Archivo por meses: agosto 2006

Padre

Kevin Arnold ha sido padre. La noticia saltó a la prensa y fue toda una sorpresa aunque ya nos lo avisó él mismo al final del episodio 115: que de mayor se casaría y tendría un hijo. Lo que no sabíamos es que sería niño, que se llamaría Oliver y que nacería el 5 de Agosto de 2006. También nos dijo que, para entonces, Winnie Cooper sólo sería un recuerdo dulce fijado para siempre en aquellos maravillosos años de la infancia. Vamos, que se iba a casar con otra. Cuando lo anunció se nos encogió un poco el corazón, la verdad, después de haber asistido a 115 ternuras, besos y afectos, encuentros y desencuentros. Luego hubo un fundido en negro y apareció en los créditos, por última vez, la tarjeta de visita del mago: Bob Brush, producción ejecutiva, y entonces se nos escapó un suspiro. Ay. Ahora Kevin Arnold ha sido padre. Aquel chaval que soportaba largos primeros planos subrayando asombrosamente con el rostro las emociones que dictaba la voz en off ya tiene 30 años y ha hecho muchas cosas desde aquel episodio 115. Se licenció en la Universidad de Stanford, se casó con su amor de la niñez, Jennifer Stone y cuando hizo sus pinitos tras la cámara invitó a la verdadera Winnie Cooper, Danica McKellar, para que apareciera fugazmente en un episodio de la igualmente fugaz sit-com “Working”. Eso también nos lo había advertido: que Winnie Cooper y él no se casarían pero que tan amigos de por vida. Cómo pasa el tiempo: este post es una voz en off que recuerda aquellos maravillosos años en los que nos emocionábamos viendo “Aquellos maravillosos años”. Del episodio piloto va a hacer pronto la friolera de 20 años y yo recuerdo perfectamente su primer visionado, muchas veces después revivido, con esa preciosa fotografía que captaba a la perfección la atmósfera de un verano de finales de los 60 en la cocina de una familia de clase media. A partir de ahí vendrían los monosílabos gruñones de Jack Arnold, la confortable presencia de Norma Arnold, y Karen, Wayne, los Bosques de Harper, Joe Cocker, Paul Pfeiffer, el señor Collins (implacable e inolvidable profesor de matemáticas que se marchó a los sones de Linda Ronstadt, “Good bye, my friend”), la señorita White, Judy Collins, el coche familiar y así todo el rato. Fred Savage ha tenido un hijo porque sigue siendo Kevin Arnold y ya avisó que eso iba a pasar. Luego pusieron unos anuncios.

Radiactividad

Desde que el otro día me hicieron unas radiografías, ponerme a escribir en el blog me da una pereza espantosa.

Es que fueron 14.

Y eso tiene que acarrear unos efectos secundarios indudables. En el transcurso de la sesión de fotos aproveché para hacerle unas preguntas a la enfermera. No contestó a ninguna. Bueno, contestaba con risas. Yo no le veía la gracia, desde luego. Yo oía los disparos y el resuello nuclear del aparato (que siempre me inquieta bastante) mientras posaba de frente, de costado, de espalda, ahora las manos, ahora una mano, ahora la misma mano de canto, ahora vamos con los pies… Y entre medio y mientras no le daba la risa la enfermera decía “no respires!”, y luego “respira!”. Y cuando decía “no respires” yo no preguntaba nada (pero pensaba en la pregunta que le iba a hacer a continuación) y cuando decía “respira” le hacía la pregunta que acababa de pensar como, por ejemplo: “¿dice el libro de instrucciones algo acerca de una limitación en el número de exposiciones por recomendación de la Agencia de la Energía Atómica?” o “¿está contemplada la posibilidad de que salga de aquí fosforescente?”. Y risa, la tía. Hubo un rato que me dio por pensar que las preguntas que se me ocurrían mientras no respiraba seguro que quedaban impresas de alguna manera en las radiografías, pero eso no se lo dije. Al terminar salí de allí sintiéndome la Central de Chernobil y entonces empezaron a pasar cosas raras.

La pereza, por ejemplo.

