Archivo por meses: julio 2006

Vuelo

Una de las emociones más intensas que recuerdo haber vivido en una sala de cine tuvo lugar cuando tenía 9 años en el transcurso de la proyección de “Supermán” (1978), de Richard Donner. Sucedió concretamente en la secuencia en la que Lois Lane queda suspendida en el vacío tras haber sufrido un accidente de helicóptero en la azotea del “Daily Planet”. La gente se arremolina en la acera gritando de espanto y mirando hacia las alturas y Clark Kent, que pasa por allí con aire despistado, de traje impoluto, sombrero, gafas y maletín en ristre decide intervenir.

Hay un breve momento de humor, un gag que cuando eres niño no puedes apreciar y es en el instante en que Kent mira con fastidio de arriba a abajo un teléfono público sin cabina (es que ya no va a quedar lugar para la intimidad!). Pero a los 9 años vives con profunda emoción el momento en que atraviesa la calle presuroso dirigiéndose hacia donde está la cámara, hacia tí, y cuando se abre la camisa y emerge la “S” de su traje y con ella la fanfarria prodigiosa de John Williams se te acelera el pulso. Kent se transforma en Supermán escondido en el vertiginoso remolino de una puerta giratoria y entonces tiene lugar el prodigio: cuando tienes 9 años y Supermán echa a volar y asciende en elegante y curvilínea trayectoría frente a la estática verticalidad del rascacielos te agarras con fuerza a los brazos de la butaca con las manos y presa de una emoción indescriptible te separas unos centímetros del asiento, impulsado a seguir la estela de su vuelo. Qué sensación más maravillosa e inolvidable.

En la memoria de mi infancia, Supermán tiene olor y sabor a coca cola de los botellines de vidrio verde. Recuerdo que en el interior de los tapones metálicos venían unas membranas de plástico con los rostros de los personajes de la película. Hoy la coca cola viene en botellines muy sosos y además sin azúcar pero he revisado con profunda nostalgia el Supermán de Donner y sigue siendo una gozada. En no pocos momentos consigue algo insólito, y es que así como el tiempo sobrepasa a muchas películas, aquí el tiempo permanece vivo dentro, intacto, consiguiendo que el espectador se instale en él para revivir la historia desde el “entonces”. Supongo que a ello contribuye el que Donner haya atrapado primorosamente con su cámara el paisaje exterior y la atmósfera urbana del Nueva York de la época, en el que la aventura y sus personajes encuentran, por cierto, perfecto acomodo.

Y es en estas condiciones cuando un personaje imposible (un tipo con un traje ridículo) resulta veraz y emocionante. El romántico y peterpanesco paseo nocturno por los aires de Supermán y Lois Lane sobre la constelación de estrellas eléctricas de los rascacielos sigue siendo maravilloso. La totalidad de un casting genial, la música de Williams, la fotografía, el encanto de unos efectos ópticos más que dignos y una dosis considerable de ingenuidad armonizan gozosamente en la coctelera en la que la nostalgia ha venido a aportar al sabor nuevos y atractivos matices.

Y, por supuesto, Supermán es Christopher Reeve.

Tormenta

Esta mañana ha caído una fuerte tormenta y como a Sergio le encantan las tormentas fuertes (a su madre le aterran) me ha escrito un sms diciéndome que estaba cayendo una gozada de tormenta pero que su madre estaba negra. Después ha añadido “jeje”. Ahora vuelve a caer una fuerte tormenta así que imagino a Sergio contemplando el espectáculo desde la ventana (y a su madre negra). Igual le mando un sms.

Conversación

La figura del intérprete humanista es una especie en extinción. Hoy en día hay pianistas, violinistas y demás -istas que tocan muy pero que muy bien.

Y punto.

