace. Belén dice que brindamos por nosotros y así lo hacemos. Y yo mojo los labios y luego pienso que si brindara por el tipo de las maracas que tengo al lado no sería para desearle nada malo, sino para que algún día le entrara un poquito de eso que se llama “humanidad”. Y remojo los labios en coca cola.

Hace una noche extraordinaria y damos un largo paseo y acompaño a Belén a su casa pero encontramos un jardín nuevo (Belén me dice que lleva unos 3 años allí, el jardín, y yo me asombro y me repito que cada vez estoy más convencido de que desconozco por completo mi ciudad) y nos sentamos en un banco a hablar a media voz con el confortable susurro de los aspersores al fondo y el olor del césped. Y la luna arriba. Y hablamos mientras comemos caramelos de colores. Y nos dan las mil. Pero tan a gusto.

Yo guardo un mensaje de Belén en mi móvil desde hace muchos meses. A veces, cuando las noches son oscuras, enciendo la luz de la pantallita y leo: “Estaré siempre”. Y me duermo más tranquilo.