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Azar 16 agosto, 2006

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Brooklyn FolliesLo primero que se me ocurre decir de Paul Auster es que sus novelas no se transitan: se habitan. Te instalas en ellas, te adaptas enseguida al entorno y tienes la inquietante y atractiva certeza de ser pieza fundamental en el engranaje que da sentido y pone en pie ese escenario de palabras. Lo segundo es el misterio. Adentrarse en una novela de Paul Auster siempre me produce una sensación extraña, como si ese universo suyo en el que el poder del azar y las coincidencias determinan la existencia de los seres que lo pueblan afectara igualmente al lector. No es la primera vez que me ocurre. Yo adquirí su úlima novela, “Brooklyn Follies” (Anagrama), cuando salió allá por el mes de Marzo y fue la mención fortuita del autor en un post reciente la que me recordó que su lectura me estaba esperando, todavía. Y fue ponerme a leer cuando me di cuenta de que ahora era el momento justo de hacerlo. Yo estoy ahí. En realidad, más que yo mismo, quien está es mi circunstancia actual encarnada en un personaje.

A veces me pregunto si Auster posee la enigmática capacidad de captar aquéllo que, sin saberlo, quizá nos está afectando a todos independientemente de las particularidades de la existencia de cada cual: la sensación de sentirnos solos a pesar de que estemos rodeados de mucha gente, la necesidad de detenerse a reordenar las piezas del puzzle de la vida para poder obtener una imagen clara de uno mismo, la llamada al retorno como requisito para proyectarse hacia adelante, o el luminoso y revelador descubrimiento de ese refugio interior que nos aguarda y que aquí adopta el nombre de Hotel Existencia.

Por eso, coger entre las manos una novela de Auster supone situarse ante una experiencia turbadora, seductora e irresistible. La prosa fluye con pasmosa naturalidad, río de palabras, y su superficie es el espejo en el que el lector se adivina, se reconoce y se descubre, ya sea en el pensamiento de un personaje al filo de una página, en una carrera en taxi, o apeándose en el capítulo cuatro a mirar. Los libros de Auster tienen algo de oráculo que te brinda sabiamente todas las respuestas. Y hasta las preguntas.

Chaparrón 15 agosto, 2006

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A Raquel se le ha mojado la ropa del tendedor.

Estaba viendo a la tarde un episodio de “House” y de repente se ha puesto el cielo oscuro y he mirado hacia la izquierda. Delante estaba el doctor House pero a la izquierda siempre está el balcón de Raquel y yo parezco James Stewart en “La ventana indiscreta” pero sin Grace Kelly ni pierna escayolada (aunque sí que tengo cámara de fotos, ejem). A lo que voy. Que ha sonado un trueno y luego otro. Y le he dado a la pausa del dvd justo cuando el doctor House iba a decir una de sus geniales impertinencias para coger el móvil y mandarle a Raquel un sms:

“va a empezar a llover y se te va a mojar la ropa del tendedor”

Y en el momento en que el doctor House le decía a un paciente: “se va a morir” he recibido la respuesta:

“voy, voy, voy…”

Pero ha empezado a diluviar y nada. Si es que…

Antes, por la mañana, me he desayunado con una alegría inesperada: me ha llegado un mail donde me decían que me echaban en falta en unos foros en los que yo intervenía hace siglos. Tantos siglos que el hecho de que se acordaran pues oye, que me ha puesto contento. Con dulces y conmovedoras palabras me decían:

“¿se puede saber dónde coño te has metido?”

Y por la tarde, una vez que he comprobado con alivio que el paciente del doctor House al final no se muere, les he respondido diciendo que a Raquel se le estaba mojando la ropa del tendedor. Ahora me encuentro con otro mail y me dicen que si ya me he vuelto a olvidar de tomar la medicación otra vez. Lo que hay que oir!

