Archivo por meses: septiembre 2006

Cólico

Me ha dado un cólico de riñón. El izquierdo. Un cólico de los fuertes. Todavía no las tengo todas conmigo porque persiste un punto doloroso, como un aguijón que quema, y una mala gana en el cuerpo que ni te cuento, pero de momento parece que hay tregua, supongo que debido al cóctel cuya receta consiste en:

-2 Buscapinas.
-1 Voltarén
-1 ampolla de Nolotil (bebida)
-1 protector de estómago (es la guinda del cóctel)

(No te asustes, muskarias, ya sabes que soy un poco yonki para estas cosas)

Hacía años que no me daba un cólico de riñón. Pero esta mañana me he levantado con un ligero dolorcillo en la zona de la ingle y luego me he sentado al piano y cuando he hecho un movimiento brusco para que mi mano derecha socorriera a la izquierda, que se encontraba en apuros en los bajos fondos del teclado, he notado de repente una descarga eléctrica familiar y me he levantado corriendo hacia la cocina entre juramentos y maldiciones porque mira que a mí me ha tocado pasar dolores malos pero es que un cólico de riñón, y sobre todo cuando notas que te viene fuerte, es para desesperarse. Así que mientras preparaba el cóctel farmacológico a todo correr le he pedido a Mari que me trajera del armario, por favor, la manta eléctrica. Y mientras tanto el dolor se ha hecho insoportable y me hacía dar vueltas a la cocina mientras intentaba ingerir galletas como si fuera el monstruo de las idem de Barrio Sésamo para hacer fondo de estómago y que todas esas pastillas no cayeran en vacío y entonces ha venido el sudorcillo frío y las ganas de vomitar. Y el vómito.

Me he instalado en el sofá al calor (cansino) de la manta eléctrica, con la botella de Font Vella al lado y de vez en cuando entraba Mari y se me quedaba mirando con cara de susto y decía:

-Vaya mal rato que estás pasando, hijo.

Mari es muy buena gente.

A mí cuando me da un cólico fuerte lo que más temo es tener que subir al hospital. Me saca de quicio eso de la espera mientras te retuerces de dolor. Se me dispara la ansiedad y aún es peor. Así que pongo todas mis esperanzas en el cóctel anteriormente descrito y en la botella de Font Vella. La última vez que no me quedó otro remedio que ir le dije al médico de urgencias que tenía un cólico de riñón y entonces dejó de escribir, levantó la vista y me dijo: “Eso lo dirá usted”. Y yo le contesté: “hombre, pues claro que lo digo yo, no te fastidia”. Luego tuve que volver al día siguiente y ese médico ya no estaba, estaba otro, y como los cólicos se repetían sin parar y mi vena neurótica e hipocondriaca estaba descontrolada le solté si había riesgo de fracaso renal (vale, de acuerdo, la noche de antes había visto un capítulo de “Urgencias”). Y dejó de escribir, levantó la vista y le dijo al asistente que me dieran un tranquilizante.

Ahora estoy sentado en el sofá con la manta eléctrica en el costado izquierdo, el portatil en las rodillas, el estómago algo revuelto y entre aburrido y alerta, porque el dolor agudo ha pasado pero queda por ahí un murmullo que me dice que luego nos vemos. Yo sigo bebiendo agua. Resignación.

Despecho

La del videoclub me ha puesto los cuernos.

Sí.

Yo ya tenía mis sospechas, para qué nos vamos a engañar, pero la terrible confirmación se ha producido hoy delante de mis narices. La historia arrancó ayer por la tarde cuando pregunté cuándo salía “Volver”, de Almodóvar, y me dijo que mañana. No hace falta ser muy avispado para suponer que pillar esa película va a ser un poco complicado porque tendrá muchos pretendientes así que decidí utilizar mi estrategia para esos casos, que consiste en poner cierta expresión inocente bajando un poco la mirada y tal y dentro de ese tal (importante) está el no olvidar distribuir bien las pausas cuando dices:

-Supongo… que poder alquilarla pronto…. será…. difícil…(y ahora levantas la vista), nooo?

