Archivo por días: 27 julio, 2006

Avería

Ya estoy aquí otra vez. Ahora aquí es mi casa, el hotel ya no. Y ahora viene lo de la avería. Primero se ha averiado mi ordenador portátil. Luego me he averiado yo.

Me explico.

El miércoles por la tarde, dando un paseo por la orilla del mar, sentí que me quedaban dos o tres gotas a lo sumo de elixir en el cuerpo, pero no le di mucha importancia. Me encontraba bien. He conocido temporadas en las que entre una dosis y otra podían pasar perfectamente diez días pero ahora no; ahora el tiempo entre dosis está en unos tres días. Lo último que hice antes de salir de casa la madrugada del domingo fue administrarme la dosis así que no es del todo raro que el miércoles tuviera la sensación de que me quedaban dos o tres gotas a lo sumo. No fue sugestión. En realidad, la sensación la tuvo primero el costado derecho y para cuando me senté a escribir a una amiga las muñecas dijeron “ay”. Yo hice como que no pero eso fue lo que dijeron: ay. Llevar en el equipaje el medicamento es un rollo, por aquello de que tiene que conservarse en frío durante todo el trayecto y luego pedir unos permisos especiales para que te lo guarden y… Eso, un rollo. Sí, ya lo sé, todo es cuestión de ponerse a ello pero confieso que quise hacer una prueba; quizá sería más exacto decir que quise probarme. Estar relajado a orillas del mar siempre ha sido visto con agrado por mi sistema inmunológico. Quería ver si en condiciones apropiadas el cuerpo respondía mejor.

A pesar del aviso, por la noche me encontré bien. Nos reímos mucho en la cena, dimos una vuelta por las bulliciosas calles dando buena cuenta de unos helados, nos encontramos con un verdadero museo: un salón recreativo muy ochentero en el que unos treintañeros hacían fila, babeando, ante la mítica ¡Moon Cresta! (sobra decir que entramos, claro). Y luego aún nos asomamos a ver el mar de noche, un espectáculo que sobrecoge bastante sobre todo si no hay luna porque la negrura de arriba se confunde con la de abajo y te da la sensación de estar en un balcón suspendido al borde de un abismo infinito.

Pero a las 6:30 de la mañana he abierto los ojos con la certeza de que algo no iba bien. Y es curioso porque más que dolor, lo que he sentido es un característico pesar que se te pone en el pecho, como una aflicción ante la que los médicos se encogen de hombros por más que les dices porque no la encuentran convenientemente registrada en números en los análisis. Sólo el doctor Rotés comprendió perfectamente esa desconcertante sensación, similar a si te hubieran comunicado una desgracia. No es muy agradable, la verdad. Me he incorporado y me he quedado sentado en la cama con la cabeza apoyada en las manos y los codos apoyados en las rodillas. Sin fuerzas. Y de repente me he acordado de Javi, mira tú por dónde. Javi es mi mejor amigo. Un dicho popular afirma que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Si eso es cierto yo soy millonario. Me decía Javi el otro día entre sonrisas que es que lo nuestro no es normal, y es verdad. Nunca hemos interferido en la vida personal del otro (Javi vive ahora lejos y tiene una novia a la que todavía no conozco) pero nuestra amistad es sólida y profunda desde que éramos chavales y eso es algo de lo que nos sentimos particularmente orgullosos.

La víspera de las vacaciones nos reencontramos después de mucho tiempo a la hora en la que Javi suele desayunar, las 12:30, y en un momento dado me dijo con su voz pausada y tranquilizadora que no había porqué tener miedo. Y de esas mismas palabras me he acordado yo a las 6:30 de la mañana y he decidido hacerle caso porque, la verdad, tenía miedo, lo vengo teniendo desde hace un tiempo, de ahí sus palabras del otro día, aunque no sé bien a qué tengo tanto miedo. A veces creo que a todo. Es como un presentimiento, una aprensión, qué se yo.

El caso es que he bajado con el ordenador para pasar el tiempo y para colmo ha sido ese el momento elegido por el portátil para quejarse. “No puedo con Windows, chico”, ha dicho más o menos. He esperado con resignación ante la mirada perpleja del recepcionista a que fuera una hora prudencial para avisar a mi hermano y ahora viene una elipsis de 400 kilómetros y ya estoy aquí, en casa. Lo primero que he hecho ha sido ponerme una nueva dosis de elixir, claro: 180 euros de elixir, euro arriba, euro abajo. Es el precio de tres días de tranquilidad. Ese es el coste de la vida para mí. Literalmente. Últimamente cuando me administro la dosis no sé si maravillarme o espantarme, pero hoy no le he dado muchas vueltas. Primero, porque me he seguido acordando de lo de Javi (no hay que tener miedo) y luego por lo de la sorpresa, y es que no hacía ni diez minutos que había encendido el móvil cuando he recibido un mensaje suyo que decía:

“Un saludo, amigo”

Así, de repente. Quizá haya sido una casualidad recibir esas palabras en un momento así pero a mí me resulta conmovedora la certeza (porque creo en ello) de que entre las personas pueden establecerse unos vínculos tan poderosos como misteriosos. También me ha resultado conmovedor el mensaje, para qué negarlo, a decir verdad me ha puesto un nudo en la garganta.

Hay una última razón para no haberle dado muchas vueltas a lo ocurrido hoy: he venido guerrero. Quiero decir que he venido fuerte y con ideas. Y con ideas claras, en lo profesional y en lo personal. Modestia aparte, estaré enfermo pero tengo talento para algunas cosas y lo voy a seguir poniendo en práctica. Y estaré enfermo pero tengo vida para compartir y disfrutar con los buenos y verdaderos amigos, apreciando el tesoro de las cosas sencillas como si fueran experiencias únicas: las 33 coca-colas de Raquel (te quedan 33, guapa, que llevo la cuenta!), la visita nocturna semanal de Sergio para ver una peli de terror y luego filosofar hasta el amanecer, o una señora cena que tiene que caer un día de estos con Javi, que nos dejen la botella de licor a los postres y pista libre para contarnos miles de cosas sin hacerle caso al reloj.

Tras la apariencia simple de estas cosas se esconden momentos maravillosos que no todo el mundo tiene la capacidad de valorar. Yo sí. Si algo he aprendido en todos estos años es eso. Lo demás, como dice una querida amiga mía, es lo de menos.