Ayer por la noche me senté ante el blog y me entró una pereza pegajosa, y esta mañana igual. En el desayuno le he dicho a Mari: “me da pereza el blog” y ella me ha contestado “sí, a mí también me duele hoy el dedo, debe ser el tiempo”. Para despejarme un poco me he ido a pasar medio día fuera y mientras esperaba al tren en el andén le he mandado a Javi un sms haciéndome pasar por Hank Chinaski, el alter ego de Bukowski, al que estoy revisitando estos días y del que me gustaría hablar cuando el efecto de la radiactividad se pase, porque esto fijo que es de la radiactividad, lo de la pereza y lo del sms. Si no qué.

El caso es que le he mandado un sms como si fuera Chinaski y claro, lleno de procacidades y cosas así que no voy a repetir aquí por si alguien lo lee en horario infantil y porque yo, como es bien sabido, soy un chico formal. Y además en mayúsculas para darle el énfasis pertinente (o debería decir impertinente?). Luego en el tren veía pasar árboles o cosas verdes y de repente me he sobresaltado al pensar qué habría pensado Javi al recibirlo pero como me conoce bien y sabe de sobra mis desdoblamientos y demás me he imaginado que se había reído. Luego a última hora de la tarde me ha llamado y se ha vuelto a reir en abierto y en directo. He imaginado bien entonces.

(suspiro de alivio)

Pero rebobinemos un poco porque seguía en el tren y en un momento dado al girar la cabeza mis ojos se han posado en un rostro y, por primera vez en mi vida, he sentido la certeza de que yo podría compartir el resto de mi vida con una persona. Con esa persona. Inquieto en el asiento, consternado profundamente, aquéllo ha sido definitivo para teorizar el resto del viaje sobre el efecto de los rayos X en mi ser.

Ya en mi destino, me he ido de compras. He empezado con el encargo de comprarle a Sergio el disco duro portátil Lacie que necesita ahora que empieza con el proyecto fin de carrera y va de aquí para allí y viceversa.

(luego le he comprado un Bukowski a Javi)

Y finalmente me he dedicado a mí mismo. La radiactividad ha vuelto a hacer de las suyas: me he comprado en dvd “Teorema” de Pasolini. Sí, lo siento. Lo siento muchísimo, espero que volváis algún día a este blog cuando se os pase el mal trago pero es que de repente me he imaginado en plan cineclub setentero inmerso en aquellos planos largos, esos silencios eternos… y me ha entrado un morbo terrible. Vamos, es que no me lo pierdo por nada del mundo! (además, quién sabe, oye). Por si acaso, para compensar me he comprado “Los bajos fondos”, de Jean Renoir y la primera temporada de “Anatomía de Grey”. En esa serie también salen médicos y hacen radiografías pero además hay química orgánica en el cásting formando moléculas de lo más interesantes.

Esperando el tren de vuelta había una chica hablando por el móvil y al pasar a su lado he oído una frase al azar que, por un instante, me ha revelado el sentido profundo de la existencia.

Ya estoy en casa, radiactivo y a salvo, al fin.

Album

Mi sobrina Isabel ha cumplido hoy 4 años. Me mira así porque he llegado un poco tarde a la fiesta y me lo ha tenido en cuenta a ratos pero lo que no dice la foto es que cuando me he acercado sigilosamente a sus espaldas entre la algarabía de niños y le he susurrado al oído (“sorpresa, princesa”) se ha girado rápidamente y se la han humedecido un poco los ojillos. Isabel y yo nos queremos mucho.

Comentarios

Este post terminará hablando sobre los comentarios del blog pero va a empezar comentando otras cosas.

Por ejemplo.

Hoy hace la friolera de 65 años que mi abuela se casó. Lo ha soltado a mitad de la comida. Antes sólo había comentado que al salir de casa esta mañana casi le ha dado frío y todo; después sólo ha vuelto a comentar que al salir de casa esta mañana casi le da frío y todo. Han sido los únicos comentarios. Yo he pensado que igual estaba un poco tristona por los recuerdos y eso o igual simplemente estaba callada porque recordar 65 años debe ocupar lo suyo. Mirémoslo de esta manera: el día que mi abuela se casó, la Warner Brothers todavía no tenía cerrado el reparto de “Casablanca”. Ahí es nada. (Es curioso que utilicemos expresiones como ésta, “ahí es nada”, para referirnos a 65 años). Ayer por la noche venía de cenar dándome un paseo y me adelantaron unos recién casados todavía vestidos de novios y ya iban discutiendo. Ahí me parece que igual encaja mejor lo de “ahí es nada”, aunque nunca se sabe. El caso es que, ¿qué es de Bogart, Bergman (Ingrid), Rains, Lorre y Curtiz? ¿qué de los hermanos Warner?