Pero todavía queda quien hace del instrumento, de la música y de su interpretación centro y al mismo tiempo proyección de una sabiduría de raíces polifónicas (porque se nutre de muchas cosas) casi siempre de naturaleza autodidacta. Escuchar a estos filósofos-poetas, y me refiero a escuchar su voz, es siempre una gozada, una experiencia enriquecedora, aunque a veces se contradigan o no estés de acuerdo con lo que dicen. No importa.

Daniel Barenboim, Alfred Brendel, son miembros destacados de esta cada vez más escasa corriente. Su pensamiento lúcido y profundo es un regalo inagotable. Estoy aprovechando el parón veraniego para la lectura atenta de un libro que llegó en el fragor del curso por lo que en su momento sólo pude sobrevolarlo. Se trata de “El velo del orden” (Musicalia Scherzo), el libro de conversaciones que Martin Meyer mantiene con el pianista Alfred Brendel.

Brendel ya tiene a sus espaldas una reconocida trayectoria como brillante ensayista pero el género de la entrevista con estos personajes singulares y geniales es especialmente atractivo. Se necesita, eso sí, un entrevistador a la altura: sagaz, observador, rápido de reflejos; alguien capaz de salirse del guión establecido para seguir la pista de un inesperado y prometedor destello, alguien con olfato suficiente y capacidad de persuasión para ahondar en aquellos aspectos que prometen mucho más que lo el entrevistado responde a la primera de cambio. Hemos tenido suerte esta vez: Martin Meyer sabe tocar las teclas adecuadas. En realidad, si es Meyer quien pregunta es porque así lo ha querido Brendel, tal y como éste afirma en el breve epílogo: “Cuando surgió la idea de un libro de conversaciones sabía que el único compañero sería Martin Mayer. La idea consistía en conservar la espontaneidad lingüística y su resultado en la letra impresa para garantizar que la naturalidad nunca decayese víctima de la fría reflexión”.

Son muchas las cosas que se abordan en 240 páginas de conversación: desde el análisis profundo al aforismo irónico pasando por la digresión inesperada y apasionante. Observa Brendel que desde Fischer-Dieskau los cantantes no necesitan un acompañante sino un compañero y rescata del pasado la filosofía de los pianistas del pasado (Schnabel, Cortot, Haskil, Kempff). Y como tiene su cuartel general en Londres todavía le queda tiempo para lucir cierto humor inglés cuando habla, por ejemplo, de la Sonata en La bemol Mayor de Carl Maria von Weber, obra que, según afirma, “merece la pena tocarse por su extraña mezcla de ingenuidad, caballerosidad y pura necedad.”

Costumbre

Mira si soy hombre de costumbres que yo ceno los sábados con Ana Mª y Manolo desde el verano de… ¡1983!. Tenía 13 años. No recuerdo muy bien qué me llevó a aparecer por su casa pero sí que me acuerdo que ponían en la tele “El planeta imaginario” y entonces me aprendí la 1ª Arabesca de Debussy porque esa era su sintonía y la tocaba en el blando teclado del Yamaha vertical de Ana Mª. La toqué ni sé las veces y la gente decía: “anda mira, la música del Planeta Imaginario”. Con los años toqué otras cosas aunque nunca terminamos hasta el gorro del todo de la Arabesca y ahora ya no toco nada: voy directamente a la mesa porque siempre llego con la hora justa. Sin embargo, el otro día la volví a tocar y nos quedamos un poco mudos, yo creo que porque nos dimos cuenta que han pasado ni más ni menos que 23 años y la Arabesca de Debussy sigue tan fresca pero nosotros no.

Lo más curioso de todo es que durante todos estos años el menú siempre es el mismo, una cosa sencilla y ligera: una ensalada y una tortilla de patata (Ana Mª hace de la tortilla de patata una obra maestra cada sábado). El postre es lo único que cambia. Sorpresa. El menú es el mismo porque en realidad la cena es el aperitivo a la tertulia de después, que se prolonga hasta tarde y siempre es distinta. El menú es igual pero la tertulia es distinta. Pocas veces me he reído tanto como sentado a esa mesa y, pensándolo bien ahora, deben ser centenares las confidencias que se han contado entre las migas de pan.