Y entonces haces como que pasas la mano por el mostrador distraídamente, porque se supone que te está costando un esfuerzo mayúsculo arrancar esas palabras desde el fondo de tu timidez.

Ella: Tú tranquilo que a los buenos clientes les tratamos bien. Si te interesa ahora mismo te anoto la reserva en el ordenador y para mañana la tienes.

(Bingo! Pero no, no, no te relajes todavía, termina la estrategia)

Yo: Mujer… pues muchas gracias… pero no quiero ponerte en un compromiso…
Ella: Qué va! Ningún compromiso, tranquilo, al contrario. Yo encantada.

(Pues anda que yo)

Yo: ¿Y cuándo me paso a por ella entonces?
Ella: Cuando quieras, como si quieres pasarte al punto de la mañana. Yo te la guardo, no te preocupes.
Yo: Pues muchas gracias!
Ella: De nada.

Pues tan contento…

…hasta hoy.

Nada más entrar ya me ha escamado que al mirarme haya dejado resbalar la mirada y se le hayan caido las monedas del cambio que le iba dar a un cliente. Mi instinto me ha aconsejado utilizar la estrategia “hazte el tonto para que sienta remordimientos (pero date por jodido)”, que consiste en plantarme ante el mostrador, poner una sonrisa de oreja a oreja y decir con profunda satisfacción:

-Vengo a por “Volver”!

Y allí ha empezado el drama.

Ella: Es que…
Yo: ?
Ella: pues que se la han llevado, chico.
Yo: !?
Ella: Es que… sabes lo que ha pasado? Pues que como ayer por la tarde no estuve pues… es que no les puedo dejar solos, hijo, porque en cuando me voy ya no hacen caso y…

(Estrategia número tres: al ataque)

Yo: …a la tarde? Mmmm, pues yo estuve aquí hacia las siete y media, noooooo? (nótese que al decir el noooooo se arquea una ceja y se tuerce un poco el morro, pose de inquisidor)

Ella: Ya bueno… pero… es que… bueno…

(Estrategia número cuatro: afronta la cruda realidad)

Yo: Quién.
(silencio incómodo)
Ella: Varios.

(Varios! Pero bueno! Que te pongan los cuernos duele pero, leches, con varios…)

Yo (ladeando un poco el rostro e inclinándolo hacia adelante, la ceja como antes): Cuántos!
Ella (la cabeza baja, balbuceante): Tres

(Tres! Tres!!! Está claro que hay que utilizar toda la artillería)

Yo: pues estaba apuntado en el ordenador el primero, no es por nada…
Ella: bah, tú tranquilo que hoy la tienen que devolver. Espera que te voy a mirar en el ordenador quiénes la tienen y te podré decir si suelen ser puntuales en la devolución.

Y se pone a teclear con nerviosismo pero yo por dentro me digo: no te ablandes, no te ablandes!

Yo: ya, pero es que yo estaba… antes.

(a esas alturas la ceja levantada me empieza a doler)

Ella se hace la sorda y se concentra en la pantalla pero de pronto se sobresalta.

-Uf.
Yo: ¿Uf?
Ella: el primero es de los que igual tarda una semana en traerlas!
Yo: vaya, a ver si hay suerte con el segundo.

-Uff!!
Yo: ¿Uff!!?
Ella: este es aún peor. A ver el tercero.
Yo, corrigiéndola: querrás decir el cuarto.
Ella: el cuarto? No, es el tercero.
Yo: No, es el cuarto. Yo estaba el primero.

(toma ya)

Se ha hecho un silencio sepulcral que me ha hecho suponer que el otro tipo era de los que, sencillamente, no devuelven las películas hasta que no te presentas en casa con el cobrador del frac. Quizá por eso ella ni ha contestado sino que se ha limitado a tirar balones fuera:

-Bah, no te preocupes que como estás apuntado en reserva…
Yo: … claro, me apuntaste ayer, en primer lugar.
Ella: …pues en cuanto llegue te aviso, vale?