Nada.

Pero también es verdad que todavía nos queda París… y mi abuela comiendo ensalada.

Luego está lo de esta mañana.

Comprar el periódico en un sitio que no es un quiosco de periódicos sino una librería multi-usos tiene sus ventajas, sobre todo si es domingo: puedes quedarte mirando el escaparate y a la vez que ojeas las novedades ojeas si el horizonte está despejado. Es una buena estrategia porque dentro estaba, de nuevo, el maligno en persona, ¡horror! ese hombrecillo canoso de apariencia pusilánime al que dediqué en su día un post (me da pereza buscarlo así que no pongo el enlace) y que convierte en angelito de la guarda al mismísimo Tony Soprano. Para colmo se dirigía a la puerta en ese mismo instante así que he recurrido a la estrategia número dos: me llaman al móvil. La estrategia número uno es mirar de reojo por el escaparate entre libro y libro y la estrategia número dos es hacer como que de repente me llaman al móvil y digo sí, dime dime, sí, bueno, muy bien, perfecto, no no, de verdad, me viene bien, de acuerdo, en unos veinte minutos, te parece? vale, sí sí, sin problema, bueno, nos vemos, venga, hasta ahora.

Y ya está.

El periódico de los domingos vale un poco más caro y además tiene sus riesgos.

Y luego viene lo de antes de comer pero después de lo de esta mañana: lo de antes de que mi abuela comentara que hoy hace 65 años que se casó pero después de lo del periódico. Y es que me he puesto a hacer limpieza en el blog: suprimido los post que en su día quedaron en la nevera sin terminar de cocerse con la etiqueta “borrador” y que ya han caducado, clasificar la (abundante) correspondencia que “La Idea del Norte” origina vía e-mail (sí, amigos, hay vida más allá de los comentarios que aparecen en pantalla) y alguna cosilla más y he aquí que llegamos al momento que se anunciaba al principio, cuando decía que este post iba a terminar hablando de los comentarios del blog después de comentar otras cosas.

Me he dado cuenta de una cosa muy curiosa: según la estadística del blog, hay personas que llevan un año visitando a diario “La Idea del Norte” y jamás han hecho un click en los comentarios. Cabría pensar que lo que leen no les interesa pero si vuelven a diario es que algo les interesará, digo yo. Entonces, cual directivo de televisión examinando las audiencias de la noche anterior, me preguntó acerca de las posibles razones del desinterés que un sector de lectores muestra por lo que otro sector pueda opinar (hay un tercer sector, mayoritario, que no opina pero lee los comentarios). Y se me ocurren dos posibles respuestas: la primera (la acabo de apuntar) es que hay lectores a quienes les da igual lo que digan los demás acerca del post del día; con el post ya tienen bastante. Parecen no contemplar la posibilidad de que los comentarios puedan ser un lugar de debate donde el post termine de completarse. La segunda posibilidad es tan sencilla como plausible, que todo puede ser: que haya quien no haya reparado en que existen los comentarios.

Pues existen.

Se hace click sobre ellos y sale una ventanita donde se pueden leer las opiniones de la gente. Esto me recuerda que no hace mucho recibí un mail donde se me sugería que interrogara a los comentaristas en lugar de limitarme a responderles, para suscitar un diálogo, un posible debate. Y el mail añadía una sutil llamada de atención: “como antaño”.

(hmmm…)

En resumidas cuentas: que hay gente que puede contar que se casó hace 65 años (y siempre quedará París), que no está de más recordar que el mal está entre nosotros (pero siempre puede salvarse uno agarrándose al móvil) y que un blog es, también, un espacio abierto (eso siempre).

As Time Goes By…

Planeta

Pero vamos a ver.

¿Qué es eso de que Plutón deja de ser considerado planeta? Resulta que se han reunido 2500 científicos en Praga y han llegado a esa conclusión y lo han tachado de la lista. Tan anchos.

¿Y Praga? ¿Es que no se va a pronunciar al respecto?