Esta noche me toca llevar la lechuga porque a Ana Mª se le ha olvidado comprarla. Me acaba de llamar diciéndome si no tendré por casa alguna lechuga y yo le he dicho que sí, mujer, que ya la paso yo. Si a alguien le apetece se puede pasar por allí. No hace falta que lleve la lechuga. Me encargo yo.

(d)Ivo

Ivo PogorelichIvo Pogorelich (Belgrado, 1958) irrumpió en la escena internacional a principios de los 80. Tenía 22 años cuando el jurado del Concurso Chopin decidió no darle el primer premio y, mira por dónde, fue lo mejor que le pudo pasar porque entonces Martha Argerich, miembro del jurado en aquella ocasión, puso sus bemoles encima de la mesa diciendo que si no se lo daban iba a tener que repartir un par de corcheas con cada mano, la derecha y la izquierda. “Es un genio”, sentenció la Argerich airada cual Reina de la Noche que es, y ese amadrinamiento propició el impulso que Pogorelich necesitaba para que los escenarios le abrieran las puertas y le permitieran demostrar lo mucho que llevaba dentro.

Ahora, Deutsche Grammophon homenajea al pianista recopilando grabaciones de archivo porque Pogorelich es un pianista de eclipses y silencios de blanca y de negra, aparece y desaparece. Cada década tiene su hornada de nuevos pianistas, cada vez más impecables en la técnica, cada vez menos aventureros salvo excepciones excepcionales: Pogorelich fue (es) una de ellas, y notable. Lo que aportaba a su pianismo abrumador era una acusada personalidad propia, una convicción en sí mismo, una valentía y un afán de riesgo que, en ocasiones, le convertía en concertista desconcertante.

Yo tuve la oportunidad de escucharle en vivo a finales de los 80 en la primera fila de un auditorio gracias al obsequio que el empresario del mismo hizo a unos amigos míos. Estuve sentado en un lugar privilegiado, justo ante sus manos, contemplándole desde un ángulo contrapicado. Se metió entre pecho y espalda los 24 Preludios de Chopin (prodigiosos) y la Sonata en si menor de Liszt (electrizante y poética, desgarrada y conmovedora) con las 2 Rapsodias Op. 79 de Brahms como aperitivo. Me impresionó vivamente comprobar y escuchar su sonora respiración, en ocasiones de una violencia llamativa, con la que controlaba su pulsación, preludiando los ataques más impetuosos y regulando las caricias de un pianísimo que se concentraba en el gesto de una mandíbula fuertemente tensionada. Cuando terminó ese concierto memorable recogió la ovación con gesto discplicente, de sabor anacrónico y decadente, y se perdió entre cortinas conducido por unas zapatillas de seda azul celeste que emergían grotescamente de su atuendo negro. Pocos meses después grabó esos mismos Preludios y me quedé de piedra. Allí donde había habido frescura ahora había afectación encorsetada y la hondura poética había perdido el compás de la rima. Pensé que Pogorelich había llegado al estudio de grabación aburrido de los preludios.

En mi modesta opinión, el mejor regalo salido de sus manos fue su grabación en 1983 de “Gaspard de la nuit”, la impresionante obra de Maurice Ravel, una de las cimas de la literatura pianística. Con 24 años, Pogorelich se enfrentó a la pavorosa y titánica tarea con absoluta maestría y consiguió el acierto de recrear un primer tiempo lunar, espectral el segundo y diabólico el tercero y, de paso, extrajo con exquisito cuidado el acorde más bello que concibiera nunca Ravel, escondido como un diamante valioso y secreto en las profundidades del compás 33 del segundo movimiento. Grabación imprescindible.

Pogorelich es pianista de intermitencias, genio que se aparece y se desvanece sin avisar dejando en el aire una vibración estremecida, una sorpresa siempre distinta y a veces un misterio distante. Esa es la diferencia.