Algún día tengo que hablar de mis vidas paralelas por el ciberespacio, capítulo intenso y extenso donde los haya. Aunque…

Amistad 13 agosto, 2006

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JaviLo mejor que me ha pasado en mi vida es, sin duda, haber conocido a Javi, mi mejor amigo, que sonríe en la foto de al lado a los postres de una cena en diciembre de 1999. La historia de nuestro encuentro bien podría haber figurado en una novela de Paul Auster donde el azar y las coincidencias entrecruzan vidas y vivencias a capricho. Yo tenía 22 años y volvía a casa desde Pamplona donde me habían sometido a una prueba en un hospital programada, en principio, para dos días antes. El autobús que separaba los 100 km del hospital de mi casa estaba lleno de gente y una chica de unos 30 años vino a sentarse a mi lado, tras descartar el otro asiento libre que quedaba. Al poco de comenzar el viaje me fijé que entre las carpetas y papeles que tenía sobre las rodillas sobresalía un cd con la imagen de Glenn Gould y ella se debió fijar que sobre las mías tenía un Tratado de Contrapunto (me había llevado deberes porque la tarea apuraba y la espera en el hospital prometía ser larga). Iniciamos una conversación.

Al poco se percató de mi dificultad para girar el cuello y entonces, música y enfermedad convivieron durante muchos kilómetros. Se interesó por cómo compaginaba los estudios con mi dificultad para desenvolverme y se preocupó porque pudiera obtener una mínima titulación que me permitiera acceder a un puesto de trabajo como docente. Le dije que me faltaba una asignatura que iba posponiendo; de hecho, el curso había comenzado y yo no había hecho la matrícula por pereza y porque la profesora que la impartía, según se decía, era una tipa un poco marciana y bastante insoportable. Ella dijo que eso era bien cierto y yo le pregunté si la conocía de algo. Entonces me contestó:

-Claro, soy yo.

Sobra decir que yo escondí mi ruborizada cara entre las páginas del tocho de contrapunto pero ella pareció tomárselo con cierto sentido del humor. Me animó a pasarme por clase aunque no hubiera hecho la matrícula. Le pregunte que cuándo y ella respondió que dentro de dos horas. Comprendí entonces que nos íbamos a bajar en la misma parada.

Esa tarde yo entré en un aula en la cual yo parecía ser el hermano mayor de todos. La edad media era de 16-17 años. Me senté discretamente en la última fila. A mitad de la clase, el chaval que estaba sentado delante se volvió para pedirme un folio. Dos días después, a la salida de clase, plantados en la calle de pie como pasmarotes, pasamos cuatro horas seguidas charlando y tiritando el frío de noviembre mientras íbamos de Tolkien a la Voyager II, del vértigo de las distancias siderales al placentero aguijón de los acordes de séptima mayor, de la voz de Hal 9000 a la de Judy Collins y nos fuimos a casa con el descubrimiento de que si algo te falla siempre te quedará la sombra de una canción.

Ese encuentro casual marcó el inicio de una amistad sólida y profunda que pervive intacta a las vicisitudes de la vida. Es mi mayor valor, aquello de lo que me siento más orgulloso. Lo que hemos vivido juntos, el trabajo conjunto en muchos proyectos musicales, tantas y tantas horas de charlas y confidencias en los buenos y en los malos momentos, en los muy buenos y en los muy malos, quedan como una experiencia que ha marcado la vida de ambos. Creo que podemos presumir de compartir algo que se da en muy pocas ocasiones: la confianza sin fisuras, la creencia total en el otro, el apoyo incondicional y la complicidad plena, el entendimiento sin palabras apenas. Ahí reside nuestra fuerza y nuestra riqueza. A veces se establece un vínculo tan estrecho entre las personas que te hace sentirte parte de ellas y sentirlas parte de tí. Quince años después, con trayectorias vitales y profesionales dispares (parejas, lugares de residencia, ocupaciones) yo puedo detectar si a Javi le ocurre algo por el rastro que deja una minúscula inesperada en un mensaje de móvil convencional.