Y sonrisa beatífica.

Y yo mirándola con los ojos entrecerrados y moviendo lentamente la cabeza de arriba a abajo como el que dice: desde luego… no me esperaba esto, no…

Me habré quedado sin película pero al menos mi estrategia ha funcionado porque muy culpable se ha debido sentir para sacar de debajo del mostrador las novedades todavía vírgenes ofreciéndomelas clandestinamente en un gesto que se ha preocupado en hacer notar como excepcional. Pero nada, baratijas. De esas con títulos que suenan a títulos mil veces usados con expresiones como tierra de pasiones o las supernenas de no se qué. Nada.

YO QUERÍA “VOLVER” Y ME VOY SIN SABER SI VOLVERÉ.

Pero al girarme para irme cornudo y herido pero muy digno he visto “Rosario Tijeras” y me he dicho, mira, al menos, me entero de qué hizo Unax Ugalde allende el océano aunque no sé, no sé.

Oye, ha sido poner la película, ver la primera escena, sospechar un poco de algo y antes de saber de qué oirle hablar con acento inverosímil (dónde Unax, ser lunar?) para darle corriendo al “Stop” de la impresión. Casi me da un patatús. A Sean Connery no le puedes poner a hablar como si fuera Manolito de Huerva, ni a López Vázquez como si fuera Laurence Olivier, no?. Pues aquí lo mismo.

Qué día.

Compás

He vuelto a perder el compás de la frase, requisito imprescindible para poder escribir. Si no siento la cadencia apropiada, enlazar una palabra con otra me resulta literalmente imposible aunque tenga cosas que contar, que las tengo. De todas formas ya me pasó una vez (o dos?) así que no me pilla de susto. Sólo hay que esperar un poco y ya se pasará.

Ego

Nativel Preciado:

Los taoístas dicen que la gente sufre más de lo que debe por los esfuerzos que hace para no sufrir. Precisamente me suelo pasar de esforzada. No sé quién me impulsa siempre a dar más de lo que puedo. Al cabo de tanto tiempo conozco con bastante precisión mis limitaciones y, sin embargo, cuando las cosas están funcionando mejor, las abandono para explorar territorios desconocidos y meterme en senderos que no me ofrecen la menor seguridad. Para evitarlo no hay más remedio que entregarse a algo más importante que a tu propio ego. Ir más allá de uno mismo. Mirar más alto y más lejos. Eso me cuentan que hacen los hindúes: se pasan media vida engordando el ego y, cuando ya está fuerte y robusto, empiezan a deshacerse de él. Hay que saber cuándo llega el momento de destruirlo para impedir que te aniquile”.

Interrogantes

¿Qué haces cuando vienes de la oficina de correos a mediodía y al doblar una esquina te das de bruces con el protagonista de tu posible novela? Pues te llevas un sobresalto secreto y, secretamente, lamentas no poder formular las preguntas esenciales, a saber:

¿Cuántas veces has dejado impresa la huella de tu mano en la nieve?
¿Te inquietan los nervios del mármol?
¿Tus lágrimas tienen memoria?
¿Sonríes en alguna fotografía borrosa?
¿Para qué es pronto todavía?
¿Te refugiarás en página par o impar?
¿Cuántas palabras necesitaré para decirte quién eres?

Y mientras tanto cruzas la calle.

Carácter

“Debería buscarme a mí misma, perdida en mi trabajo,
sola, intentando sobrevivir…”
(Pilar Miró, 1940-1997)

Pilar MiróMe atrae mucho la personalidad de Pilar Miró, mujer de adjetivos tan numerosos como contradictorios: de ella se ha dicho que fue dulce, agria, terca, áspera, valiente, insegura, generosa, cruel, tímida, osada, déspota, brillante, maniática, cariñosa, borde, frágil. Al final de esta lista Iñaki Gabilondo precisa: “Fue la más fuerte de los débiles y la más débil entre los fuertes. Una mujer insoportable, extraordinaria, importante y profundamente incomprendida”.