Cuando yo era pequeño tenía un libro que se titulaba “El Sistema Solar” y lo miraba a todas horas fascinado ante las fotos, dibujos y datos de esos otros mundos. Conforme pasabas las páginas y los planetas estaban más lejos había menos fotos y menos datos, o eran fotos más borrosas. Todavía las Voyager I y II no habían empezado a mandar a casa las fotos de la excursión. En los confines de aquel libro, Plutón ocupaba una página raquítica pero era la página que yo más visitaba. Me intrigaba muchísimo la escasez de palabras y, sobre todo, me atraía sobremanera esa deficiente fotografía en blanco y negro de un disco pequeño y desenfocado porque todo eso, la ausencia de palabras, el blanco y negro de la imagen espectralmente borrosa, resultaba de lo más excitante. Venía a sugerir una cosa: lejanía y misterio. Yo me preguntaba qué habría allí, qué colores, qué parajes, qué hielos, qué silencios, qué pasaba a las cinco y cuarto de la tarde el miércoles, por ejemplo.

Plutón fue un ingrediente fundamental en la sustanciosa sopa con la que alimenté mis fantasías infantiles, motivo más que suficiente para que me sienta algo dolido con la decisión que 2500 tipos han tomado esta tarde sin consultarme. Plutón ya no es un planeta del Sistema Solar. He intentado averiguar por qué no y me he encontrado básicamente con dos argumentos. Uno, que en su órbita atraviesa el cinturón de Kuiper, con lo que no cumple con la premisa de haber limpiado su órbita de otros cuerpos celestes.

Y yo me pregunto: ¿y qué culpa tiene él?

Pero lo peor es cuando te dicen que los nuevos instrumentos de exploración y medición han revelado que, en realidad, Plutón es mucho más pequeño de lo que se pensaba; que es hasta más pequeño que la Luna y por eso a partir de ahora, además de haber determinado su destierro, se atreven a denominarlo, en todo caso, “planeta enano”.

Y eso duele, las cosas como son.

¿Algún problema con los planetas enanos? Porque, que yo recuerde, el planeta más hermoso del universo es un planeta todavía más pequeño. Tanto que en él sólo caben una rosa, un niño con bufanda y una silla. Lo descubrió Antoine de Saint-Exupéry orbitando en el capítulo VI de “El Principito” y de su exploración se trajo esta crónica:

El planeta del Principito“Ah, principito! Así fui comprendiendo poco a poco tu pequeña vida melancólica. Por mucho tiempo no habías tenido por distracción más que la dulzura de las puestas de sol. Me enteré de este nuevo detalle el cuarto día a la mañana, cuando me dijiste:– Me encantan las puestas de sol. Vamos a ver una puesta de sol…

– Pero hay que esperar…

– Esperar qué?

– Esperar a que se ponga el sol.

Primero pareciste muy sorprendido, y luego te reíste de tí mismo. Y me dijiste:

– Siempre creo que estoy en casa!

En efecto. Cuando es el mediodía en Estados Unidos, el sol, como todo el mundo sabe, se pone en Francia. Bastaría poder ir a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol. Lamentablemente, Francia está demasiado alejada. Pero en tu planeta tan pequeño, te alcanzaba con correr tu silla algunos pasos. Y mirabas el crepúsculo cada vez que lo deseabas…

– Un día, vi al sol ponerse cuarenta y tres veces!

Y un poco más tarde agregabas:

– Sabes… cuando se está tan triste a uno le gustan las puestas de sol…

– ¿El día de las cuarenta y tres veces estabas entonces muy triste?

Pero el principito no respondió.”

Pues 2500 tipos listos, sí. La que no ha dicho nada es Praga, que se sepa.

Madurez

Dice el pintor Luis Gordillo hoy en el periódico que “la madurez es ir abandonando algunos sueños para adecuarte a la realidad”. Me parece una definición terrible seguramente porque es cierta. El proceso no es fácil: una cosa es abandonar algunos sueños y otra abandonarse con ellos. Aunque pueda parecer extraño, hay personas que creen que están madurando cuando en realidad se están perdiendo. Pero quizá, asumir que uno se ha perdido sea el inicio y el punto de partida del proceso que conduce a la madurez. A mí me tocó madurar aceleradamente desde muy pequeño movido por las circunstancias pero ahora que me he hecho mayor me he dado de bruces con un descubrimiento incuestionable:

Me he perdido.