Como dice un comentario aparecido en el post de abajo y que transcribo, “en esta vida todos llevamos una máscara, pero siempre hay alguien con quien merece la pena desenmascararse. Sin trampa ni cartón. Sin escudo ni protección, es ahí donde conocerán tu verdadero corazón”. Lo suscribo plenamente. Javi sabe quién soy; qué soy; y viceversa. Y ambos sabemos dónde encontrarnos para lo bueno y para lo malo. Sabemos que cuando uno se caiga el otro estará para levantarlo, de la misma manera que las alegrías de uno son la satisfacción profunda del otro. Nos completamos. Y ambos formamos, juntos, un espacio donde sólo tiene cabida lo bueno, aquello que nos enriquece y nos fortalece. Y ambos sabemos que, nos lleve por donde nos lleve la vida, ese vínculo no se extinguirá. Nunca.

Lo mejor que me ha pasado en mi vida es, sin duda, haber conocido a Javi, mi mejor amigo, mi hermano.

Breviario 12 agosto, 2006

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Nadie dice la verdad.
(y quien diga lo contrario, miente)

Impromptu 11 agosto, 2006

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Las 9 y algo de la tarde de un viernes de Agosto es un momento un poco raro para escribir un post pero es que pasan dos cosas: una, que vuelvo a estar de espera para ir a cenar (no, no, al chino no, por Dios!) y otra que como tenía que probar el portátil porque se ha estropeado otra vez, sí, lo que oyes, se ha vuelto a estropear, pues me he dicho: hala, a escribir una tontada.

Esta mañana me he levantado por la tarde porque de madrugada volví a irme de excursión por los procelosos caminos del ciberespacio pero el portátil ya estaba K.O. Desde ayer. Fue el colmo del día de ayer. Al portátil también le afecta la luna de agosto. Estuve a punto de decírselo a David (genio de la lámpara de los ordenadores) pero me dio cosa y simplemente se lo dejé como quien deja a un hijo en el cole el primer día, con cierta aprensión.

A media tarde me ha llamado y me ha dicho que ya estaba listo.

-¿Era grave? -le he preguntado.
-No era nada -ha dicho.
-¿Nada? -yo.
-Nada -él.
-¿Y cuánto cuesta nada?
-40 euros.
-Pues eso ya es algo, amigo.

Pero bueno, me he ido para allí a recogerlo y efectivamente, lo ves y parece que no ha pasado nada, con la diferencia que ahora sale el azul maravilloso del XP en la pantalla 16:9 y antes el ordenador lo veía todo negro. Maletín en ristre y con el cambio de los 40 euros me he vuelto para casa. Es curiosa la sensación de ir caminando sintiendo que llevas en la mano izquierda un piano de cola Yamaha con Glenn Gould incorporado interpretando las “Variaciones Goldberg” enteras en vídeo, tres o cuatro películas, no sé cuántas cosas inconfesables más y material de trabajo de lo más variopinto. Y todo comprimido en dos kilos de peso. Qué cosas.

Pensaba en todo esto cuando he visto venir por la acera a tres o cuatro tipas que iban apresuradas a misa después de haberse zampado una merendola con despelleje de medio barrio (seguro). Yo que el cura las ponía pingando porque son más malas que Caín pero a saber cómo será el cura, que igual es peor. Una de ellas me ha mirado el maletín y se ha detenido un instante para decir: “¿das hoy alguna conferencia o qué?” (maletín=conferencia). Y yo le he dicho que no, que las conferencias son para el invierno y las bicicletas para el verano. Me ha mirado con cara de no entender nada (son malas pero catetas, no se puede tener todo en la vida) y entonces ha dicho lo que faltaba:

-Al menos estás entretenido con tus conferencias, hijo, algo es, que bastante te ha tocado.

Mira, yo es que me pongo malo cuando me dicen eso. Al parecer yo no trabajo: me entretengo para pasar el rato. Anda y que se vayan a tomar viento.

El portátil va bien.

Plenilunio 9 agosto, 2006

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Esta noche hay luna llena. A mí la luna llena de Agosto me da mal rollo desde hace más de 15 años y no sé muy bien la razón. Bueno, en realidad sí lo sé. Yo siempre esa noche me ponía fatal de lo mío. Pero fatal, fatal, fatal. Vale, sonará extraño pero así era: me dolía todo el cuerpo hasta el punto de quedarme inmovilizado y entonces caía en la cuenta de que era luna llena. Fijo. De Agosto. Eso ocurría antes de que los médicos inventaran el elixir, claro. Ahora no pasa eso.