Un retrato muy complejo y, por lo mismo, muy atractivo.

Acabo de leer con avidez el libro que Diego Galán ha escrito de la Miró, fallecida hace casi diez años. Fue el hijo de la cineasta, el hoy mediático Gonzalo Miró, quien propuso a Galán que le escribiera un libro que le permitiera conocer quién fue su madre. Dijo el chaval: “Ella lo escribía todo. Si aceptas, te dejo todos sus papeles” y Diego Galán se lo pensó mucho porque invocar el fantasma de la añorada amiga se le antojaba tarea harto difícil. No contaba con encontrarse lo que ahora hemos descubierto los lectores: unos escritos personales de apabullante franqueza que muestran a una persona que esconde su vulnerabilidad, su soledad, sus miedos y sus contradicciones tras una armadura de hierro.

Pilar Miró fue una luchadora infatigable empeñada en abrirse camino en un mundo transitado por hombres. Fue directora de cine por vocación y por tentación ocupó importantes puestos políticos de gestión tan controvertida como eficaz. Fue promotora de un polémico decreto como Directora General de Cinematografía y más tarde la mejor Directora General que ha tenido Televisión Española, de donde salió por haberse comprado unas bragas de Loewe con el dinero de las dietas tras haber aireado la casa con insólitas y emprendedoras propuestas: el cine en versión original a diario, la puesta en marcha de la televisión matinal, la renovación tecnológica de los servicios informativos, la recuperación de animales televisivos (Jesús Hermida) y la apuesta en horario de máxima audiencia por una generación transgresora a la que dio alas para sobrecalentamiento de las centralitas de Prado del Rey: Javier Gurruchaga, Terenci Moix

La Miró tenía mucho carácter. El propio Gurruchaga la parodió haciendo aparecer en pantalla a uno de sus frikis golpeando una mesa con un zapato a lo Nikita Kruschev y vociferando una y otra vez con voz de pito: “Aquí mando yo!, aquí mando yo!”. Y es que nada se le ponía por delante, aunque luego en casa le diera la llorera para disgusto del niño Gonzalo. Una vez entró en la sala de realización y cortó la emisión dejando con la palabra en la boca a mitad de noticia a Luis de Benito, presentador del Telediario de las 9 de la noche, por no terminar a la hora. Y a Francisco Umbral le mandaba un ramo de flores con la nota “porque soy un caballero” (!) cada vez que éste la ponía a parir.

Las vacas sagradas de la profesión tampoco escapaban de la quema: un día el ministro Javier Solana estrechó la mano a Berlanga en un ágape y le dijo “hoy he firmado algo tuyo pero no sé qué era” y se volvió a la Miró para preguntarle “oye, Pilar, qué es lo que he firmado hoy de Berlanga?”, a lo que la Miró contestó con voz agria: “Su cese!”. Hay más: en mitad del éxito de “Mujeres al borde de un ataque de nervios” invitó a Almodóvar a participar en un debate en directo y el manchego se excusó haciéndole llegar una nota: “Pilar, querida: perdona que no acuda pero estoy a punto de superar “el borde” del título de mi película. Estoy muy contento pero bastante destruído. Por supuesto, el éxito de mi película supone un éxito para el cine español, en el que participamos todos. Muchos besos”. Ella respondió: “Querido Pedro, me tienes harta. cuando superes “el ataque” me avisas. Que te den dos duros”. Hasta el propio Rey sufrió los rigores del temperamento de la realizadora cuando al grabar el tradicional discurso navideño se tuvo que oir “oiga, no lo podría decir un poco más seguidito?”.

Pero esa Pilar Miró era la misma a la que le fallaba el corazón y la que mandaba a algunos allegados unas lacónicas notas de estremecedora ternura antes de entrar en el quirófano donde fue intervenida a vida o muerte en dos ocasiones. Por si acaso.