Y creo que, aunque no sea agradable sentirlo, es bueno saberlo para echar a andar.

Cumpleaños

Hoy es el cumpleaños de mi amiga Izaskun. Todos los años tengo que mirar el casposo catálogo del colegio porque siempre dudo si el cumpleaños es el 22 o el 23 y siempre sale que es el 23. Una vez Izaskun me mandó por correo una carta de 17 folios. Que te pase algo así marca para toda la vida. En serio. Cuando se casó se empeñó en que yo tocara el órgano en la ceremonia. Grave error. Aparecieron los novios en la puerta y no sé qué me pasó por la cabeza pero desde luego música sí que no, así que empezó a sonar una cacofonía de acordes cruelmente amplificados por la resonancia natural de la iglesia. Fue horrible. Las manos iban solas sin que yo pudiera hacer nada mientras veía a toda esa gente tan bien trajeada, maquillada, gente que había madrugado para soportar estoicamente largas horas de peluquería y que tenía todas las esperanzas puestas en ese instante que yo me estaba encargando de arruinar a base de disonancia pura y dura. La culpa la tuvo el del vídeo, que conste, que me puso nervioso (¿no?). La escena fue tan memorable que al final de la ceremonia los novios quisieron posar conmigo sentado al órgano. Hay gente con gustos un poco raros. Además se lo tomaron a risa. En fin.

No he podido felicitar a Izaskun porque no contestaban al teléfono así que le he mandado un sms porque yo me niego por sistema a hablar con un contestador. Y hace un instante, cuando estaba escribiendo “madrugado para soportar estoicamente largas horas de peluquería” me ha respondido diciendo que estaban en un concierto al aire libre en Bilbao y que un abrazo apretado. Sí, 17 folios.

Hoy también hace los años del nacimiento de River Phoenix, inolvidable y efímera estrella de la pantalla. Lo del cumpleaños no lo pone en el catálogo del colegio pero sí en la imdb. No se sabe si River Phoenix escribía cartas de 17 páginas pero es de sobra conocido que nació tocado por el hada. Su presencia en “My Own Private Idaho” (Gus Van Sant, 1991) sería motivo más que suficiente para felicitarle cualquier día del año pero eso no se puede porque se murió hace 13 años de un ataque al corazón por sobredosis. Tenía 23 años. Cuando para asombro nuestro dieron la noticia por la tele yo todavía no sabía que algún día tendría que tocar el órgano en la boda de Izaskun pero seguro que ese año también miré en el catálogo del colegio si el cumpleaños era el 22 o el 23. Ponía el 23.

Espera

Pocas cosas hay más deprimentes que permanecer en la sala de espera de extracciones de sangre de un ambulatorio a las 8:20 de la mañana.

Dice el doctor House que todos los pacientes mienten. Yo no sé si todos mienten pero lo que es seguro es que disimulan. Hay un silencio incómodo, un amago de conversación hueca, miradas resbaladizas. Por ejemplo, en ese señor que ha debido salir un momento de la oficina o en aquella mujer que esconde la incertidumbre tras un exceso de maquillaje. A la mayor parte de la gente le incomoda reconocer que están enfermos, como si la sociedad se lo fuera a tener en cuenta. Para qué nos vamos a engañar: ésto último es verdad. Pero allá la sociedad, oye. Casi siempre la enfermedad es una mota de polvo en la verdadera miseria de la gente. Pero parece ser que nadie se da cuenta y por eso, en esta concentración silenciosa en la pequeña sala de espera de esta mañana reina ese ambiente tan extraño, como de quien no tiene otro remedio que mostrar sus vergüenzas ante el vecino fisgón. Es todo muy raro y absurdo.

Yo estoy sentado en una silla con bastante mala leche por el hecho de madrugar y por haber dormido apenas 4 horas. Y también por la puta rutina de los putos análisis. Tengo en mis manos tres impresos: rosa, blanco y verde, y una hoja con pegatinas, y un número. Para colmo es el 32. Hay que joderse, lo que faltaba. Detesto el número 32. Cuando tenía 32 años a pocas me muero o igual me morí un poco, vete a saber. Con eso lo digo todo. La gente de la sala de espera no lo diría porque disimula pero yo no. Si te mueres, pues lo dices. Y si te toca la lotería, pues también. Y punto. He estado a punto de preguntar quién tenía el 33 para cambiarlo pero he mirado a derecha e izquierda y una chica ha bajado la mirada y un señor tenía la mirada perdida. Con ese panorama, cualquiera hace nada.

