Palíndromo

El cortometraje “La ruta natural” empezó siendo el proyecto fin de carrera de Alex Pastor (1981) y ha terminado convirtiéndose en una de las sorpresas más estimulantes y sobresalientes del sobresaturado mundo del cortometraje.

Con demasiada frecuencia se tiende a despachar su argumento como “una historia contada al revés” y eso, sin ser falso del todo, es como tocar el piano con una mano solamente. Falta algo. La comparación musical no es gratuíta: “La ruta natural” es la asombrosa representación en imágenes de un canon a dos voces por movimiento retrógrado, uno de los artificios más ambiciosos e ingeniosos del contrapunto.

El ejercicio consiste en una voz que avanza arropada sobre su propia retrogradación, es decir, la voz superior avanza de izquierda a derecha mientras la voz inferior lo hace en sentido inverso. La dificultad reside en que la simultaneidad de notas que resulta de la suma de las dos voces en este caleidoscopio sonoro debe ser concordante para el oído. El reto para el contrapuntista supone un atractivo irresistible: idear una melodía que por sí sola tenga entidad propia pero capaz al mismo tiempo de ser acompañada por una versión de sí misma que avanza a la contra. Casi nada. Este trabalenguas se pronuncia mejor si lo vemos dibujado en el papel:

Pues esa es exactamente la premisa sobre la que se asienta la idea de Alex Pastor, cuyas intenciones quedan puestas de manifiesto en el propio título del corto, que es un palíndromo, es decir, una palabra que se puede leer igualmente de izquierda a derecha como de derecha a izquierda:

En contrapunto, la diferencia entre un artesano y un artista está en que el primero se conforma con hacer coincidir las piezas del puzzle y vale, que no es poco esfuerzo. El artista es el que hace lo mismo preocupándose al mismo tiempo de la estética del conjunto. Si ya consigues ponerle alma, entonces eres un maestro.

Por eso, quedarse con la idea de que Alex Pastor realiza un ingenioso juego del que sale airoso es quedarse a medias. No es ahí precisamente donde brilla el talento del joven cineasta: la sorpresa viene en los hallazgos que surgen en el transcurso de la travesía melódica, de la coincidencia de la armonía entre la unión de ambas voces cuya sonoridad equivale aquí a una deliciosa narración visual repleta de preciosas singularidades. Ejemplos de ello hay por doquier en los 11 minutos de duración de la obra, mientras vemos desfilar por pantalla a Divad (David), Arual (Laura) y Siul (Luis) al compás de la voz del narrador.

Es tal la correspondencia musical de este trabajo visual que en el lugar justo de la partitura, justo antes del desenlace, vemos escrito el calderón que todo lo detiene para que el solista (la cámara en este caso) luzca su cadenza. Aquí, la cadenza consiste en un movimiento de cámara tan simple como bello; poético: los segundos en los que la narración (la orquesta) cesa son compensados por una escala del solista (un travelling de cámara de derecha a izquierda) antes de que el tutti aborde los compases finales. Precioso:



Al cine, a la literatura, a lo que sea, yo sólo le pido “alma”. Aunque sea un poco. Y no es poco lo que nos depara la travesía por esta ruta natural que deja una huella imborrable en el mapa del corazón y de la memoria.
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Enlace para ver “La ruta natural”: aquí.

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