Archivo por días: 5 septiembre, 2006

Resfriado

Pues al final he pillado un resfriado bien gordo. No sé si serán efectos residuales de la radiactividad o de los disgustos, o una combinación de ambos, pero el dato objetivo es que he pillado un resfriado notable. De hecho, escribo intermitentemente entre toses, estornudos y moquiteos que me hacen dejar de escribir para coger el pañuelo. Lo que pasa es que en el blog no se me oye. La que me oye es Mari que va por el pasillo con la balleta y a cada estornudo dice: “pues sí que lo has cogido bueno”, o “vaya catarro, desde luego, hay que ver”, o “a ver si me acuerdo que hay que comprar suavizante para la lavadora”.

Yo cuando toso me doy mucha pena, sé que es absurdo pero así es, me doy mucha pena.

Ayer por la tarde estuve toda la tarde tirado por el sofá, moqueando y con la cabeza como un bombo. El típico abatimiento catarral. Me debí de quedar dormido y cuando abrí los ojos estaba en una posición tal que vi casi boca abajo un primer plano de Karmele Marchante vociferando. Dios, qué despertar. Debía vociferar porque se le ponían las cejas de punta pero el volumen de la tele estaba enmudecido.

Como eran cerca de las 8 de la tarde decidí armarme de valor y bajar a la farmacia a por Couldina. Por la calle debía hacer unos 73 grados (más o menos). Al entrar en la farmacia hacía unos 14 (más o menos). Lo mejor para el resfriado. Fui al grano: “Couldina”. Pero a continuación me asaltó una duda importante y le pregunté al farmacéutico si era la Couldina la que ponía de mala leche o si eso pasaba con el Frenadol porque entonces la Couldina era la que ponía tristón. Y lo que faltaba. Esto de los efectos secundarios es muy raro. Lo que no entiendo es por qué cuando expreso esos temores la gente se sonríe, véase si no la expresión del farmacéutico. Es como cuando te dicen: “pero hombre, dónde te has pillado un resfriado así” y yo contesto: “es la radiactividad y el disgusto”. Y se sonríen.

La gente no me comprende. Yo a la gente tampoco.

(Mari dice que se va, que hasta mañana, que menudo catarro, que tome vitamina C, que eso, ya sabes, sigue su proceso, a ver si me acuerdo del suavizante para la lavadora, dice. Hasta mañana, Mari)

Estábamos en la farmacia. La Couldina. El farmacéutico me miró fijamente y me dijo: “¿emejota, te duele un poco la cabeza, a que sí?” Y yo le respondí: “un poco, sí”. “Pues trae”, dijo, y ante mi asombro, dejó la caja de Couldina encima del mostrador y me cogio con las manos de las muñecas y empezó a dar un masaje extraño con los pulgares. Al principio era un poco incómodo porque me estaba mirando fijamente a un palmo de distancia y yo me hice un poco el distraído mirando un poco a la derecha y un poco a la izquierda. A la derecha había un expositor de preservativos. Ponía algo de fresa. A la izquierda había un montón de cepillos de dientes de complicadísimas formas aerodinámicas.

Pero de repente, de verdad, de verdad que pasó, el dolor de cabeza empezó a desinflarse, como si fuera un globo, y una sensación de cierto bienestar se fue apoderando de mí. Me pareció lo más honesto mirar de frente al farmacéutico, a fin de cuentas el hombre vela por mi salud desde que tengo 10 años y al pensar eso casi me emocioné y todo, y entonces me dijo: “¿a que ahora ya te duele menos?” Y yo: “pues sí” (léase con tono de cierto estupor en mi voz). Y él: “claro, me lo has pasado a mí”. Y entonces me sentí desconcertado y hasta culpable, oye. Pero el hombre sonreía, satisfecho.

Hoy estoy un poco mejor así que podré asistir a una reunión que tengo a las 4. Es importante que esté mejor y que pueda ir a la reunión porque además de llevar alivio a alguien, que de eso es de lo que se trata, espero no pasarle el resfriado de regalo.

La Couldina no pone de mala leche, eso debe ser con el Frenadol. La Couldina vale 5 euros con 50.