Madagascar

Esto iba por la noche pero es que el blog se cayó un rato, o se fue a dar una vuelta. Como yo. Porque eso es lo que iba a poner aquí ayer por la noche, que fui a dar una vuelta. Sólo eso. Es lo que tiene el verano, que pasan cosas así, sin más, y tan contentos oiga. Y es que ayer al caer la tarde empezó a soplar una brisilla fresquita a la que el termómetro del otro lado de la calle hizo caso inmediato rebajando la fiebre de sus dígitos al rojo. Y después de estos días de calor es-pan-to-so, me apeteció salir a dar una vuelta para estirar las piernas después de cenar. Llamé por el móvil a Belén con la voz de siempre, que es más o menos así:

-Holabeléeeeeeeeen!!!

Y ella respondió también con la voz de siempre, que suena igual pero en chica y cambiando el nombre, claro:

-Holaemejotaaaaaaaa!!!

Belén y yo nos saludamos así desde que eramos pequeñitos y se nos ha quedado. A veces tenemos que hablar de cosas serias pero nos saludamos igual y luego cambiamos el tono. Ayer no era el caso ni la cosa seria, sólo era para preguntarle si le apetecía tomar unas cocacolas (light o no, da igual). Yo: ¿Por dónde andas? Ella: por Peñíscola. Yo: Mentira! (con ironía cariñosa) Y ella: sí, sí, en Peñíscola. Y yo: a ver, pues demuéstralo. Y ella: (risas). Y luego: es que eso no lo puedo demostrar por teléfono! Y yo: ah! ese es tu problema, yo sí que no estoy en Peñíscola, guapa. Y Belén como es una persona muy reflexiva puso tono de pensar (suena así: mmm) y dijo: a ver, ahora estoy viendo la luna que además está llena. Y yo: pues yo también la estoy viendo (era verdad que la estaba viendo) así que no puedes estar en Peñíscola, porque si la luna está aquí, allá no llega, que eso está muy lejos. Y ella: (risas), porque sabe que le estoy tomando cariñosamente el pelo. Las conversaciones con Belén muchas veces son así. Entonces ella me pregunta: ¿y no será que tú estás en Peñíscola y me estás viendo desde alguna parte y me quieres hacer una broma? Y yo: pues no, porque yo estoy en el zoo de Central Park oyendo hablar a una cebra. Y ella: (más risas).

Pero era verdad, tan verdad como que también podía ver a la luna llena: es que hay una tienda de electrónica que tiene un televisor panorámico en el escaparate y todas las noches pone “Madagascar” y a mí eso me hace pensar en tres cosas: la primera, que por qué precisamente “Madagascar” y toooodas las noches, no sé, mera curiosidad, sin más; la segunda que cómo es posible que para demostrar las bondades de semejante pedazo de televisor pongan una deficiente copia que parece (me temo que lo es) un Divx fatalmante empaquetado, eso es un poco grotesco, porque la edición de la peli en dvd no está nada mal, o al menos ese recuerdo me queda de la única tarde que la tuve en mis manos antes que me la requisara mi sobrina.

La tercera cosa en la que pienso siempre que veo un fotograma de “Madagascar” es en Belén porque como ya he dicho alguna vez en este blog, yo siempre voy al cine con Belén, entre otras muchas cosas porque sus risas son una banda sonora precisa y preciosa y sus silencios también. Es como si le pusiera los puntos y las comas a la película que sea. Y en “Madagascar” estuvo brillante.

Por eso, ayer, estando parado frente al escaparate donde la cebra habla con la jirafa y el león se me ocurrió llamarle aunque luego resultara estar en Peñíscola. Y ya está. Es que el verano es lo que tiene: algo liviano, como de ingravidez placentera, una brisita nocturna, el olor del césped recién mojado y el susurro de los aspersores, un par de risas cariñosas al teléfono o en persona. Y algo te dice que ahora toca eso, que tiene que ser así y que lo vivas.