Enfrente está una anciana con un aspecto deplorable: grandes calvas entre cuatro cabellos blancos, la cara amarilla y unas piernas hinchadas en las que no se reconoce el dibujo del tobillo. Y, sin embargo, su mirada líquida es increiblemente tierna y profunda. Lo he sabido porque me estaba mirando y al mirarla ha esbozado una sonrisa triste. Entonces se ha roto el silencio de la salita de espera y ha dicho la frase del día tras un suspiro de resignación:

“Esperar en una sala de espera y luego en otra. No queda esperar otra cosa ya”.

Y me ha vuelto a sonreir buscando quizá una complicidad que, desde luego, ha tenido porque la he comprendido perfectamente. La gente le ha mirado como si dijera una barbaridad pero es que a la gente le molesta mucho oir ciertas verdades. Una vez le dije a un médico que si me hubiera tocado vivir hace un siglo yo llevaría por lo menos 15 años muerto y que visto lo visto y dado que dicen que la naturaleza es muy sabia y me había hecho así quizá eso sería lo mejor. Oye, pues por decir eso salí de la consulta con un volante para el psicólogo. ¿Tú te crees?

Por supuesto, fui. Me provocaba una curiosidad morbosa, para qué negarlo. Me preguntó que por qué decía cosas como esa y yo me sentí como cuando en el colegio te llamaban al despacho de la directora (a.k.a “la tetas”) para decir si fuiste tú el que puso en la pared lo de “Monjas a la Mili”. Le respondí al psicólogo que lo decía porque así lo veía yo, si no, qué sentido tenía decirlo, ¿no?. Me pregunto entonces que para qué iba al médico y yo le respondí que iba al médico para decirle lo que me duele, que para eso se va al médico. Lo que pasa es que a veces no te duele el pie o la espalda o la garganta. Te duele eso tan inmaterial que podemos llamar alma, espíritu, ánimo, y como eso no sale en los análisis y no se puede “objetivar” (palabra predilecta en las consultas) pues parece que no existe para los médicos. Pero duele. Mucho. El hombre se quedó de piedra y al final hasta me dio la razón. De hecho, por eso me he puesto a contar este aparte, a ver si no.

Pero me llaman. El 32. Sí, yo. Pase. Paso. Hay tres sillas separadas por unos paneles. Me toca la del centro. La enfermera sonríe. Yo también. Trae los papeles, verdad? Sí, los traigo. La enfermera los coge con sus guantes de látex y los examina. Cuando llegue al papel blanco es probable que diga “¿dónde está el tubo para ésto?”. Suele pasar siempre. Lo que no sé si lo preguntará a su compañera de la derecha o a la de la izquierda.

-Uy, ¿ya tenemos tubos para ésto?

Para el caso, lo mismo. Se lo ha preguntado a la compañera de la izquierda que pide mirar el papel. No se le ve la cara porque le tapa el panel separador pero por unos segundos se siente su duda y luego se oye un ruido en un cajón. Aparece un tubo. La enfermera me pone la cosa esa de goma que te aprieta el brazo. Ahora dirá que cierre la mano y que si llevo mucho tiempo con ésto. Ya lo verás.

-¿Llevas mucho tiempo así?

(¿Ves?)

-Pronto hago las bodas de plata.

Su sonrisa se detiene en seco como si le fueran a sacar una foto.

-Aprieta la manica un poco.

(Bueno, el orden de las frases no altera el producto)

-Un pinchacico de nada, vale?

(Esa frase es la más obvia, se me había olvidado!)

Cuando pinchan miro siempre para otro lado. No sé por qué, la verdad, porque me veo todas las punciones lumbares de “House” como un campeón, que mira que sale en todos los capítulos, es que no se salva ni uno, oye, ni paciente ni capítulo. Pero el caso es que yo miro para otro lado, quizá por un movimiento reflejo. Esta vez, al otro lado hay un cartel donde dice algo de insuficiencias cardiacas. No me intereso en saber qué es el “algo” por si acaso así que miro el rostro de la enfermera que extrae la sangre de mi sangre con gesto concentrado.