Ahora es peor.

Ahora lo que hago es tirar la toalla, inevitablemente.

Sólo un rato.

Del todo.

(luego se pasa)
______

AVISO a espíritus sensibles: los comentarios vienen cargaditos.

Retaguardia 8 agosto, 2006

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Daniel Cebrián, director de “Segundo asalto” (2005), comparece muy serio en el making of para decir que descubrió al protagonista de su película, Alex González, en una serie de televisión y que lo primero que vio fue su culo.

Eso dice.

Después vio la cara y pensó que encajaba en el papel pero no aclara hasta qué punto una cosa u otra, el culo o la cara, pudo más en la decisión final. Es cierto que a lo largo de la película sale más la cara, pero hay un plano cuya única justificación reside en que al chaval se le vea el culo. Cara y cruz.

Alex GonzálezHe visto en dvd “Segundo asalto” y, oye, a la mitad le he dado a la pausa. ¿Por qué? Pues porque desde un primer momento ya sabes lo que va a pasar y cómo va a pasar, lo cual aún da mas tristeza. Es todo taaaaaaan previsible. Es previsible la trama, son convencionales a más no poder los escenarios, y es difícil encontrar unos personajes más estereotipados. Darío Grandinetti hace de malo-listo de libro. Alex González hace de chico bueno puteado por la vida que deambula por el Madrid pobre. También de libro (y enseña la contraportada). Y la madre (¡ay la madre!), Maru Valdivielso, una madre compungida con bata compungida en un cuartito de estar que nos deja compungidos. Una madre como de casting para Oliver Twist.

Los demás hacen de los demás.

Lo que pasa es que todo está correcto y a veces eso es un problema. Quiero decir que en ocasiones sales del cine y dices: bueno, pero a pesar de esto y lo otro la peli está correcta, y eso como que la salva. Pero es que aquí hasta la corrección es convencional. Sosa, no sé. Después de pensarlo he vuelto a dar a la pausa a ver en qué minuto se producía lo que se tenía que producir y no ha fallado nada, oye: lo que tenía que pasar, lo que no pasa al final (supuesto momento sorpresa), el que pierde, cómo pierde, el que gana, cómo gana… Todo eso.

La palabra es pereza.

Pesadilla 8 agosto, 2006

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Que conste, antes de empezar y por si no pudiera acabar, que yo no bebo.

No.

No bebo porque no puedo y porque no me gusta. Vamos, que en las uvas por no hacer un feo me ponen medio dedo de esa cosa tan espantosa que es el champán y sólo con mojar los labios ya me salen unas manchas rojas por los brazos y me mareo y me quema la garganta. Y alguien a mi lado siempre dice: qué exagerao. Qué pesadez, todos los años igual. Pero es verdad. Yo brindo con coca-cola, qué pasa.

Pues a lo que voy.

No sé qué pasaría ayer en la cena, si es que cenamos muy tarde, si lo hice con avidez (por cenar tarde), si es que comí mucho (porque se nos hizo tarde y tenía hambre y cené con avidez) o sencillamente… porque cenamos en un chino (abstenerse de comentarios al respecto, por favor). El caso es que vaya nochecita.

Para empezar, en un sueño me ha invitado a cenar Ana Torroja, pero no en un chino sino en un sitio de playa en el que sólo había una mesa muy larga y estaba llena de gente pero María Luisa Ponte nos aseguraba con cara de sota que nos guardaba sitio. Yo mientras tanto estaba en una habitación con José María Cano viéndole componer al piano una canción en Fa Mayor y su mano derecha tocaba do-fa y do-mi (yo ponía paréntesis con un lápiz rojo de Raquel a las palabras “sin sal“).

Luego me veía a mí mismo jugar con un emulador del Spectrum al “Manic Miner” pero la musiquita irritante (Si yo fuera rico…) cada vez sonaba más alta y al pasar de pantalla el vecino de abajo me perseguía con un hacha por los pasillos del hotel Overlock mientras yo pedaleaba montado en un triciclo absurdamente minúsculo. Para colmo, al girar una esquina en vez de encontrarme con las dos gemelas aparecía la monja de mecanografía del colegio.

