Archivo por días: 8 agosto, 2006

Retaguardia

Daniel Cebrián, director de “Segundo asalto” (2005), comparece muy serio en el making of para decir que descubrió al protagonista de su película, Alex González, en una serie de televisión y que lo primero que vio fue su culo.

Eso dice.

Después vio la cara y pensó que encajaba en el papel pero no aclara hasta qué punto una cosa u otra, el culo o la cara, pudo más en la decisión final. Es cierto que a lo largo de la película sale más la cara, pero hay un plano cuya única justificación reside en que al chaval se le vea el culo. Cara y cruz.

Alex GonzálezHe visto en dvd “Segundo asalto” y, oye, a la mitad le he dado a la pausa. ¿Por qué? Pues porque desde un primer momento ya sabes lo que va a pasar y cómo va a pasar, lo cual aún da mas tristeza. Es todo taaaaaaan previsible. Es previsible la trama, son convencionales a más no poder los escenarios, y es difícil encontrar unos personajes más estereotipados. Darío Grandinetti hace de malo-listo de libro. Alex González hace de chico bueno puteado por la vida que deambula por el Madrid pobre. También de libro (y enseña la contraportada). Y la madre (¡ay la madre!), Maru Valdivielso, una madre compungida con bata compungida en un cuartito de estar que nos deja compungidos. Una madre como de casting para Oliver Twist.

Los demás hacen de los demás.

Lo que pasa es que todo está correcto y a veces eso es un problema. Quiero decir que en ocasiones sales del cine y dices: bueno, pero a pesar de esto y lo otro la peli está correcta, y eso como que la salva. Pero es que aquí hasta la corrección es convencional. Sosa, no sé. Después de pensarlo he vuelto a dar a la pausa a ver en qué minuto se producía lo que se tenía que producir y no ha fallado nada, oye: lo que tenía que pasar, lo que no pasa al final (supuesto momento sorpresa), el que pierde, cómo pierde, el que gana, cómo gana… Todo eso.

La palabra es pereza.

Pesadilla

Que conste, antes de empezar y por si no pudiera acabar, que yo no bebo.

No.

No bebo porque no puedo y porque no me gusta. Vamos, que en las uvas por no hacer un feo me ponen medio dedo de esa cosa tan espantosa que es el champán y sólo con mojar los labios ya me salen unas manchas rojas por los brazos y me mareo y me quema la garganta. Y alguien a mi lado siempre dice: qué exagerao. Qué pesadez, todos los años igual. Pero es verdad. Yo brindo con coca-cola, qué pasa.

Pues a lo que voy.

No sé qué pasaría ayer en la cena, si es que cenamos muy tarde, si lo hice con avidez (por cenar tarde), si es que comí mucho (porque se nos hizo tarde y tenía hambre y cené con avidez) o sencillamente… porque cenamos en un chino (abstenerse de comentarios al respecto, por favor). El caso es que vaya nochecita.

Para empezar, en un sueño me ha invitado a cenar Ana Torroja, pero no en un chino sino en un sitio de playa en el que sólo había una mesa muy larga y estaba llena de gente pero María Luisa Ponte nos aseguraba con cara de sota que nos guardaba sitio. Yo mientras tanto estaba en una habitación con José María Cano viéndole componer al piano una canción en Fa Mayor y su mano derecha tocaba do-fa y do-mi (yo ponía paréntesis con un lápiz rojo de Raquel a las palabras “sin sal“).

Luego me veía a mí mismo jugar con un emulador del Spectrum al “Manic Miner” pero la musiquita irritante (Si yo fuera rico…) cada vez sonaba más alta y al pasar de pantalla el vecino de abajo me perseguía con un hacha por los pasillos del hotel Overlock mientras yo pedaleaba montado en un triciclo absurdamente minúsculo. Para colmo, al girar una esquina en vez de encontrarme con las dos gemelas aparecía la monja de mecanografía del colegio.

Entonces sonaba el móvil. Fuera del sueño la verdad es que tengo estos días el móvil encendido las 24 horas por si un amigo mío necesitara llamar, que no lo está pasando bien, pero en el sueño era otra vez Ana Torroja desde el restaurante de la Ponte diciéndome que no había coca-cola, que si me daba igual pepsi. Y sí, me daba igual pero sólo si llevaba mucho hielo.

Mientras tanto me picaba todo el rato la pierna derecha, qué suplicio, pero no sé si de verdad o en la verdad del sueño porque antes de averiguarlo ha llegado la parte más estremecedora cuando el concejal de cultura pronunciaba una conferencia sobre Rainer Maria Rilke y yo me iba corriendo al cine pero resulta que en el cine no te dejaban entrar si no te comías antes el cartón gigante de palomitas. Dios, qué angustia. Creo que incluso al final bajaba del cielo Mary Poppins (prácticamente perfecta) pero antes de que se pusiera a cantar aquello de “con un poooooco de azúcaaar esa píldora que os dannnn” me he despertado profundamente desconcertado y con la cena intacta en la garganta.

He desayunado un vaso de coca-cola y Mari, que estaba canturreando mientras repasaba la encimera, se ha detenido a mirarme por encima de las gafas y ha dicho:

-Uy.