De repente, la anciana de los ojos increiblemente tiernos, que a la pobre no le cogen la vena, deja escapar un ayyyyyyyyyyyyyy que me duele en el alma, aunque la enfermera levanta la vista y al encontrarse con mi mirada se sonríe:

-Las abuelas son un poco quejicas, tranquilo.

Ya que le estoy dando mi sangre a la enfermera, no puedo evitar darle también un verso:

-“Ahí parece un grito porque es donde te duele”

Pero es lo que tiene decir un verso en vez de leerlo: que te puedes perder un acento, y las haches no se oyen, y tampoco hay manera de distinguir las íes de las i griegas. Digo ésto porque la enfermera ha debido oir ay por ahí a tenor de lo que me contesta:

-Tampoco le habrá dolido tanto. Es sólo un pinchacico de nada. Bueno, ya está. Apriétate un poco el apósito, vale?

Vale.

A la salida la gente sigue disimulando de pie o sentada pero yo estoy con el pensamiento puesto en un mail a 5000 kilómetros de distancia.

(O eso ponía, más o menos)

Liquidación/2

Hace unos meses, publiqué un post donde refería haber recibido por carta la liquidación en concepto de derechos de autor de una composición mía que había resultado premiada en un concurso. En la carta se me comunicaba que, una vez hechas las deducciones pertinentes, mis emolumentos sumaban la friolera de 0,04 euros.

Horas después de la publicación del post y durante los días posteriores, la estadística de este blog sufrió una taquicardia, una subida de tensión, un colapso: hasta 720 visitas se llegaron a alcanzar en un día, cifra del todo insólita. El diagnóstico fue concluyente: el post en cuestión había sido enlazado por infinidad de blogs, foros, otros blogs, otros foros, más blogs y más foros. De aquí y de allá. Lo más divertido de todo es que, en el camino, la noticia fue transformándose y al final, los 0,04 euros percibidos por la publicación de una composición coral para seis voces lo fueron por las ventas de un supuesto disco (no se sabe si mi obra estaba incluída en él). Eso sí, lo que no cambió fue la ocasión de poner a caldo a la SGAE en todos los sitios sin excepción, así que por lo menos para algo útil sirvieron mis 0,04 euros.

Pues bien.

Sí, tenía que pasar más pronto o más tarde: he recibido la siguiente liquidación, correspondiente en esta ocasión al primer semestre del año. Aviso desde ya que ha habido novedades. Para empezar, el logo del sobre era distinto. ¿Un cambio en la imagen gráfica de la editorial? Pues no. Según se me comunica en una amable carta, una nueva editorial se hace cargo desde este momento de la publicación de mi obra dado que la anterior ha quebrado.

No me extraña.

Pero lo mejor venía al final del extracto, después de las deducciones y bla, bla, bla, en esa casilla que los ojos buscan con ansia:

0,13 euros.

¡¡Dios mío, he triplicado las ganancias!!

De todas formas, esto es como lo del vaso medio lleno o medio vacío: si lo miramos de manera positiva, efectivamente he triplicado las ganancias respecto a la anterior liquidación pero si lo miramos con ojos pesimistas, el sello de la carta que ha traído esta mañana la noticia ya cuesta el doble… Además, la editorial, muy realista ella, me recuerda nuevamente que no va a emitir un talón porque los gastos bancarios y de gestión derivados de la emisión del mismo superarían con creces el importe que contiene, así que me vuelven a invitar a que cuando tenga un rato haga los 350 kilómetros que me separan de Madrid y lo recoja. Y para demostrar que son gente de fiar, añaden un dato muy interesante que la otra editorial nunca incluyó, ni más ni menos que el total acumulado por mi obra en concepto de derechos de autor tras seis años y medio en el mercado:

2, 92 euros.

Casi me parece hasta mucho, oye.

Estoy pensando en escribir para decirles que revisen bien las cuentas porque fijo que se han tenido que confundir. A ver si van a quebrar éstos también.
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Para echar un vistazo a la anterior liquidación, click aquí.