Entonces sonaba el móvil. Fuera del sueño la verdad es que tengo estos días el móvil encendido las 24 horas por si un amigo mío necesitara llamar, que no lo está pasando bien, pero en el sueño era otra vez Ana Torroja desde el restaurante de la Ponte diciéndome que no había coca-cola, que si me daba igual pepsi. Y sí, me daba igual pero sólo si llevaba mucho hielo.

Mientras tanto me picaba todo el rato la pierna derecha, qué suplicio, pero no sé si de verdad o en la verdad del sueño porque antes de averiguarlo ha llegado la parte más estremecedora cuando el concejal de cultura pronunciaba una conferencia sobre Rainer Maria Rilke y yo me iba corriendo al cine pero resulta que en el cine no te dejaban entrar si no te comías antes el cartón gigante de palomitas. Dios, qué angustia. Creo que incluso al final bajaba del cielo Mary Poppins (prácticamente perfecta) pero antes de que se pusiera a cantar aquello de “con un poooooco de azúcaaar esa píldora que os dannnn” me he despertado profundamente desconcertado y con la cena intacta en la garganta.

He desayunado un vaso de coca-cola y Mari, que estaba canturreando mientras repasaba la encimera, se ha detenido a mirarme por encima de las gafas y ha dicho:

-Uy.

Descanso 7 agosto, 2006

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(hoy libro)

No he hecho nada en todo el día

(pero nada)

Y ahora me voy a cenar por ahí

(eso es algo)

Juicio 6 agosto, 2006

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Decía Glenn Gould en una de sus autoentrevistas (“Glenn Gould entrevista a Glenn Gould sobre Glenn Gould”, febrero de 1974) que las revelaciones más instructivas proceden de personas que poco o nada tienen que ver con la materia sobre la que se les pregunta. Quizá por eso, Gould entrevistó en su día a un teólogo sobre tecnología, a un economista sobre pacifismo, a una ama de casa sobre la codicia en el mundo del arte y a Leopold Stokowski sobre las perspectivas de los viajes interplanetarios.

Algo de razón debía llevar Gould cuando hoy, leyendo el periódico, me he encontrado con la mejor y más concisa descripción del cine de Woody Allen que haya escuchado hasta la fecha y no provenía de ningún cineasta ni crítico cinematográfico. Provenía de un ministro, el de Justicia para ser exactos, que ministerios y ministros hay muchos. Ha dicho Juan Fernando López Aguilar, que así se llama el ministro, que Allen le atrapa “por su portentosa capacidad para la construcción de situaciones a través del diálogo y para trasladar a la pantalla conflictos interpersonales propios del teatro. En él se mezclan el cineasta y el mejor dramaturgo del siglo XX, tiene la capacidad para condensar la condición humana a través de diálogos lúcidos y vertiginosos”. Toma ya.

Todo esto viene a que el ministro ha elegido “Hollywood ending” (2002) como uno de sus tesoros personales en un juego de verano propuesto por el periódico y el juicio del ministro del ramo a una película que en su día fue despachada como una tontería menor o un desliz mayúsculo, que a veces lo menor y lo mayúsculo son sinónimos, tampoco ha estado exento de interés: “es una película brillantísima que nos habla del problema de la identidad y el sometimiento de la personalidad al personaje que se encarna. Es fascinante la mordacidad con que trata cuestiones como la impostura, la capacidad de mantener una mentira frente a todos los demás sin que ninguno, participando del engaño, pueda o quiera darse cuenta”.

No sé muy bien si lo que me ha hecho levantar la ceja de sorpresa ha sido la propia descripción del cine de Allen o la capacidad de síntesis de López Aguilar para exponer los argumentos con dos pinceladas. Considerando la teoría de Gould y viendo que, al parecer, hace falta ser ministro de Justicia para dictar sentencia justa al cine de Woody Allen me pregunto qué se necesitaría ser para escribir un post y que te salga una columna de Juan José Millás. Mismamente.

