Memorias

(Diario del 16/XI/2004)

Esta mañana he tocado a Schumann en la radio. La cosa tenía menos de ejercicio narcisista que de modesto homenaje declarado a aquellos experimentos radiofónicos a los que Glenn Gould se entregaba en otros tiempos. Desde hace unas semanas vengo ocupando una “columna de voz” en un rincón del dial. Es una variación de las antiguas columnas escritas del periódico que bauticé como “La Idea del Norte” (otra vez Gould) pero esta vez con el aliento incorporado. La propuesta llegó una mañana por teléfono; a alguien le interesaba lo que denominó mi “peculiar sentido de la observación” y me invitó a ocupar (¿debería decir “okupar”?) un lugar en el aire sin alquileres.

Hoy ha sonado una de las Kinderszenen. Me atraen las múltiples y elásticas posibilidades que ofrece un medio como la radio para cosas así. Y me deja perplejo la idea de que uno ponga las manos en el teclado y que lo que de allí surja atraviese los cables, suba a las azoteas, despliegue las alas e inicie el vuelo surcando los aires, sobrevolando los campos, envolviendo los pueblos, colándose sin permiso a través de las paredes, invadiendo cocinas, oficinas, salas de espera, quedando enganchada de las antenas de los coches que pasan por la autopista… Produce una sensación muy especial que un minuto de música haya podido estar expuesto (potencialmente) a un número de personas tal que no cabría en la mayor sala de conciertos. Llegados a este punto, Juan José Millás escribiría: “Qué raro es todo”.

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