Pilar Miró fue una persona obsesionada con la muerte, que tuvo que aprender la terrible lección de guardarse de los suyos y que vivió angustiada porque el reloj no le concediera los minutos que necesitaba para darle el amor infinito que le suscitaba ese hijo del que se hizo cargo a solas. Nunca pudo imaginar que ese hijo adolescente tuviera que intervenir en la secuencia más dura de su vida: fue él quien la encontró derrumbada en el descansillo de la escalera interior de la casa una fatídica noche de octubre de 1997 y el chaval se puso a hacerle la respiración boca a boca porque así lo había visto en el cine (terrible ironía) aunque nada se pudo hacer porque el corazón se le había roto del todo.

A Gonzalo Miró le queda el retrato de Diego Galán y el consuelo de haber conseguido arrancar ese beso que, según James Barrie, aguarda en la comisura derecha de los labios de las madres y que Wendy nunca pudo alcanzar.

Vuelta

Pues eso, que ya estoy de vuelta (¿no se me nota en el tono de voz?) Es broma, lo del tono de voz digo, no lo de que estoy en casa, que estoy, desde ayer por la tarde. Venía cansado del viaje pero tenía que pasarme a última hora por la consulta de la psicóloga. Yo creo que lo hizo adrede para pillarme fresco y aprovechar para darme un buen repaso (entendámonos, claro).

Me tocó esperar. En la sala de espera busqué en la mesita donde se apilan las revistas y vi un número atrasado de “Muy Interesante” confiando que hiciera honor a su nombre para no quedarme dormido. Hablaba de la genialidad y del talento. En un recuadro de color ponía: “La otra cara del talento” y afirmaba que existen evidencias que demuestran que las personas que poseen un gran talento son proclives a desarrollar enfermedades autoinmunes. Pensé que sólo con eso ya tenía la consulta resuelta, la autoestima por las nubes y encima gratis. Pero no. Se abrió la puerta y apareció la sonrisa de la psicóloga.

Una confluencia de tres circunstancias interactuaron entonces (me dí cuenta porque la revista me había mostrado evidencias de que tengo talento y el talento sirve para darse cuenta de las cosas, incluso de tres a la vez). A saber: que yo era el último paciente de la tarde, que ella vio que el viaje me había sentado muy bien y que afuera caía el diluvio universal. El resultado: trabajo a fondo. Machaque. Dijo la psicóloga que toda la vida no he hecho otra cosa que “darme” y cuando lo dijo paró un poco porque me quedé pensativo, la verdad. Luego prosiguió con la precaución de quien quiere decir algo importante con tacto asegurándose de que estás escuchando, de que no estás ausente, y entonces dijo que quizá vaya siendo hora de que me de algo a mí mismo.

(-¿De hostias?, pensé yo.)

-¿De hostias?, dije yo.

Pero ella sonrió y no le dio importancia a esa pregunta porque supo que comprendí perfectamente lo que me estaba diciendo (al fin y al cabo, ella también ha debido leer ese ejemplar de “Muy Interesante”).

Luego añadió: “deja de darte de esa forma y verás entonces realmente con quién cuentas, para quién cuentas; además te recargarás por dentro, que es lo que necesitas ahora mismo”. Y terminó diciendo que ese “darme” podría ser tiempo, silencio, salir a cenar, decir “ya no”, lo que fuera. Durante un tiempo. Y que quizá había llegado el momento de empezar, no?

(Sí)

A la salida tenía una llamada de Belén. Ella creía que estaba cazando colores con la cámara en el horizonte del mar pero yo le dije que acababa de descubrir en una sala de espera que tenía talento, al parecer oculto, pero talento al fin y al cabo. Después de reirse me dijo que me quedara en algún portal que en 5 minutos pasaría a buscarme en coche para acercarme a mi casa. “No te vayas a mojar”, dijo. A mi escuchar estas cosas me emociona, de veras (¿vendrá eso en algún número de “Muy Interesante”?) pero le dije que no, que gracias, que después de cuatro horas de coche y de una entrevista tan intensa me vendría bien estirar las piernas y respirar un poco de aire aunque me mojara un poco (ya no llovía tanto aunque de repente me pareció ver pasar flotando un contenedor verde allá a lo lejos). Y ella: pues te acompaño a casa por teléfono. Y yo: pues muy bien. Y nos vinimos juntos.