Sentía 4 agosto, 2006

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Se siente
(ahora juego de suplente)
que el que siente no presiente,
y de tanto que sentía
no sentí que te perdía.
(Yo sentía que sentía)

………………………….(J.M. Cano)

Palíndromo 3 agosto, 2006

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El cortometraje “La ruta natural” empezó siendo el proyecto fin de carrera de Alex Pastor (1981) y ha terminado convirtiéndose en una de las sorpresas más estimulantes y sobresalientes del sobresaturado mundo del cortometraje.

Con demasiada frecuencia se tiende a despachar su argumento como “una historia contada al revés” y eso, sin ser falso del todo, es como tocar el piano con una mano solamente. Falta algo. La comparación musical no es gratuíta: “La ruta natural” es la asombrosa representación en imágenes de un canon a dos voces por movimiento retrógrado, uno de los artificios más ambiciosos e ingeniosos del contrapunto.

El ejercicio consiste en una voz que avanza arropada sobre su propia retrogradación, es decir, la voz superior avanza de izquierda a derecha mientras la voz inferior lo hace en sentido inverso. La dificultad reside en que la simultaneidad de notas que resulta de la suma de las dos voces en este caleidoscopio sonoro debe ser concordante para el oído. El reto para el contrapuntista supone un atractivo irresistible: idear una melodía que por sí sola tenga entidad propia pero capaz al mismo tiempo de ser acompañada por una versión de sí misma que avanza a la contra. Casi nada. Este trabalenguas se pronuncia mejor si lo vemos dibujado en el papel:

Pues esa es exactamente la premisa sobre la que se asienta la idea de Alex Pastor, cuyas intenciones quedan puestas de manifiesto en el propio título del corto, que es un palíndromo, es decir, una palabra que se puede leer igualmente de izquierda a derecha como de derecha a izquierda:

En contrapunto, la diferencia entre un artesano y un artista está en que el primero se conforma con hacer coincidir las piezas del puzzle y vale, que no es poco esfuerzo. El artista es el que hace lo mismo preocupándose al mismo tiempo de la estética del conjunto. Si ya consigues ponerle alma, entonces eres un maestro.

Por eso, quedarse con la idea de que Alex Pastor realiza un ingenioso juego del que sale airoso es quedarse a medias. No es ahí precisamente donde brilla el talento del joven cineasta: la sorpresa viene en los hallazgos que surgen en el transcurso de la travesía melódica, de la coincidencia de la armonía entre la unión de ambas voces cuya sonoridad equivale aquí a una deliciosa narración visual repleta de preciosas singularidades. Ejemplos de ello hay por doquier en los 11 minutos de duración de la obra, mientras vemos desfilar por pantalla a Divad (David), Arual (Laura) y Siul (Luis) al compás de la voz del narrador.

Es tal la correspondencia musical de este trabajo visual que en el lugar justo de la partitura, justo antes del desenlace, vemos escrito el calderón que todo lo detiene para que el solista (la cámara en este caso) luzca su cadenza. Aquí, la cadenza consiste en un movimiento de cámara tan simple como bello; poético: los segundos en los que la narración (la orquesta) cesa son compensados por una escala del solista (un travelling de cámara de derecha a izquierda) antes de que el tutti aborde los compases finales. Precioso:



Al cine, a la literatura, a lo que sea, yo sólo le pido “alma”. Aunque sea un poco. Y no es poco lo que nos depara la travesía por esta ruta natural que deja una huella imborrable en el mapa del corazón y de la memoria.
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Enlace para ver “La ruta natural”: aquí.

Chequeo 3 agosto, 2006

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He aquí un asunto que me fascina e inquieta a partes iguales:

“El chequeo emocional es una de las pruebas más difíciles de superar. Pocas personas saben bien lo que sienten y, menos aún, encuentran las palabras adecuadas para expresar tan confusos sentimientos. Todo el mundo habla de amor sin saber exactamente a qué se refiere. El amor se puede camuflar tras la pasión, el deseo, la necesidad, el miedo a la soledad o un capricho efímero.