"Alice"

Alice (Woody Allen)Siento una debilidad especial por “Alice” (1990), de Woody Allen. Los críticos la suelen considerar una película menor dentro de la filmografía del cineasta pero no nos especifican si eso es algo positivo o negativo. Quiero decir que hay ocasiones en las que una obra es mayúscula por su condición de deliciosa miniatura. Una “Gymnopedie” de Satie es una obra menor, pero precisamente su condición mínima es la que la hace grande. En fin, da lo mismo. Hoy he vuelto a revisar “Alice” y me sigue pareciendo una preciosidad. Hay quien se sorprende de la interpretación que hago de la película pero para mí es tan obvia que entonces soy yo el que sorprende de quienes se sorprenden… Vale, dejemos de sorprendernos tanto y al grano. Yo veo en “Alice” un trasunto delicioso de “Alicia en el País de las Maravillas” narrado a través de la mirada de Woody Allen y con Nueva York al fondo. La esencia del cuento de Carroll está ahí, y sus huellas se pueden seguir sin dificultad. Para empezar, el título de la película algo dice, que para eso es el título, pero es la caracterización de Mia Farrow, con su corte de pelo, su sombrerito de lazo y su atuendo mezcla de colegiala y caperucita roja la que empieza a despejar dudas.

Farrow, maravillosa en su papel como pocas veces, es aquí Alice Tate, una mujer casada con un hombre adinerado que vive una existencia tan acomodada como monótona lo que le lleva a buscar nuevos caminos que den sentido a su vida.

Las analogías con la Alicia de Carroll están presentes a cada momento, siendo estas el armazón del guión de Allen (guión nominado al Oscar, por cierto). Como la protagonista del cuento, Alice se adentra en el mundo de fantasía a través de una madriguera, aquí situada en el exótico barrio chino y representada por la puerta de acceso a la consulta del enigmático doctor Yang.

Es este personaje quien anima a Alice a iniciar la primera etapa de su viaje onírico mediante una sesión de hipnosis:

A partir de ahí, toda la película está plagada de pasillos, puertas y escaleras incitadoras:



De más está decir que, a lo largo de su viaje, Alice se encuentra con una serie de personajes singulares en escenarios insólitos donde el tiempo y el espacio funcionan caprichosamente. Unas veces son unos escombros urbanos los que se convierten, a la vuelta de la esquina, en una solitaria casa de campo:


Otras veces, surge súbitamente un confesionario en mitad de un jardín:

Pero estos lugares no tendrían sentido sin habitantes. Aquí no hay un sombrerero loco y una liebre que inviten a tomar el té pero Alec Baldwin es un gato de Cheshire inolvidable cumpliendo su misión de señalar a la protagonista del cuento la dirección que debe tomar y se materializa y se desvanece en el aire dejando el perfil de su sonrisa irónica suspendido al claro de luna en una de las escenas más poéticas rodadas por Allen en mucho tiempo:


En una tesitura menos lírica, hasta encontramos una particular oruga que se convertirá en mariposa una vez se libere de su crisálida de espuma (y de mascarilla facial de barro):

Como en el cuento, la Alice de Allen se topa aquí y allá con brebajes con la correspondiente etiqueta “Bébeme”:

claro que aquí nuestra Alice no crece ni mengua físicamente, sino que se crece ante las circunstancias. Que se lo pregunten al desconcertado Joe Mantegna que unas veces sentirá el acoso de la tigresa:

y otras apenas reconocerá a la apocada y frágil mujer que tiene a su lado (obsérvese que en el mundo “real”, Alice lleva un atuendo convencional):

En este recorrido comparativo no podemos pasar por alto siquiera con un ejemplo (hay más) un guiño precioso: hay en la película escenas enteras en las que sólo un leve movimiento de cámara al final nos revela, burlona, que la hemos presenciado a través de un espejo (“Alicia a través del espejo”):


Por supuesto, esta Alice tendrá que despertar al final de su sueño. Pero aquí no se trata de un sueño biológico, sino de una metáfora: la Alice de Allen despierta de una vida de en-sueño a un mundo real que, a partir de su viaje iniciático por el país de las maravillas, ya no tendrá las comodidades y el glamour de antaño pero, a cambio, le revelará una vida nueva, propia, una vida verdadera donde residirá su dicha y su fortuna.

Inolvidable Alice.