Por la noche estuve pensando en lo de la psicóloga: darme, mirar por mí. Decidí que esa noche iba a dejar pasar el tiempo sin darme nada y que hoy lo dedicaría a empezar a pensar ¿qué necesito darme? por lo que concluí que, por lo visto, lo que me pide el cuerpo como prioridad es latir a ritmo pausado de segundo movimiento. Las notas del pentagrama ya se irán escribiendo.

Modernismo

Si te acercas a la villa de Sitges, al pie de una cuesta adoquinada te encontrarás con Cau Ferrat, el refugio mágico de Santiago Rusiñol, una casa que es a trozos castillo medieval, casa de pescadores y, al atardecer, rincón de cuento de hadas que mira al mar de cobalto. Rusiñol se entusiasmó de aquel lugar a finales del XIX y allí celebró sus célebres fiestas modernistas, sus tertulias literarias y hasta coqueteó con la “Escuela Luminista” que por aquel entonces aglutinaba talentos ante lienzos blancos de velero.

Ayer por la tarde, al otro lado de la puerta, en la estancia de la planta baja, ante los ojos de la gente que pasaba por allí, una soprano muy joven cantaba sin afectación “Tres bellos pájaros del Paraíso”, la canción de cristal de Maurice Ravel, acompañada por un piano centenario. En la estancia no había una sola luz eléctrica encendida, la escena transcurría en la penumbra y se recortaba frente a la franja del horizonte del mar que proporcionaba el único reflejo que teñía de azul el recinto, y las pocas personas que allí había estaban sentadas alrededor de mesas camilla, entre la generosa abundancia de lámparas de latón, figuras de colores y cajitas de secretos.

Escuchar así la filigrana de Ravel, en ese templo de la estética modernista, te pone los pelos de punta. Ravel depositó en su canción una de sus melodías inolvidables y esparció en el acompañamiento del piano un puñado de quintas paralelas quizá para recordarnos que un poema no entiende de faltas de ortografía o tal vez porque así se trazan en un pentagrama xilografías de oriente, que son las que dan a la obra su perfume dulce y su exotismo delicadamente misterioso. Una vez Alfred Brendel dijo que Maurice Ravel había sido un grandísimo compositor pero que a veces parecía tender a acercarse peligrosamente a la frontera de lo kitsch.

El señor Alfred Brendel no entiende de qué va la cosa, al parecer.

A mí siempre me ha fascinado esa vivencia estética que se dio en aquellos años y que se vivió con particular intensidad poética en esa zona geográfica. Nombres inolvidables como Ricardo Viñes, Santiago Rusiñol, Antonio Gaudí (y Maurice Ravel) cuyas sensibilidades sintonizaron de manera muy singular al compás del mediterráneo. Ellos encontraron sentido profundo al último reflejo de la tarde en un vidrio de ámbar, al murmullo de una fuente en un jardín umbrío, a dos autómatas de hojalata guardando el rincón de una estancia silenciosa, a la escalera de caracol de hierro forjado que se topa con una puerta cerrada, al olor de la madera vieja y húmeda (olor de incienso y silencio, olor a salitre). Y el vuelo rasante de una gaviota (“tres bellos pájaros del paraíso”). Y la luna llena trazando un sendero de plata en la noche del mar.

Mediterráneo

Ya estoy aquí de nuevo, a orillas del mar. Este Mediterráneo tiene un aspecto distinto tras las aglomeraciones de Julio y Agosto y los últimos temporales cuyas huellas todavía se notan en la textura de la arena. Parece un mar que siente cierto alivio, así lo percibo yo al menos que no hago otra cosa que mirarlo, aspirarlo con fuerza, pasear por su orilla…

El tiempo es espléndido. El cielo está igual de azul que cuando vine en Julio pero hay una diferencia hacia abajo de 15 grados, sopla una brisa de lo más agradable y la humedad ya no parece sacada del trópico, ni mucho menos. En resumen: así sí. Luego la inclinación del sol, que es distinta a estas alturas del año, le da al entorno un matiz especialmente atractivo. Dice el hombre del tiempo que este paréntesis entre temporales durará hasta el jueves. Perfecto.