Para saber lo que siento necesito nombrarlo de algún modo. Es más fácil ser feliz si se tiene un concepto preciso de la dicha. Hay quien confunde la felicidad con la alegría o las ganas de vivir. ¿Cómo saber si soy feliz? ¿Cómo salir de este barullo sentimental?

El significado de ciertas palabras permite meditar sobre nuestras creencias, preocupaciones o preferencias. Lo que nosotros pensamos es menos de lo que sabemos; lo que sabemos es menos de lo que amamos; lo que amamos es mucho menos de lo que existe”.

“Hablemos de la vida” (Conversaciones entre Nativel Preciado y José Antonio Marina)

Queja 1 agosto, 2006

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Vamos a intentar una aproximación para buscarle el alma a “Quejas o La Maja y el Ruiseñor”, cuarta de la serie de “Goyescas” compuestas para piano por Enrique Granados.

Los aguerridos y pacientes seguidores de este tipo de posts conocen sobradamente mi inclinación por aquellos procesos de construcción musical basados en la progresiva elaboración de una sustancia temática básica. No es ésta una excepción. Granados construye su composición sobre este sencillo diseño:


Click para escuchar. Mp3, 204 k.

que inmediatamente reaparece comprimido en un único compás:


Click para escuchar. Mp3, 95 k.

Al prescindir de lo accesorio, esta reducción nos permite ver el contenido real de la idea musical compuesto por un simple movimiento ascendente entre las notas fa y do y su correspondiente descenso. Gráficamente podríamos representarlo por un arco melódico, un triángulo; metafóricamente podríamos hablar de una respiración (aspirar-exhalar)

Este motivo, que protagoniza la parte introductoria de la obra de manera discreta, reaparece con posterioridad con aire arrebatado convertido sorprendentemente en verdadero corazón de la composición:


Click para escuchar. Mp3, 254 k.

Hechas las presentaciones, vayamos ahora un poco más allá. ¿Dónde está la “queja”? Pues ha estado a la vista desde el primer momento representada por la nota do. Digo bien al decir “a la vista” porque es la nota que sobresale del conjunto, la cumbre de esta montaña melódica flanqueada por sus respectivas laderas a izquierda y derecha.

Pero este do no sería el mismo si no fuera por la nota que le precede o, para ser más precisos, si no fuera por la nota que no le precede. No hay de qué alarmarse, es muy sencillo: echemos de nuevo un vistazo a los ejemplos y descubriremos que la nota do es la única que es alcanzada por salto. Falta un peldaño para acceder suavemente a ella lo cual produce un efecto de acentuación definitivo, echa sobre ella un peso, un suspiro, un “ay”. Especialmente significativos, para ilustrar esto, se muestran 2 de los 3 ejemplos que acabamos de ver: el segundo, con esa minúscula notita que parece tropezar y darse de bruces con la nota clave que, por cierto, prolonga su duración a costa de robarles espacio a sus compañeras. Un suspiro necesita aire:

y el tercero: el símbolo de arpegiado rompe el acorde arrojando sus notas hacia el do creando un efecto expresivo notable:

Granados va a sacar conveniente partido de esta nota como lamento, como queja, apareciendo una y otra vez siempre como punzante disonancia del acorde que la acompaña:


Click para escuchar. Mp3, 232 k.

Es inevitable hacer mención especial al clímax de esta sucesión de quejas, que encontramos en los dos últimos compases de este ejemplo: la parte melódica se detiene al mismo tiempo que el acompañamiento se precipita en descenso: contención y abandono que estallan en un último lamento (el acorde representado por la última de las flechitas rojas) deliciosamente desgarrador.

¿Es consciente el intérprete de ésto? ¿debería serlo? Particularmente yo echaría mayor peso en esa última queja. De alguna forma siento que el contexto emocional que se ha creado hasta ese instante así lo reclama. Y una última cuestión: ¿acaso no podemos tomarle el pulso al verso sin emplear un cifrado de acorde, un término técnico? Porque quizá tendemos a echar mano al bisturí con facilidad y al final se nos escapan los trocitos entre los dedos (esto es otra queja)

(En esta última audición podemos escuchar el fragmento analizado en su integridad)
Click para escuchar. Mp3, 1,58 MB.