Carta

Tengo delante de mí una carta. No es una carta cualquiera. Para empezar, ha tardado 4 años en llegar y contiene noticias en primera persona sobre alguien de quien me dije en su momento que no quería volver a saber aunque en realidad no haya pasado un solo día (ni uno siquiera), por la mañana, a mediodía, por la tarde y por la noche, en primavera, verano, otoño e invierno, que no haya dejado de preguntarme “¿qué es de tí?”. Soy muy contradictorio.

Cuando pasan 4 largos años de incertidumbre y te encuentras de repente con la respuesta entre las manos, fijada en un papel, tienes dos opciones: o precipitarte velozmente sobre el contenido, aunque te lleves por delante alguna coma y se te desdibuje algún adverbio por la prisa, o tomarte cierto tiempo, pasando los dedos sobre el papel antes de desdoblarlo, quizá para tomar conciencia del valor del instante.

La ansiada carta contiene 1830 caracteres agrupados en 424 palabras que, a su vez, están apiladas en 11 párrafos. De la lectura de una carta así puedes esperar algo bueno o algo malo, indiferente del todo no te quedas. Lo raro de esta carta es que la leo una y otra vez (la he leído muchas veces) y después de la lectura me quedo confortado e inmediatamente esa palabra produce algo parecido a un eco frío. Me pareció sentirlo en la primera lectura pero luego lo corroboré. Una cosa un poco rara. Ahora he descubierto que la explicación está en los 456 espacios en blanco, estoy convencido; vamos, si lo sabré yo. Hay cartas que dicen más en el silencio del espacio en blanco que en las palabras que sombrean (¿asombran?) el papel, o dicho de otro modo más común: hay cartas que dicen más por lo que callan que por lo que dicen, por reconfortante que sea lo que dicen o quieran aparentarlo al menos. Vete tú a saber. A mí siempre me ha parecido un poco inquietante que la sombra de las palabras impresas en papel sea blanca, porque entonces es una sombra sin perfil y sin rastro, sombra de párpados cerrados y silencio hermético, que ya no te mira ni te dice, sombra sin sombra (pero sombra al fin y al cabo).

Pecado

El señor Joaquín Navarro-Valls, portavoz Vaticano, ha hecho una cosa un poco fea a bordo del avión que traía al Papa a Valencia. Cuando los periodistas le han preguntado a varios miles de metros del suelo (lugar de lo más adecuado, dadas las circunstancias) su opinión sobre la decisión del Presidente del Gobierno de no asistir a la misa de mañana, el señor Navarro-Valls no ha dicho si le parecía bien o si le parecía mal, que eso era lo que querían saber los periodistas; en realidad, como es muy habilidoso con la lengua y no había mucho que hacer en el avión, lo ha dicho más largo y con mayor (y mala) intención al hacer un ejercicio de memoria histórica y responder: “Mire usted, cuando estuvimos en Nicaragua, Daniel Ortega acudió a la misa del Santo Padre; cuando estuvimos en Cuba, el propio Fidel Castro acudió a la misa e incluso cuando estuvimos en Polonia en la etapa comunista, el general Jaruzelski también acudió”.

No contaba el señor Navarro-Valls que entre los periodistas también había alguien muy inteligente y con buena memoria que ha apostillado: “pero el presidente de Francia, el señor Chirac, tampoco acudió a la misa durante la visita papal como representación del carácter laico del Estado”. Y entonces el señor Navarro-Valls se ha encogido de hombros y, sin inmutarse, ha respondido: “Pues de eso no me acuerdo”.

Hace falta tener morro, ¿no?.

El habitualmente exquisito señor Navarro-Valls ha demostrado esta mañana tener unos modales un poco feos y bastante mala leche. Eso es pecado seguro pero no hay que preocuparse demasiado porque, sin lugar a dudas, esta noche se apretará el cilicio un poco más de lo habitual y habrá hecho el sacrificio de quedarse sin postre en la cena. Y borrón y cuenta nueva.