Vacaciones 22 julio, 2006
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He empezado a hacer la maleta porque este año sà que me voy de vacaciones. La madrugada del domingo al lunes. Me voy al mar con mi hermano. Nada, cuatro o cinco dÃas pero oye, al menos cuatro o cinco dÃas. Me llevo el portátil por si puedo asomarme por aquà a saludar pero todo depende de la conexión… y del mar. Es tal la fascinación que ejerce el mar sobre mà que una de dos: o entro en un estado contemplativo que pone un calderón encima del compás o me inspira (otra cosa es saber qué me inspira). Con el mar se puede intimar sólo en un instante determinado del atardecer, a veces más pronto, a veces más tarde. Hay que esperar con atención hasta que la luz, el color y los reflejos avisan a los sentidos formando un acorde perfecto escrito en el filo de la lÃnea del horizonte. Voy con la esperanza de encontrarlo.
Memorias 22 julio, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios , Añade un comentario , trackback(Diario del 16/XI/2004)
Esta mañana he tocado a Schumann en la radio. La cosa tenÃa menos de ejercicio narcisista que de modesto homenaje declarado a aquellos experimentos radiofónicos a los que Glenn Gould se entregaba en otros tiempos. Desde hace unas semanas vengo ocupando una “columna de voz” en un rincón del dial. Es una variación de las antiguas columnas escritas del periódico que bauticé como “La Idea del Norte” (otra vez Gould) pero esta vez con el aliento incorporado. La propuesta llegó una mañana por teléfono; a alguien le interesaba lo que denominó mi “peculiar sentido de la observación” y me invitó a ocupar (¿deberÃa decir “okupar”?) un lugar en el aire sin alquileres.
Hoy ha sonado una de las Kinderszenen. Me atraen las múltiples y elásticas posibilidades que ofrece un medio como la radio para cosas asÃ. Y me deja perplejo la idea de que uno ponga las manos en el teclado y que lo que de allà surja atraviese los cables, suba a las azoteas, despliegue las alas e inicie el vuelo surcando los aires, sobrevolando los campos, envolviendo los pueblos, colándose sin permiso a través de las paredes, invadiendo cocinas, oficinas, salas de espera, quedando enganchada de las antenas de los coches que pasan por la autopista… Produce una sensación muy especial que un minuto de música haya podido estar expuesto (potencialmente) a un número de personas tal que no cabrÃa en la mayor sala de conciertos. Llegados a este punto, Juan José Millás escribirÃa: “Qué raro es todo”.