Ayer hice un descubrimiento inquietante: soy adicto. A Internet. Pero en grado preocupante, en serio. Lo digo porque al llegar al hotel me informaron que la conexión íba a estar caída hasta hoy y lo que en principio fue recibido como un pequeño contratiempo sin importancia se convirtió, a las horas, en un verdadero síndrome de abstinencia. Vamos, que por la noche me escapé a buscar un ciber! Fue una experiencia kafkiana. Me senté entre un señor muy barbudo que escribía con dedos muy gordos mientras dejaba escapar unas risitas agudas y una chica que se insinuaba ante la webcam. Y yo en medio. Y arriba fluorescentes. Era todo un poco cutre y me sentí un poco cohibido, no sé, de repente no me veía yo hablando de la inclinación del sol y del misterio profundo de la línea del horizonte… así que me volví para el hotel un poco compungido.

Hoy me he despertado muy temprano (cosa rara) y me he dado un paseo por la playa antes de desayunar. Para cuando he vuelto el chico de recepción me ha dicho sonriente: “ya tiene conexión a Internet”, y eso me ha puesto muy pero que muy contento. Ahora que he llegado de comer estoy todavía más contento porque, de premio al mal rato de ayer, he descubierto que puedo conectarme desde le habitación (cosa que en Julio no pasaba, tenía que bajarme con el portátil a la zona Wi-Fi). De hecho, escribo estas líneas allí, o aquí, según se mire, habitación 110. En el pasillo escucho hablar a dos mujeres de la limpieza, que son un encanto en este hotel, de verdad. Una le acaba de decir a la otra que se ha apuntado a danza del vientre. La otra le ha dicho que a qué santo y eso mismo me he dicho yo y he dejado de teclear un poco poniendo la oreja, pero no se ha oído nada porque entonces una tercera les ha llamado desde el fondo del pasillo. Así que no sabemos a qué santo se ha apuntado a la danza del vientre. ¿Qué razones pueden empujar a alguien a apuntarse a danza del vientre?.

A lo que iba. Que aquí se está muy bien. El sol ya no hace insoportable la estancia en la playa, todo lo contrario. Hay el calorcito justo y la brisa refrescante. Y los atardeceres son para quedarse mirando con la cabeza inclinada un poco hacia la derecha. A mí es que me pasa eso cuando veo algo que me parece precioso, que me quedo mirándolo fijamente con la cabeza un poco inclinada a la derecha y creo que a veces hasta se me pone una sonrisilla en los labios. Otras me quedo como desconcertado, como ausente del tiempo y del día. Y paseamos mucho por la orilla. Lo escribo en plural porque he venido de nuevo con mi hermano y nos estamos riendo mucho. Y riéndonos tontamente, además, que son las mejores risas.

Viaje

Este lunes, al amanecer, salgo por unos días hacia el Mediterráneo. Me llevo este cuaderno de bitácora en el portátil pero lo más importante es que esta vez no me dejo a mí mismo olvidado en la mesilla del recibidor. Marcho con la tranquilidad de haber hecho los deberes y sin importarme un ápice el resultado de la nota, dispuesto a entregarme a un tiempo de descanso en el que no están excluídos los momentos de reflexión. Después de todo, quizá caer no sea tan malo y sí una puerta que se abre. Lo ha dejado escrito Manuel Vicent hoy y su voz impresa me la llevo en el equipaje:

“Quienes han pasado por esta experiencia cuentan que por un momento se les hizo la oscuridad y en el interior de ella al instante percibieron que su alma había cambiado de sitio. No sólo había desaparecido cualquier dolor sino que, siendo hasta entonces muy cobardes, por primera vez se sintieron liberados”.

Nos vemos en esta misma página, desde otro lugar.