Archivo por días: 13 agosto, 2006

Amistad

JaviLo mejor que me ha pasado en mi vida es, sin duda, haber conocido a Javi, mi mejor amigo, que sonríe en la foto de al lado a los postres de una cena en diciembre de 1999. La historia de nuestro encuentro bien podría haber figurado en una novela de Paul Auster donde el azar y las coincidencias entrecruzan vidas y vivencias a capricho. Yo tenía 22 años y volvía a casa desde Pamplona donde me habían sometido a una prueba en un hospital programada, en principio, para dos días antes. El autobús que separaba los 100 km del hospital de mi casa estaba lleno de gente y una chica de unos 30 años vino a sentarse a mi lado, tras descartar el otro asiento libre que quedaba. Al poco de comenzar el viaje me fijé que entre las carpetas y papeles que tenía sobre las rodillas sobresalía un cd con la imagen de Glenn Gould y ella se debió fijar que sobre las mías tenía un Tratado de Contrapunto (me había llevado deberes porque la tarea apuraba y la espera en el hospital prometía ser larga). Iniciamos una conversación.

Al poco se percató de mi dificultad para girar el cuello y entonces, música y enfermedad convivieron durante muchos kilómetros. Se interesó por cómo compaginaba los estudios con mi dificultad para desenvolverme y se preocupó porque pudiera obtener una mínima titulación que me permitiera acceder a un puesto de trabajo como docente. Le dije que me faltaba una asignatura que iba posponiendo; de hecho, el curso había comenzado y yo no había hecho la matrícula por pereza y porque la profesora que la impartía, según se decía, era una tipa un poco marciana y bastante insoportable. Ella dijo que eso era bien cierto y yo le pregunté si la conocía de algo. Entonces me contestó:

-Claro, soy yo.

Sobra decir que yo escondí mi ruborizada cara entre las páginas del tocho de contrapunto pero ella pareció tomárselo con cierto sentido del humor. Me animó a pasarme por clase aunque no hubiera hecho la matrícula. Le pregunte que cuándo y ella respondió que dentro de dos horas. Comprendí entonces que nos íbamos a bajar en la misma parada.

Esa tarde yo entré en un aula en la cual yo parecía ser el hermano mayor de todos. La edad media era de 16-17 años. Me senté discretamente en la última fila. A mitad de la clase, el chaval que estaba sentado delante se volvió para pedirme un folio. Dos días después, a la salida de clase, plantados en la calle de pie como pasmarotes, pasamos cuatro horas seguidas charlando y tiritando el frío de noviembre mientras íbamos de Tolkien a la Voyager II, del vértigo de las distancias siderales al placentero aguijón de los acordes de séptima mayor, de la voz de Hal 9000 a la de Judy Collins y nos fuimos a casa con el descubrimiento de que si algo te falla siempre te quedará la sombra de una canción.

Ese encuentro casual marcó el inicio de una amistad sólida y profunda que pervive intacta a las vicisitudes de la vida. Es mi mayor valor, aquello de lo que me siento más orgulloso. Lo que hemos vivido juntos, el trabajo conjunto en muchos proyectos musicales, tantas y tantas horas de charlas y confidencias en los buenos y en los malos momentos, en los muy buenos y en los muy malos, quedan como una experiencia que ha marcado la vida de ambos. Creo que podemos presumir de compartir algo que se da en muy pocas ocasiones: la confianza sin fisuras, la creencia total en el otro, el apoyo incondicional y la complicidad plena, el entendimiento sin palabras apenas. Ahí reside nuestra fuerza y nuestra riqueza. A veces se establece un vínculo tan estrecho entre las personas que te hace sentirte parte de ellas y sentirlas parte de tí. Quince años después, con trayectorias vitales y profesionales dispares (parejas, lugares de residencia, ocupaciones) yo puedo detectar si a Javi le ocurre algo por el rastro que deja una minúscula inesperada en un mensaje de móvil convencional.

Como dice un comentario aparecido en el post de abajo y que transcribo, “en esta vida todos llevamos una máscara, pero siempre hay alguien con quien merece la pena desenmascararse. Sin trampa ni cartón. Sin escudo ni protección, es ahí donde conocerán tu verdadero corazón”. Lo suscribo plenamente. Javi sabe quién soy; qué soy; y viceversa. Y ambos sabemos dónde encontrarnos para lo bueno y para lo malo. Sabemos que cuando uno se caiga el otro estará para levantarlo, de la misma manera que las alegrías de uno son la satisfacción profunda del otro. Nos completamos. Y ambos formamos, juntos, un espacio donde sólo tiene cabida lo bueno, aquello que nos enriquece y nos fortalece. Y ambos sabemos que, nos lleve por donde nos lleve la vida, ese vínculo no se extinguirá. Nunca.

Lo mejor que me ha pasado en mi vida es, sin duda, haber conocido a Javi, mi mejor amigo, mi hermano.